El centrismo en política por Leonardo Pittamiglio (2012)

La ira, el extremismo separan a las personas de una sociedad en partes inconexas, y forma grupos heterogéneos estrictamente diferenciados. El fanatismo tiene relación estricta con la ignorancia, y es difícil hallar excepciones a este hecho a lo largo de la historia (algunas excepciones en que ahora pienso: cineastas justificando la censura y la propaganda simbólica, investigadores de la medicina experimentando técnicas con presos, intelectuales culpando disidentes).

Si existe el racismo que algunos llaman sutil, podemos pensar también en un fanatismo pequeño y duro que existe dispersado en la mente de la mayor parte de los individuos, y que se manifiesta en todos los aspectos de la vida, desde el arte a la política, aunque quizá no en biología y matemática.

El más destructivo de estos fanatismos es el político, ya que en él reside el poder sobre los demás símbolos culturales y el resto de las personas. Los radicalismos en música producen avances o exotismos nunca vistos (pensar en John Zorn o Frank Zappa y en sus músicas realizadas en los últimos cincuenta años). El error en un radicalismo en música, apenas afecta el transcurso de la vida de los desinteresados en ese campo de la cultura. En política en cambio, la experimentación afecta a todos los individuos y grupos; tiene que ser, por tal, moderada, ya que los radicalismos incorrectos generan frustraciones o hambrunas a millones y miles. Pensemos en México y la historia de sus años desde 1910; en España desde 1936 a 1975; o en Argentina desde 1960 a 2012. Comparados con los políticos, los fracasos en música, apenas hieren.

Las personas forman grupos para discutir la política, y lo hacen contra otros grupos, mezclándose a veces y negociando. Cuando los grupos de presión no moderan sus intenciones y reinan el incierto en ellos, el terror al otro o su repudio, las consecuencias no son malas únicamente para los adversarios de éste, sino también para ellos mismos. Estos suceden, claro está, si —como en las más de las veces— no existen en verdad condiciones reales para un cambio radical político.

Si por ejemplo pensamos en el atraso económico que genera en el largo plazo de una nación la acción política violenta que buscan, en un principio, mejores niveles de vida personas que hacen un mal diagnóstico de la realidad, obtenemos que aquellos mismos que desean una cosa, contribuyen a que suceda lo contrario; es decir, que las condiciones de vida sean más precarias. Pensemos en la violencia política desatada entre 1960 y 1980 aproximadamente en Uruguay, período en el cual las condiciones materiales de vida se vieron muy deterioradas coincidiendo con un fanatismo no visto antes.

Pero la ceguera genera los radicalismos. El radicalismo de centro, fanático, puede existir también, de manera más similar a como sucede en la música, el radical de centro hace menor daño cuando falla. Por otra parte, la racionalidad también puede llevarnos hacia al centro, y no desde la ceguera fanática sino desde el estudio, el análisis. La mayor parte de la racionalidad del siglo XX, no eligió el disparate. Andrey Tarkovsky descartó la URSS; Albert Einstein eligió por EE.UU.; Thomas Mann no vivió en Alemania. Por otro lado, es difícil hallar hoy grandes inteligencias que apoyen dictaduras o gobiernos autoritarios o que hayan decidido vivir en sus países.

Expresiones como "siglos de opresión" o "habría que exterminarlos" pronunciadas en boca de la izquierda y la derecha son semejantes porque expresan la misma enfermedad. Hebe de Bonafini es un ejemplo de extremismo algo similar a la de otros ex presidentes populares o derecha; aún su ignorancia es similar a la vista en Enrique Peña Nieto, ex-presidente de México, que en su entrevista con Fareed Zakaria en CNN, en la cual el candidato a presidente repetía lo que otra voz le apuntaba fuera del micrófono. Imaginando el poder en cualquiera de las mentalidades que tengan parentesco con éstas, es fácil imaginar al peor de los mundos posibles.

Las mejoras sociales, si las hay, son lentas, y se ven en el horizonte o en la abstracción. El fanatismo de base no puede dirigir la mirada a una arquitectura imaginaria en el ceno de su razonamiento, por eso se lanza a la destrucción, a satisfacer la voluntad más primordial. La enfermedad del consumo ciego, de la compra compulsiva del ciudadano contemporáneo, tiene la misma raíz que la enfermedad politizada que quiere arrasar con ella: consumir un goce político que nunca termina de satisfacerse y que nunca da lo que promete. Ambas tiene origen en la ignorancia; en la capacidad corta para evaluar causas y consecuencias, posibilidades, poderes dados, personas concretas. La crítica al consumismo puede ir acompañada de un intento por hacerla retroceder: la filosofía Budista puede ayudar para el caso o la penetración en la literatura de Borges; también es posible otra práctica cultural que incentive a la vida frugal.

