Robert Merton: Las consecuencias imprevistas de la acción social (Ambivalencia sociológica y otros ensayos)
Las consecuencias imprevistas de la acción social
En alguna de sus numerosas formas, el problema de las imprevistas consecuencias de las acciones deliberadas ha sido abordado prácticamente por todos los que han contribuido de manera significativa a la larga historia del pensamiento social. La diversidad de contextos y la variedad de términos con los que se le ha designado, sin embargo, ha contribuido a hacer difícil cualquier continuidad en su consideración. De hecho, esta diversidad de contextos -que va de la teología a la tecnología ha sido tan acusada que no sólo se ha perdido de vista la sustancial identidad del problema, sino que tampoco se ha hecho todavía de él ningún análisis sistemático y científico. El no haber sometido este problema a una investigación a fondo se ha debido quizá en parte a hallarse ligado históricamente a consideraciones trascendentes y éticas. Evidentemente, la fácil solución que proporciona atribuir las consecuencias imprevistas de las acciones a la inescrutable voluntad de Dios, de la Providencia o del Destino excluye, en la mente del que cree, toda necesidad de análisis científico. Sean cuales fueren las razones reales, lo cierto es que si bien el proceso ha sido ampliamente reconocido y su importancia valorada, todavía espera que se le dé un tratamiento sistemático.
Formulación del problema
Aunque la frase «consecuencias imprevistas de la acción social deliberada», sea hasta cierto punto auto-explicativa, la ubicación del problema requiere mayores especificaciones. En primer lugar, la mayor parte de este trabajo contempla más los actos deliberados aislados que su integración en un sistema coherente de acciones (aunque se harán algunas referencias a esto último) Esta limitación se debe a una razón de conveniencia; un tratamiento de los sistemas de acción introduciría nuevas complicaciones imposibles de manejar. Más aún, las Consecuencias imprevistas no deben confundirse con las consecuencias que son necesariamente indeseables (desde el punto de vista del que actúa). Porque aunque esos resultados no se quieran, no siempre se considera su ocurrencia como axiológicamente negativa. En pocas palabras: los efectos no deseados no son siempre efectos indeseables. Los resultados queridos y anticipados de la acción deliberada, sin embargo, son siempre, por la misma naturaleza del caso, relativamente deseables para el actor, aunque puedan parecer axiológicamente negativos a un observador imparcial. Esto es cierto incluso en el caso extremo en que el resultado querido es «el mal menor» o en casos de suicidio, mortificación ascética o auto-tortura que, en situaciones dadas, pueden considerarse deseables en relación con otras posibles alternativas.
Hablando rigurosamente, las consecuencias de la acción deliberada quedan limitadas a aquellos elementos en la situación resultante que son exclusivamente el producto de la acción, es decir, que no habrían ocurrido de no tener lugar la acción. En concreto, sin embargo, las consecuencias son el resultado de la influencia reciproca entre la acción y la situación objetiva, las condiciones de la acción. Nos ocuparemos en primer lugar de un modelo de los resultados de la acción bajo ciertas condiciones. Esto encierra, sin embargo, los problemas de atribución causal (sobre los que volveremos más adelante), aunque en un grado menos apremiante que las consecuencias en sentido riguroso. Estas consecuencias relativamente concretas pueden diferenciarse en: a) consecuencias para el actor(es), b) consecuencias para otras personas por intermedio de la estructura social, la cultura y la civilización.
Al considerar la acción deliberada, nos ocupamos de la «conducta» en cuanto distinta del «comportamiento», es decir, nos ocupamos de una acción que implica motivos y consiguientemente una elección entre alternativas. Por el momento, aceptamos la deliberación como algo dado, de manera que cualquier teoría que «reduce» la intencionalidad a reflejos condicionados o tropismos, afirmando que los motivos son simplemente conjuntos de impulsos instintivos, será considerada como improcedente. Se ignorarán igualmente las consideraciones psicológicas sobre la fuente u origen de los motivos, aunque sean indudablemente importantes para un más completo entendimiento de los mecanismos implicados en el desarrollo de las consecuencias inesperadas de la conducta.
Tampoco se da por sentado que la acción social implique siempre motivos explícitos, claramente definidos. Tal conciencia de motivación puede ser poco frecuente, ya que la meta de la acción es con más frecuencia nebulosa y vaga que precisa y concreta. Tal es sin duda el caso de la acción habitual que, aunque puede originalmente haber sido provocada por un motivo consciente, después es llevada a cabo de manera característica sin esa consciencia. La significación de la acción habitual se discutirá más adelante.
