La educación según Hannah Arendt: Tradición y autoridad (2020)

La educación según Hannah Arendt: Tradición y autoridad

I

En una viñeta de Quino, una maestra argentina comienza una clase de historia nacional diciéndole a los niños: “En años anteriores han ido aprendiendo cómo fue forjándose lo que hoy constituye la esencia misma de nuestra nacionalidad ¿verdad?”. Pese a que Mafalda sea la única que no responde al unísono gritando “siiiiiii” a una mecánica pedagógica que ya todos conocemos, el papel clásico que cumple la maestra en este dibujo es de notable importancia para Arendt: ella es la representante del mundo adulto y político en el mundo infantil y pre-político de la escuela.

La autora alemana, en su artículo La crisis de la educación asegura que el mundo social es preexistente al nacimiento de las nuevas generaciones, pero a su vez este mundo social común será continuado por quienes recién llegan a la vida cuando éstos sean adultos. Entonces la separación entre el mundo infantil y el mundo adulto es clave para estudiar la educación, la escuela y su función en la vida. La maestra no trata entre iguales: trata con quienes van a renovar este mundo cuando sean adultos, y la escuela es la esfera pre-política por excelencia.

En el dibujo de Mafalda que comentábamos, la maestra apela a la autoridad como representante del conocimiento y de la tradición. No deja a los alumnos librados a su propia suerte, como criticaría Arendt, al contrario, adopta el rol de educadora que enseña la tradición del grupo social al que van a sumarse los niños cuando sean grandes. Sea falso o no que exista un carácter o una esencia nacional, una esencia argentina (u oriental, que dado el caso es lo mismo), es lo menos importante: en todo caso al nivel de los adultos podemos discutir políticamente lo que enseñamos en la escuela, pero lo fundamental en ella no es zanjar las disputas políticas del mundo adulto y político sino conservar el mundo “tal cual es”. Cuando decimos “historia nacional” como educadores, estamos diciendo: “he aquí nuestras tradiciones y costumbres, nuestro pasado como sociedad y nuestro presente, nuestros mitos, con sus verdades y también con sus notables exageraciones y falsificaciones; tocará a ustedes renovar este mundo, cambiarlo y continuarlo”.

No es esto sino lo que deja dicho al final de su ensayo cuando escribe que la educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común.

En su artículo de los años sesenta, Hannah Arendt establece tres esferas del mundo social, cada una con sus propias características. En primer lugar encontramos el hogar, una esfera completamente privada, no-política y donde mora la intimidad; en segundo lugar la escuela, una esfera social pre-política, pero de ningún modo política; y finalmente la esfera pública, esta sí, puramente política. En la esfera de la escuela establecen contacto no solo el mundo privado y el público, sino también las generaciones jóvenes (los recién llegados a este mundo) y las generaciones adultas que ya forman parte de las acciones políticas del mundo público. Las generaciones maduras, adultas, viven en un mundo que no va a ser el mismo que aquel en el que vivirán los jóvenes cuando pasen a sustituirnos, producto de la natural renovación generacional. Los adultos, y en este caso los profesores, tenemos las responsabilidad de legarles nuestro mundo; como dice Arendt en la cita “mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos”; y todo esto aunque nuestro mundo no vaya a ser el mismo que el de ellos.

Hanna Arendt cree que el mundo social es preexistente al nacimiento de estas nuevas generaciones, pero a su vez este mundo social común será continuado por ellos cuando sean adultos. La separación entre el mundo infantil y adolescente, por un lado, y el mundo adulto por el otro, es clave para estudiar la educación, la escuela y su función en la vida.

La autora sostiene que son estas generaciones nuevas las que van a cambiar, renovar, conservar, destruir o revolucionar este mundo, no los adultos y maestros a través de ellos. Por esta razón, Arendt cree que la función del docente deberá ser la de proponer una educación conservadora que muestre “el mundo tal como es”, que sea capaz de conservar la herencia cultural que ha llegado hasta a él y mantenerla intacta para que las nuevas generaciones puedan no solo heredar lo pasado, los conocimientos acumulados, sino también puedan renovarlo. Impregnar de lo viejo a los nuevos.

Aquí justamente está la definición de lo que ella entiende por educación conservadora, en el sentido de conservar la herencia pasada, antigua, el conjunto de los saberes humanos (no se refiere, claro está, a una posición ideológica-política). Cuando Arendt nos exhorta a no “librarlos a sus propios recursos” y también a “no arrojarlos de nuestro mundo” (a los alumnos), quiere señalarnos que debemos conservar para ellos el mundo al que van a ingresar (sin manipulaciones intelectuales o trucos). Si nos negásemos a esta conservación, desde el aula, entonces —a juicio de Arendt— estaríamos “librándolos a su propia suerte”, a una suerte inexperta pero creativa, en la que ignorarían todo lo que hemos (la humanidad) vivido antes y con el riesgo de que tropezaran con los mismos obstáculos del pasado. ¿Deberían las nuevas generaciones volver a experimentar un Auschwitz porque no les hemos legado, conservado, enseñado, las lecciones humanas que hemos aprendido los adultos? La propuesta de Arendt entonces es al mismo tiempo que una revalorización del conocimiento y la vida común, una postura contra las teorías pedagógicas o ideológicas de la tabula rasa.

