Howard Becker: Representar la sociedad (Para hablar de la sociedad la sociología no basta, cap. 1)

Representar la sociedad

Cap. 1 de Para hablar de la sociedad la sociología no basta [2007] de Howard Becker

Hace muchos años que vivo en San Francisco, en los bajos de Russian Hill o en los altos de North Beach (según el interlocutor al que intente impresionar con la descripción). Mi casa está próxima al barrio Fisherman’s Wharf, sobre el camino que muchas personas transitan para regresar de esta atracción turística a sus hospedajes en el centro o en los alineados sobre la calle Lombard. A través de mi ventana, suelo ver a pequeños grupos de paseantes detenidos, cuya mirada oscila entre sus mapas y las grandes colinas que se erigen frente a ellos, entre el lugar en el que están y aquel al que desearían llegar. Lo que ha ocurrido es bastante claro. En el mapa, la línea recta parece invitar a una agradable caminata por un barrio residencial, que permitiría al turista ver cómo viven los locales. Una vez allí, lo que piensan, tal como me comentó una vez un joven británico al que le ofrecí ayuda, es “tengo que volver a mi hotel, pero no voy a escalar esa maldita colina”.

¿Por qué los mapas que consultan no les avisan de las colinas? Los cartógrafos saben indicar las elevaciones del terreno, así que no es una limitación del medio lo que incomoda a los peatones. Pero esos mapas están hechos especialmente para desplazarse en automóviles. Originalmente –aunque ya no– fueron confeccionados por encargo de las compañías de combustible y los fabricantes de neumáticos para su distribución en las estaciones de servicio (Paumgarten, 2006: 92), y a los automovilistas las colinas les preocupan mucho menos que a los peatones.

Estos mapas, al igual que las redes de personas y organizaciones que los confeccionan y utilizan, dan cuenta de un problema más general. Cualquier mapa de las calles de San Francisco es una representación convencional de dicha sociedad urbana: una descripción visual de sus calles y puntos de referencia, y también de su distribución en el espacio. Tanto los cientistas sociales como los ciudadanos comunes tienen la costumbre de utilizar no sólo mapas, sino también otra gran variedad de representaciones de la realidad social; unos pocos ejemplos al azar son las películas documentales, las tablas estadísticas y los relatos que las personas se cuentan unas a otras para explicar quiénes son y qué hacen. Todas estas representaciones, al igual que los mapas, ofrecen una imagen parcial, pero aun así adecuada a los propósitos del caso. Todas surgen de entornos institucionales que delimitan qué se puede hacer y definen las necesidades que estas representaciones deben satisfacer.

Entender esto nos lleva a plantear varias preguntas interesantes: ¿de qué manera las necesidades y prácticas de las organizaciones dan forma a las distintas descripciones y análisis (llamemos a todo esto “representaciones”) de la realidad social? ¿Cuáles son los parámetros en virtud de los cuales las personas que hacen uso de ellas las consideran adecuadas? Estas preguntas están relacionadas con problemáticas tradicionales de los modos de conocer y comunicar en la ciencia, aunque las trascienden e incluyen cuestiones normalmente asociadas al arte así como a la experiencia y el análisis de la vida cotidiana.

A lo largo de los años, he entrado en contacto con diversas formas de hablar acerca de la sociedad, ya sea de manera profesional o tan sólo a causa de mi curiosidad innata. Como sociólogo que soy, las formas de contar que de inmediato me vienen a la mente son las que acostumbra emplear mi disciplina: la descripción etnográfica, el discurso teórico, las tablas estadísticas (y las representaciones visuales de cifras como los gráficos de barras), la narración histórica y otros tantos. Pero hace muchos años, fui también a la escuela de arte, me convertí en fotógrafo y en ese proceso desarrollé un apasionado y perdurable interés por las representaciones icónicas de la sociedad que crearon y crean los documentalistas y otros fotógrafos desde la invención misma del medio.

