Gino Germani: Prólogo a la Imaginación sociológica de Charles Wright Mills

Prólogo a La imaginación sociológica de Mills

Gino Germani

La traducción de un libro implica algo más que un mero problema lingüístico. Se trata de introducir en cierta cultura el producto de otra, alejada o próxima de la primera pero, en todo caso, distinta. Es bien sabido que la traducción en este sentido especial será tanto más fácil cuanto más «comunicable» es el significado del objeto cultural de que se trata. La máxima comunicabilidad la encontramos obviamente en la ciencia, sobre todo a través del lenguaje universal de la matemática. Pero aun aquí hallamos notables diferencias, pues la comunicabilidad podrá variar en razón de la universalidad del contenido, de la problemática y conceptualización de cada disciplina en particular. La Sociología se halla a este respecto en una fase de comunicabilidad por cierto menor de la que existe, por ejemplo, en Economía, para quedar en el ámbito de las Ciencias Sociales. Debe reconocerse que en las últimas décadas se ha ido acentuando un proceso de universalización de esta disciplina y que está emergiendo lo que podríamos llamar una Sociología «mundial» en oposición a las Sociologías «nacionales» tan características de una etapa previa de su desarrollo, con su estrecha vinculación a las tradiciones intelectuales y a las peculiaridades culturales de cada país.

Este libro trata por cierto problema universales, problemas que surgen de algunos de los dilemas que debe enfrentar la disciplina en la presente fase de su desarrollo; no obstante, el examen que realiza Mills no deja de darse en un contexto intelectual y científico bien distinto del que existe en América Latina: en este sentido la «traducción» requiere un esfuerzo por ubicar el contenido del libro dentro de su contexto originario y a la vez evaluar su significado con relación al contexto intelectual y científico propio de la cultura en que se trata de introducirlo.