¿Por qué Arendt realiza este planteo? Cuando tratamos entre iguales, hablamos de un mundo político, un mundo adulto que ya tiene sus propias estructuras. Cuando la comunicación se produce entre educadores y niños, asistimos a la convergencia de dos de los mundos que mencionamos antes. El educador vive en un mundo ya público y político, un mundo adulto, pero el alumno no conoce todavía este mundo y sus intersecciones políticas. Hannah Arendt considera que el mundo infantil no es un mundo político todavía, y que la educación debería proteger al niño de ese mundo público. La formación de la personalidad en las edades infantiles debe poder desarrollarse en las sombras de la vida pública, es decir, en un clima que impida la invasión de lo público sobre lo privado. En este último punto, Arendt está pensando en la naturaleza anti-privada del totalitarismo, y su esquema filosófico-pedagógico parece ser un intento de refrenar esas tendencias humanas.
 
Para el niño, la primera frontera de protección contra la vida política del mundo adulto es la familia, y la que le sigue es el universo pre-político de la escuela. En este escenario, el profesor, que proviene del mundo adulto, es el enlace entre la vida privada y la vida pública, como dijimos, pero también el enlace entre el pasado y el futuro (no en vano el título de la obra que contiene esta cita se llama de ese modo). Con acierto, nos dice que es el Estado el que pugna por la educación del niño, no la familia, y el educador sería el representante de ese universo infantil pro-político. El error, o la falta de sensatez o sentido común como lo llama la autora, sería invadir la esfera de lo que pertenece íntimamente al niño con una enseñanza ya resuelta de las disputas de orden político. Por ejemplo, un profesor podría tomar partido político escondiendo cartas de juego, eliminando elementos de la tradición, recortando el mundo exterior al que van a ingresar los recién llegados porque cree que de esa manera, ellos (los jóvenes) van encarnar el mundo que él no vivió, pero en que deseó vivir. Una vez en clase en el IFD cuando tratamos este tema dijimos al respecto algo así como “si perdiste en lo público, no trates de revertirlo en la escuela” o “lo que perdiste en lo público, no trates de ganarlo en la escuela”.

Cuando hablamos del niño o del alumno, de los recién llegados a la vida, tanto el campo del hogar como el de la escuela tienen la facultad de protegerlo de las aspiraciones adultas, y que ya pertenecen a un universo político y público. Por esto en la cita Arendt menciona con énfasis la expresión de amar “a nuestros hijos”, lo suficiente para no llevar las disputas políticas adultas al ámbito escolar de los niños y adolescentes (mantener esta separación es lo que la autora entiende por “amarlos”).

Esta separación conceptual y materializada de público/privado protege al niño del adoctrinamiento, dirá Arendt, ya que sabemos que cuando la intimidad y el mundo de la familia son abiertas al campo público, el Estado entra directamente en ellas, de modo que de alguna manera la autora está defendiendo lo que cree son los mecanismos de protección elementales contra los valores intrínsecos que deberían tener el mundo de la acción, el mundo político, el mundo adulto, el mundo público: igualdad, libertad y pluralidad.

Si seguimos esta filosofía política que nos lega la autora, entonces como profesores deberemos tomar conciencia de que no ocupamos una esfera política y pública, sino social y pre-política; y que si adoptásemos una del primer tipo, deberíamos saber que no tratamos entre iguales (porque el niño y el adolescentes no han desarrollado todavía una conciencia pública). Y además, para resaltar una idea ya mencionada antes, en este caso estaríamos truncando el mundo de los jóvenes, que no es el nuestro ni además podremos saber cómo será. Si quisiéramos preparar a los alumnos para la disputa pública, una finalidad intermedia, deberíamos apelar a los que Arendt llama desarrollar el juicio. Este consistiría en pensar teniendo en cuenta a los otros, lo que de alguna manera entiendo como poder pensar teniendo en cuenta la tradición. Finalmente, el concepto de tradición, como el de conservadurismo, se hallan imbricados a una de su sentencia final: “renovar un mundo común”.

Como vemos, y como mencionamos en clase, la postura filosófica-política de la autora ataca algunos presupuestos de la filosofía marxista crítica que toman el mundo privado (y aún el social) como parte del escenario de las luchas políticas. Mencionábamos por ejemplo una frase en boga de la teoría feminista que dice “lo personal es político”. Pero como dice Hannah Arendt, todo lo vivo (y con ello incluye al ser humano) necesita de la seguridad que da la sombra para poder desarrollarse; es decir, de lo íntimo y lo privado, de lo no-político y aún de lo social.