Esto me condujo, de un modo bastante natural, a pensar el cine como otro medio de representar a la sociedad. Y no sólo las películas documentales, sino también las de ficción. He sido un ávido lector desde la infancia y, al igual que la mayoría de los lectores, sé que los cuentos y las novelas no son sólo producto de la imaginación, sino que a menudo contienen valiosas enseñanzas acerca del modo en que la sociedad se construye y funciona. ¿Y por qué no habría de tomar en cuenta, también, las representaciones dramáticas de historias sobre el escenario? Desde siempre estuve interesado e involucrado en todas estas formas de describir a la sociedad; por eso, decidí sacar provecho de la colección algo aleatoria y azarosa de ejemplos que el paso del tiempo supo decantar en mi cabeza.

¿Con qué propósito? Para descubrir qué problemas tiene que enfrentar cualquiera que intente la tarea de representar a la sociedad, qué tipos de soluciones se han formulado y se pusieron a prueba a lo largo del tiempo y con qué resultados. Descubrir también aquello que tienen en común los problemas propios de los distintos medios y qué ocurre cuando se intenta adaptar soluciones que funcionaron en un tipo de representación a otro. Descubrir, por ejemplo, qué tienen en común las tablas estadísticas y los proyectos de fotografía documental, los modelos matemáticos y la ficción de vanguardia. Descubrir qué soluciones al problema de la descripción podrían trasladarse de un campo a otro.

Por ende, me interesan aquí las novelas, la estadística, la historia, la etnografía, la fotografía, el cine y cualquier otro modo en que las personas intentaron comunicar a otras qué opinaban acerca de sus respectivas sociedades u otras sociedades de su interés. Llamo “informes acerca de la sociedad” o, en ocasiones, “representaciones sociales” a los productos de esta actividad en cualquiera de esos medios. ¿Qué problemas y cuestiones se presentan a la hora de realizar este tipo de informes, en el medio que sea? A partir de los comentarios y las quejas que intercambian las personas que hacen este tipo de trabajo, hice una lista general de cuestiones y tomé como principio básico la idea de que si algo resulta problemático para un determinado modo de plantear las representaciones, constituirá un problema para todos los modos de hacerlo. Sin embargo, quienes trabajan en determinado ámbito tal vez hayan logrado solucionar esa dificultad según sus necesidades, por lo que ya ni siquiera la consideren un problema, mientras que para personas de otro ámbito parece constituir un dilema irresoluble. Esto significa que este segundo ámbito tal vez tenga algo que aprender del primero.

He procurado ser inclusivo en el planteo de las comparaciones y abarcar (al menos en principio) la gran variedad de medios y géneros que las personas utilizan o han utilizado para representar la sociedad. Desde luego, no hablé de todo. Pero he intentado evitar los prejuicios convencionales más obvios y tomar en consideración, además de los formatos científicos aceptados y todos aquellos que han sido inventados y utilizados por los profesionales de las disciplinas científicas reconocidas, aquellos utilizados por los artistas y por legos en la materia. Una lista dará una idea de la gama de temas: de las ciencias sociales, he tomado modos de representación como los modelos matemáticos, las tablas y gráficos estadísticos, los mapas, la prosa etnográfica y el relato histórico; del arte, las novelas, las películas, la fotografía y el teatro; de la inmensa zona gris entre ambos, las historias de vida y otros materiales biográficos y autobiográficos, el reportaje (incluidos los géneros mixtos del docudrama, el cine documental y el hecho ficcionalizado) y también la narración oral, los mapas y cualquier otra forma de representación producida por la gente común (o sencillamente por personas que actúan en un ámbito que no es el de su incumbencia específica, situación que ocurre incluso a los profesionales la mayor parte del tiempo).


¿Quién cuenta?

Todos sentimos curiosidad por la sociedad en que vivimos. Necesitamos saber, en los términos más rutinarios y de la manera más trivial, cómo funciona nuestra sociedad. ¿Qué normas rigen la organización en la que participamos? ¿Qué patrones de comportamiento siguen los demás? Saber estas cosas nos ayuda a organizar nuestro propio comportamiento, descubrir qué queremos, cómo obtenerlo, cuánto costará y qué oportunidades de acción ofrecen las distintas situaciones.

