Danilo Martuccelli: Lecciones de sociología del individuo, parte 1 (2006)

Lecciones de sociología del individuo

Danilo Martuccelli


Índice


Presentación: Compartiendo un entusiasmo………………………………………. 3


Lecciones de sociología del individuo………………………………………........... 5
El modelo del personaje social……………………………………………….......... 7
La crisis de un modelo………………………………………………………........... 10
Hacia la sociología del individuo…………………………………………….......... 15
¿Un nuevo modelo de actor?..................................................................................... 23
Aperturas…………………………………………………………………………… 26
Prolegómenos………………………………………………………………………. 28

Preguntas.…………………………………………………………………………... 29


SEGUNDA SESION………………………………………………………………. 39
Los soportes………………………………………………………………………... 39
Los roles……………………………………………………………………………. 47
La identidad 54……………………………………………………………………..
La subjetividad……………………………………………………………………... 61
Conclusión…………………………………………………………………………. 67

Preguntas 67………………………………………………………………………...


TERCERA SESION……………………………………………………………….. 79
La socialización……………………………………………………………………. 79
La subjetivación……………………………………………………………………. 86
La individuación…………………………………………………………………… 91
Hibridaciones y miradas comparativas…………………………………………….. 95

Preguntas ………………………………………………………………………….. 99

CUARTA SESION………………………………………………………………… 109
Una investigación empírica………………………………………………………... 111
¿Porqué utilizar la noción de prueba?........................................................................ 113
La noción de prueba………………………………………………………………... 16
Los niveles de las pruebas…………………………………………………………. 118
El trabajo de interpretación………………………………………………………… 120
Tipos de prueba…………………………………………………………………….. 124

Preguntas…………………………………………………………………………… 139

QUINTA SESION…………………………………………………………………. 142
La declinación topográfica de las pruebas: la dinámica entre lo global y lo local… 144
Capitalismo, Estado de bienestar, clases sociales………………………………….. 146
Las posiciones estructurales………………………………………………………... 148
Los estados sociales: hacia el estudio de ecologías sociales personalizadas………. 153
La declinación temporal de las pruebas……………………………………………. 162
Un modo histórico de individuación: la singularización…………………………... 166
Preguntas…………………………………………………………………………… 169


PRESENTACIÓN: COMPARTIENDO UN ENTUSIASMO

Por el rigor de su argumentación, por la amplitud de las referencias bibliográficas de las que se alimenta, pero sobre todo por la actualidad de los problemas que enfrenta, y la creatividad que despliega; por todo ello Las Lecciones de sociología del individuo que nos ha dejado Danilo Martuccelli representan una fecunda interlocución para todo aquél que quiera precisar los contornos del mundo de hoy, tanto en su dimensión colectiva como en las correspondientes trayectorias individuales.

El punto de partida de Danilo Martuccelli es sacar a la Sociología del atolladero de un reduccionismo que, pese a su cada vez menor pertinencia en el mundo de hoy, sigue limitando la imaginación de los sociólogos, pues los estanca en la investigación de los efectos de los órdenes sociales sobre los comportamientos colectivos y personales. Renovar la pertinencia de la Sociología pasa entonces por una reapropiación crítica de su herencia. En el camino tendrán que quedarse conceptos como el de sociedad y clase social que se revelan como incapaces de dar cuenta de las transformaciones del mundo contemporáneo. Y, de otro lado, tendrán que elaborarse toda una serie de conceptos que permitan visibilizar y comprender un mundo cada vez más heterogéneo y globalizado, donde la realidad singular de cada individuo pareciera ser un hecho irreductible. Pero no, tampoco se trata de abandonar lo social. El desafío es entender la recreación de lo social y la regulación de las biografías, desde las negociaciones entre los condicionamientos dados por la situación y las prácticas posibles por la agencia de los individuos. Y para responder a este desafío, el autor investiga el mundo social de hoy. Ausculta las biografías de muchas personas buscando los hechos decisivos que van encausando sus trayectorias y su propia subjetividad. La inspiración de Martuccelli es pues básicamente inductiva. Se trata de hacer sentido de hechos nuevos, que siendo evidentes, escapan, sin embargo de las conceptualizaciónes orientadas por las teorías tradicionales.

Pero esta primacía de la observación, y la elaboración sobre el terreno, está firmemente enraizada en la tradición del pensamiento sobre la sociedad. En este sentido son iluminadores y sorprendentes los bosquejos que Martuccelli nos brinda sobre autores como: Bourdieu, Elías, Foucault, Goffman, Parsons, entre otros. En todo caso su argumentación, que avanza siempre en forma paciente y analítica, entra en diálogo con una pluralidad de autores. Es sólo a partir de hacer una cartografía del pensamiento social contemporáneo, de sus posibilidades e impasses, que el autor despliega sus propias nociones. Y para el lector va siendo evidente la pertinencia práctica de estas elaboraciones pues gracias a ellas se puede ir integrando en una matriz explicativa, hechos visibles pero frente a los que solemos estar desarmados conceptualmente.

Danilo Martuccelli aporta una perspectiva y un conjunto de conceptos que nos permiten razonar, desde lo social, la profunda fragmentación del mundo contemporáneo y la poderosa emergencia del individuo como realidad insoslayable y horizonte último de la explicación sociológica. Se trata de reconstruir la lógica según la cuál el individuo es (auto)fabricado en las sociedades de hoy. El campo de pruebas del autor es la sociedad francesa pero la relevancia de sus teorizaciones va mucho más allá. Toca, sin embargo, a cada lector el discriminar lo que puede resultarle más útil y sugerente.

El curso aquí transcrito fue dictado en setiembre del 2006 gracias a una invitación del Departamento de Ciencias Sociales. Hubo primero que desgrabar las cintas. El resultado fue luego enviado al autor para las correcciones respectivas. Finalmente, me tocó editar el texto. Tarea que se ha restringido, básicamente, a eliminar las inadvertencias de estilo.

Finalmente, me permito añadir una nota más personal. De la lectura del curso de Danilo he emergido empoderado, optimista respecto al futuro de las Ciencias Sociales, de su capacidad para dar, razonadamente, cuenta de una multiplicidad de fenómenos cuyos vínculos tienden a escaparse de las teorizaciones de las que disponemos. Este sentimiento de satisfacción es, si cabe, aún mayor porque resulta que Danilo es un peruano que ha pasado todas las “pruebas” necesarias para convertirse en una de las voces más sugerentes de la sociología contemporánea.

Gonzalo Portocarrero
Profesor Principal

Departamento de Ciencias Sociales


LECCIONES DE SOCIOLOGIA DEL INDIVIDUO

Quisiera hacer una aclaración al lector. He revisado íntegramente las versiones retranscritas de los cursos que dicté en Lima entre el 4 y el 8 de setiembre de 2006, pero he conservado, en acuerdo con el editor, el carácter oral de los mismos (tratando en lo posible, pero creo que infructuosamente, de evitar los galicismos). La versión publicada es pues una reproducción fiel de las sesiones – me he limitado a introducir ciertos títulos para acentuar la transición entre las partes. Espero que la pérdida inevitable de precisión inducida por un lenguaje oral permita una mayor asequibilidad a las ideas desarrolladas.


Voy a tratar de ofrecerles un panorama crítico de las tendencias actuales en la sociología del individuo. Al mismo tiempo voy a tratar de presentarles los resultados empíricos de un estudio de campo, efectuado desde una “sociología de la individuación”. Término que explicaré posteriormente.

En primer lugar, creo que hay que comenzar desde aquí, la sociología siempre se ha interesado por el individuo. La buena sociología, y los mejores autores de la sociología, en muchas sus obras, han abordado con frecuencia y talento las dimensiones individuales. Dos ejemplos, a partir de dos autores a los que, creo, nunca nadie les ha contestado el título de sociólogos: Durkheim y Weber. Si ustedes leen ese libro fabuloso que es Las formas elementales de la vida religiosa, cuando Durkheim analiza el duelo, los rituales del duelo en las diferentes sociedades, describe un elemento emocional muy simple: cuando una persona pierde a alguien muy próximo sufre una herida sentimental. Para compensar esta pérdida emocional, la comunidad se congrega en torno a la familia para darle un suplemento de energía emocional. La explicación del duelo en el caso de Durkheim reposa, en último análisis, en una percepción de lo que las emociones transmiten en el vínculo social –a partir de elementos interindividuales y subjetivos. Y si ustedes toman a Weber, y se interesan en el que tal vez sea el texto más brillante que Weber escribió –un autor que escribió tantos textos brillantes a lo largo de su vida– aquél que trata de por qué la Iglesia prohibió las imágenes religiosas durante mucho tiempo, y bien, la interpretación de Weber se apoya en elementos personales o subjetivos: los teólogos comprendieron que el placer del arte podía convertirse en un rival del placer y de la obediencia religiosa. Por supuesto, el arte, las imágenes y la música estaban encaminadas a que las personas entren en relación con lo divino, pero rápidamente los teólogos comprendieron que frente al placer artístico el riesgo era que los individuos se instalaran en el placer del arte por el placer del arte, olvidando el objetivo final que era alabar a Dios... En la interpretación que hace Weber, el análisis de los conflictos entre la Iglesia, el Estado y los artistas, se explica también a través de la percepción de la problemática a nivel individual.

Regresaré sobre este punto varias veces y de distintas maneras en el transcurso de este seminario, pero es necesario que nunca olviden que la sociología clásica siempre abordó las dimensiones individuales. El individuo no es un objeto nuevo en las teorías sociales, es lo más viejo que puede existir. Y a las ilustraciones de Durkheim o Weber, podrían añadirse tantas otras extraídas de los escritos de Marx, y las descripciones que dió de la experiencia de la modernidad desde sus obras de juventud hasta sus trabajos más tardíos.

¿Qué ha cambiado?, o ¿por qué el individuo se ha convertido en un objeto de interés importante en la ciencia social? Esencialmente porque durante mucho tiempo el individuo estuvo subordinado a una teoría social donde el eje analítico mayor fue lo que se terminó llamando la idea de sociedad. El individuo por lo tanto era un nivel relativamente no legítimo de estudio, redundante al análisis sociológico, y por lo general únicamente abordado desde una lógica “descendente”, que va de la sociedad al individuo. Lo que ha cambiado, voy a tratar de explicar esto esencialmente en la expossición de hoy, es cómo progresivamente el nivel de los individuos se ha autonomizado dentro de la teoría social. De este movimiento teórico proviene la especificidad actual de la sociología del individuo.