La Sociología —ya se ha dicho— atraviesa una fase de universalización. ¿De qué manera se caracteriza esta emergente «Sociología mundial»? Quizás sea posible sintetizar en unos puntos lo esencial del cambio: a) En primer lugar, la acentuación del carácter científico de la disciplina con la adopción de principios básicos del conocer científico en general, aunque con su propia especificidad metodológica; las antiguas controversias sobre el carácter más «filosófico» o más «empírico» pueden considerarse superadas: nadie ya duda de que la Sociología es una disciplina positiva, en la que la fase «empírica» se halla indisolublemente unida a la etapa «teórica», siendo una sola y misma cosa del mismo modo que hipótesis y verificación constituyen «momentos» inseparables de todo conocer científico. Análogamente, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar hoy quien defienda el carácter «culturalista» o «espiritualista» de la Sociología en los términos tan propios del pensamiento alemán de fines del siglo pasado y comienzos del actual y que tanta difusión y aceptación encontró en el mundo de habla hispana. Hoy en día el problema de las relaciones entre teoría e investigación se plantea en términos en extremo más concretos —operacionales, diríamos— y, por ejemplo, parte de las preocupaciones de Mills versan precisamente sobre la forma más productiva de entender y llevar a cabo el proceso de verificación; b) El desarrollo de procedimientos de investigación en extremo más refinados y poderosos de los que existían en el pasado: mientras en la época de Durkheim o Simmel, por ejemplo, el sociólogo debía limitarse a utilizar únicamente datos preexistentes ahora dispone de técnicas que han ampliado de manera insospechada sus posibilidades de observación y de experimentación en el campo de los hechos sociales. Las estadísticas oficiales, las obras históricas, los documentos personales o de otra índole, constituían antes las únicas fuentes para el investigador. Incluso en antropología los relatos de viajeros fueron todo el material sobre el que trabajaron los antropólogos clásicos. La observación sobre el terreno apoyada en el uso de una gran variedad de técnicas se ha transformado ahora en una práctica habitual del investigador social, y de este modo el alcance de la observación se está extendiendo cada vez más, y sectores del comportamiento humano, una vez del todo inaccesibles, pueden ahora ser objeto de un estudio perfectamente ajustado a los más ortodoxos cánones de la metodología científica. La experimentación stricto sensu que siempre pareció vedada al sociólogo es ahora posible, por lo menos en ciertas esferas. Este desarrollo ha implicado lo que podríamos llamar una creciente tecnificación de la Sociología: estandarización de procedimientos de investigación, uso generalizado de determinados instrumentos, rutinización de tareas y carácter colectivo de las mismas; necesidad de invertir considerables recursos para ciertas investigaciones, de contar con equipo material, locales, personal administrativo y técnico, etc.; c) Estos requerimientos de la nueva metodología y la tecnificación de ciertas fases de la investigación sociológica han conducido a otras importantes innovaciones y particularmente al crecimiento del aspecto organizativo de la labor científica. Mientras que en el pasado la regla era el investigador aislado y su biblioteca, en la actualidad lo normal es elInstituto, con su compleja organización humana y material, con una concentración considerable de recursos económicos, y, también, con todas las consecuencias malas y buenas de la burocratización. Puede decirse que se ha pasado de una fase artesanal a una fase industrial de la investigación, y esta transición ha sido genuinamente requerida por las innovaciones metodológicas y técnicas, aun cuando las exageraciones de una época dominada por la organización puedan haber introducido en ciertos casos deformaciones perjudiciales; d) Un cuarto proceso —también vinculado con el anterior— es la crecientediferenciación interna de la Sociología, el surgimiento de numerosísimas ramas especiales. Esto es por supuesto el resultado del crecimiento y expansión de los estudios. Así, ya desde la época de Durkheim, al lado de la Sociología general (cuya legitimidad este autor ponía en duda, por lo menos para las primeras fases del desarrollo de la disciplina), surgió una considerable variedad de especializaciones, y la nomenclatura adoptada en el Année Sociologique todavía ejerce su influencia en la clasificación de las disciplinas sociológicas. En la actualidad el crecimiento de la bibliografía y la enorme expansión de la labor de investigación, hacen prácticamente inasequible la posibilidad de que una sola persona pueda alcanzar y mantener un nivel de conocimientos adecuados en todas o incluso en varias de las ramas de la Sociología. De ahí la necesidad de especialización y de especialistas con todas sus conocidas ventajas y desventajas; e) La tecnificación, expansión y diferenciación interna debían conducir necesariamente a otro cambio: al surgimiento de escuelas específicamente dedicadas a la enseñanza de la Sociología, en reemplazo de las antiguas «cátedras» aisladas incluidas en el curriculum de las facultades de Filosofía, Derecho u otras. De este modo, y de manera análoga a lo ocurrido en el campo de la investigación, la enseñanza de la Sociología requirió una forma mucho más compleja de institucionalización: instituciones especiales, multiplicidad de cursos y de materias, títulos profesionales específicos, y el paralelo surgimiento de los medios de control científico y académico destinados a asegurar un nivel profesional adecuado; f) También en relación con este desarrollo, con la profesionalización de la Sociología —tanto como actividad puramente académica, como en cuanto actividad «aplicada»— se produjeron o se están produciendo una serie de otros cambios: surgimiento del «rol» del sociólogo, diferenciado en el del «científico puro» y en el del «profesional» o del «técnico», el primero dedicado principalmente a tareas académicas de enseñanza o de investigación en el campo de la «ciencia básica» (como suele decirse hoy), y el segundo desempeñando tareas en toda clase de instituciones públicas y privadas, en los más diferentes campos: económicos, asistenciales, educacionales, religiosos, etc. De aquí una serie de nuevos problemas de carácter material y —especialmente— moral, derivantes éstos de la particular situación del sociólogo y de las difíciles alternativas que se le presentan una vez puesto a intervenir —de una manera u otra— en esa misma realidad humana que en el pasado se limitaba a estudiar, a tratar como mero y desinteresado observador; g) Un efecto digno de ser notado, derivado de la extrema diferenciación interna, ha originado otro rasgo característico de la Sociología actual, rasgo por lo demás íntimamente vinculado a la naturaleza misma de la disciplina: la tendencia hacia la llamada cooperación interdisciplinaria, el trabajo en equipo de especialistas de diferentes ramas de la Sociología y de otras ciencias sociales. Esta cooperación supone desde luego un proceso previo de especialización, y aun cuando sólo sea posible en base al uso de un lenguaje común, de una base compartida de comunicación, su sentido es justamente el de aprovechar las ventajas de la especialización, corrigiendo al mismo tiempo su inevitable unilateralidad. Propósito en extremo difícil de lograr de manera cumplida y que, puede decirse de paso, tiende a reforzar algunos de los rasgos apuntados anteriormente, en particular el aspecto organizativo, el trabajo en equipo, y más específicamente en «comisiones», «grupos de trabajo» y formas similares, los que se han vuelto hoy una experiencia habitual para el sociólogo y el científico social en general; h) Por último todos estos cambios, que han transformado tan radicalmente a la Sociología, no podían dejar de influir de manera no menos poderosa sobre el tipo de personalidad requerido al sociólogo en sus nuevos papeles en considerable medida contradictorios —el de «hombre organización», por un lado, y el de «erudito», por el otro.