¿Dónde se aprende todo esto? En principio, a través de la experiencia cotidiana. De la interacción con distintos tipos de personas, grupos y organizaciones. De la conversación con todo tipo de personas en todo tipo de situaciones. Por supuesto, no todos los tipos: esta clase de experiencia social cara a cara que todas las personas tienen está limitada por las conexiones sociales de cada cual, su situación en la sociedad, sus recursos económicos y su ubicación geográfica. Es posible arreglárselas con un conocimiento limitado de este tipo, pero en las sociedades modernas (y probablemente en todas) hace falta saber más que lo que se aprende a partir de la experiencia personal. Hace falta, o al menos se desea, saber acerca de otras personas y lugares, otras situaciones, otros tiempos, otros modos de vida, otras posibilidades, otras oportunidades.

Por eso, las personas buscan distintas “representaciones de la sociedad”, en las que otros les cuentan acerca de todas esas situaciones, tiempos y lugares que ellas no conocen de primera mano pero acerca de las cuales les gustaría saber. Esta información adicional les permite a su vez hacer planes más complejos y reaccionar de forma más elaborada a las situaciones que se les presentan en su propia vida inmediata.

En términos sencillos, una “representación de la sociedad” es algo que alguien le cuenta a otra persona acerca de determinados aspectos de la vida social. Esta definición abarca un terreno muy amplio. En uno de sus confines se sitúan las representaciones corrientes que las personas, como individuos de a pie, intercambian en su vida cotidiana. Tomemos como ejemplo el caso de los mapas. En muchas situaciones y para los propósitos más diversos, es una actividad altamente profesionalizada, fundada sobre siglos de experiencia práctica, razonamiento matemático y ciencia académica. Pero en otras, no es más que una actividad corriente que cualquiera ejerce de vez en cuando. Invito a alguien a conocer mi casa, pero no sabe cómo llegar en automóvil. Le doy indicaciones verbales: “Si vienes de Berkeley, toma la primera salida del Puente de la Bahía a la derecha, gira a la izquierda al final de la rampa, pasa varias calles y luego gira a la izquierda para tomar Sacramento; sigue hasta llegar a Kearny, gira a la derecha y sube hasta Columbus”. También puedo sugerirle que, además de mis indicaciones, consulte un mapa de las calles, o sólo decirle que vivo cerca de la esquina de Lombard y Jones y dejar que utilice el mapa para encontrar esa dirección. O bien puedo dibujarle un mapa, reducido y personalizado. Puedo marcar cuál sería el punto de partida –“tu casa”– y bosquejar sólo las calles relevantes, indicándole en qué intersecciones girar, la extensión de cada tramo recto y los puntos de referencia que hay que pasar hasta llegar a “mi casa”. En la actualidad, todo esto puede consultarse en un sitio web, o bien confiar en que un equipo de GPS haga todo el trabajo.

Se trata de representaciones de una parte de la sociedad, contenidas en una relación geográfica sencilla; un modo más sencillo y acertado de definirlas es decir que todas estas son formas de hablar acerca de la sociedad o de una parte de ella. Algunas de estas formas, los mapas viales estándar o las descripciones informáticas, son confeccionadas por profesionales altamente entrenados, haciendo uso de equipamiento y conocimiento especializados. Las instrucciones verbales y el mapa casero son confeccionados por personas de la misma condición que quienes los reciben, sin más conocimientos o capacidades geográficos que los de cualquier otro adulto competente. Todos sirven, cada uno a su manera, para guiar a alguien de un lugar a otro.

A mis colegas profesionales –de la sociología y otras ciencias sociales– les gusta hablar como si tuviesen el monopolio de estas representaciones, como si el conocimiento que producen acerca de la sociedad fuese el único conocimiento “real” en la materia. Esto no es cierto. También les gusta sostener la idea, igualmente ridícula, de que sus modos para hablar acerca de la sociedad son los mejores, o los únicos para hacerlo con propiedad, o bien que estos los resguardan de cualquier error que podrían cometer si procediesen de otra forma.