Procederé en varias etapes. Voy a comenzar por recordarles el modelo clásico, luego me detendré en la crisis analítica de este modelo, explicaré esquemáticamente porque se dió esta crisis, antes de presentar, en el tercer punto las dos oleadas históricas que se han dado en las sociologías del individuo, y terminaré presentando rápidamente en la conclusión de hoy, el abanico de posibilidades que se abre dentro de las sociologías del individuo.


1. / El modelo del personaje social

¿Cómo la sociología dió cuenta del individuo dentro de lo que se denomina de manera imprecisa el modelo clásico? Ustedes lo saben tan bien como yo. Digamos por convención, que la “sociología clásica” es aquella que nace a finales del siglo XIX y dura por lo menos hasta finales de los años cincuenta. El individuo es esencialmente percibido, más allá de polémicas entre escuelas, a través de un modelo de análisis particular – el personaje social.


¿Qué es el personaje social? Es la puesta en situación social de un actor. Y toda la sociología clásica hizo eso. ¿Cuál situación social? Es aquí donde vienen las divergencias, por supuesto. Pero en el fondo, la palabra mágica fue “posición social”. Comprender un individuo era conocer su posición social. Esto supuso durante mucho tiempo que la posición social daba todos los elementos de explicación esenciales para comprender la vida interior y la conducta de los hombres. Ser sociólogo era adherir a este modelo de interpretación. Y la sociología, con mucho esfuerzo, terminó construyendo lo esencial de sus modelos explicativos alrededor de esta concepción del actor. En términos metafóricos es: dime cual es tu posición y yo te diré cual es tu conducta.

Pequeño matiz: curiosamente, no fueron los sociólogos los que inventaron esta representación del individuo, la inventaron los novelistas, a lo largo del siglo XIX, en esa perspectiva que terminó siendo el realismo literario y social donde lo fundamental fue comprender que la vida interior de los sujetos, como sus trayectorias sociales, estaban fuertemente marcadas por un entorno social y cultural, por la pertenencia a distintos grupos sociales, o clases, dentro de una sociedad. La sociología se formó paulatinamente alejándose de esta hipoteca literaria. Nunca se olviden que Balzac, el gran novelista francés del realismo social del siglo XIX, se denominaba a sí mismo “doctor en letras y en sociales” y que durante mucho tiempo, insisto, los sociólogos fueron –son– dependientes de esta representación particular que del sujeto dieron los novelistas.

Por supuesto, el personaje social de los sociólogos es un fragmento con una vocación de explicar. En todo caso, incluso de manera sólo implícita, este modelo forma parte de los reflejos más sanos y por momentos más discutibles que un sociólogo puede tener, es decir, un proyecto de conocimiento basado en la contextualización. Cuando un sociólogo quiere socializar una conducta, lo importante es contextualizar, ya sea a través de una correlación estadística, ya sea a través de una descripción etnográfica. Lo importante es ubicar socialmente al actor. Y cuando uno ha ubicado socialmente al actor, cosa muy extraña en los sociólogos, pensamos que estamos explicando la conducta. Es sin lugar a dudas el núcleo duro de la manera como los sociólogos razonamos. Durante mucho tiempo este tipo de saber social funcionó muy bien, es decir, piensen en las columnas que se hacen con variables dependientes e independientes. De un lado la variable explicativa, por lo general, las clases sociales. Y después todo el conjunto de prácticas a estudiar. Y durante mucho tiempo hubo una correlación más o menos fuerte, entre la posición de clase y las conductas individuales, en todo caso, la sociología tenía una cierta capacidad de predicción de conductas: desde los gustos de consumo hasta las orientaciones políticas: era posible comprender las conductas bajo esta forma de contextualización. Fue esta la visión específica que del personaje social dieron los sociólogos con ayuda de técnicas estadísticas.

Pero otras veces, se movilizó una versión más etnográfica del personaje social, como es el caso, por ejemplo, en las novelas de Emile Zola. Lo que hace Zola es describir con mucha riqueza etnográfica un medio de vida porque supone que éste es como un “caldo de cultivo” explicativo de las conductas y las personalidades. Y bien, un número importante de los estudios que se hacen hoy por hoy en sociología, pero también en antropología, siguen teniendo este tipo de lógica: contextualizan el conocimiento, porque en el fondo la contextualización es consubstancial al análisis sociológico. Lo sepan o no, todos estos trabajos postulan a un personaje como eje teórico de su comprensión de lo social. Cuando ustedes por ejemplo critican ciertas interpretaciones o descripciones diciendo que no son suficientemente socializadas, lo que quieren decir es que la contextualización es insuficiente o que las conductas o tipos de individuo descritos son poco verosímiles dada su posición social. No serían realistas.

Espero que me estén comprendiendo. Cuando ustedes hacen lo que hacen como sociólogos –o sea contextualizan–, ustedes lo hacen porque en el fondo concuerdan, sean o no conscientes, con esta representación particular del actor. Dicho sea de paso, esto para que para muchos sociólogos es un criterio de cientificidad es algo que, por ejemplo, les parece a los economistas la prueba misma de la incapacidad teórica de nuestra disciplina. En efecto, para un economista el que un modelo de explicación funcione en un lugar y no en otro es la prueba misma del carácter extremadamente limitado y modesto de nuestro modelo científico. Aquello que para los sociólogos es la prueba misma de la cientificidad en nuestra disciplina –las conductas sociales se explican por un contexto y por ende las interpretaciones regionales son profundamente válidas–, es justamente lo que rechazan muchos economistas. Es este punto lo que hace tan difícil la comunicación entre economistas y sociólogos. Nosotros contextualizamos, y nos parece evidente que lo que funciona (como interpretación) para la clase media no funcione para las clases populares, que lo que funciona (como interpretación) en un país A no funcione en un país B. Y no hablemos de los antropólogos, los campeones absolutos de la contextualización, y su vocación por las monografías específicas reticentes a toda voluntad de generalización...

En todo caso, si los sociólogos hacemos lo que hacemos es, insisto, porque en último análisis movilizamos esta idea del personaje social. En esta representación del personaje social, por supuesto que se describen prácticas individuales, a veces incluso con mucha precisión, pero en el fondo el individuo es un nivel de análisis redundante con respecto a la teoría de la sociedad. Cuando conozco la posición de un actor, supongo que soy capaz de inferir lo que el actor hace. Es lo que en el lenguaje del marxismo estructuralista se enuciaba diciendo que el individuo era el soporte de las estructuras o lo que en el funcionalismo se caracterizaba diciendo que el individuo no era sino lo social incorporado. En el fondo el individuo era el reverso de la sociedad. Y por lo tanto había un interés en el mejor de los casos limitado en estudiarlo, puesto que se suponía que lo esencial de lo que interesaba a los sociólogos se comprendía a través de su posición social.


Esta es la razón principal por la cual en la “sociología clásica”, cualquiera que sea el talento o el genio de ciertos autores, el individuo en tanto que tal, no fue nunca un objeto privilegiado del análisis sociológico. El análisis descendiente de la sociedad (para aquellos que tienen en mente esta imagen metafórica del espacio social) fue suficiente. Conociendo la idea de la sociedad, conociendo el anclaje y la posición del actor en la sociedad, se podía comprender una gran cantidad de facetas del actor individual. No lo olvidemos: fue la edad de oro de la sociología, porque el sociólogo, como el narrador omnisciente de las novelas del siglo XIX, suponía que era capaz de ubicarse en el “lugar de los lugares”, como lo escribe Pierre Bourdieu, es decir, ubicar su observación en un punto, ciego para la mayoría de los actores, desde el cual él podía percibir, explicándolas, todas las conductas sociales. La sociología creía poseer un proyecto explicativo fuerte de la sociedad.

Es este proyecto intelectual que se ha derrumbado en los últimos treinta años. Esto no quiere decir, por supuesto, que todos los sociólogos contemporáneos han abandonado el modelo del personaje social, pero quiere decir que este modelo es hoy en día objeto de vivas discusiones en muchos lugares.

Simple recordatorio de cosas que ustedes saben tan bien como yo, y sobre las que me parece inútil insistir. Resumo: la sociología clásica, y su edad de oro, se basó en una representación particular del personaje social que, más allá de las variantes entre escuelas, fue ampliamente común a casi todas ellas, y que daba cuenta de lo que era el individuo para la sociología a partir de un modelo explicativo y de una visión de conjunto de la sociedad.


2. / La crisis de un modelo

¿Qué paso en los últimos treinta años? Voy a ser muy rápido porque quiero ir al meollo del asunto. En los últimos treinta años, lo que ha estallado es una representación unitaria de la idea de sociedad. El término clave es el “desfase”. Es decir, el desacuerdo entre experiencias subjetivas y procesos colectivos. La idea de sociedad, ese gran contenedor de prácticas sociales, es cada vez menos percibido como el elemento fundamental de la representación que los sociólogos tenemos de la realidad. Y a partir de allí se comenzó a dar el Big Bang, es decir, aparecieron nuevas maneras de describir y sobre todo apareció la necesidad de abordar con nuevos enfoques y con más legitimidad el nivel del individuo. El individuo ya no podía más ser simplemente abordado a partir de un enfoque centrado exclusivamente en su posición social. Es desde esta “crisis” que se abre pues el espacio analítico que conduce a la sociología del individuo. ¿Por qué esta crisis? Creo que por tres razones.


La primera razón, fundamental, es que cuando la sociología trató de abordar las experiencias individuales a partir del modelo del personaje social, cada vez más tuvo que reconocer la aparición de un sinnúmero de anomalías, contra las cuales se estrellaba la antigua visión. Inclusive en el caso de la sociedad peruana donde este modelo casi nunca fue del todo aplicado, es posible encontrar huellas de este proceso. En todo caso, en las sociedades centrales, Estados Unidos y Europa, y sobre todo en Inglaterra, la posición de clase era el operador analítico esencial de la sociología para entender las prácticas individuales. Esto lentamente, pero de manera firme, entró en crisis.

