Tom Bottomore: Marxismo como sociología (Cap. 2 de Sociología marxista)

Marxismo como sociología

Tom Bottomore

Cap. 2 de Sociología marxista

En el período que va desde la muerte de Marx (1883) al inicio de la Primera Guerra Mundial, el marxismo apareció fundamentalmente como una ciencia de la sociedad. Esta tendencia (que, como he señalado, puede apoyarse en las propias opiniones de Marx) fue impuesta sobre todo por Engels, quien la expuso claramente en su «oración" fúnebre ante la tumba de Marx» al proclamar que «del mismo modo en que Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana». La versión engelsiana de la teoría, aceptada ampliamente por Kautsky, se convirtió así, con el nombre de «socialismo científico», en la doctrina ortodoxa de la socialdemocracia alemana y de la Segunda Internacional.

De acuerdo con esta tendencia, el marxismo suministró una explicación causal de la evolución histórica de las sociedades humanas a partir de los cambios en el modo de producción, la formación de las clases y la lucha entre éstas. En especial, el marxismo podía explicar causalmente el origen y desarrollo del capitalismo moderno con un análisis que se expresaba en forma de «leyes» históricas, de las que podía deducirse la necesaria desaparición del capitalismo y la igualmente necesaria transición al socialismo. De esta guisa, en cuanto V" ciencia positiva, fue como el marxismo produjo su I impacto sobre la naciente sociología; fue presentado como un sistema sociológico, es decir, como tuna ciencia general y comprehensiva de la sociedad; provocó respuestas de los principales sociólogos y fue utilizado también para evaluar críticamente las ideas de estos últimos. El marxismo y las demás teorías sociológicas se presentaron como concepciones rivales que se disputaban un mismo terreno.

En el primer congreso internacional de sociología, en 1894, varios partícipes expusieron las teorías marxistas; y en un congreso posterior, el de 1900, la discusión del «materialismo histórico» ocupó la mayor parte de los trabajos 2. Por la misma época, Sorel publicaba un largo ensayo crítico sobre la sociología de Durkheim 3, al tiempo que' en Italia aparecían la exposición del materialismo histórico debida a Labriola4, y los trabajos de Croce sobre la teoría marxista 5; estos últimos se distinguían por la puesta en cuestión del marxismo como teoría científica. La creciente influencia del marxismo en el desarrollo de la sociología se refleja también por el lugar que ocupa en la obra de los más destacados pensadores de la sociología.

Gemeinschaft und Gesellschaft (Comunidad y sociedad) (1887) 6 de F. Toennies se ocupaba ampliamente del análisis de Marx sobre la sociedad capitalista. Max Weber, en buena parte de su obra, se preocupó por establecer una confrontación crítica con el pensamiento marxista, bien al proporcionar una explicación alternativa de los orígenes del capitalismo moderno, bien en su evaluación del status metodológico de la «interpretación económica de la historia», bien en sus trabajos sobre sociología de la religión, que él mismo describió como una «crítica positiva de la concepción materialista de la historia» 7. Pareto en sus Systémes socialistes (Los sistemas socialistas) (1902) llevó a cabo un análisis sistemático de la teoría marxista, quedándose con algunos elementos, como la idea del conflicto entre las clases, que usaría más tarde, bajo forma diferente, en su propio sistema sociológico. Durkheim reservó espacio en el primer volumen de su Année sociologique para varias recensiones de obras marxistas (entre las que hay que incluir su propia crítica al libro de E. Grosse sobre las formas de la familia y de la economía), aunque en números posteriores disminuyó la atención dedicada a la literatura marxista; y en su curso de conferencias sobre el socialismo — truncado antes de haber llegado al examen de la teoría de Marx— hay algunas alusiones genera les que muestran hasta qué punto Durkheim veía la estrecha relación existente entre marxismo y sociología, y consideraba por ello indirectamente a los autores marxistas como sus adversarios principales: «en tiempos más recientes [el socialismo] se ha revestido progresivamente con un cierto ropaje científico. Es indiscutible que, de este modo, tal vez haya ayudado a la ciencia social más de lo que ésta le ha ayudado a él, pues ha despertado/ una necesidad de reflexión, ha estimulado la actividad científica, ha espoleado la investigación, y planteado problemas hasta tal punto que, en más de un aspecto, su historia está inseparablemente unida a la de la sociología» 8.

