Tom Bottomore: Marxismo y sociología (Historia del análisis sociológico, 1978)

Marxismo y sociología

Tom Bottomore

Cap. 4 de Historia del análisis sociológico. Nisbet, Robert; Bottomore, Tom (comp.). Amorrortu, Buenos Aires, 1988 [1978].

Tom Bottomore: Marxismo y sociología (Historia del análisis sociológico, 1978)
Tom Bottomore: Marxismo y sociología (Historia del análisis sociológico, 1978)

La formación del pensamiento de Marx

Durante más de un siglo ha habido una estrecha, incómoda y polémica relación entre marxismo y sociología. Estrecha, porque la teoría de Marx, tal y como la sociología, quería ser una ciencia general de la sociedad, y estuvo análogamente dirigida, en particular, a comprender los cambios sociales resultantes del capitalismo industrial y de las revoluciones políticas del siglo XVIII. Los alcances y ambiciones del marxismo eran, sin duda, los mismos que se expresaban en los sistemas sociológicos de Comte y de Spencer, y hasta cierto punto fueron idénticas sus fuentes intelectuales: las historias de la civilización, las teorías sobre el progreso, el análisis sansimoniano de la sociedad industrial, y la nueva economía política, entre otras. En cuanto a la incomodidad y la polémica, nacieron (como veremos luego con más detalle) del hecho de que sociología y marxismo se desarrollaron históricamente en esferas en gran medida aisladas, así como del conflicto directo entre sus perspectivas teóricas y de una incertidumbre básica y tema permanente de discusión: si el marxismo debía considerarse una entre varias teorías sociológicas, o bien un cuerpo de pensamiento único y singular, un mundo intelectual completo en sí mismo, una alternativa radical frente a cualquier clase de sociología como medio de comprender la sociedad humana y de guiar la acción con arreglo a ello.

En el presente capítulo no trataré directamente de esta última cuestión, que he analizado en otro sitio1, sino que supondré que la teoría marxista atañe a un conjunto de problemas, específicos y circunscritos, que son también el objeto de diversas teorías sociológicas, independientemente de los desacuerdos en cuanto a esquemas conceptuales y a principios metodológicos. Desde este ángulo, las diferencias entre marxismo y sociología no parecen mayores que las existentes entre dos teorías rivales cualesquiera, dentro de lo que habitualmente se acepta como el campo del análisis sociológico. Además, como en su momento veremos, son muchos los nexos y las concordancias, así como los influjos recíprocos, entre determinadas versiones de la teoría marxista y ciertas posiciones teóricas en sociología. En lo que sigue, entonces, mi intención es exponer los principales elementos de la teoría del propio Marx2, considerada como uno de los tipos principales de análisis sociológico, y seguir luego su evolución ulterior, las nuevas interpretaciones o innovaciones creadoras, y la forma en que los pensadores marxistas respondieron a las críticas que recibían y a los nuevos problemas que las cambiantes circunstancias históricas les planteaban.

La teoría de Marx es, ante todo, una notable síntesis de ideas derivadas de la filosofía, los estudios históricos y las ciencias sociales de su época; los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 son la mejor guía para reconstruir su formación3. Allí define el concepto fundamental de su teoría, el de «trabajo humano», que después elaboraría en una serie de otros conceptos afines. «El logro más grandioso de la Fenomenología de Hegel», dice, «es, en primer lugar, que Hegel comprende la autocreación del hombre como un proceso [...] y por tanto comprende la naturaleza del trabajo y concibe al hombre objetivo [...] como resultado de su propio trabajo•4. En estos manuscritos podemos ver cómo trasforma Marx el concepto hegeliano de «trabajo espiritual» introduciendo la noción, muy diferente, del trabajo tal como aparece en las obras de economía política: el trabajo dentro del proceso de la producción material, fuente de riqueza. No es que aquí, o en sus obras posteriores, Marx limite la idea del trabajo meramente a la producción material (como se ha sugerido a veces); mantiene siempre la noción más amplia del trabajo como actividad humana en que se conjugan producción material e intelectual. El hombre no sólo produce los medios de su subsistencia física, sino que crea a la vez, en un proceso único, toda una forma de sociedad. Empero, es cierto que la singularidad del concepto de Marx consiste en la importancia que otorga al trabajo en el sentido económico (el desarrollo del intercambio entre el hombre y la naturaleza) como fundamento de toda vida social. De ahí que se pueda sostener, con Karl Korsch, que el marxismo es economía política, más que sociología5; y no hay duda de que la teoría de Marx se distingue de muchas otras teorías sociológicas por situar firmemente la sociedad humana en un mundo natural y analizar todos los fenómenos sociales en el contexto de la relación (históricamente cambiante) entre sociedad y naturaleza.