Y si ustedes quieren escoger un solo autor para ver la crisis radical de este modelo, piensen en la evolución de la obra de Pierre Bourdieu, sociólogo francés que falleció hace algunos años. Cuando ustedes leen los primeros trabajos de Bourdieu y cuando ustedes los comparan con la última fase de su obra, la crisis es patente, aún cuando sólo sea reconocida a regañadientes por el mismo Bourdieu. En efecto se pasa de un modelo donde efectivamente es la posición social la que explica y da cuenta de las características y conductas del individuo a una última fase donde cada vez más, y en contra de su propia teorización, Bourdieu tiene que reconocer los desacuerdos crecientes que se establecen entre las posiciones sociales y las experiencias subjetivas. El modelo de Bourdieu, en su esqueleto mínimo, supone una relación estrecha entre el campo y el habitus. O para decirlo en su francés tan barroco: la ecuación entre posición, toma de posición, disposición. Lo que en términos prácticos quiere decir tres cosas: la posición social explica la toma de posición por la interiorización de disposiciones (el habitus). Repítanse esta tríada y comprenderán a Bourdieu. En función de la posición que es la suya dentro de un campo social, ustedes van a tomar una posición particular y esta toma de posición, a su vez, se explica porque han interiorizado disposiciones que corresponden a ese lugar social. Es el meollo del modelo, y todo funciona de esta manera. En todo caso, la primera fase de la vida intelectual de Bourdieu es mostrar que este modelo funciona, funciona muy bien, en la escuela, en el lenguaje, en las prácticas de consumo tan bien estudiadas en La distinción, pues había una fuerte relación entre la posición en el campo, las tomas de posición, y las disposiciones interiorizadas. Pero en la última fase de su obra, cada vez más hay un reconocimiento de lo que él llama el “sufrimiento” o el “mal de posición”, es decir, los desfases a los cuales están sometidos los actores. En breve, los individuos no pueden hacer más lo que deberían hacer. Las personas no están mas en el “buen” lugar y las disposiciones que han incorporado durante su socialización no les permite más actuar correctamente. Los desfases hacen metástasis en su obra. Se pasa pues de un modelo donde el personaje social le daba a la sociología la capacidad de comprender un conjunto muy importante de prácticas a

un modelo donde cada vez más se cuestiona la correspondencia entre la posición y las experiencias. Esta es la primera razón de la crisis: la misma sociología “clásica” comenzó a percibir los desfases. O sea, la muerte del personaje social. Y si ustedes leen el que es probablemente el libro más bello de Bourdieu, Meditaciones pascalianas, un libro en el cual el autor cuenta su trayectoria, como una especie de novela de formación personal, casi autobiográfica, ustedes van a ver lentamente cómo en el balance que hace de su vida, la obra más importante que Bourdieu dice haber escrito (si uno se guía por su presencia reiterada a lo largo de la obra) es uno de sus primeros trabajos sobre las transformaciones del capitalismo en la Argelia recién independizada del año 1962, es decir, aquél en el que constató un fuerte desfase entre las posiciones sociales y las experiencias individuales. En todo caso, como no reconocer que incluso entre sus manos, el modelo estalló, que eso que siempre había sido residual y anómalo en sus obras (la famosa hysteresis) da paso a una metástasis generalizada.

La segunda muerte del personaje social es distinta, a pesar que tiene ciertos vínculos con el precedente. Progresivamente los sociólogos empezaron a multiplicar las correlaciones estadísticas. Las razones son múltiples. Pero entre ellas destaca el hecho que los movimientos sociales y los grupos minoritarios dieron lugar a nuevas representaciones del actor que escapaban a la sola determinación del origen de clase. Grupos de edad, género, grupos étnicos, obligaron a multiplicar las correlaciones y sobre todo las variables explicativas. Después de haber construido la relación entre la posición social y las prácticas de los actores, los mismos sociólogos se dedicaron a deconstruir esta ecuación, es decir, a mostrar que los condicionamientos sociales eran más complejos. Y si tomo el caso francés, del cual conozco la literatura, si uno quiere explicar por ejemplo el éxito escolar de los alumnos, cierto, el origen social es significativo pero aún más importante es el diploma escolar de la madre, porque es la madre –por las relaciones sociales de género imperantes– la que controla los deberes escolares de los hijos. Si ustedes quieren saber cual es la frecuencia con la que la gente va al cinema, cierto, la posición de clase es importante, pero es mucho más importante saber si son urbanos o rurales, y sobre todo si residen o no en la región parisina, región y aún más ciudad en la cual se concentra lo esencial del consumo de cine en el caso francés. Si quieren saber las orientaciones observables a nivel del voto electoral, el condicionamiento más fuerte, siempre en el caso francés, no es dado por la clase social, pero por la práctica religiosa. Inútil alargar la lista. Los sociólogos al abrir el abanico se dieron cuenta que el personaje social, en todo caso el privilegio exclusivo acordado a la posición de clase era insuficiente, porque los condicionamientos eran múltiples. Esto supuso una crisis profunda en las capacidades explicativas de una cierta mirada sociológica. Es decir, era mucho más difícil dar cuenta de las conductas porque los condicionamientos de la acción eran mucho más complejos de lo que se creyó durante mucho tiempo.

El resultado es la aparición y la generalización de un modo de razonamiento híbrido en las ciencias sociales. Suponer que hay que hacer una simple adición de atributos para poder explicar los comportamientos: un poco de clase, un poco de género, un poco de edad, un poco de grupos étnicos... Es una adición de variables en la cual, a veces, uno no sabe muy bien teóricamente qué es lo que se está haciendo. Un amigo mío, estadístico, desde años, hace análisis en los que “neutraliza” el efecto de ciertas variables para poder mejor estudiar el efecto de otras. Por ejemplo, se divierte neutralizando variables para explicar el fracaso escolar. Neutraliza el origen de clase, neutraliza las clases de edad, neutraliza el efecto establecimiento, neutraliza el origen de género y termina encontrando el elemento, casi a un estado “químicamente” puro, de lo que reviene a la variable étnica en la explicación del fracaso escolar. Por supuesto, analítica y metodológicamente es fácil comprender lo que está haciendo. Pero uno puede legítimamente plantearse la pregunta de qué es lo que uno descubre cuando se han neutralizado todas estas variables. ¿Qué quiere decir el origen étnico de una alumna cuando se ha neutralizado su posición de clase, su edad, su trayectoria escolar, su lugar de residencia?
Pero vuelvo al hilo central de mi exposición. Generalmente en la sociología hoy en día se esta trabajando con razonamientos híbridos de este tipo. Se dice: al origen de clase hay que añadirle el género, después un poco de edad y algo de dimensión étnica... Pero la diferencia entre el “antiguo” modelo y el híbrido actual es visible. A la diferencia del personaje social que era una descripción y un modelo teórico, la lógica de adición contemporánea no tiene la misma claridad teórica. El resultado es un pragmatismo sin problemática teórida. Para cada práctica estudiada es necesario encontrar cual es el condicionamiento social más activo.

La tercera y última gran muerte del personaje social está dada por la singularización creciente de las experiencias sociales. ¿Qué quiere decir la singularización a este nivel? Tomemos un ejemplo. ¿Qué habría pasado si yo hubiera comenzado este curso pidiéndoles a cada uno de ustedes que se presente? Hace cuarenta años (en todo caso en la sociedad francesa, en América Latina la situación fue distinta, regresaré en un momento) lo habrían hecho enunciando esencialmente su categoría profesional, la ocupación o el empleo que tienen, o qué es lo que están estudiando. Si yo hiciera el mismo ejercicio hoy en día en el marco de una ponencia en Francia, a veces me divierto haciéndolo, el resultado es un poema barroco: “fíjese, yo soy panadero pero es más complicado que lo que usted cree, porque mis papas se divorciaron hace mucho tiempo y a mi me interesa en verdad mucho el rugby, aún cuando deba confesarle que la verdadera pasión frustrada de mi vida es la tabla hawaiana...”. El ejemplo es imaginario, por supuesto, pero no está lejos de una cierta experiencia social actual. Cada vez más, en la percepción que de sí mismos tienen los individuos, el rol funcional –y sobre todo el empleo– es insuficiente. Eso no quiere decir, atención, que todas las personas tengan trayectorias mas singulares pero quiere decir que la percepción que los actores sociales tienen de ellos mismos, es de otra índole que aquella que movilizan aún muchos sociólogos. La percepción que durante mucho tiempo permitió una suerte de comunicación inmediata entre el actor y los analistas, la posición de clase, no es más el universo identitario de sentido evidente para muchos actores. El “yo” se ha pluralizado y se ha abierto. Y esto trae dificultades de comunicación particulares entre ciertos analistas sociales y muchos actores.

En todo caso, las trayectorias se han singularizado porque ha habido un doble fenómeno (paradójico y por ende un poco difícil de comprender): una fuerte estandarización de las etapas de la vida y al mismo tiempo la aparición de un número creciente de “accidentes” que hacen que las trayectorias sean menos lineales. Algo que por supuesto en sociedades como las de América Latina es muy frecuente, donde la gente tiene varias ocupaciones y donde la identidad profesional se percibe como siendo mucho menos unívoca. Esto hace en todo caso, tercera gran muerte del personaje social, que los individuos estén confrontados a trayectorias múltiples, y que la identidad personal sea cada vez más el resultado de un trabajo activo del actor sobre sí mismo.

Espero ser claro y no aburrirlos con todo esto pero es fundamental para lo que voy a exponerles progresivamente. La sociología clásica se organizó alrededor del personaje social y es esta representación la que hoy se debilita y entra en crisis. Por cierto, hay otras razones de las que he dado que explican este proceso, pero las tres mencionadas son fundamentales. Y uno de los riesgos mayores en la hora actual es que un divorcio de un nuevo tipo se consuma entre los analistas y los actores. Cuando ustedes hacen entrevistas, por ejemplo, la gente les dice: “no nos gustan los sociólogos porque nos encierran en casillas, y nosotros somos más complejos que las casillas”, o de manera aún más directa, “no me gusta que me clasifiquen”. Muchos sociólogos, tal vez algunos de ustedes, toman esto como un mero narcisismo del actor, como un deseo absurdo por escapar a la clasificación y a los condicionamientos sociales que revela toda clasificación. Pero si uno escucha con atención a la gente, uno se da cuenta que tal vez hay algo de esto, pero, y de manera mucho más importante, están tal vez diciendo algo importante para la teoría social. ¿Qué? Que viven experiencias subjetivas y sociales que los sociólogos al traducir en sus clasificaciones, traicionan analíticamente. En todo caso, los

sociólogos del individuo, esa familia larga y plural de autores, esa área de estudio aún en gestación y con fronteras muy abiertas, está constituída por analistas que toman muy en serio este conjunto de crisis y malestares y que piensan que han que darle mayor peso teórico que el que se le dió en el pasado a las experiencias de los actores.