Pero el marxismo entendido como teoría científica de la evolución social se encontraba con dos dificultades fundamentales, señaladas por sus críticos, que se convirtieron pronto en causa de discusión entre los propios marxistas con la controversia sobre el «revisionismo» lanzada por la publicación del libro de Bernstein Die V oraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie (Los presupuestos del socialismo y las tareas de la socialdemocracia) 9, en 1899. En primer lugar, si el marxismo es una ciencia positiva, sus conclusiones han de basarse sobre alguna prueba experimental, algún tipo de descripción adecuada de los hechos sociales. En parte la postura bernsteiniana consistía en señalar que las tendencias en i la evolución de las sociedades capitalistas occidentales no coincidían con las que Marx había anticipado, por lo que la teoría estaba necesitada de modificaciones capaces de tomar en cuenta los cambios recientes. En algunas notas que se encontraron entre sus papeles, Bernstein resumía su opinión de este modo: «El campesinado no se está hundiendo, ni desaparece la clase media; las crisis no son cada vez mayores; la pobreza y la servidumbre no aumentan. Sí se da, sin embargo, un aumento de inseguridad, de la dependencia, de la distancia social, del carácter social de la producción y de la superfluidad funcional de los propietarios».

Bernstein examinaba con detalle los cambios económicos y políticos que, en su opinión, obligaban a una revisión de la teoría marxista 10. El aspecto más importante de esta parte de su estudio se refería a la cambiante estructura de clases. En su opinión, la polarización entre las clases que Marx había anunciado no se había producido; la concentración del capital en grandes empresas se veía acompañada por el desarrollo de nuevas industrias, pequeñas y medianas; aumentaba el número de propietarios; el nivel de vida estaba creciendo; en lugar de disminuir numéricamente, la clase media aumentaba; lejos de simplificarse, la estructura de la sociedad capitalista se hacía más compleja y diferenciada. A partir de este análisis, Bernstein pasaba a considerar la cuestión de las crisis y la teoría del «colapso» del capitalismo.

Para él, las crisis eran cada vez menos graves, y más largos los períodos de prosperidad, debidos a numerosas influencias que contrapesaban las fluctuaciones comerciales superando en parte la anarquía del mercado. Sin embargo, Bernstein señalaba que el ciclo económico, aun limitado, seguía actuando, y subsistía una inseguridad generalizada, que nunca podría ser superada en el seno del sistema capitalista. Por lo que se refiere a las consecuencias políticas de este análisis, Bernstein creía que la transición al socialismo no tendría lugar mediante dramáticas luchas entre las clases polarizadoras de la burguesía y el proletariado, sino de forma más gradual, por la impregnación del capitalismo por las instituciones socialistas puestas en pie por el movimiento obrero y sus aliados entre otras capas de la población.

Las discusiones que siguieron, especialmente la respuesta de Kautsky acerca de las crisis, fueron frustrantes, especialmente por lo que hacía al status científico de la teoría de Marx, pues los marxistas ortodoxos se dedicaron fundamentalmente a defender el núcleo revolucionario de la doctrina frente al reformismo; es decir, plantearon un debate no científico, sino de compromiso político. Es más, el término «revisionismo», con el sentido peyorativo que se le atribuía era completamente inadecuado desde una perspectiva científica, ya que si la teoría marxista quería ser una ciencia empírica de la sociedad, habría de ser capaz de incorporar la crítica continua que representaban los nuevos descubrimientos e ideas. En este sentido, el «revisionismo» debería ser su mayor virtud y no su peor crimen.

Los temas expuestos por Bernstein han continuado siendo el centro de los debates en la sociología marxista de los últimos setenta años. La gran cuestión, que sigue aún en pie, era la de cómo llevar a cabo un análisis sociológico adecuado del capitalismo moderno 11. El desarrollo económico, los continuos cambios en la estructura ocupacional y de clase, los trastornos políticos han reforzado algunas tendencias anteriores y han producido nuevos fenómenos que deben ser investigados y evaluados. Entre ellos se encuentran: las mejoras reales, en la condición de la clase obrera en términos de consumo, trabajo y ocio, al tiempo que se han mantenido considerables diferencias de patrimonio, de prestigio y de influencia política entre las clases principales; el continuo crecimiento numérico de la clase media y el declive relativo de los obreros manuales en la industria; el papel político fluctuante e incierto de diferentes clases; la estabilidad económica y el crecimiento estable del capitalismo durante los últimos treinta años; el decisivo papel del Estado en el funcionamiento económico; la extensión de la administración burocrática y el ascenso de los expertos técnicos; la gran expansión de los servicios sociales; y los cambios culturales (¿qué fuerzas los han producido?) que han originado nuevos estilos de vida y nuevos intereses políticos.