Una parte muy pequeña de la población politizada estudia los fenómenos. ¿Y porqué deben estudiarse los fenómenos sociales? Sin duda porque lo fundamental es invisible, los enlaces de las cosas y su sentido, pertenecen a la mente. El nivel de queja es bajo, pero similar en esto al nivel de lo que gobierna. De hecho, no puede existir un nivel de comprensión de los problemas muy alto entre la queja popular, sino lo hubiera también en los cargos directivos y subalternos de un gobierno, ya que una cosa y otra responden el mismo orden de cosas. Un error del fanático es creer que él es una excepción en esta regla, recordando las iglesias y el mundo de lo místico. Diría que únicamente los centrismos son capaces de no determinar la persecución física de otros y gestionar la diferencia y la réplica entre tensiones.

Frente a la noticia del descalabro económico de una empresa estatal muy importante en un país sudamericano, hace unos años, la reacción general entre la mayor parte de personas que se arrojan a la opinión política fue del tipo: “ladrones” o expresiones similares llenas de imprecisión o disparates. Todas ellas que manifiestan, más allá del grado de verdad que tengan, voracidad por lo ajeno, similar al ciego consumo. Si está enferma la normalidad, lo está también la queja, la protesta estéril que no genera impacto positivo sobre las cosas. La ignorancia y el error reinan en el corazón humano y todo hombre es culpable de alguna cosa. Lo que importa no es la acusación, sino la información, el dato, la fundamentación de que alguien diga a otro “ladrón”; lo que debe mostrar la queja son los mecanismos intelectuales por los cuales se llega a la afirmación.

También se argumentará, desde ciertas ópticas apologistas de la ignorancia, que lo popular es lo opuesto a lo inteligente o a lo argumentativo, y que no las necesita. Yo creo que no debiera ser así. De esta forma acontece si se educa mal, si no se enseña, sino se quiere aprender, si guardamos de manera egoísta un conocimiento que nos reservamos o del que carecemos. En esencia, no hay un destino hacia la ignorancia, una regla que diga que al pobre debe faltarle ilustración; u otra regla que afirme que debe diferenciarse mucho, lo más que pueda, de la persona con riqueza. He conocido individuos que tocaron el piano y estudiaron a Bach y Mozart en condiciones de pobreza (seguramente con el apoyo de alguna institución pública) y sólo porque en su hogar había discos y libros de este tipo que hicieran que la curiosidad calara casualmente allí. También lo inverso funciona, por eso las clases sociales se mezclan, se cuelan si se hace lo posible para lograrlo, al estilo de la sociedad de Suecia o Australia.

Los extremismos de clase, el clasismo, son contrarias al centrismo. Un concepto que puede manejarse, estudiarse, implementarse, es el de la redistribución de la riqueza, un concepto que si incomoda a las clases apoderadas, interesa a las clases populares. Aquí pueden pensarse métodos, mecanismos y desatarse nudos. Para eso las ciencias sociales deberán brindar algún tipo de camino colocándose por encima del sentido común y de las bajezas humanas.

La ignorancia entre la gente gana también palabras de estudio científico como “reforma agraria”, “agroindustria” o “tecnocracia”, a las que transforma en lemas de protesta o las utiliza dentro de frases algo armadas. ¿Por qué no se cita bibliografía, por qué no se enseña a entender sus orígenes, a racionalizarlos sin convertirlos en frases siempre agraviantes, como si pronunciarlas en grupo representara a la identidad de una tribu? Aún la revolución necesita del estudio, de la cientificidad y el realismo, sino quisiera llevar a cosas peores de las que pretende. Manuel Castells aleccionó a un alumno desprolijo en París en los años sesentas, un reconocido activistas de las calles, diciéndole que también la revolución necesitaba de estudio concienzudo.

La matemática enseña el razonamiento, por eso confío en la necesidad que tiene el economista de no ser irreal. Desde la matemática al arte, la imaginación creativa se va dilatando, y en algún punto, la política se transforma en religión. En algunos países he oído ya justificaciones de la inflación, como un hecho positivo, realizada no ya por políticos sino también por economistas.

El razonamiento se aleja en la corriente. Si se tira una piedra al río, esta se hunde y los anillos que produce cuando golpea en el agua, se degradan hasta no existir unos instantes luego. La juventud agota sus fuerzas en pocos años, decía Thomas Mann sobre su época, pero no se enseña a acumular fuerzas para lograr grandes cosas en la madurez.

El centrismo en política (2012).

Por Leonardo Pittamiglio, Prof. de Sociología.

Monica Vitti en La Aventura (1960) - El centrismo en política por Leonardo Pittamiglio (2012)
Monica Vitti en La Aventura (Michelangelo Antonioni, 1960)

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