3. / Hacia la sociología del individuo

Tercer punto. Depués del modelo del personaje y de su crisis, ¿cómo se construyó, cómo se construye, la sociología del individuo? Creo que han habido dos grandes oleadas, muy distintas entre sí. La primera se dio, casi sin conciencia de lo que se estaba realizando, en los años 60 y 70 en los EE.UU. y la segunda se desarrolla desde los años 80 en Alemania (luego en Inglaterra), antes de convertirse en un espacio de debate y trabajo relativamente importante en la sociología francesa contemporánea.


[A] Las microsociologías

¿Qué pasó en los años 60? Algo que ustedes estudian seguramente. Aparecieron un conjunto de perspectivas de análisis, que luego se denominaron micro-sociologías. En el momento mismo en que hacían irrupción, estas escuelas no fueron percibidas en la radicalidad que era la suya, a tal punto la sociología estaba organizada teóricamente alrededor del debate entre la sociología del conflicto y la sociología de la integración, a tal punto la sociología del período era funcionalista o marxista, y a tal punto todas estas perspectivas estaban basadas en la idea de sociedad. A pesar de la fuerza de los golpes que asecharon al personaje social, la radicalidad del trabajo crítico no fue percibida hasta muy entrados los años 70.

En los EE.UU. de la época había un modelo ampliamente dominante que era el modelo estructural-funcionalista de Talcott Parsons. En este paradigma dominante el personaje social era la visión fundamental del actor social –aquél que se caracterizaba por una fuerte lealtad moral hacia la sociedad y las exigencias de su rol. Los estudiantes de Parsons comenzaron a pensar que esa representación era relativamente falsa. Y sobre todo ingenua. Empezaron pues a decirse que la idea de la adhesión normativa del actor al rol social era una imagen un poco extraña y a Erving Goffman, incluso, le terminó pareciendo que era una representación muy poco aceptable de la vida social. Según Goffman, las personas hacían lo que hacían no porque lo creían o por lealtades morales, sino por razones estratégicas, para darse un semblante Los actores son jugadores de roles más o menos cínicos. Por momentos, imposible no pensar que el mundo social que describe Goffman es un universo donde nadie cree lo que hace y donde todo el mundo trata de engañar a los otros, un mundo de vanidades generalizadas. En todo

caso, haciendo lo que hizo, Goffman está destruyendo radicalmente el principio sobre el cual se basaba el modelo del personaje social que suponía una muy fuerte correspondencia entre las dimensiones subjetivas y las exigencias sociales. La grieta empezó así a abrirse en lo que concierne la representación central del actor, pero incluso cuando se resistió teóricamente a este embate, se impuso la legitimidad (y la idea de la autonomía creciente) del nivel específico de las interacciones sociales. De ahora en más será evidente que hay muchas cosas que la sociología tiene que interpretar, comprender y explicar a nivel de las interacciones, que no pueden ser más explicadas de manera “descendente” en función de la posición social o de los valores interiorizados.

Otra variante de esta familia de microsociologías es el interaccionismo simbólico que nació mucho antes incluso que el propio funcionalismo. Sin embargo, ello formaba parte de una historia en parte reprimida, porque a mediados de los años treinta, hubo una suerte de “golpe de estado” sociológico cuando el centro de la sociología americana se desplazó de Chicago a Harvard. Habrá que esperar los años cincuenta y sesenta, para que surja una contraofensiva intelectual e institucional asociada con la segunda escuela de Chicago (entre otros autores, Everett Hughes, Herbert Blumer, Howard Becker, Anselm Strauss...). Las interacciones sociales son estudiadas a través de la co-producción permanente de sentido que se establece entre actores, gracias al intercambio simbólico. Por la primera vez, y de manera teórica y empírica, el eje de la explicación sociológica ya no se pone más en la idea de sociedad (verdadera matriz explicativa de las conductas individuales) sino que se supone que es partiendo de la co-producción de símbolos presentes en las interacciones (al comienzo esencialemente de tipo cara a cara, luego a través de interacciones a distancia), como se debe comprender la sociedad. Esto quiere decir, en términos muy concretos, que cuando los interaccionistas simbólicos analizan una institución o una organización, nunca presuponen la existencia de funciones fijas, pero conciben las organizaciones como el resultado siempre en movimiento de un sinnuméro de interacciones. La Universidad Católica, por ejemplo, es lo que en este momento un conjunto disímil de interacciones está construyendo, y por ende, para los interaccionistas simbólicos consecuentes, la organización actual no será la misma que la que resultará dentro de unas semanas. Las interpretaciones tienen pues que hacerse a través de un conjunto siempre abierto, móvil de interacciones. Por supuesto, hay elementos estructurales pero lo importante es comprender la co-producción permanente de las organizaciones por las interacciones.

Una tercera variante está asociada con la sociología fenomenológica de Alfred Schütz y sobre todo, con el libro de Peter Berger y Thomas Luckmann, La construcción social de la realidad publicado en 1966. El proyecto de Schütz consiste en aplicar, utilizar y desarrollar en el ámbito de la sociología la filosofía fenomenológica de Husserl. Si un vínculo evidente existe entre la sociología comprensiva de Weber y la sociología fenomenológica de Schütz, las diferencias no son menos importantes. En efecto, a la diferencia de Weber, la tesis fundamental de la fenomenología afirma que para comprender la acción humana es necesario encontrar sus bases fundamentales dentro de la estructura de la conciencia humana. Es asi como Schütz distinguía, lo digo de manera muy rápida, por un lado el tiempo (presente, pasado y futuro) y por el otro las personas o los interlocutores posibles con los cuales podemos entrar en interacción (los antepasados, los coetáneos –y entre éstos, los que son coetáneos pero están distantes–, y los descendientes). Es a partir de este simple esquema temporal, de interlocutores presentes (incluso bajo forma de herencia en lo que concierne a los antepasados o como preocupación en lo que concierne las generaciones futuras) como Schütz se propone estudiar la vida social. Es partiendo de esta base que Berger y Luckmann van a desarrollar, en un libro que tendrá y tiene aún un éxito considerable (es uno de los libros más leídos de la sociología), una sociología fenomenológica apoyándose en una sociología del conocimiento que dará una importancia mayor a los procesos de institucionalización social. Aqui también el eje central del estudio se desplaza desde las posiciones sociales al conjunto de factores cognitivos y culturales sobre los que reposa el mantenimiento del orden social (y cuya actividad incesante da justamente cuenta de la construcción social de la realidad).

Por último, pero iré más rápido en este punto, hay aún una cuarta variante, la etnometodología, asociada en sus inicios a la obra de Harold Garfinkel. En lo que esta escuela insiste es en los “etnométodos”, o sea en ese conjunto de reglas implícitas y tácitas que los actores poseen y que no tienen otra realidad que la que se descubre de manera inmanente en el curso mismo de la acción. La transformación es aqui aún más radical que en los ejemplos anteriores. No existen más reglas que se imponen desde el exterior de la acción a los actores, es únicamente en las prácticas sociales y desde ellas como emerge, una y otra vez, y siempre de nuevo, el orden social.

A pesar de sus diferencias, una similitud profunda recorre toda estas microsociologías. En efecto, más allá de los desacuerdos teóricos, y de ciertos acuerdos importantes, todas ellas tienen algo en común: tenían un mismo enemigo, el funcionalismo parsoniano (y de alguna manera el marxismo detrás del funcionalismo). La novedad de estos estudios pasó ampliamente desapercibida en muchos países de Europa continental, a causa entre otras cosas, del vigor del marxismo en este periodo y aún más en América Latina donde jamás se ha terminado por percibir la importancia de la ruptura intelectual producida en este período. Aún más. Cuando estas escuelas “llegan” a América latina o en Europa continental, en los años ochenta e incluso noventa, la sociología americana tiene ya otras orientaciones intelectuales. Todo esto contribuye al desencuentro comunicativo de la sociología a nivel internacional.

Para aquellos de ustedes a quienes interesa este punto lean, sino lo han leído, el libro de Alvin Gouldner La crisis de la sociología occidental (hay una traducción castellana por Amorrortu). El libro es el testimonio, lúcido y polémico, y la toma de conciencia, a inicios de los años 70, por un sociólogo “clásico”, o sea que organiza su visión desde la idea de sociedad, del “peligro” que suponen todas estas microsociologías para la disciplina. Desde su punto de vista, estos trabajos estaban abriendo definitivamente el espacio a una crisis sin precedentes dentro de la sociología, es decir, sin precedentes dentro de la sociología en la cual, él, Gouldner, trabajaba y creía. En todo caso, esta fue la primera gran oleada en lo que podría denominarse retrospectivamente una sociología del individuo. Resultado: por un lado, se legitimó definitivamente el nivel de la interacción (y por ende la necesidad de una mirada más precisa sobre los individuos) por el otro, no se logró extraer todas las consecuencias sobre todo de índole teórica de este movimiento analítico. 


[B] La individualización

La segunda ola se desarrolla en Europa desde los años 80. De manera arbitraria puede decirse que empezó en Alemania, con la publicación en 1986, de La sociedad del riesgo de Ulrich Bech. Rápidamente la obra desencadenó una polémica, y sobre todo, la tesis de la individualización recibió un eco importante en Inglaterra (sobre todo en la obra, entre otros, de Anthony Giddens, Zygmunt Bauman, Scott Lash, John Urry, y más tarde de Anthony Elliott). Una corriente de trabajos disímiles que conoceran otros desarrollos en Francia desde los años noventa, y al cual habría que asociar también el italiano Alberto Melucci.

¿Cuál es la gran característica de esta segunda ola? Beck relanzó la discusión sirviéndose de la noción de individualización. En su trabajo, esta noción designa el hecho que dentro del modelo de individualismo institucional (un término que toma de Parsons) se habrían producido transformaciones fundamentales que exigen una inflexión de nuestras miradas. En efecto, el modelo del personaje social tal como fue concebido en el pasado habría sufrido transformaciones muy profundas, lo que hace necesario que la sociología deje de razonar como lo hizo durante mucho tiempo. El modelo no sería más viable en una sociedad sometida a una modernización reflexiva. La idea central es pues que los cambios societales son de una amplitud tal que no es más posible seguir razonando de manera habitual.