Ese tipo de comentario no es más que una banal usurpación de poder por parte de una esfera profesional. Prestar atención a los modos en que personas de otros ámbitos –los artistas visuales, los novelistas, los dramaturgos, los fotógrafos y los cineastas–, así como también la gente de a pie, representan a la sociedad revelará categorías y posibilidades analíticas que las ciencias sociales a menudo ignoran y sin embargo podrían resultar de gran utilidad. Por eso, he decidido concentrarme en el trabajo representacional que hacen no sólo los profesionales de las ciencias sociales, sino también otros tipos de trabajadores. Los científicos saben hacer su trabajo, y esto resulta adecuado en virtud de distintos propósitos. Pero la suya no es la única manera de hacerlo.

¿Qué otras maneras existen? Hay muchas formas de categorizar las actividades representacionales. Podemos hablar de medios: por ejemplo, el cine, las palabras, los números, mutuamente contrapuestos. Y es posible considerar la intención de quienes elaboran las representaciones: la ciencia, el arte, el reportaje, también contrapuestos. Este tipo de revisión minuciosa podría servir a muchos propósitos, pero no a explorar los problemas genéricos de la representación y la gran variedad de soluciones que el mundo ha encontrado hasta el momento para ellos. Contemplar algunas de las formas más complejas y organizadas de describir a la sociedad significa no perder de vista las distinciones entre la ciencia, el arte y el reportaje. Estos ámbitos no suponen formas particulares de hacer algo, sino, antes bien, modos de organizar lo que, desde el punto de vista de los materiales y los métodos, podría considerarse en buena medida una misma actividad. (Más adelante, en el capítulo 11, compararé tres formas de usar la fotografía para realizar estos tres tipos de trabajo, lo que permitirá advertir de qué manera las mismas fotografías podrían ser arte, periodismo o ciencias sociales.) La tarea de representar a la sociedad a menudo supone una comunidad interpretativa, una organización conformada por personas que acostumbran realizar representaciones estandarizadas de determinado tipo (“productores”) para otras (“usuarios”), que a su vez suelen emplearlas para determinados propósitos estandarizados. Tanto los productores como los usuarios adaptaron su actividad a la actividad del resto, de manera tal que la organización de hacer y usar resulte, al menos durante determinado período, una unidad estable, un mundo (en el sentido técnico planteado en otra obra –Becker, 1982– y que comentaré con mayor detenimiento en las páginas siguientes).

Con bastante frecuencia, algunas personas no se ajustan bien a estos mundos organizados de productores y usuarios. Propensas a experimentar e innovar, no hacen las cosas como suelen hacerse, y por consiguiente aquello que producen tal vez no encuentre muchos usuarios. Pero las soluciones que dan a problemas usuales resultan muy útiles y reveladoras respecto de posibilidades que pasan inadvertidas en las prácticas más convencionales. Las distintas comunidades interpretativas a menudo comparten procedimientos y formas y les dan usos no previstos ni deseados por la comunidad de origen, lo cual produce mezclas de métodos y estilos que se adaptan a las condiciones cambiantes de las organizaciones de mayor escala a las que pertenecen.

Todo esto es muy abstracto. Veamos una lista más concreta de las formas estándares de contar acerca de la sociedad, que han producido obras ejemplares de representación social que vale la pena analizar con detenimiento:

• Ficción. Varias obras de ficción, cuentos y novelas, han servido como vehículos para el análisis de la sociedad. Siempre se ha entendido que las sagas familiares, de clase y de grupos profesionales producidas por escritores de propósitos y talento tan disímiles como Honoré de Balzac, Émile Zola, Thomas Mann, C. P. Snow y Anthony Powell encarnan descripciones complejas de la vida social y sus procesos constitutivos (factores de los que dependen su impacto y sus virtudes estéticas). Las obras de Charles Dickens –cada una de ellas o en conjunto– fueron concebidas –según la intención del autor– como un modo de describirle a un gran público el funcionamiento de las organizaciones causantes de los males que padecía su sociedad.