A una segunda trasformación del pensamiento de Hegel procede Marx en los Manuscritos económico-filosóficos: la conversión de la idea de alienación en un concepto económico y social, mediante su análisis de la «alienación del trabajo* tal como puede encontrársela en las obras de economía política. Del mismo modo que el trabajo, la alienación del trabajo es para Marx un proceso que no sobreviene exclusivamente en el dominio intelectual o espiritual, sino en el mundo de la existencia física y la producción material del hombre. «Trabajo alienado» es el que algunos hombres imponen a otros, «trabajo forzado» por oposición a actividad creativa libre; es, además, un tipo de trabajo tal que de su producto se apropian otros, los «amos del sistema de producción».

De estos dos conceptos, no elaborados acabadamente en esos manuscritos de 1844, pero expuestos también en otras obras de Marx del mismo período, pueden derivarse los elementos principales de toda su teoría de la sociedad. Para empezar, en su forma principal, como intercambio entre el hombre y la naturaleza, el trabajo es un proceso que se desarrolla en la historia, y en cuyo trascurso el hombre, al cambiar la naturaleza, se cambia a sí mismo y cambia su sociedad. Esta concepción lleva naturalmente a la idea de estadios en el desarrollo del trabajo y la producción, caracterizados por el predominio, en diferentes períodos, de modalidades específicas de producción y sus correspondientes formas de sociedad. Además, este proceso histórico tiene un carácter progresivo; la humanidad pasa de una situación de dependencia casi total de fuerzas y recursos naturales determinados, a sucesivas etapas de control creciente de la naturaleza, de modo que en análisis posteriores de la historia social (en los Grundrisse)6 Marx puede hablar de «épocas progresivas en la formación económica de la sociedad» y de «formas superiores» de sociedad. No obstante, este desarrollo del trabajo social no se presenta como un empeño cooperativo y comunitario por mejorar las fuerzas productivas y así dominar mejor la naturaleza. La concepción del «trabajo alienado» introduce ya la idea de la división de la sociedad en dos grupos principales, cuya relación decide sobre el carácter general de la vida económica y política. Más tarde (En El capital, libro III)7, Marx expresará esto así: «Es siempre la relación directa entre los amos de las condiciones de producción y los productores directos la que revela el secreto más íntimo, el fundamento más oculto del edificio social íntegro, y por tanto también de la forma política de la relación entre soberanía y dependencia; en suma, de la forma particular de Estado. La forma de esta relación entre amos y productores corresponde siempre, necesariamente, a un estadio definido en el desarrollo de los métodos de trabajo y, por consiguiente, de la productividad social del trabajo».

Así, con prescindencia de lo que pueda extraerse de los Manuscritos económico-filosóficos en orden a una filosofía social «humanista», encontramos en ellos a grandes trazos la teoría sociológica de Marx, donde los conceptos básicos de trabajo, propiedad privada, modo de producción, formas de sociedad, estadios de desarrollo, ciases sociales y lucha de clases están, o bien directamente expresados, o bien insinuados en una exposición que, pese a ser fragmentaria, revela el efectivo desarrollo del pensamiento de Marx, a través de una confluencia de la filosofía hegeliana y la economía política; y ello en el proceso de convertir y reconstruir ideas filosóficas en los conceptos de una teoría de la sociedad que el propio Marx presenta, en el prefacio del libro, como «el fruto de un análisis enteramente empírico». Por supuesto, estos manuscritos se sitúan dentro de un conjunto más amplio de trabajos producidos durante los años germinales de 1843-1845; el concepto de clase social, por ejemplo, fue elaborado en escritos que deben mucho a los estudios del proletariado moderno realizados por los socialistas franceses.