¿Qué es exactamente la individualización en términos y contenidos? Esencialmente es la idea que el antiguo modelo del individualismo institucional, aquel que correspondió a la primera modernidad, para retomar los términos de Beck (y aquello que en este curso denomino el modelo del personaje social), ha entrado en crisis. La sociología de la primera modernidad leía el proceso de fabricación de los actores alrededor de un programa institucional único y coherente que daba lo esencial de los marcos por los cuales se comprendía la acción. Pero a partir de los años sesenta, se habría consolidado otra manera societal de fabricar los individuos –justamente lo propio del proceso contemporáneo de individualización. En él, las instituciones ya no nos transmiten más programas unitarios, es decir, que estamos en una sociedad donde cada vez menos las organizaciones, las instituciones, nos dan el programa de acción y donde cada vez más se nos confronta a situaciones inéditas que exigen un suplemento permanente de reflexividad de la parte de los individuos para orientarse en la vida social. Es pues este conjunto de transformaciones estructurales lo que obligaría a la sociología a cambiar radicalmente su manera de pensar los fenómenos sociales.

La tesis central pues, más allá de las diferencias notables entre los autores que trabajan en esta perspectiva, es la idea que hemos entrado en un mundo destradicionalizado, un universo en el cual la tradición ya no nos sirve más de guía ordinaria para la acción. Los hábitos heredados ya no permitirían actuar con seguridad en el mundo contemporáneo y por ende, es preciso que los actores incrementen sus capacidades reflexivas. Les doy un ejemplo. Cuando alguien se casaba, por ejemplo, en los EEUU en los años 60, existía una fuerte división de roles sexuales, entre el hombre y la mujer, una división por lo demás fuertemente legítima a nivel de la sociedad, lo que hacía que cada uno sabía lo que debía hacer. Recuérdenlo. Pedro Picapiedra se iba a trabajar y Vilma Picapiedra se quedaba en la casa cuidando a su hija... Hoy en día, sin que esta división haya desaparecido del todo, es imposible no reconocer que el proceso es más abierto. Cuando alguien forma una pareja hoy en los EE.UU., el proceso de transacción de rol es menos unívoco, porque la mujer tiene un rol ocupacional extra-familiar, porque la antigua separación de esferas es objeto de críticas, y por ende, en general, los roles sociales tienen que ser renegociados, esto es, es necesario crear la unidad de la pareja por la conversación cotidiana y en medio de perfiles de roles más abiertos. Cierto, visto desde un nivel estructural, los cambios no son necesariameente enormes, pero medidos desde la percepción de los actores, la transformación es real y profunda. En resumen, en muchos ámbitos, concluyen estos trabajos, la tradición no da más las pautas de acción necesarias para poder ejercer un rol y es necesario reflexionar, revisar críticamente, las orientaciones de acción.

El cambio fundamental es pues que no se puede más comprender lo que se juega a nivel del actor deduciéndolo directamente de las posiciones sociales. Es indispensable que la sociología le de más espacio, más escucha, más atención a lo que hacen los actores y a la manera cómo perciben, cómo reflexionan sobre y desde las prácticas sociales. El resultado, subrayan estos autores, es la inflación de una literatura de autoestima personal (incluída la prensa femenina, y más recientemente masculina), la aparición de un conjunto importante y ecléctico de personas que hacen demandas a un número creciente de expertos (que poseen dicho sea de paso muchas veces conocimientos muy discutibles...). Una demanda que concierne también a las ciencias sociales (psicología y sociología) para que les transmitan una información suplementaria a fin de poder operar en la vida social. El incremento generalizado de la reflexividad de los actores sería un razgo mayor de la segunda modernidad –sobre todo para un autor como Giddens.

He aqui el meollo de la transformación en curso según estos trabajos. Cuando las instituciones ya no nos dan más la solución del problema pero se limitan a transmitírnoslo es necesario constantemente que los autores regresen narrativa y reflexivamente sobre sí mismos. Una experiencia que en el caso de las sociedades centrales es cada vez más frecuente y coercitiva. Cuando un individuo, por ejemplo, busca un empleo o vive una fase de desempleo, puede verse obligado institucionalmente a hacer el balance de su vida. Institucionalmente estas personas están pues obligadas a hacer un retorno reflexivo sobre ellos mismos, asumir su trayectoria, evaluarla, reconocer los errores hechos o las omisiones con el objetivo declarado (si se cree en la filosofía que acompaña estos dispositivos) de que el actor, en el futuro, incremente sus capacidades de acción. Experiencias de este tipo son también observables a nivel de la orientación escolar, de las rupturas matrimoniales, de las prácticas adictivas... Estamos en un mundo invadido por estas prácticas reflexivas. Cierto, su presencia es más importante en las capas medias altas que en las capas bajas, pero tienden a convertirse en una experiencia generalizada.

En todo caso, dada la profundida de estos cambios, es preciso realizar una inflexión significativa. Durante mucho tiempo los sociólogos pensábamos que era la idea de sociedad era el eje teórico de las ciencias sociales. Hoy en día estos autores suponen que el mismo rol debe ser otorgado a los individuos. En términos de Beck, las biografías son de ahora en más más útiles para designar y comprender los mundos sociales que las sociografías. El eje de la sociología pasa de la sociedad hacia el individuo. Ello no quiere pues en absoluto decir que estos trabajos “desocializan” los análisis. Lo que están afirmando es que dada la manera como operan hoy en día las socializaciones, y dada la profundidad de los cambios históricos, el viejo modelo de sociedad no puede dar más cuenta de las realidades sociales. Para analizarlos, el nivel del individuo es un eje analítico necesario. La lógica “descendente” (de la sociedad al individuo) debe, por lo menos, ser complementada con una lógica “ascendente” (individuo- sociedad). O sea, es a nivel de las experiencias individuales como tiene que recrearse la imaginación sociológica.

Las objeciones posibles a este tipo de sociología son múltiples –y me detendré en ellos en otra sesión. Pero algunas de ellas son simple malentendidos. Por ejemplo, la afirmación que se trata de una sociología desocializada. No, estos autores no se han olvidado de lo “social”. Lo que están diciendo es que lo social funciona hoy en día de manera distinta a como funcionó ayer y que este cambio implica que se le acuerde una mayor atención a las experiencias individuales. Cuando una sociedad está moldeada, empírica y analíticamente, a través de la idea de sociedad, la homogeneidad es de rigor; ella disminuye en la segunda modernidad abriendo a la necesidad de estudios que tomen en cuenta de manera creciente las trayectorias individuales. La renovación del interés por los relatos de vida puede comprenderse en este contexto. En todo caso, y más allá de la legitimidad de ciertas críticas, creo que es un error afirmar que la individualización supone una visión desocializada del actor.


4. / ¿Un nuevo modelo de actor?

¿Qué modelo de individuo proponen estas sociologías? Sin ningún deseo de exhaustividad limitémonos a indicar ciertas dimensiones particularmente importantes. Primer aspecto, la representación del individuo que vehiculan trata de construirse contra el modelo del individuo hipersocializado del funcionalismo y contra la versión del actor hiposocializado del individualismo metodológico. En consecuencia de esto, la interioridad del sujeto se vuelve un objeto legítimo y creciente de análisis sociológico. Por supuesto, en sí mismo pareciera que esto no aporta ninguna inflexión, pero se abre un espectro amplio de nuevas interpretaciones. Pensemos, por ejemplo, a la religión. La práctica religiosa es muy fuerte en el mundo de hoy, pero sobre todo la experiencia subjetiva de la religión ha cambiado profundamente. Y bien para comprenderla es imperioso cada vez más, y más allá de las transformaciones institucionales, ser capaz de dar cuenta de estos cambios a nivel de las experiencias subjetivas íntimas. La intimidad, otro ejemplo, se convierte en un objeto de estudio sociológico – lo que exige distinguir entre diferentes tipos e intensidades de intimidad (entre una intimidad que requiere la comunicación sexual, otra que se abre con las amistades, pero a la cual rapidamente hay que asociar las relaciones íntimas –y particulares– con los ex- amantes, etc...), en breve, se constituye el espacio de una sociología de la intimidad que exige estudiar atentamente las experiencias interiores.

Segundo aspecto, en esta representación del individuo crece la conciencia del peso teórico de las dimensiones relacionales del sujeto (incluso con mayor fuerza que en el interaccionismo simbólico). Ejemplo de ello, la importancia que ha tomado en los últimos 15 años el tema del reconocimiento. Temática clave de la construcción del individuo desde Hegel o Mead, pero que es hoy leída con nuevos acentos: el hecho que el actor requiera siempre ser reconocido por el otro, da lugar a una serie de nuevos conflictos, pero también a nuevas demandas ordinarias, lo cual complejiza la dinámica entre identidades individuales e identidades colectivas.

Tercer aspecto, y es un punto mayor, el individuo que movilizan muchas de estas perspectivas es mucho más plural y contradictorio que aquél que fue habitualmente utilizado en la sociología de las décadas pasadas. El yo dividido, digamos desde Freud, ha sido una temática central en la psicología y en la representación del alma humana, de la cual, rápidamente, los novelistas supieron extraer lo mejor (Joyce, Woolf, Proust, Musil, Svevo...). Por el contrario, la sociología fue incapaz de comprender, en toda su radicalidad, lo que esta revolución implicaba. Por supuesto, en la obra de Parsons o de Elias, e incluso de Bourdieu, la presencia del psicoanálisis es patente, pero en el fondo, la concepción que primó del sujeto fue siempre increíblemente unitaria y normativa. Las perspectivas actuales se esfuerzan por lograr una comprensión más plural y más contradictoria del actor. Y uno de los intentos tal vez más innovadores en esta dirección, se da actualmente en Francia, a través del disposicionalismo – según esta visión, el actor, cada actor, es el resultado de un conjunto disperso, contradictorio y diferente de disposiciones (o hábitos incorporados) a los que el individuo tiene que esforzarse por darles una unidad. En sus vertientes más consecuentes, y excesivas, la sociología se presenta bajo la forma de un conjunto de retratos personalizados: cuando estudio un individuo, pongamos a alguien que Uds. tengan en la cabeza como ejemplo, tengo que analizar el conjunto de disposiciones contradictorias que la han constituído, las que van desde su socialización familiar a sus socializaciones profesionales, sin olvidar un conjunto disímil de otras socializaciones; y bien, cada persona es un conjunto singular de disposiciones plurales y contradictorias.