II

Cuando tratamos entre iguales, hablamos de un mundo político, un mundo adulto que ya tiene sus propias cicatrices. Pero el niño no conoce la historia de estas cicatrices. Cuando la comunicación se produce entre educadores y niños, asistimos a la convergencia de dos mundos. El educador vive en un mundo ya público y político, un mundo adulto, pero el alumno no conoce todavía este mundo y la sangre que se ha vertido por cuestiones de raza, creencias o programas políticos. Hannah Arendt considera que el mundo infantil no es un mundo político todavía, y que la educación debería proteger al niño de este mundo. La formación de la personalidad en las edades infantiles debe poder desarrollarse en las sombras de la vida pública, es decir, en un clima que impida la invasión de lo público sobre lo privado. La maestra de Quino debería ser una pantalla de protección entre ambos mundos, y al mismo tiempo debería ser la primera referencia de los niños para conocer el mundo público al que van a sumarse.

El ámbito privado es para Arendt el lugar de los recién llegados a la vida, las generaciones no adultas y las familias, el refugio o el escudo contra el mundo dentro de sus cuatro paredes, el mundo seguro para crecer; y el ámbito público es el mundo político, el mundo común a todos, llamado por Arendt alguna veces como mundo a secas.

El lugar de la escuela es el de la mediación entre el mundo privado y el mundo público. Es el mundo pre-político, o también el espacio de transición entre los recién nacidos y el mundo adulto.

Por esto la responsabilidad de la maestra es doble: debe ser un puente intergeneracional a la vez que una protección que todavía ofrezca sombra e intimidad sobre las generaciones nuevas e inocentes. La maestra debe actuar con autoridad, dirá Arendt, y para ganarse la autoridad (que no tiene ninguna relación con el concepto político de autoritarismo) debe mostrar por un lado gran conocimiento y en segundo término responsabilidad y juicio. Incluso aunque la maestra crea que la esencia del carácter nacional sea el guerrear o ser fuerte ante las potencias invasoras, deberá tener juicio a la hora de entablar una relación con los niños: entonces declara que la esencia del ser nacional es el de la comunidad y la solidaridad, o el compañerismo y la paz, o alguna otra esencia que no sea puramente adulta, ni puramente política, como una especie de guardiana de la inocencia infantil y de las ilusiones fantasmales del mundo encantado de los niños.

De alguna forma esta idea arendtiana en el plano filosófico-político la había planteado Chesterton en el mundo literario-filosófico, cuando escribió que la educación debería consistir en que los educadores renunciaran a apuntar con un foco a la mirada del niño y se abocaran a apagar las luces artificiales que le impidieran mirar por sí solos a las estrellas. Los focos y las luces representan en el esquema de Arendt a la vida política adulta; las estrellas y el mundo celeste, el legado cultural que habría que conservar para las generaciones jóvenes.

Contrariamente a Arendt, un utopista político podría creer que el mundo que él desea (pongamos un mundo sin propiedad privada) puede comenzar a crearse desde las conciencias infantiles. Entonces recortará la historia y la tradición a su favor, sustituirá los mitos nacionales por sus mitos personales, y legará un mundo inexistente a las futuras generaciones. Arendt dirá: una actitud de ese tipo dejará librado a los niños a su propia suerte, y antes que una nación o un mundo para renovar, recibirán un mundo de ruinas sobre el que ignorarán el pasado. Lo mismo valdría para una ideología conservadora que quisiera crear un mundo inexistente, pero deseable, en la mente de las generaciones infantiles.

Arendt es extremadamente cuidadosa al referirse a la escuela y los niños con relación al mundo político y público de los adultos. Existe una línea de demarcación muy clara entre ambos.

Para el niño, la primera frontera de protección contra la vida política del mundo adulto, es la familia, y la que le sigue es el universo pre-político de la escuela. En este escenario, la maestra de Quino (que podría ser cualquier maestra), que viene del mundo adulto, es el enlace entre la vida privada y la vida pública. Arendt considera que es el Estado el que pugna por la educación del niño, no la familia, y el educador sería el representante de aquél en el universo infantil pro-político, y en el que va a inmiscuirse. En este orden de cosas sería un error invadir la esfera de lo que pertenece íntimamente al niño con la enseñanza de alguna regla ya resuelta en las disputas de orden político: el deber de la maestra es no recortar el mundo exterior a su antojo, porque es el mundo al que van a ingresar los recién llegados.