Podría parecer más sencillo analizar ahora esas tendencias, ya que se han manifestado durante largo tiempo y han podido mostrar su verdadera significación. Sin embargo, en mi opinión, las dificultades se han hecho aún mayores. Las sociedades capitalistas actuales son más complejas y diferencia das, tanto en su estratificación social y ocupacional como en su diversificación cultural, que las de finales del siglo pasado, con lo que la tarea de entender las interrelaciones entre sus elementos es más compleja y difícil de realizar. Más aún, los procesos de cambio continúan, pero de un modo cada vez más desigual, y no resulta sencillo averiguar cuáles son o van a ser las tendencias dominantes. Una segunda dificultad surge de la evolución de la propia sociología; tras casi un siglo de discusiones, frecuentes nuevos puntos de partida (casi tantos como nuevos callejones sin salida) han mostrado con claridad meridiana lo resbaladizo de los «objetos» que tratamos de captar con las redes conceptuales y teóricas de la sociología. El carácter de tanteo de las más recientes interpretaciones sociológicas que se deriva de ello tiene un cierto grado de incompatibilidad con las tendencias dogmáticas del pensamiento marxista (aunque son igualmente incompatibles con el dogmatismo de los científicos sociales conductistas y con algunas derivaciones positivistas o funcionalistas de la sociología de Durkheim). Finalmente, una sociología marxista a la altura del tiempo moderno tendría que ser capaz de suministrar no sólo un análisis «real» de la sociedad capitalista, sino también un análisis «real» de las formas sociales que se han originado a partir de las revoluciones inspiradas en1 el marxismo, pero que muestran rasgos más que problemáticos desde el punto de vista de la teoría marxista. Volveré sobre estas cuestiones en un capítulo posterior, al comparar las aportaciones que el marxismo y otras escuelas sociológicas han hecho a nuestra comprensión de las tendencias sociales recientes.

Bernstein, según parece, se consideraba positivista; en un ensayo muy posterior (1924) escribía: «Mi modo de pensar debería convertirme en miembro de la escuela positivista de filosofía y sociología. Quisiera que se tomase mi conferencia [ Cómo es posible el socialismo científico’] como prueba de esta actitud mía...» 12. Pero pese a su proximidad a los positivistas en su deseo de desarrollar el marxismo como ciencia empírica, se apartaba de ellos por su intención de formular una teoría ética del socialismo, cuestión en la que sufría la influencia del resurgir neokantiano en la filosofía alemana. Así, en una parte de su libro, Bernstein pasaba a ocuparse de la segunda cuestión fundamental para todo marxismo que quiera presentarse como ciencia empírica: la relación entre ser y deber ser, entre el socialismo entendido como conclusión necesaria de la evolución del capitalismo y el socialismo como idea moral, entre los procesos históricos objetivos y los deseos subjetivos, las luchas y los ideales de los hombres.

Sin embargo, al ocuparse de este punto, Bernstein no pasó más allá de una afirmación de la existencia y la importancia, de un «ideal» en el movimiento socialista. Fue otro grupo de intelectuales — los austromarxistas— 13 el que desarrolló con mayor profundidad la concepción del marxismo como ciencia social, así como el tema de las relaciones entre ciencia y ética. Otto Bauer ha descrito así los rasgos fundamentales de este grupo:

«Lo que les unía no era sólo una misma orientación política, sino el carácter particular de su trabajo intelectual. Todos ellos se habían educado en una coyuntura en la que gentes como Stammler, Windelband y Rickert atacaban al marxismo con argumentos filosóficos, lo que les obligó a una confrontación con los representantes de las corrientes filosóficas modernas. Si Marx y Engels habían partido de Hegel, y los marxistas posteriores del materialismo, estos «austromarxistas» tomaban a Kant y a Mach com o fundamentos de su reflexión. Al tiempo, los «austromarxistas» tuvieron que polemizar con la llamada escuela austríaca de economía política, lo que igualmente ayudó a conformar su método y su estructura intelectual. Finalmente, en una Austria desgarrada por las luchas nacionales, tuvieron que aprender a aplicar la concepción marxista de la historia a un complicado conjunto de fenómenos que se resistían a ser analizados mediante el uso superficial o esquemático del método marxista».