Cuarto aspecto, en algunas de las vertientes actuales de esta sociología del individuo se trata de romper con una cierta concepción de lo humano. La idea a primera vista parece extraña, ¿puede hacerse una sociología del individuo más allá de lo humano? En verdad, se trata de una exploración innovadora y necesaria. Las sociedades actuales se caracterizan por el desarrollo de un número importante de dispositivos técnicos, e incluso de elementos (o “trazas”) que operan más allá de nosotros mismos pero que forman parte integral de nosotros mismos. Ningún misterio en esta afirmación. Cuando se dispone de una tarjeta de crédito por ejemplo (una práctica muy extendida en un país como Francia), el banco puede efectuar muchas cosas con mis datos. Las puede, por ejemplo, vender a otras empresas (a fin que realicen publicidades singularizadas), puede decidir realizar estudios alrededor de los datos contenidos en ella (tipo de ingresos, consumo)... Una estrategia comercial que, por supuesto no se limita a las tarjetas de crédito. Cuando ustedes hacen un compra en un supermercado el ticket de la caja registradora condensa un sinnúmero de informaciones: y una parte de los estudios de marketing se efectúan, a partir de estas informaciones, con el objetivo de establecer perfiles comerciales susceptibles de incrementar los beneficios de la empresa. (Por ejemplo, si se observa que, el ejemplo es imaginario, que la compra de tal o cual agua mineral coincide muchas veces con la compra de tal o cual yogurt, una buena estrategia de ventas es no poner el yogurt y el agua mineral “en oferta” en la misma semana...). Lo que quiero decirles es que vivimos cada vez más en sociedades donde un conjunto de elementos técnicos dan constantemente información sobre nosotros mismos. Esto implica que el “individuo” no puede ser más limitado únicamente a las fronteras de su propio cuerpo, puesto que hay un conjunto de trazas de sí mismo diseminadas en los objetos técnicos y que operan desde ellos sobre mí. Estudiar al individuo hoy en día exige pues tener en cuenta este amplio espectro de trazas en los cuales uno se encuentra registrado.

Quinto rasgo de este individuo: muchas de estas sociologías le van a dar una gran importancia a la narratividad. En efecto, se impone la representación de un sujeto que constantemente tiene que narrarse a sí mismo. Por supuesto, esta dimensión ya fue reconocida por la sociología clásica, pero hoy en día cada vez más este aspecto toma un peso mayor a causa de la importancia otorgada a las identidades. Aqui también la transición es sutil pero real. Durante mucho tiempo se supuso que la identidad estaba subordinada al rol, en verdad, al rol profesional. Progresivamente, se toma conciencia que las identidades poseen una plasticidad mucho mayor, que se apoyan sobre una importante capacidad combinatoria, que en la formulación-invención de sus identidades los actores disponen de una pluralidad de “cassettes” culturales. Estos “cassettes” no son en verdad invención del actor; cada uno de nosotros los encuentra a su disposición en la sociedad en la cual vive (de ahi las diferencias entre grupos y personas), pero cada cual posee la capacidad –más o menos grande– de combinar estos cassettes a su antojo. A través de este proceso, la identidad se autonomiza cada vez más de los roles profesionales. La superposición de la una a la otra, ya no es más el destino inevitable de la identidad. Este proceso posee más de una similitud con lo que acontece en el arte contemporáneo en el cual, entre otras muchas actitudes, la “obra” desaparece detrás de la “performance” –o sea que en algunos casos la obra material pierde toda consistencia, deviene casi inexistente, se transforma, por ejemplo, en una línea roja sobre un lienzo blanco, pero si ustesdes piden al artista que les “explique” la obra, el resultado será una muy, muy, larga disquisición sobre lo que ese gesto simple implica, evoca, lo que de “sufrimiento” hay en esa línea, etc, etc... Y bien, entre nuestros contemporáneos este barroquismo identitario es cada vez más grande.

Sexto aspecto, el individuo es considerado como profundamente inacabado. A la diferencia de lo que pensó el funcionalismo o el marxismo, donde siempre se suponía que el actor alcanzaba una fase final y sólida de socialización, las sociologías del individuo subrayan que el proceso de socialización es constante, inacabado, siempre abierto, por lo cual los actores son más un proceso que un producto. Más adelante veremos las primeras raíces de esta inflexión, pero la extensión de esta percepción en la edad adulta ha traído una serie de cambios mayores.

Creo que es innecesario prolongar la lista –que, de todas formas, quedará incompleta. Lo que me interesa es subrayar hasta qué punto el dominio del espacio individual se ha legitimado en la sociología. Insisto. Para muchas de estas perspectivas, si la sociología debe interesarse por el individuo, es porque de ahora en más un cúmulo de cambios en la sociedad se perciben cada vez mejor desde las consecuencias que éstos implican para los individuos.


5. / Aperturas

La renovación introducida por esta “nueva” representación del individuo invita a la sociología a una serie de conversaciones inéditas. Evocaré, por falta de tiempo, solamente dos de entre ellas.

La primera, y de la cual hoy en día voy hablar muy poco, concierne la toma de conciencia progresiva (por lo general con la ayuda de estudios culturales, históricos, antropológicos e incluso literarios) del carácter plural de las representaciones históricas que del individuo posse cada período o sociedad. Una vez más, en sí mismo, parece no ser una gran novedad, pero fue un tema al cual muchos sociólogos “clásicos” fueron poco sensibles. Progresivamente, se impone la conciencia que en las sociedades modernas coexisten una pluralidad de modelos de individuo. En efecto, los perfiles de la individualidad siendo diversos, los actores pueden hoy en día reivindicarse de modelos distintos. Robert Bellah y su equipo, por ejemplo, lo hicieron de manera brillante en los Estados Unidos en Hábitos del corazón, mostrando hasta qué punto los norteamericanos se referían a cuatro grandes modelos de la individualidad (la tradición bíblica, republicana, el utilitarismo managerial y el expresivismo). Charles Taylor, filósofo canadiense, emprendió este trabajo a través de un estudio histórico de largo aliento, mostrando los vínculos estrechos que existen entre la moral y las identidades personales. Y estoy convencido que trabajos innovadores pueden realizarse en este terreno a fin de estudiar, por ejemplo, las figuras del sujeto presentes en la sociedad peruana hoy en día.

Segunda conversación, de la cual seré también muy escueto, porque algunos de ustedes la conocen mejor que yo, concierne la renovación de la discusión entre la sociología, la psicología y el psicoanálisis. Evidentemente, la conversacion no es nueva, pero se estructura sobre otras bases. Esencialmente porque ya no se da más dentro del proyecto que apuntó a establecer un vínculo entre el marxismo y el psicoanálisis freudiano (como fue el caso, por ejemplo, en la escuela de Frankfurt). De manera muy esquemática creo que esta renovación pasa por la voluntad de los sociólogos de incorporar la psicología en sus propias interpretaciones. Me limitaré a evocar dos grandes estrategias (ustedes pueden pensar en otras: el debate alrededor de las disposiciones, los trabajos de las ciencias cognitivas, etc). En primer lugar, las emociones se convierten en un objeto de análisis particular y legítimo en la sociología. Esta toma de conciencia de las emociones invita –obliga– a los sociólogos a nuevos esfuerzos de comunicación con los psicólogos. Para citar un solo ejemplo en esta dirección, se puede traer a colación los trabajos que efectúa hoy en Inglaterra el sociólogo australiano Anthony Elliot: lo que le interesa es comprender el rol que tienen las emociones en tanto que factores explicativos de una conducta, y ello le parece tanto más indispensable cuanto que vivímos en sociedades en las cuales no cesan de vendérsenos “experiencias”. Una vez más, insisto, la importancia que se acuerda a las emociones depende de las transformaciones societales. Es porque cada vez más las emociones son objeto de control o de seducción por parte de la mercadotecnia, y más allá de ella, una realidad masiva en la cultura contemporánea, que la sociología se interesa en ellas –y a las nuevas funciones que desempeña. En segundo lugar, la renovación de la discusión con la psicología se centra en torno a fenómenos de malestares interiores. En Francia, por ejemplo, se puede evocar en este sentido los estudios de sociología clínica realizados por Vincent de Gaulejac y su equipo desde hace varias décadas. En La neurósis de clase estudió cómo en función de trayectorias sociales de movilidad ascendente o descendente, ciertos individuos son presas de malestares psico-sociales particulares, que trató de aislar e identificar como una neurosis de clase. En ambos casos, incluso por razones opuestas, los actores son asaltados por sentimientos diversos como falta de seguridad en sí mismo o vergüenza, en último análisis por verdaderas patologías psíquicas que exigen, empero, para ser plenamente elucidades, un rodeo por la sociología.


6. / Prolegómenos

No quisiera terminar la sesión de hoy sin antes introducir una serie de definiciones a fin de establecer, sobre una base común, la comunicación en los días que vienen.

⦁ El actor es aquel que es capaz de modificar su entorno. Esta definición, sin necesariamente exigirlo, deja en todo caso abierta la posibilidad de tomar en cuenta la existencia de actores que no son humanos porque, obviamente, existen dispositivos técnicos que transforman el entorno.


⦁ La noción de agente (o incluso de agency), aún cuando próxima a la anterior, subraya otra dimensión, a saber el movimiento recursivo por el cual las estructuras reproducen al agente y el agente, a su vez, transforma las estructuras. En la agencia en lo que se insiste es pues en la recursividad entre la acción y las estructuras (piensen, por ejemplo, en los trabajos de Pierre Bourdieu o Anthony Giddens).

⦁ Cuando se habla del sujeto se insiste en la representación normativa del individuo, es decir, se subraya el hecho que toda visión del sujeto está ligada a una tradición moral y a una tradición histórica. En efecto, las figuras siempre más o menos ideales del sujeto, son las grandes representaciones que del individuo posee una colectividad y, como lo he avanzado, estas figuras son diversas según las sociedades y, en la modernidad, son múltiples –y hasta antagónicas– dentro de una misma sociedad.