• Teatro. De manera similar, el teatro también ha sabido ser un vehículo para explorar la vida social, sobre todo para describir y analizar los males sociales. George Bernard Shaw empleó la forma dramatúrgica para formular su concepción acerca de cómo se originan los “problemas sociales” y hasta qué punto estos se insertaban en el cuerpo político. Mrs. Warren’s Profession (La profesión de la señora Warren), por ejemplo, explica el funcionamiento del negocio de la prostitución y de qué manera este aseguraba la subsistencia de buena parte de las clases aristocráticas inglesas. En Major Barbara (La comandante Barbara) hace lo mismo respecto de la guerra y la fabricación de armamento. Muchos dramaturgos dedicaron sus esfuerzos a propósitos similares (Henrik Ibsen, Arthur Miller, David Mamet). Decir que estas obras y estos autores practican el análisis sociológico no significa que esto sea “lo único” que hacen o que sus obras sean “mera” sociología disfrazada de arte. De ningún modo. Estos autores tenían en mente propósitos que trascendían el análisis sociológico. Pero aun el más formalista de los críticos debe aceptar que parte del efecto de muchas obras artísticas depende de su contenido “sociológico” y de la convicción, en los lectores y en los espectadores, de que aquello que ellas cuentan acerca de la sociedad es, en un sentido u otro, “verdadero”.

• Cine. En el caso más obvio, los documentales –como ejemplos bastante conocidos, cabría mencionar Harlan County, USA (1976), de Barbara Kopple, y Chronique d’un été (Crónica de un verano) (1961), de Edgar Morin y Jean Rouch– tienen como objetivo fundamental la descripción social, a menudo, sin ser necesariamente algo explícito, con intenciones reformistas, procurando revelar a los espectadores los males de las organizaciones sociales existentes. Con frecuencia, las películas de ficción también hacen suyo el propósito de analizar y comentar las sociedades que retratan, que muchas veces son las mismas en que se producen. Los ejemplos van desde el seudo documental de Gillo Pontecorvo La battaglia di Algeri (La batalla de Argelia o La batalla de Argel, 1966) a un clásico de Hollywood como Gentleman’s Agreement (La luz es para todos) (1966), de Elia Kazan.

• Fotografía. Del mismo modo, desde los comienzos del medio, los fotógrafos a menudo se ocuparon del análisis social. El género de la fotografía documental tiene una larga e ilustre historia. Entre otras obras ejemplares del género, se cuentan las series Le Paris secret des années 30 (El París secreto de los años treinta) (1976), de Brassaï; American Photographs (1975 [1938]), de Walker Evans, y The Americans (1969 [1959]) de Robert Frank).

Hasta aquí, mencioné modos “artísticos” de elaborar representaciones sociales. Otras representaciones están más asociadas a la “ciencia”.

• Mapas. Los mapas, asociados a la disciplina de la geografía (más específicamente, a la cartografía), son un recurso eficiente para presentar grandes cantidades de información acerca de unidades sociales consideradas en su dimensión espacial.

• Tablas. En el siglo XVIII, la invención de la tabla estadística permitió resumir, en un formato compacto y comparativo, una gran cantidad de datos numéricos provenientes de observaciones específicas. Estas descripciones compactas ayudan a los gobiernos y a otras instituciones a organizar acciones sociales con determinados propósitos. El censo gubernamental constituye su forma de uso más clásica. Los científicos emplean las tablas para difundir datos con los cuales otros pueden evaluar sus teorías. En el siglo XX, las ciencias sociales se volvieron cada vez más dependientes de la presentación de datos cuantitativos en tablas reunidos específicamente para dicho propósito.

• Modelos matemáticos. Algunos representantes de las ciencias sociales describieron la vida social reduciéndola a entidades abstractas organizadas como modelos matemáticos. Estos modelos, intencionalmente alejados de la realidad social, tienen la capacidad de representar relaciones básicas, propias de la vida social. Se los utilizó para analizar fenómenos tan distintos como los sistemas de parentesco y el mundo de la música popular comercial.

• Etnografía. Una forma clásica de representación social es la etnografía, una descripción verbal detallada del modo de vida, en su totalidad, de una determinada unidad social, cuyo arquetipo es (aunque no necesariamente) un pequeño grupo tribal. Con el tiempo, este método se aplicó, y se aplica aun hoy con frecuencia, a organizaciones de todo tipo: escuelas, fábricas, barrios urbanos, hospitales y movimientos sociales.