Las más importantes realizaciones de los austromarxistas se encuentran en sus análisis de la coherencia lógica del marxismo como teoría sociológica y en la extensión de la investigación marxista a nuevos fenómenos y esferas de la vida social. Max Adler, el filósofo del grupo, defendía que Marx había sentado las bases de una sociología científica con su noción de la «humanidad socializada», posibilitando la unificación de naturaleza y sociedad en el seno de un sistema de explicaciones causales; y, al mismo tiempo, mantenía que semejante sociología marxista era perfectamente compatible con la filosofía kantiana, al ser la teoría de Marx una «crítica», en el sentido kantiano de la palabra; una crítica que servía para fundar las categorías por medio de las cuales podría comprenderse al hombre como ente social15.

Pero Adler no se mostraba dispuesto a aceptar la distinción kantiana entre un mundo de acontecimientos naturales o hechos sociales causalmente determinados, y un mundo de juicios morales autónomos y autosuficientes. Con ello discrepaba de todos los neokantianos que consideraban al marxismo como una ciencia social positiva que necesitaba ser completada con una filosofía moral. Frente a ellos, Adler mantenía que en la teoría de Marx ciencia y ética estaban entremezcladas:

«El mecanismo causal de la historia queda directamente transformado, mediante su comprensión científica, en una teleología, sin verse afectado por ello en su determinación causal. Basta con que el conocimiento científico n de una determinada situación social se incluya, como causa, en ese mecanismo causal... Así, surge por fin... la ' posibilidad de realizar una de las viejas quimeras filosóficas... el ideal de una política fundada en la ciencia... una técnica científica de la vida en sociedad».

Tal propuesta de reconciliación entre ciencia y ética será examinada con mayor detalle en un capítulo posterior. Ahora quiero referirme especialmente a la formulación adleriana de los principios básicos de una sociología marxista. En una obra posterior, concebida como exposición sistemática de la teoría marxista, Adler desarrollaba con mayor amplitud su idea de la concepción materialista de la historia como un esquema de explicación causal, al tiempo que examinaba con sumo detalle las complejidades de la causación social, la naturaleza causal de los motivos y las dificultades que plantea i el establecimiento de conexiones causales precisas en muchas situaciones complejas. También analizaba ampliamente el concepto de «socialización» o de «hombre socializado», que para él constituía el concepto sociológico fundamental de Marx, para terminar planteando el interrogante kantiano (que Simmel formulaba de forma pareja): «¿Cómo es posible la socialización (la sociedad)?» Aquí Adler añadía la importante observación de que, al igual que la pregunta kantiana sobre cómo el entendimiento humano puede conocer la naturaleza, sólo había podido formularse tras el desarrollo de la ciencia física de Newton, el problema de la posibilidad de conocimiento de la sociedad sólo podía resolverse después de la construcción por Marx de una teoría causal de los procesos sociales.

La concepción adleriana del marxismo como teoría científica era patrimonio común de todos los austromarxistas, que concebían su trabajo como el desarrollo de esa teoría por medio de la investigación empírica y de la confrontación crítica con otras teorías económicas y sociológicas. Pero, aun manteniendo tal actitud científica y crítica, no eran \ «revisionistas» al estilo de Bernstein. Una de sus primeras contribuciones públicas (en 1901) había sido un ataque a este tipo de revisión del marxismo, y un marxista americano, Louis Boudin, estrechamente relacionado con los austromarxistas (fue él quien inventó este término para denominar a la escuela)18, escribió una importante crítica de las ideas de Bernstein. Por lo menos en su primer período, hasta la Primera Guerra Mundial, estos autores no se ocuparon de los desarrollos del capitalismo (por ejemplo, la cambiante estructura de clases) que podían interpretarse como justificación de los llamamientos de Bernstein en defensa de una política reformista. Por el contrario, estudia-' ron cuestiones como la concentración del capital, el ascenso del imperialismo y las rivalidades nacionales y otros problemas concretos que Marx no había tratado en detalle: especialmente la significación de las luchas nacionales y del nacionalismo en relación con el movimiento obrero, y la relación específica entre la estructura económica y determinadas «superestructuras» ideológicas, como el sistema jurídico.