⦁ El individuo es una combinación entre un agente empírico y un modelo normativo del sujeto. Por un lado, es un agente empírico puesto que en toda colectividad existen entes singulares. Por otro lado, es un modelo normativo que, en nuestra tradición cultural, subraya su independencia, la separación entre el actor individual humano y su entorno social.

⦁ Por último, el individualismo supone una concepción normativa, por lo general de índole política, que hace del individuo el valor central de la sociedad. En este sentido preciso el individualismo no tiene nada que ver con el egoísmo. El individualismo es la voluntad de basar el pacto político alrededor de una nueva sacralidad que se apoya, en última instancia, sobre los derechos humanos.


Preguntas

Pregunta 1. A propósito de la obra de Pierre Bourdieu, su representación del agente, y la existencia de dos fases en su obra intelectual

Respuesta: Si he evocado los trabajos de Bourdieu es porque creo que es de entre todos los sociólogos el que más lejos, y de la manera la más consecuente, ha puesto en pie una cierta concepción del personaje social. Y esto me parece que es común a las dos grandes fases de su vida intelectual. En verdad, no creo que haya, bien vistas las cosas, “dos Bourdieus”. Tanto el primero (para comprendernos, el de La distinción) como el segundo (el autor de La miseria del mundo) defienden un modelo capaz de acentuar o bien el peso de las estructuras, o bien las capacidades de transformación de los agentes. En verdad, lo que es lo más importante en su obra, me parece, es la convicción que la sociología tiene que esforzarse por establecer un vínculo analítico (una “complicidad ontológica” escribe Bourdieu) entre los habitus de los agentes y las posiciones sociales. Y bien, en todas sus obras, Bourdieu constata casos de anomalía. Ya en uno de sus primeros estudios dedicados a la sociedad argelina a inicios de los años sesenta, subraya con fuerza, por ejemplo, el choque entre la modernización capitalista y la permanencia de tradiciones locales, lo que se traduce, a nivel de los agentes, por una serie de desajustes, de desfases más o menos acentuados, entre sus esperanzas subjetivas y sus oportunidades objetivas. Pero, y es el punto fundamental, esta figura social aparecía como una “anomalía” más o menos interpretable como una consecuencia “pasajera” de una sociedad en transición hacia la modernidad.

Progresivamente, la perspectiva teórica de Bourdieu se precisa. Y en este proceso de esclarecimiento intelectual cómo no subrayar, por supuesto, la importancia del estructuralismo –por entonces dominante en Francia–, pero también, y tal vez sobre todo, el peso decisivo que tendrá en esta evolución el “encuentro” tan particular entre Bourdieu y una metodología. Pocas veces, creo, es posible observar en la obra de un autor importante como lo es Bourdieu el peso teórico y la fascinación por una “técnica” de investigación –a saber, el análisis factorial de correspondencias. La técnica le daba una representación visual de su propia representación del mundo social. La dispersión de puntos en los cuadrantes da una suerte de representación realista del espacio social; la distancia y la dispersión de puntos dando cuenta de la triología entre la toma de posición, las disposiciones y la posición. Incluso creo que puede decirse que Bourdieu terminó asociando muy estrechamente (para no decir confundiendo) la representación factorial con la realidad social. En La distinción como lo he señalado hace un momento, cada cual está ahi donde debe estar: las prácticas de consumo difieren en función de la posición social ocupada.

Y bien, progresivamente, y sin jamás abandonar del todo este modelo, Bourdieu va tomando conciencia de un aumento de casos “anómalos”. Sin necesariamente poner en entredicho su modelo de base, estudio tras estudio, constata la multiplicación de figuras de desajuste –esto es, de agentes que no “están” más ahi donde deberían “estar”. Y aquello que en un principio parecía limitarse a una sociedad en vías de modernización, se convierte en una experiencia social generalizada (pequeña burguesía, adolescentes, clases medias, intelectuales desclasados, estudiantes sin promoción social). Y bien, creo que La miseria del mundo, una investigación realizada a través de entrevistas, da cuenta con mayor nitidez de esta toma de conciencia progresiva. En efecto, casi cada retrato individual presenta ahora un caso de anomalía: los agentes no están más sistemáticamente ahi donde deberían –teóricamente– estar. En Meditaciones pascalianas creo que hay un reconocimiento honesto y claro de este estado de cosas, sin que, empero, Bourdieu haya extraído todas las consecuencias que esto implica.

O sea, no creo que haya “dos” Bourdieu, que a un Bourdieu objetivista le siga un Bourdieu subjetivista. Creo que en cada período de su vida intelectual es posible encontrar a la vez lecturas muy subjetivistas y lecturas muy estructuralistas (u objetivistas). Esta inagotable ambigüedad forma parte de toda su obra.


Pregunta 2. El individuo y la relación con su cuerpo

Respuesta: El cuerpo puede en efecto servirnos para mostrar el tránsito que se ha producido a nivel de las representaciones, de las perspectivas de análisis e incluso en las políticas públicas. Dentro del marco del modelo del personaje social, cuando la sociología estudió el cuerpo lo que retuvo su atención fue fundamentalmente precisar las diferencias, prácticas o estéticas, que podían observarse en función de los orígenes sociales entre los distintos actores. O sea, el cuerpo no era un “lugar” de pensamiento sociológico, era un “objeto” al cual se aplicaban las categorías posicionales del análisis social. Les doy otra ilustración aún más elocuente. En la sociología de los sueños que, por ejemplo propuso Roger Bastide, se trató de mostrar cómo el contenido manifiesto y latente de los sueños se correspondían con posiciones de clase: se trató en efecto de detectar constantes de clases susceptibles de poder diferenciar los sueños de obreros, miembros de clase media, etc. Quiero decir que la clase, en verdad la posición social, era la clave teórica central.

Y bien, lo que ha cambiado progresivamente en los últimos 30 años es que hay una diversificación de estrategias dentro de la sociología del cuerpo. La multiplicación de perspectivas se explica, me parece, por la importancia de los cambios que han tenido lugar en la sociedad: importancia creciente de la apariencia, mayor atención otorgada a las emociones, consolidación de una mirada feminista, nuevos mecanismos de responsabilización por los cuales las instituciones nos obligan a asumir nuestro propio cuerpo, estudios que muestran cómo la belleza o la fealdad pueden tener consecuencias en términos de las trayectorias sociales... Este conjunto disímil de hechos obliga a la sociología a individualizar sus análisis mas allá de lo que estaba habituada a hacer.

Pero esta transformación no es solamente de índole intelectual. El proceso es complejo y múltiple. Por ejemplo, vivimos en sociedades donde cada vez más se nos responsabiliza por nuestra salud (las campañas anti-tabaco), nuestro cuerpo (estilo de vida), nuestra apariencia física. Piensen como ilustración flagrante de este proceso, el programa que la administración Bush promulgó hace unos años a fin de incitar, a través de un dispositivo complejo, a los ciudadanos americanos a controlar su peso (en función de objetivos fijados de antemano, y según que éstos sean o no alcanzados, las personas pueden, por ejemplo, beneficiar de ciertas reducciones fiscales). El programa es controvertido (ni decirles lo que habría escrito Foucault...) pero es importante por varias razones. En primer lugar, imposible olvidar que se trata de una política pública importante en un país como los Estados Unidos donde la obesidad es un fenómeno expandido, que implica una serie de problemas de salud, riesgos diversos, y finalmente, un costo médico importante para la colectividad. En segundo lugar, incluso en su forma extrema, esta política muestra el proceso de responsabilización en curso, y la aparición de un nuevo mecanismo de sujeción del individuo, puesto que es en dirección del individuo que se conciben estos nuevos procesos de estimulación o castigo.. En tercer lugar, y aún cuando por el momento esto no es una realidad, cómo no vislumbrar la posibilidad, a través de estrategias de implicación y de control de este tipo, de consolidación de una nueva relación entre la política y la individualidad.

En todo caso, el cuerpo, y sus diferentes lecturas sociológicas, es un buen objeto para mostrar el paso de la primera interpretación (el modelo del personaje social) a la segunda (las diferentes variantes de una sociología del individuo).


Pregunta 3. ¿Quiere esto decir que no hay más clases sociales?

Respuesta: Es una pregunta difícil, voy a esforzarme por dar una respuesta simple. Todo depende del nivel de enfoque al cual se quiera llegar. Cuando hoy en día se habla de clases medias generalmente se termina evocando simples estratos sociales. Ahora bien, la noción de clases sociales quería decir teóricamente algo muy distinto y muy preciso. En el caso del marxismo una clase estaba definida por la dialéctica entre la conciencia de clase y la posición de clase, entre la clase para sí y la clase en sí, y sin esta ecuación no había en verdad clases sociales. En la perspectiva weberiana existe una tríada entre la clase, el partido y el status; la clase designando de manera precisa las relaciones de mercado en las cuales se encuentran sumidos los actores. Y bien, en la la sociología contemporánea, salvo algunos actores neo- weberianos o neo-marxistas que siguen movilizando con rigor la noción, por lo general, el término clases sociales designan solamente criterios de estratificación, algo que –insisto– está en las antípodas del proyecto tanto de Weber como de Marx. Señalo esto, porque cuando tú dices clase media, en el fondo, estas suponiendo que la sociedad está dividida en estratos (o segmentos) sociales, que tienen niveles de ingreso distintos. Si es esto lo que quiere decirse con el término clases sociales es obvio que en toda sociedad hay clases sociales. El problema empieza cuando se emplea la noción de clase social como operador analítico fundamental para dar cuenta de las experiencias y de los fenómenos sociales. Aqui las cosas se complican porque de manera general, y más allá de las escuelas, puede decirse que la noción de clase articuló cuatro grandes ejes: una posición en el proceso productivo, un estilo de vida, un tipo de movilización política y un mecanismo de dominación social. Y bien, creo que hoy por hoy no es más posible articular de manera conjunta estos cuatro rasgos, y dar cuenta desde ellos de manera fehaciente como se hizo en el pasado de la dinámica central de la sociedad.