Se advertirá fácilmente que esta profunda transición no es de ninguna manera peculiar o exclusiva de la Sociología: por el contrario, corresponde a una tendencia claramente perceptible en toda la ciencia contemporánea a la vez que refleja ciertos rasgos esenciales y bien conocidos de la sociedad industrial. La creciente importancia de la organización, con su consecuente burocratización, impersonalidad del trabajo, fragmentación de tareas es obvia en el campo de las ciencias de la naturaleza; también es inevitable hoy la separación del sabio con respecto a la propiedad o el control de los instrumentos científicos que usa: la magnitud de la inversión necesaria para montar un moderno laboratorio rebasa infinitamente las posibilidades individuales y en la mayoría de los casos sólo resulta asequible al Estado o a las grandes fundaciones en las entidades internacionales, es decir, siempre a organizaciones que trascienden «la escala humana» y que se caracterizan por su estructura burocrática y por la concentración del poder. El hecho de que ahora este proceso empieza a afectar el campo de lo que en un tiempo se incluía en las «humanidades», en particular la Antropología Cultural o Social, la Psicología y la Sociología, sólo pone de relieve de manera más dramática aún los problemas y los dilemas que el hombre de ciencia moderno está llamado a enfrentar, cualquiera que sea el campo específico de su quehacer científico.

El libro de Mills refleja los problemas teóricos, prácticos y morales del proceso de transición que hemos tratado de sintetizar en las páginas precedentes. Lo hace sobre todo con respecto a la situación norteamericana y esta circunstancia está lejos de limitar su validez, pues la Sociología de ese país ofrece un caso que es o puede ser singularmente sintomático o predictivo del desarrollo de la disciplina en los demás países. Es en los Estados Unidos, en efecto, donde la Sociología ha alcanzado su mayor desarrollo y es también en ese país donde han aparecido los rasgos señalados. Desde allí y con singular rapidez se los ha visto difundir a muchos países de Europa occidental, a la mayoría de las nuevas naciones de África, Oceanía y Asia, para llegar a penetrar por fin en el mundo socialista, donde hasta hace poco, la Sociología era violentamente rechazada como «ciencia burguesa».[1] Esta rápida difusión no es fruto del azar, o del prestigio que acompaña el poder político (aunque puede haber algo de esto también), sino de manera mucho más esencial, del hecho que mientras por un lado la emergente sociedad industrial requiere en todas partes el desarrollo de la investigación científica de la realidad social, por el otro es precisamente en los Estados Unidos donde se ha alcanzado el más alto nivel en el campo de la metodología y de las técnicas de investigación a la vez que el acervo del pensamiento sociológico universal recibía una elaboración particularmente adecuada para el análisis de la moderna sociedad industrial. Es necesario insistir sobre el hecho de que el aporte del pensamiento sociológico clásico —la generación de los Durkheim, Weber, Simmel, Pareto y otros— combinóse allí con la vigorosa tradición empirista sajona y que el florecimiento originado por esta confluencia, ocurrido particularmente a partir de los años treinta, tuvo lugar a la vez como respuesta, y dentro del contexto, de los cambios sociales producidos en las últimas fases del desarrollo de la sociedad industrial, precisamente en el país y en el momento en que ésta iba a alcanzar su expresión más avanzada.