De la misma manera que separa ambos espacios sociales, Arendt separa los campos y sus implicancias de la tradición, la autoridad y el conservadurismo del mundo no político y el político. Cuando hablamos del niño y de los recién llegados a la vida, los tres campos anteriores tienen la facultad de protegerlo y de mimarlo de las aspiraciones adultas que ya pertenecen a un universo político y final. En cambio, en el mundo adulto, estos campos adquieren madurez y un sentido distinto que solo los adultos podemos comprender, lo que quiere decir que Hannah Arendt no pretender defender necesariamente una ideología conservadora cuando habla a sus iguales, ya que asume una dicotomía público-privada. Para ella, el conservadurismo en educación, el conservadurismo en el mundo no político, se refiere al mínimo indispensable para que la educación tenga sentido, ya que enseñar es de alguna manera conservar alguna cosa (el pasado, la historia del pensamiento filosófico, la historia de las religiones, el conocimiento acumulado de la física). De igual manera, la tradición, para Arendt, que puede tener un sentido distinto en el campo político, tiene otro muy distinto en el terreno de la familia, de lo privado y de la escuela, ya que no es un espacio político. La tradición es para ella el total de nuestro pasado como seres humanos, con todas sus luchas y acuerdos, luces y sombras, con todos sus hombres y filosofías.

Esta separación conceptual y materializada de público/privado protege al niño del adoctrinamiento, dirá Arendt, ya que sabemos que cuando la intimidad y el mundo de la familia son abiertas al campo público, el Estado entra directamente en ellas, de modo que de alguna manera la autora está defendiendo lo que cree son los mecanismos de protección elementales contra el totalitarismo y sus consecuencias, que tanto le interesaron.

De modo que cuando leemos que la intimidad y el universo cerrado de la familia son las bases de las desigualdades de género y de la explotación de la mujer, en la moderna teoría feminista, estamos frente a las puertas de lo que Hannah Arendt intenta conservar en este ensayo. Para la escritora alemana, justamente, lo personal no es político, y tampoco lo es la educación (otro punto muy interesante de este texto de Arendt) ya que nos pone frente a una interesante discusión pública: la de si “la verdad política de la próxima era se juega en la educación” como dijo el oriental Sandino Núñez.*


* En el artículo La educación, la nueva izquierda demagógica y la lógica del mercado de enero de 2012.


Bien, alguien podrá decir: “la maestra de Quino realiza un acto político”, frente a lo cual yo les diría “es cierto, pero lo hace con juicio”. En este punto, y si debiéramos discutir de que si toda acción es política, incluso la educación, contra una visión más sensata de Arendt, yo me colocaría del lado de la alemana. Los peligros de llevar la guerra y la sangre también al campo del universo de los niños, son un tanto mayores hacer lo contrario: separar claramente ambas esferas. Debemos legar la tradición que se nos ha legado antes, conservarla, sin importar que esta tenga las falsificaciones que ya conocemos: en efecto, discutir las falsificaciones de la historia nacional tampoco nos llevará a un acuerdo (ni siquiera en el mundo adulto). ¿Qué hacer entonces? Legar a los recién llegado el mundo tal cual lo conocemos en el momento de enseñarlo: esto nos permitirá tanto a nuestros enemigos políticos del mundo adulto como a nosotros mismos, la posibilidad de seguir renovando nuestra relación de enemistad, que ya no será la nuestra sino que será la de las jóvenes generaciones: que las reeditarán, las prolongarán, las sanarán, o crearán otras nuevas rivalidades.

Si hay algo que pierde la gracia, es un niño comportándose como adulto. Por ejemplo, hablando de plata, hablando de trabajar y ahorrar, hablando de matar delincuentes. No existe ninguna gracia en esto. Es capaz de dejar helado a cualquiera. Cuando Rancière habla de la comunidad de los iguales, que sería una sociedad de artistas, está colocando el arte por encima de lo político. Ya alguien dirá: “todo lo artístico es político, todo es político, el sexo es político”. A lo que podríamos contestar: “bien, pero toda política es arte, toda guerra y sangre es artística, todo sexo es arte”.

Mientras que la política es un foco de luz que se descubre solo, el arte en cambio es una pantalla de múltiples colores con significados múltiples. El mundo de la escuela, pre-político, debe conservar todavía la imaginación infantil tan parecida a la naturaleza del arte como distante de la enajenación política. No es superior el mundo político del hombre adulto al universo infantil y mágico de los niños, y aún de los adolescentes.

—Leonardo Pittamiglio.

Prof. de Sociología.

IFD Canelones, 2020.

La educación según Hannah Arendt: Conservación y autoridad
La educación según Hannah Arendt: Tradición y autoridad

Bibliografía

Arendt, Hannah. Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Ed. Península, Barcelona, 1996.

Arendt, Hannah. De la historia a la acción. Ed. Paidós, España, 1995.

Rancière, Jacques. El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Laertes Ediciones, Barcelona, 2002.

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