Hilferding, en su impresionante obra Das Finanzkapital19 [El capital financiero] , que llevaba-i como subtítulo «Un estudio de la más reciente evolución del capitalismo», analizaba la concentración del capital social, la unión de capital industrial y bancario, los intentos de establecer un control sobre el conjunto de la economía por medio de cartels y trusts, el desarrollo consiguiente del proteccionismo, la intensificación de los conflictos económicos y políticos entre los estados capitalistas y el desarrollo del colonialismo como medio de extender el área de explotación económica de los monopolios nacionales20. El libro de Bauer sobre el problema de las nacionalidades en el Imperio austrohúngaro 21, que trataba de la naturaleza de las culturas nacionales y retomaba los análisis de Marx sobre la «cuestión judía», también desembocaba en una teoría del imperialismo, que Bauer veía como resultado de las crisis económicas y de la búsqueda de nuevos territorios más provechosos para la obtención de beneficios Otra dirección original de investigación fue la seguida por Karl Renner. En 1904 publicó su estudio sobre las instituciones jurídicas, en el que se proponía desarrollar una teoría marxista del Derecho según la cual el análisis formal de las normas legales habría de ser completado con el estudio empírico de «dos temas fronterizos, el del origen y el de la función social del derecho»: «Tanto al principio como al final del análisis legal existe una teoría social del derecho que lo pone en relación con los demás elementos no jurídicos de la vida, coordinándolo como una rueda dentada con la maquinaria global de los hechos sociales»2, En sus últimas obras los austromarxistas se ocupaban de otros problemas, entre ellos el planteado por los cambios en la estructura de clases de las sociedades capitalistas y las nuevas interpretaciones sobre ellos. Max Adler, en dos artícuf los sobre la clase obrera, publicados en 1933 analizó, a la luz de la no aparición de tendencia más revolucionarias entre la clase obrera europea tras cuatro años de crisis económica, la significación de la creciente diferenciación social y el da arrollo de una «aristocracia obrera», identificad con la burocracia de las organizaciones de los trabajadores (siguiendo los pasos dados con anterioridad por Michels). Aun insistiendo en que continuaba empleando el «método» marxista, Renner introducía algunos elementos nuevos en la teoría marxista de las clases en dos trabajos publicados a título postumo24. En primer lugar, Renner analizaba el crecimiento de una nueva clase de managers y empleados asalariados a quienes denominaba «clase de los servicios»; argüía que en las sociedades capitalistas desarrolladas las dos clases principales eran esta última y la clase obrera; y apuntaba que ambas tendían a acercarse y aun a convertirse en una sola. Así, pues, estas sociedades se caracterizaban por la presencia de clases no antagónicas y por la inexistencia de una clase dominante claramente definida. En segundo lugar, en su discusión general del problema de las clases, Renner apuntaba una revisión de la teoría marxista de mayor alcance, al defender que existían otras especies de dominación y explotación, no basadas en la propiedad privada de los medios de producción, y que la escuela marxista no había conseguido «investigar sistemáticamente... todas las relaciones de autoridad, tanto históricas como posibles.

Tras la guerra, los austromarxistas se ocuparon igualmente de algunos fenómenos nuevos. Analizaron las revoluciones de la posguerra y las características y resultados de la revolución rusa, tratando de valorar la política y la práctica de los movimientos revolucionarios en relación a la democracia. Esta última cuestión desempeñó un papel creciente en sus trabajos con el ascenso del movimiento nazi en Alemania y Austria. Dentro del mismo contexto, revolución y democracia, investigaron el crecimiento y funcionamiento en el período de posguerra de los «consejos obreros», a los que Max Adler dedicó un corto estudio26. De estos trabajos /dedicados a temas en los que se entremezclan la J teoría social y la acción política, me ocuparé de ^ nuevo en un capítulo posterior.

Es legítimo dudar de que la sociología marxista haya ido mucho más allá del punto alcanzado en | la discusión del «revisionismo» y en los estudios\ de los austromarxistas. Bujarin publicaba en 1921 un manual de exposición de la sociología marxista 27. Entre sus rasgos más notable se encontraba el intento de entrar en una discusión crítica de las ideas de otros sociólogos — entre los que se contaban Max Weber y Robert Michels— , saliendo del círculo de la literatura marxista. En la monografía de Otto Neurath sobre la sociología empírica punto de encuentro de la influencia de los austromarxistas y del Círculo de Viena, se baila la más sugestiva presentación del marxismo como ciencia positiva, por no decir conductista. Según y Neurath: «De todos los intentos de crear una sociología estrictamente científica, no metafísica, fisicalista, el marxismo es el más completo» (p. 349).