La aguda crítica de Mills al estado actual de la Sociología en los Estados Unidos debe ser examinada a la luz de las consideraciones que se acaban de formular. Su significado para el desarrollo de la Sociología en general, y en particular sus implicaciones para América Latina, pueden acaso sintetizarse en tres preguntas.

¿En qué medida las deformaciones que el autor denuncia son inherentes al desarrollo científico de la disciplina, es decir a las nuevas condiciones requeridas por el hecho mismo de su expansión, diferenciación interna, perfeccionamiento técnico y demandas de la sociedad industrial? ¿Y en qué medida, por el contrario, se vinculan a la forma peculiar asumida por la disciplina en el contexto histórico peculiar de la sociedad norteamericana, con su propia tradición intelectual y con sus rasgos culturales específicos?

¿En qué medida es posible una Sociología que, manteniendo un carácter científico —es decir positivo y empírico— logre evitar aquellas deformaciones?

¿En qué medida el análisis de Mills es relevante para la situación de la Sociología en América Latina?

Obsérvese que la pregunta formulada en primer término coincide con otro interrogante, un interrogante angustioso que, en un ámbito infinitamente más vasto, suele formularse en relación a los «modelos» de sociedad industrial que nos presentan los dos opuestos casos de la Unión Soviética y los Estados Unidos: ¿Cuáles son los rasgos de la sociedad industrial como tal? ¿Cuáles son los que tan sólo se vinculan con esas dos particulares expresiones históricas? Tal pregunta, como es obvio, no es únicamente el resultado de una legítima curiosidad científica, es también —o quizás lo es sobre todo— el fruto de una actitud vital: de una actitud decididamente crítica con respecto a ambos modelos históricos. Si por un lado el desarrollo económico es necesario (y deseable), ¿de qué manera evitar las deformaciones que —de acuerdo con nuestros valores— afectan aquellas dos expresiones particulares de sociedad «desarrollada»? Mills es un crítico riguroso de la sociedad norteamericana, una sociedadsuperdesarrollada como él suele llamarla, irónicamente. Una postura análoga lo ha llevado acaso a una posición heterodoxa con respecto a las tendencias imperantes en la Sociología de ese país.

Intentaremos sugerir alguna contestación a esas tres preguntas. Tarea por cierto en extremo difícil, pero incomparablemente más simple que la de hallar una respuesta satisfactoria al interrogante aludido en último término.