Los autores que trabajan en la perspectiva de una sociología del individualización no están diciendo que no hay clases sociales. Lo que están diciendo es simplemente que para describir ciertas prácticas sociales, cada vez más numerosas, el operador analítico de la clase social es casi vez más insuficiente, porque cada vez más se constatan un número importante de “anomalías”. Creo que en este punto, a pesar de sus diferencias, existe un acuerdo de principio entre Giddens, Beck o Bauman. Cierto, cada cual vehicula, de forma explícita o implícita una cartografía social, en la cual según los casos dan más o menos peso a la economía o a la cultura, pero lo importante me parece que es la toma de conciencia de la insuficiencia de este nivel para describir ciertos fenómenos actuales. Esto es, ninguno de ellos ignoran las desigualdades sociales, pero cada uno de ellos está convencido, por distintas razones, que la noción de clase es hoy por hoy insuficiente.

El problema es tan evidente a nivel de la noción de clases sociales que cada vez más lo que se observa es una especie de coartada analítica. Casi una trampa implícita. En efecto, cuando un sociólogo estudia un actor, para no ser acusado de no haberlo suficientemente socializado, se centra en actores muy alejados en el espacio social (por un lado, un actor de “clase” media muy alta o alta, y por el otro lado un actor de “clase” baja). La distancia entre unos y otros es tal que le resulta muy fácil evocar desprolijamente las nociones de clase media y clase baja. Pero en las sociedades actuales, en todo caso en las europeas, los actores sociales se caracterizan por tener posiciones más porosas, más “híbridas”, entre las cuales es cada vez más difícil establecer rupturas absolutas. Entre un obrero casado con una empleada que tiene dos años de estudios universitarios y un obrero casado con una inmigrante que tiene un diploma de estudios superiores en su país de origen, o entre un empleado casado con una maestra de escuela y un ejecutivo de bajo nivel casado con una empleada, las fronteras nunca son tan claras. Cuando entras en el vientre de la sociedad te das cuenta que las posiciones son mucho más porosas. Es la renuencia a reconocer abiertamente este problema lo que empuja a tantos sociólogos a hacer estudios de grupos sociales muy alejados entre sí en el espacio social.

La sociología del individuo –algunas de sus vertientes– es pues a un cierto nivel la toma de conciencia de las dificultades para describir práctica y empíricamente las trayectorias sociales desde la noción de clase social. Es, lo digo de paso, una de las razones por las que, tantas veces, la comunicación es difícil entre la macrosociología y los trabajos de microsociología. Salvo para autores “clásicos” para quienes el segundo nivel no es sino una explicitación del primero, cada vez más se imponen figuras más dinámicas y menos directas de la articulación entre los diferentes niveles de la vida social. Algo que pone en cuestión la pertinencia misma de la noción de clase social.


Pregunta 4: Sí, me ha dejado pensando tu comentario sobre la forma cómo venimos trabajando. Tú has dicho una cosa bien importante, en este nuevo paradigma hay un modelo del individuo que desafía teóricamente ciertas formas de contextualización pues no es solo un producto. Claro, en mis estudios de etnografía, parto de la constitución de lo que es el sujeto, su propia normativa, cómo la construye, pero pienso que siempre es importante entender la atmósfera cultural de una época. Esto nos impide que le pongamos al actor un modelo desde el exterior o de otra época, por el cual los actores terminan hablando lo que yo quiero y no llego justamente a esta estructura-significación de lo que el actor está haciendo.

Respuesta: Estamos de acuerdo. Es más, creo que resumes muy bien uno de los problemas mayores de todo enfoque cualitativo. A saber, la tensión entre lo que exige la comprensión íntima de las categorías que moviliza el actor (en un plano sincrónico digamos) y lo que es preciso intelegir en una perspectiva histórica (diacrónica). Este trabajo de interpretación es siempre una labor artesanal para el cual no existe ninguna receta. Pero el peligro es que este indispensable esfuerzo de interpretación se contente de una posición ecléctica, en la que, a término se pierde de vista la necesidad de una línea argumentativa central clara.

Yo soy de los que creen que ninguna teoría agota la riqueza de la realidad, pero que toda teoría tiene por vocación describir desde su única perspectiva la totalidad de la realidad. Más simple, una teoría, en el sentido fuerte del término, tiene por objetivo dar cuenta de la totalidad de las facetas de la realidad desde una perspectiva unitaria, y al mismo tiempo, si el trabajo teórico escapa al dogmatismo, toda teoría, y a pesar de lo anterior, sabe que existen otros enfoques posibles. Pero esta dialéctica no tiene nada que ver con el eclectismo. Me explico. Cuando dentro del modelo de personaje social se contextualiza, ello se hace porque se posee una visión muy particular de la sociedad, en la cual se postula que la posición social de un actor nos da la llave maestra de comprensión de sus conductas y actitudes. Y bien, cuando se toma conciencia de la crisis teórica de este modelo, es necesario reinventar el trabajo de la contextualización. No es más posible comprender la sociedad en la cual estamos viviendo sin tomar en cuenta las nuevas modalidades por las que la sociedad se fabrica, y fabrica a los actores. Y para dar cuenta de estos procesos es necesario buscar otros operadores analíticos y son estos nuevos operadores (la reflexividad, las pruebas...) que me invitan a darle más importancia analítica al nivel del individuo, y por ende abocarme al trabajo de contextualización con nuevos criterios y exigencias.

Evitemos todo malentendido y toda discusión bizantina. Todos somos sociólogos. Nadie está poniendo en cuestión la importancia, e incluso en el fondo el primado, de la contextualización. Lo que se subraya es que si se parte de la antigua representación de la sociedad, voy a encontrarme con un sinnúmero de anomalías, y que sólo va a ser posible describir la sociedad a un nivel muy alto de abstracción; y cuando el analista “desciende” a nivel de las prácticas sociales se verá obligado a reconocer que su modelo presenta un número creciente de limitaciones.

A decir verdad, la toma de conciencia de la crisis del modelo del personaje social ha dado paso, desde hace unas décadas, a un tipo de contextualización particularmente insatisfactorio. En efecto, muchos sociólogos, y sobre todo muchos estudios de sociología empírica se contentan hoy en día con una especie de adición de atributos de un actor (clase, généro, edad, etnia...), en medio de un gran eclecticismo de modelos, pero sobre todo sin que esta práctica sociológica se sustente en una visión teórica. ¿Porqué adicionan esos atributos?

Por supuesto todo esto nos retrotrae a Erving Goffman. Su trabajo sociológico es fascinante y, a la diferencia de tantos estudios actuales de microsociología, coherente teóricamente. Goffman subraya la existencia de un nivel de análisis, el de la interacción, que ha sido descuidado en la sociología “clásica” y en el cual él se propuso poner el acento (recreando, dicho sea de paso, con un talento increíble, una buena parte de la gramática de la disciplina). Para hacerlo, Goffman utiliza una forma muy particular de contextualización. En efecto, en sus trabajos (para los cuales se sirve con un increíble oportunismo metodológico de elementos tomados de observaciones causales, de trozos de literatura, de referencias eruditas, incluso, a veces, de ejemplos inventados...) la contrextualización consiste en mostrar cómo los atributos identitarios del actor son movilizados en el marco de cada interacción. Y bien, cuando Goffman se explicó sobre la articulación entre su microsociología y la macrosociología, al final de su vida (1982), en un discurso que tenía que dar en la Asociación de Sociólogos Americanos (y que no pudo pronunciar por razones de salud) resumió la cuestión de manera irónica diciendo que hay sociólogos que se ocupan de las cosas “importantes” en la sociedad, otros que se centran en cosas mínimas (o nimias), como él –las interacciones cotidianas– , y bien en cuanto a saber cuál es el vínculo entre ambos niveles, lo que se puede decir es que se trata de un vínculo impreciso...

Y termino con las variantes actuales de la sociología del individuo. Como lo he indicado, y a diferencia de las vertientes estaudinense, estos estudios parten de las “grandes” transformaciones sociales para comprender cómo éstas le dan al individuo un nuevo rol, una nueva importancia analítica y tratan de forjar nuevas categorías para analizar la sociedad desde las experiencias individuales. Es esta diferencia que me hace hablar de dos olas en el estudio sociológico del individuo.


Pregunta 5: Efectivamente las dos olas son totalmente distintas. Las trayectorias biográficas están cruzadas por una lluvia de ejes estructurales y estructurantes que no nos deja pues simple y llanamente desamparados. Las instituciones dan responsabilidades, están funcionando no en el descalabro, sino que están funcionando de una nueva manera que recolocan al individuo en el corazón del dispositivo –estoy acordándome de un artículo de Beck en el cual él hace una pequeña lista de grandes conceptos de los cuales tenemos que deshacernos y uno de ellos es por ejemplo el de burocracia, porque las organizaciones públicas y privadas funcionan ahora de una manera distinta, mucho más flexibles que antes. Todo esto indica la presencia de grandes cambios contextuales pero no por ello dejamos de pensar a la sociedad.

Respuesta: ¿Cómo no coincidir con tu interpretación? La modernización reflexiva es una manera de recrear una macrosociología. Y es porque la “vieja” macrosociología no da cuenta de la singularización creciente de las experiencias que aparece la necesidad de buscar otro mecanismo sobre el cual refundar la macrosociología. Pero al lado de esta perspectiva, hay otra vertiente en la sociología del individuo que al contrario rompe con una preocupación de este tipo, y trata de trabajar a través de retratos cada vez más individualizados. Pero lo propio de los estudios sobre la individualización es rehacer una sociología general capaz de dar cuenta de qué manera las grandes transformaciones sociales le dan al individuo un nuevo peso analítico.


Pregunta 6: Por ese lado, se podría decir que es estudiando al individuo que podemos entender mejor la sociedad, entonces estaríamos en presencia de una suerte de “neo- individualismo metodológico” que en realidad no tiene nada que hacer con el anterior.

Respuesta: En efecto. Es lo que Beck llama, es él que emplea el término consagrado de Parsons, un nuevo individualismo institucional. En lo que concierne Beck, él pone el acento en el sistema de mercado y en el sistema de formación, es decir, a sus ojos es el mercado de empleo y la escuela las instituciones que le parecen las más importantes. Como lo veremos en una sesión ulterior, uno de los problemas de esta lectura de la individualización es que la estandarización a la cual interpretación conduce, impide muchas veces, y muy curiosamente, hacer una verdadera sociología de la singularización individual.

Danilo Martuccelli: Lecciones de sociología del individuo, parte 1 (2006)
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Lecciones de sociología del individuo, parte 1 (2006)

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