En algún punto entre el arte y la ciencia se ubican la historia y la biografía, que suelen ocuparse de elaborar relatos minuciosos y exactos de acontecimientos del pasado pero que igualmente se dedican a evaluar amplias generalizaciones acerca de cuestiones que conciernen a otras ciencias sociales. (Recordemos que toda la producción sociológica de hoy será la materia prima de los historiadores del mañana, así como obras maestras de la sociología, como los estudios del matrimonio Lynd sobre “Middletown”,* pasaron de ser un análisis social a convertirse en documentos históricos.).


* Robert S. y Helen M. Lynd, Middletown. A Study in Modern American Culture (1929) y Middletown in Transition. A Study in Cultural Conflicts (1937). [N. del E.].


Por último, es preciso tener en cuenta a los aventureros, los inconformistas y los innovadores que mencioné antes. Algunos productores de representaciones sociales mezclan métodos y géneros, experimentan con formas y lenguajes, y brindan análisis de fenómenos sociales en lugares inesperados y bajo formas que no se reconocen como arte ni ciencia, en tanto exhiben una combinación inusual y desconocida de géneros. Por ejemplo, Hans Haacke, a quien cabe denominar un “artista conceptual”, usa dispositivos sencillos para conducir a los usuarios a conclusiones inesperadas. Georges Perec e Italo Calvino, miembros del grupo literario francés OuLiPo* (Motte, 1998) dedicado a experimentos literarios esotéricos, de una forma u otra hicieron de la novela un vehículo para un refinado pensamiento sociológico. También están las “piezas habladas” de David Antin, historias que pueden ser ficción o no y que transmiten un análisis social e ideas complejas. Al igual que todos estos experimentos, la obra de estos artistas obliga a reconsiderar procedimientos que a menudo se dan por sentado, situación que comentaré con detenimiento más adelante en este libro.


Los hechos

Me veo en la necesidad de establecer una distinción importante, aunque sea falaz, engañosa y que cada uno de sus términos pueda resultar resbaladizo e indeterminado. No creo que tales faltas supongan un mayor perjuicio a los fines de la presente exposición. Me refiero a la distinción entre “hechos” e “ideas” (o “interpretaciones”). Todo informe acerca de la sociedad supone cierta descripción de cómo son las cosas en un lugar específico en un momento determinado. Por ejemplo, cuántas personas había en el país en el año 2000 según el recuento de la Oficina del Censo de los Estados Unidos. Cuántas de ellas eran mujeres y cuántas son hombres; la distribución etaria de esa población (tantos por debajo de los 5 años, tantos entre 5 y 10, y así en adelante); la composición racial de esa población; la distribución de los ingresos; la distribución de los ingresos entre los subgrupos raciales y de género de esa población.

Esos son datos acerca de la población estadounidense (y, desde luego, en mayor o menor grado, se dispone de información similar acerca de los demás países del mundo). Ofrecen descripciones de lo que podría encontrar cualquier persona interesada en estos números, la información resultante de una serie de operaciones que un grupo de profesionales de la demografía y la estadística emprendieron en conformidad con los procedimientos propios de su especialidad.


* El término es un acrónimo de “Ouvroir de Littérature Potentielle”, Taller de Literatura Potencial. [N. del E.].


Del mismo modo, los antropólogos nos cuentan, por ejemplo, de qué manera tales personas que viven en tal sociedad estructuran el parentesco: estas personas reconocen ciertas categorías de relaciones familiares y tienen determinadas ideas acerca del comportamiento que los individuos así relacionados deben observar entre sí; estos son, según la formulación clásica, sus derechos y obligaciones mutuos. Los antropólogos fundan su análisis en relatos que procuran establecer hechos acerca de los modos en que estas personas hablan y se comportan, incluidas en las notas de campo que luego comunican a través de sus observaciones y entrevistas en el terreno, del mismo modo que los profesionales de la demografía respaldan con los datos aportados por el censo su descripción de la población estadounidense. En ambos casos, los profesionales parten de la evidencia recopilada mediante métodos que sus pares consideran suficientes para garantizar el estatus fáctico de los resultados.