Pocas dudas caben de que el análisis de Mills apunta certeramente a ciertas deformaciones graves de la Sociología en los Estados Unidos: «gran teoría», «empirismo abstracto», «ethos burocrático». Pero resulta igualmente claro para quien conozca la sociedad norteamericana y a la vez haya examinado con alguna atención el desarrollo, estado actual y tendencias visibles que la Sociología presenta en sus centros más avanzados en otros países que no se trata realmente de defectos inherentes a las nuevas orientaciones metodológicas y a las exigencias organizativas, sino que reflejan sobre todo (aunque no exclusivamente) ciertos rasgos de la sociedad norteamericana, rasgos que han conducido a desarrollos unilaterales y extremos, a la exasperación de actitudes que, en su expresión más moderada, lejos de resultar perjudiciales o «deformantes» constituyen un avance necesario en la evolución de la Sociología como disciplina científica. Tómese el ejemplo del «perfeccionismo» metodológico, y la reducción de la fase creadora en la actividad científica a mera manipulación rutinaria de técnicas perfectamente estandarizadas, o la producción masiva de datos de escasa significación, y el formalismo en la selección de temas de investigación (elegidos más por la aplicabilidad de procedimientos «elegantes» que por la importancia teórica del contenido): no hay duda de que todo esto ocurre en los Estados Unidos y con demasiada frecuencia. Pero mientras por un lado nunca deberá perderse de vista el hecho esencial de que el empleo abusivo de ciertas técnicas de ningún modo resta el valor que las mismas puedan tener —y efectivamente tienen— como instrumentos de investigación, por el otro es fácil descubrir en la deformación «metodologista» la expresión en el campo de los estudios sociales de ciertas tendencias «obsesivas» claramente perceptibles en muchas otras esferas de la vida norteamericana: desde la educación a la propaganda, los negocios, la industria (recuérdese el fetichismo del gadget o las exageraciones en la renovación anual de los modelos de auto), tendencias que con suma frecuencia conducen a la aplicación crítica de principios e innovaciones que empleados con discernimiento constituirían aportes muy valiosos. Análogamente no cabe restar importancia al impacto que la creciente significación de la organización, con su estructura burocrática y con su centralización del poder, puede ejercer sobre la libertad del investigador; sin embargo, aquí también hallamos en los Estados Unidos ejemplos extremos que no necesariamente han de repetirse en otras partes, si se logra mantener una clara y vigilante percepción de la realidad. No parece haber duda de que el papel de la organización en la actividad científica irá aumentando y que tal proceso es irreversible; en este sentido una posición aferrada a estructuras pretéritas puede resultar inocua o contraproducente. Pero los necesarios cambios organizativos pueden llevarse a cabo sin una pérdida de la indispensable autonomía del científico. La solución francesa con su carrera de investigador científico, recientemente adoptada también en la Argentina, y el desarrollo de los centros universitarios y extrauniversitarios dotados de la más completa autonomía,[2] y sobre todo una actitud vigilante por parte de los mismos estudiosos constituyen elementos esenciales a este respecto. Por lo demás, en los mismos Estados Unidos abundan ejemplos de libertad y autonomía intelectual y científica en el contexto de estructuras burocráticas, y el hecho que el apoyo de las fundaciones y de las organizaciones internacionales o del Estado puede utilizarse sin menoscabo de aquellos valores esenciales para la tarea científica está siendo comprobado diariamente en países tan distintos como Polonia o Yugoslavia (cuyos sociólogos han utilizado y utilizan el apoyo de fundaciones occidentales), Francia, Inglaterra, Alemania y otras naciones europeas.

Debe reconocerse, sin embargo, que el peligro de deformación ideológica que Mills denuncia con tanto vigor constituye una amenaza constante en el campo del conocer social en todas partes y no solamente en los Estados Unidos. No puede decirse, con todo, que las nuevas formas asumidas por la Sociología en su aspecto teórico o en su infraestructura organizativa representen un cambio esencial a este respecto. Las tendencias especulativas y el irracionalismo filosófico florecido en la estructura tradicional de la universidad en Alemania constituyó sin duda uno de los ejemplos más típicos de deformación ideológica, tal como se hizo patente cuando gran parte de la Sociología alemana (precisamente las corrientes más «espiritualistas» a lo Freyer) se puso desembozadamente al servicio de la ideología totalitaria. Toda la antropología social inglesa, florecida en el clima de perfecta libertad académica de Oxford o Cambridge, ha sido acusada una y otra vez de constituir un útil apéndice del Colonial Office. Para no hablar de lo que ocurre en Rusia, donde las ciencias sociales fueron transformadas en abiertos instrumentos ideológicos. Una clara conciencia teórica en cuanto a las implicaciones ideológicas del propio pensamiento y una actitud vigilante orientada exclusivamente en la búsqueda de la verdad constituyen dos condiciones esenciales de todo quehacer científico. La imparcialidad absoluta es quizá tan sólo una meta ideal hasta cierto punto inalcanzable, pero la honestidad moral y la claridad intelectual —de las que Mills da un excelente ejemplo— son calidades indispensables para el investigador.