Esta afirmación venía acompañada por críticas a las «contracorrientes metafísicas», especialmente al método del verstehen, al que opuso el desarrollo de una sociología empírica marxista. Neuratt acababa delineando los rasgos principales de lo que llamaba «sociología construida sobre bases materialistas», en la que la tarea del sociólogo habría de consistir en el descubrimiento de las leyes que rigen «máquinas sociales extraordinariamente complejas en acción y, después, si es posible, en reducir aquellas leyes a las leyes de las relaciones primarias» (p. 371). El marxismo habría preparado el marco conceptual de semejante sociología, al describir «la estructura total de un período como una formación histórica sometida a leyes especiales condicionadas por la situación de su tiempo» (p. 338).

Otro estudio importante de sociología marxista fue el libro de Karl Korsch, aparecido en una colección dedicada a los sociólogos modernos que habremos de estudiar más adelante en el marco de la transición de Korsch de una comprensión filosófica a otra más sociológica del marxismo.

En general, sin embargo, no hubo continuación sistemática de las investigaciones y los temas sociológicos apuntados a comienzos de siglo, y el terreno que podría haber sido ocupado por el marxismo sociológico fue tomado por otras escuelas, especialmente en el período de rápida expansión de los estudios sociológicos tras la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, el marxismo continuó siendo el protagonista espectral o invisible de la mayor parte de los trabajos sociológicos sobre la estratificación social o sobre los cambios y los conflictos sociales; y tuvo una influencia más directa en los trabajos ya mencionados de Ossowski y Dahrendorf acerca de la estructura de clases; en las obras de Georges Friedmann sobre sociología industrial; en el análisis de clases y élites de Ch. Wright Mills y otros; en la teoría sociológica de Georges Gurvitch; y, hasta cierto punto, en el análisis sobre el desarrollo del derecho de W . G. Friedmann, Law in a changing society 30 [El derecho en una sociedad cambiante], que puede considerarse como continuación de la obra de Renner. Sin embargo, sólo en estos últimos años han surgido de nuevo corrientes más definidas de sociología marxista con la renovación de los debates acerca del neocapitalismo y la sociedad industrial, los nuevos estudios sobre el imperialismo y su relación con los llamados «países en vías de desarrollo», y el interés que despierta el resurgir de los movimientos políticos radicales.

Hay varias razones que explican el fracaso de los intentos de desarrollar una sociología marxista global. Una primera viene sugerida por la propia teoría marxista: a saber, la dominación cultural, y especialmente en el sistema educativo, de las ideas de la clase dominante. Este fenómeno, el mantenimiento de la sociedad capitalista por medio de la reproducción de la cultura burguesa está claramente necesitado de investigaciones pormenorizadas 31, pero hay bastantes pruebas de los obstáculos que levantan las universidades de numerosos países occidentales ante la ciencia social marxista. En este sentido, el establecimiento en Alemania del régimen nazi, que trató de acabar tanto con el marxismo como con la sociología en una sociedad en que existían unas condiciones excepcionalmente favorables para el desarrollo de una sociología marxista, supuso una rémora particularmente importante.

Sin embargo, esta razón no me parece suficiente por sí sola para explicar aquel fracaso. Otra poderosa razón ha sido la creación de una fuerte ortodoxia marxista que, pese a sus protestas de ser una ciencia social, no era más que un dogma político; esta ortodoxia surgió en la URSS y anegó al movimiento comunista internacional. Durante varias décadas esa doctrina «oficial» impidió cualquier tipo de pensamiento o investigación rigurosos. Finalmente, hay que tener en cuenta la influencia de aquellos movimientos intelectuales que en Europa Occidental, y especialmente en Alemania, apartaron a los pensadores marxistas de la idea del marxismo como ciencia social y los impulsaron hacia una reafirmación de su contenido filosófico y hegeliano.

Tom Bottomore: Marxismo como sociología (Cap. 2 de Sociología marxista)
Tom Bottomore: Marxismo como sociología (Cap. 2 de Sociología marxista)

Bottomore, Tom. La sociología marxista. Alianza Editorial, Madrid, 1976.

Título original: Marxist Sociology (1975).

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