Es preciso, sin embargo, plantear algunas prevenciones. Hace tiempo ya que Thomas Kuhn (1970 [1962]) me convenció de que los hechos nunca son hechos desnudos, sino que, antes bien, según su propia formulación, tienen “cierto caudal implícito de creencias metodológicas y teóricas entrelazadas”. Cada aseveración de un hecho presupone una teoría que explica qué entidades son susceptibles de descripción, qué características pueden tener, cuáles de dichas características son observables, cuáles sólo pueden inferirse de las observables y demás.

En ocasiones, las teorías parecen tan obvias que es innecesario demostrarlas. ¿Puede alguien discutir si podemos identificar a un ser humano al verlo y distinguirlo de otras clases de animales? ¿Es necesario discutir que estos seres humanos pueden a su vez categorizarse como varones y mujeres? ¿O como negros, blancos, asiáticos y de otras variedades raciales? De hecho, tanto los científicos como los legos discuten este tipo de cosas todo el tiempo, como se desprende con toda claridad de los continuos cambios que alteran las categorías raciales de los censos que se realizan en distintas partes del mundo. Las características como el género y la raza no resultan obvias en la naturaleza. Cada sociedad tiene modos de distinguir a los niños de las niñas, así como a los miembros de las distintas categorías raciales que los miembros de esa sociedad consideren relevantes. Pero tales categorías están fundadas en teorías acerca de las características esenciales de los seres humanos, y la naturaleza de las categorías y los métodos empleados para atribuirlas a las personas varían mucho de sociedad a sociedad. Esto quiere decir que no podemos dar por sentado ningún tipo de hecho. No hay hechos puros; sólo “hechos” que adquieren su significado en función de una teoría subyacente.

Además, los hechos sólo son hechos si el grupo de personas que los consideran relevantes los aceptan como tales. ¿Supone esto dejarse llevar por un pernicioso relativismo o un juego de palabras malintencionado? Tal vez, pero no creo que sea necesario debatir aquí la existencia o no de una realidad última que en determinado momento la ciencia podría revelar para reconocer que en muchas oportunidades las personas sensatas, incluidos los científicos sensatos, no logran ponerse de acuerdo en qué es un hecho y en cuándo un hecho se constituye efectivamente como tal. Estos disensos aparecen porque los científicos suelen discrepar respecto de qué constituye una prueba adecuada de la existencia de un hecho. Bruno Latour (1987: 23-29) ha demostrado, de manera bastante convincente para mí y para muchos otros, que, como señala con total claridad, el destino de un hallazgo científico está en manos de aquellos dispuestos a aceptarlo. Si lo aceptan como un hecho, será tratado como tal.

¿Esto quiere decir que cualquier tipo de tontería puede llegar a ser un hecho? No, porque uno de los “actantes”, para emplear la poco elegante expresión de Latour, que debe aceptar la interpretación es el propio objeto respecto del cual se afirma el hecho en cuestión. Yo puedo afirmar que la luna está hecha de queso, pero la luna tendrá que cooperar exhibiendo ciertas características que las demás personas puedan reconocer como propias del queso; caso contrario, la afirmación se convertirá en un no-hecho inaceptable. Peor aún, es posible que mi hecho ni siquiera se convierta en objeto de debate; o simplemente podría ser ignorado, de modo que sería lícito afirmar que no existe, al menos en el discurso de los científicos que estudian la luna. Tal vez exista una realidad última, pero todos los seres humanos somos falibles y podemos equivocarnos, y eso significa que, en el mundo real en que vivimos, todos los hechos pueden ser discutidos. Este es un hecho cuanto menos tan inamovible y difícil de refutar como cualquier otro hecho de la ciencia.