En el divorcio entre teoría e investigación —otro de los temas centrales en el análisis de Mills— hallamos sin duda un problema universal de la Sociología, aunque la forma específica examinada por nuestro autor (la escisión entre «gran teoría» y «empirismo abstracto») puede considerarse más bien una expresión peculiar de la situación norteamericana. A fines del siglo pasado y en el primer cuarto del actual, en Europa y particularmente en Alemania la misma tendencia asumió diferentes rasgos: se apoyó en la proclamada dicotomía entre ciencia natural y ciencia del espíritu y tradújose en la separación entre la llamada «Sociografía» (investigación empírica, considerada de menor prestigio intelectual) y la Sociología propiamente dicha, concebida como una disciplina filosófica, ajena por la naturaleza de su objeto a los métodos «naturalistas» de la ciencia en general. Los resultados fueron devastadores, especialmente en aquellos países —como los de América Latina— donde esta posición fue adoptada con el excesivo celo de los epígonos y seguidores algo desprovistos de sentido crítico: los temas propios de la Sociología fueron reemplazados por los contenidos más arbitrarios y esta indeterminación acerca del objeto fue sin duda responsable en buena medida del retraso en la enseñanza y la investigación que se nota en gran parte del continente, especialmente en cuanto se tornó en un obstáculo para el mejoramiento del nivel académico del sociólogo y la adquisición por parte de éste de una formación seria y específica.

Tal experiencia —y varias más en que abunda la historia del pensamiento sociológico— muestra que la escisión puede surgir tanto de un abuso de la teoría, como de un abuso de la técnica, o —como parece ocurrir en ciertos casos en los Estados Unidos— de ambas. Con acierto Mills señala en el ejemplo de los grandes maestros de la Sociología europea —Durkheim y Weber especialmente— el camino a seguir; sin embargo el hecho sin precedentes de la creación de poderosas técnicas de investigación confiere al problema aspectos nuevos. En primer lugar, tras la superación de la reacción antipositivista —con todo lo bueno y todo lo malo que ella significó— es imposible volver a poner la cuestión en aquellos términos. Para Mills el problema ni siquiera aparece: la solución que él propone, y de la que un ejemplo concreto, en el apéndice, es la vuelta a la «artesanía» del «analista social clásico», a la vinculación íntima, como parte de la tarea diaria del investigador, entre teoría y empine: una y otra resultado de la imaginación, del trabajo creador del sociólogo. En esta re-unificación en un solo individuo de los separados papeles del manipulador de conceptos por un lado y del manipulador de técnicas por el otro, hallamos uno de los elementos esenciales de la solución propuesta por Mills. Solución excelente sin duda, mas que sólo puede ser entendida plenamente dentro del contexto de la particular situación norteamericana, como reactivo a la especie de fascinación que las nuevas técnicas están ejerciendo especialmente en la joven generación de sociólogos, y a sus consecuencias teóricas y organizativas, como una necesaria reacción al formalismo técnico y al teórico, mas no a las innovaciones metodológicas mismas ni a la formulación de teorías generales que realmente resulten fecundas para el conocimiento de la realidad social y no se reduzcan a meros juegos conceptuales.

El empleo de los nuevos procedimientos de investigación se está extendiendo a todas partes del mundo, y con ellos los correspondientes cambios en la estructura organizativa del trabajo científico en Sociología: el problema que debe enfrentarse es cómo evitar las deformaciones del «empirismo abstracto», la «gran teoría», el «ethos burocrático». Si la interpretación anterior no está del todo equivocada, los males que Mills denuncia —aunque en parte resultan de tendencias presentes en toda sociedad industrial— son sobre todo la expresión de una particular cultura: la sociedad norteamericana. Ello no implica que las deformaciones no puedan exportarse; por el contrario, el «efecto de demostración» no se da solamente en el terreno económico sino a menudo en el intelectual también, con la adopción de la ultimísima novedad de los países «desarrollados»: en este sentido la valiente critica de Mills constituye un aporte que puede resultar de singular eficacia preventiva, mas su significado variará en función de las distintas situaciones en que se halle la Sociología en cada país.