Sobre todo, no debe concluirse que acción deliberada implica «racionalidad» en la acción humana (que la persona siempre usa los medios objetivamente más adecuados para la consecución de su fin). De hecho, parte de mi análisis está dedicado a identificar los elementos que explican desviaciones concretas de la racionalidad de la acción. Además, no hay que identificar racionalidad e irracionalidad con el fracaso y el éxito de la acción, respectivamente. Porque en una situación donde el número de acciones posibles para alcanzar un fin determinado está severamente limitado, se obra racionalmente seleccionando el medio que, en base a la información accesible, tiene las mayores posibilidades de alcanzar esa meta incluso aunque el fin no llegue en realidad a alcanzarse. Por el contrario, se puede alcanzar una meta mediante una acción que, con base a la información accesible al actor, sea irracional (como sucede en el caso de las «corazonadas»).
Volviendo ahora a la acción, distinguimos dos clases: desorganizada y formalmente organizada. La primera hace referencia a acciones de individuos considerados distributivamente, y de la cual puede resultar la segunda cuando individuos del mismo parecer forman una asociación para alcanzar un objetivo común. Las consecuencias imprevistas se dan en ambos tipos de acciones, aunque el segundo tipo parece proporcionar una mejor oportunidad para el análisis sociológico, ya que los procesos de la organización formal contribuyen con más frecuencia a que existan declaraciones explícitas sobre propósitos y procedimientos.
Antes de pasar al análisis del problema mismo es aconsejable indicar dos trampas metodológicas que son, además, comunes a toda investigación sociológica sobre acciones deliberadas. La primera se refiere al problema de la atribución causal, el problema de averiguar hasta qué punto qué «consecuencias» pueden justificadamente atribuirse a ciertas acciones. Por ejemplo, ¿hasta qué punto el reciente aumento de producción económica en este país es el resultado de medidas gubernamentales?, ¿hasta qué punto puede atribuirse la extensión del crimen organizado a la prohibición? Esta dificultad siempre presente de la atribución causal tiene que resolverse para cada caso empírico.
El segundo problema es el de precisar los motivos reales de una determinada acción. Existe la dificultad, por ejemplo, de discernir entre racionalización y verdad en aquellos casos donde consecuencias al parecer imprevistas se confiesa ex post facto que eran consecuencias buscadas. Puede darse la racionalización en conexión con planes sociales a escala nacional, como en el ejemplo clásico del jinete que, al ser arrojado al suelo por su montura, declaró que estaba «simplemente apeándose». Esta dificultad, aunque no completamente obviada, puede quedar significativamente reducida en casos de acción de un grupo organizado, ya que la circunstancia de tratarse de una acción organizada habitualmente exige declaraciones explícitas (aunque no siempre «ciertas») sobre metas y procedimientos. Más aún, se puede fácilmente exagerar esta dificultad, ya que en muchos casos, si no en la mayoría de ellos, la propia experiencia del observador y su conocimiento de la situación le permiten llegar a una solución. En último extremo, la prueba final es ésta: la yuxtaposición de la acción manifiesta, nuestro conocimiento del actor(es), la situación específica y el propósito deducido o confesado, ¿«encajan», existe entre ellos, como Max Weber lo expresa, una «verstandliche Sinnzusammenhang»? Si el analista, de manera auto-consciente, somete estos elementos a una prueba semejante, las conclusiones sobre motivación pueden tener valor probatorio. La evidencia que pueda obtenerse variará, y la probabilidad de error en la atribución de motivaciones variará correlativamente.
Aunque en este trabajo no se habla más de estas dificultades metodológicas, se ha procurado tenerlas en cuenta en el análisis.
Por último, una fuente frecuente de malentendidos se eliminará desde el principio si se advierte que los factores implicados en las consecuencias imprevistas son -precisamente factores, y que ninguno de ellos sirve por sí mismo para explicar ningún caso concreto.
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Robert Merton: Las consecuencias imprevistas de la acción social (Ambivalencia sociológica y otros ensayos) |
Ambivalencia sociológica y otros ensayos
Robert Merton
Editorial Espasa, Madrid 1980, pp. 173-177.
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