Por último, los hechos no son aceptados en general o por el mundo en conjunto, sino que los aceptan o rechazan aquellos públicos específicos ante quienes los presentan sus exponentes. ¿Esto quiere decir que toda ciencia es situacional y que, por lo tanto, sus hallazgos carecen de validez universal? No estoy tomando partido por ninguna posición respecto de estas grandes preguntas de la epistemología, sino simplemente reconociendo lo obvio: cuando se elabora un informe acerca de la sociedad, se lo hace para alguien, y quién es ese alguien afecta el modo en que se presenta el conocimiento y el modo en que los usuarios reaccionan a eso que se les presenta. Los públicos difieren –esto es importante– en aquello que saben y saben hacer, en aquello que creen y están dispuestos a aceptar, ya sea como acto de fe o en virtud de determinado tipo de evidencia. Es habitual que se presenten distintos tipos de informes a diferentes públicos: tablas estadísticas para personas más o menos entrenadas en su lectura, modelos matemáticos para personas con un entrenamiento altamente especializado en las disciplinas involucradas, fotografías a una gran variedad de públicos generales y especializados, etc.

Entonces, en lugar de hechos fundamentados por una determinada evidencia que los vuelve aceptables como tales, existen hechos fundados sobre una teoría, aceptados como tales por determinadas personas en la medida en que la evidencia que los sustenta ha sido recolectada de manera aceptable para cierta comunidad de productores y usuarios.


Las interpretaciones

No es sencillo distinguir los hechos de las interpretaciones. Todo hecho, en su contexto social, supone e invita a diversas interpretaciones. Las personas pasan fácilmente y sin pensarlo demasiado de los hechos a las interpretaciones. Por tomar un ejemplo provocativo, que los grupos raciales difieren en su coeficiente intelectual tal vez sea un hecho, en la medida en que puede ser demostrado mediante pruebas comúnmente empleadas por los psicólogos que convirtieron ese tipo de mediciones en su negocio. Sin embargo, interpretar esta información como una demostración de que dicha diferencia es genética –hereditaria y por consiguiente difícil de modificar– no es un hecho, sino una interpretación del significado del hecho que se informa. Una interpretación alternativa sostiene que este hecho sólo demuestra que las pruebas de coeficiente intelectual están diseñadas para su aplicación en una determinada cultura y no pueden utilizarse para comparar poblaciones distintas.

Los descubrimientos acerca de las relaciones entre raza, género y nivel de ingresos que se desprenden del censo poblacional estadounidense tampoco hablan por sí solos. Alguien habla por ellos e interpreta su significado. Las personas suelen discutir más acerca de interpretaciones que acerca de hechos. Podemos estar de acuerdo en las cifras que describen las relaciones entre el género, la raza y los ingresos, pero esa misma información censal puede ser interpretada como una señal de la existencia de discriminación, del descenso de la discriminación, de la incidencia conjunta de dos condiciones de desventaja (ser mujer, ser negra) sobre los ingresos o de muchas otras posibilidades.

Por ende, un informe acerca de la sociedad es un artefacto que establece una serie de afirmaciones de hechos, basados en evidencia aceptable para determinado público, e interpretaciones de tales hechos también aceptables para ese público.

Howard Becker: Representar la sociedad (Para hablar de la sociedad la sociología no basta, cap. 1)
Howard Becker: Representar la sociedad (Para hablar de la sociedad la sociología no basta, cap. 1)

Becker, Howard. Para hablar de la sociedad: La Sociología no basta.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2015.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La sociología de Pierre Bourdieu: Habitus, campo y espacio social

Berger y Luckmann: Resumen de La sociedad como realidad subjetiva (Cap. 3 de La construcción social de la realidad, 1966)

Peter Berger: Para comprender la teoría sociológica

Ely Chinoy: Cultura y sociedad (La sociedad, 1966)

Enrique Vescovi: Introducción al derecho (Cap. 1: El derecho desde el punto de vista objetivo)

Macionis y Plummer: Desigualdad y estratificación social (Cap. 8)

Giovanni Sartori: La política. Lógica y método en las ciencias sociales (Cap. III: El método) (1991)

Robert Merton: Estructura social y anomia (Cap. 6 de Teoría y estructura sociales, 1949)

Teoría de la privación relativa de Robert Merton (Teoría y Estructura Social, 1949)

Herbert Blumer: La posición metodológica del interaccionismo simbólico (El Interaccionismo Simbólico: Perspectiva y método, 1969)