En los países de América Latina nos encontramos en una situación que es casi opuesta a la existente en los Estados Unidos. El «ensayismo», el culto de la palabra, la falta de rigor son los rasgos más comunes en la producción sociológica del continente. Lejos del «perfeccionismo» y el «formalismo metodológico» yanquis escasea o falta la noción misma de método científico aplicado al estudio de la realidad social. Sólo en contadas universidades se enseña algo de metodología y técnica de investigación. Faltan textos modernos en esta materia de tan rápida evolución[4] y —lo que es mucho más grave— casi no existen bibliotecas especializadas y la información sobre la enorme literatura existente es en extremo escasa. Tan sólo en los últimos tiempos han aparecido algunos centros inspirados en una noción seria y adecuada de la investigación sociológica, e investigadores que no necesitan buscar su sustento económico en alguna otra actividad extracientífica.[5] La tarea de orientar el desarrollo de la Sociología en una dirección fructífera, que supere el estado actual y a la vez evite la imitación de los errores ajenos no es por cierto fácil cuando se piensa en los grandes obstáculos materiales existentes y en ciertos rasgos de nuestra cultura. Mas a la vez no debemos olvidar aquellos elementos de la tradición intelectual latinoamericana que sin duda nos colocan en una posición más favorable que la existente en el país del norte: así no cabe duda que el «pensamiento social» de América Latina presenta más de un hermoso ejemplo de lo que Mills llama análisis social clásico. La influencia profunda del historicismo, y algunas de las características mismas de la cultura predisponen casi «naturalmente» a la ubicación de los problemas dentro del contexto mayor de la estructura social percibida históricamente, procedimiento que Mills recomienda con tanto énfasis. El peligro es en todo caso el opuesto: la incapacidad para los detalles, la impaciencia hacia el trabajo minucioso que inevitablemente —cualquiera que sea el papel de la imaginación— representa una parte inevitable del trabajo científico, el retraso en el aspecto organizativo y material de la investigación. Si la Sociología latinoamericana sabe aprovechar estos elementos valiosos y a la vez utilizar los extraordinarios avances realizados en las últimas décadas, recuperando el retraso en que se encuentra, podrá acaso lograr aquella síntesis feliz que conserve los valores de la gran tradición clásica —de la que Mills es sin duda un ejemplo— con los nuevos insospechados horizontes que los desarrollos recientes de nuestra disciplina han logrado conquistar.

GINO GERMANI.

Berkeley, Cal., febrero de 1961.


Gino Germani: Prólogo a la Imaginación sociológica de Charles Wright Mills

Mills estudia los problemas teóricos, prácticos y morales de las ciencias sociales y de las escuelas de sociología estadounidenses, y al mismo tiempo resulta una nueva formulación y una defensa del análisis sociológico clásico que da orientación cultural a nuestros estudios humanos.

La imaginación sociológica incluye al actor, la acción y las relaciones sociales; por eso «ningún estudio social que no vuelva a los problemas de la biografía, de la historia y de sus intersecciones dentro de la sociedad, ha terminado su jornada laboral». Este tipo de imaginación capta lo que ocurre en el mundo y lo que pasa en el individuo porque relaciona las inquietudes personales con los problemas públicos. Ésa es una distinción de toda obra clásica de ciencia social; es una cualidad mental particular que se opone a cualquier conjunto de técnicas burocráticas que impiden la investigación, precisamente por imponer metodologías de moda o conceptos oscuros sin relación con los problemas públicos importantes. El refinamiento escolástico de métodos y técnicas de investigación, conjugado con el formulismo de la teoría, es contrario a la imaginación sociológica.

Mills postula la imaginación sociológica como aquella que «permite a su poseedor comprender el escenario histórico más amplio en cuanto a su significado para la vida interior y para la trayectoria exterior de diversidad de individuos». Para conquistarla, se requería huir de los procedimientos rígidos, del fetichismo del método y de la técnica; no fanatizar modelo teórico alguno, estudiar estructuras sociales y evitar la especialización; romper las fronteras de las disciplinas y estar atento a la imagen de la humanidad o a la noción genérica de la naturaleza humana del momento; comprender a los humanos como actores históricos-sociales y, sobre todo, jamás renunciar a la autonomía moral y política. Tres términos sintetizan esta imaginación sociológica: heterodoxia, autonomía y principios normativos.

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