El pueblo en la política por Leonardo Pittamiglio (2013)
La noción de pueblo tiene un arraigo grande en política callejera, pero ilusoria en ciencias sociales. Los lenguajes de la calle y de la ciencia bien pueden trabajar juntos, y lo hacen, y hasta en su punto más alto, podrían ser el mismo, pero toca a la ciencia entender el lenguaje de la calle y hacerlo más sofisticado, más real, y no a la inversa; ya que en él reinan lo incierto y la duda sobre los asuntos de estudio científico. Cuando se impone desde la pancarta un lenguaje científico, se puede decir que en ese territorio la ciencia ha cesado.
Es así que puebloadquiere una significación irreal la más de las veces. Se dice por ejemplo "el pueblo dijo no" en referencia a un plebiscito en que una mención gana por poca ventaja a la otra. Se dice "el pueblo salió a la calle" y se refiere la frase a un grupo de veinte mil, treinta mil o más individuos. Pero si pueblo puede ser una expresión de decenas de miles, debemos decir que hay muchos pueblos en un mismo territorio, y que no se manifiesta la totalidad en cada uno de ellos por separado. Una expresión suavizada de "pueblo" y más perfecta como palabra de uso científico es "sociedad". Son pocos los libros en ciencias sociales que todavía utilizan "pueblo" como sustituto de sociedad, a no ser los panfletarios.
El error del uso de la palabra pueblo está en su totalitarismo. La más de las veces, un pueblo encierra contradicciones internas y paralelismos no contrapuestos y hallamos en él más de variedad que de similitud. La idea de que todos cantan al unísono una máxima, es falsa, se sabe ya. Aun cuando puedan diferenciarse tres grandes colectivos políticos en una nación, cada uno de ellos puede subdividirse en decenas de partes, al punto que podemos decir que hasta el individuo con más aceptación en la colectividad de un pueblo, pensemos en un presidente, apenas los representa. Una figura de este tipo con seguridad encarne los grandes rasgos de cada individuo de ese pueblo o a los de su mayoría, pero no representa su intimidad, a la que no puede llegar más que ofreciendo un espectáculo político abstracto y general. La necesidad de mentir de los presidentes, de guardar silencio, de decir dos cosas distintas según el caso, ejemplifican, creo yo, esta realidad. Todo político sabe que, si es sincero sobre cualquier tema al azar, su representación política se reduce a menos personas.
Quienes en verdad representan a los individuos son los íconos culturales de que se apropian por elección personal, entre un gran abanico de opciones, y que no son necesariamente políticos. Hablamos del cantante, el escritor, el personaje de los medios, el conductor de televisión que cada cual escoge en su soledad íntima. En la mayoría de los casos, la satisfacción por la elección de un ícono cultural, supera a la satisfacción recibida por la elección de un diputado o un senador, que ofrece una representatividad falsa a la mayoría de las personas o más bien vaga. Podríamos decir, que en política, nadie representa a nadie en los grados más íntimos de sensibilidad de cada individuo; la representatividad de los gobernantes viene dada pues, por aspectos generales acerca de los asuntos nacionales o locales: el apego a una constitución, a una nacionalidad, a una tradición, a una visión política, a un corte religioso, etc.
Cuando cada segmento del espectro político toma para sí la expresión pueblo y afirma su particularidad, hace un engaño. Es preferible hablar de opinión pública y dividirla en porcentajes si queremos ver más adentro de una sociedad. Incluso vale más una encuesta matizada, abarcadora, que una encuesta que divide un territorio en dos opciones (sí o no, aprueba o desaprueba, derecha o izquierda). Este engaño funciona políticamente para traer agua hacia el propio molino, para sumar adherentes que no existen o para darse una importancia trascendental como individuo o colectivo limitado. Aceptar que nuestros intereses no representan necesariamente al otro, y que en general hasta le contradicen, hace medir el alcance de nuestras fuerzas. Las sociedades no están conformadas por una gran mayoría, o dos grandes mayorías, sino por una gran variedad de minorías, y por eso el pueblocomo expresión unívoca, no existe y siempre, políticamente, adultera.
"El poder al pueblo" decía Perón. Un eslogan menos fantástico podría decir: "poder a las muchas minorías". Cada colectivo político debería adjudicarse su propia insignificancia y decirse: "nadie representa a nadie" o "el grupo al que represento es minúsculo" y afirmar su soledad. Es igualmente arbitrario decir "esta es la voz del pueblo" a que decir "esta es la voz de Dios"; frases que ponen en evidencia el parentesco que existe entre ambas. Y sin embargo, la tentación a igualar inclinaciones particulares con deseos generales, persiste; digo pues que es tarea de las ciencias sociales poner en evidencia la complejidad que existe detrás de las simplificaciones y el peligro que entrañan.
El conocimiento más perfecto debe irradiar como fuente, y desparramarse hacia la base penetrando lo que encuentre a su paso. Es la ciencia la que debería pintar muros o inspirarlos, la que debería mover al deseo de ilustración en las subjetividades populares, ya que una cosa y otra, ciencia y pueblo, no se contraponen. Si pensamos en la didáctica de Carl Sagan manifestada en su serie de televisión Cosmos, ¿podríamos contraponerlos?
Y en efecto, más cierto sería decir que, en la mayor parte del tiempo, hay que enfrentarse a las creencias populares si queremos lograr una sociedad que evite el prejuicio o la visión arcaica. La idea de que no hay razas superiores a otras, y que incluso ninguna de las razas fue ajena al mestizaje, es una concepción que debe batirse con la creencia popular, que enaltece los rasgos fisionómicos exteriores y la diferencia. La tolerancia hacia modos de vida alternativos al dominante, que algunas sociedades logran, se impone contra rigideces y creencias de la gente corriente, que enfatiza lo homogéneo.
No puedo imaginar colectivos populares que se representen a sí mismos como un todo, sino las divido, como dije, en partes más minúsculas. Podría objetar a esto que en los tiempos de fervor político, de grandes transformaciones, los individuos de una sociedad parecen dividirse en dos grandes hemisferios, o en tres si se quiere. En tiempos de guerra civil, es factible que una parte muy considerable del pueblo se represente a sí misma en esa transformación. No obstante, es notorio que esto no sucede más que por el breve lapso en que dura la contienda civil, tras la cual aparecen las divisiones que estamos acostumbrados a ver en las sociedades actuales. Detrás de todo líder político unánime, subyacen características propias de un grupo o una minoría que se contraponen incluso a las inclinaciones de muchos de sus seguidores.
Pese a todo, alguien podría querer decir todavía: "en un tablado está la verdad" porque allí está el pueblo; y sin embargo hay muchos tablados, y no a todos gusta el mismo conjunto, y hay a quienes disgusta el conjunto más popular; y luego están los ausentes, los que no van a ningún tipo de tablado, y que son la mayoría.
En otro título podríamos preguntarnos: ¿y quién representa a los ausentes?
La fusión de nuestros deseos con los del resto de la sociedad en la amalgama de lo popularno puede darse actualmente, y es lógico que ya se evite este término como expresión de una voluntad política.
El pueblo en Política (2013).
Por Leonardo Pittamiglio, Prof. de Sociología.
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Catherine Deneuve en Manon 70 (1970) |
El pueblo en Política (2013) por Leonardo Pittamiglio, Prof. de Sociología.
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