Hacia 1845, Marx había llegado en el desarrollo de sus ideas a un punto que le permitía formular con precisión los principios básicos de su teoría: «Esta concepción de la historia descansa, pues, en la exposición del proceso real de producción, partiendo de la simple producción material de la vida, y en la comprensión de la forma de intercambio ligada a este modo de producción y creada por él, o sea, la comprensión de la sociedad civil en sus diversas etapas como base de toda la historia, y en su acción como Estado. [...] No explica la práctica a partir de la idea, sino que explica la formación de las ideas a partir de la práctica material, y consecuentemente llega a la conclusión de que todas las formas y productos de la conciencia pueden ser disueltos, no por una crítica intelectual [...] sino solamente por la remoción práctica de las relaciones sociales efectivas que dieron origen a este embeleco idealista; y de que la fuerza motriz de la historia no es la crítica, sino la revolución. Esta concepción muestra [...1 que en cada etapa histórica se descubre un resultado material, una suma de fuerzas productivas, una relación, históricamente generada, de los individuos con la naturaleza y entre sí, que cada generación trasmite a sus sucesoras; un cúmulo de fuerzas productivas, de capital y de circunstancias que la nueva generación en efecto modifica, pero que le señala sus condiciones de vida y le imprime un desarrollo definido, un carácter especial. Muestra que así como los hombres forjan las circunstancias, las circunstancias forjan a los hombres» (La ideología alemana, 1845-1846)8.

Marx data expresamente la formación de este proyecto teórico en el período 1843-1845, y en un texto muy posterior lo llama el «hilo conductor» de sus estudios; en ese texto hay un célebre pasaje en que expresa, en ¡guales términos, aquella concepción general: «En la producción social que llevan a cabo los hombres, entran en determinadas relaciones que son indispensables e independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a una etapa definida del desarrollo de sus capacidades materiales de producción. La totalidad de estas relaciones de producción constituyen la estructura económica de la sociedad; el cimiento real sobre el cual se erigen las superestructuras jurídicas y políticas y al cual le corresponden formas definidas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida. (...) En cierta etapa de su desarrollo, las fuerzas materiales de producción en la sociedad entran en pugna con las relaciones de producción existentes o (lo que es la expresión jurídica de lo mismo) con las relaciones de propiedad dentro de las cuales han estado operando. (...) Sobreviene entonces un período de revolución social» (prefacio a Contribución a la crítica de la economía política, 1859)9.

Resulta claro que el rumbo de los intereses intelectuales de Marx cambió de manera considerable después de 1845, pero esta reorientación se puede entender diversamente. Louis Althusser sostuvo que hacia esa fecha sobrevino la «ruptura epistemológica» que separa al joven Marx, sustentador de una ideología «humanista» e «historicista» profundamente marcada aún por las ideas de Hegel y Feuerbach, del Marx maduro, creador de una original y rigurosa ciencia de la sociedad10. No obstante, aun sin considerar que en la obra de Althusser, pese a sus frecuentes referencias a la «cientificidad», nunca es del todo clara y convincente la distinción entre ciencia e ideología, es difícil sostener esto luego de comparar cuidadosamente las concepciones y argumentaciones de Marx en sus obras posteriores (en especial los Grundrisse), con las primeras.

Creo más verosímil que, tras haber esbozado el esquema general de su teoría, Marx se volcó a un análisis más detenido y cabal del modo capitalista de producción, con el propósito de que le sirviera como punto de partida de un estudio de la sociedad capitalista en su conjunto, dentro del contexto del proceso global de desarrollo social.

De hecho, en la introducción a los Grundrisse, Marx enuncia un vasto programa de estudios que confirman esta opinión. Insiste firmemente allí en su concepción del desarrollo histórico de la producción, al par que apunta que «todas las épocas de la producción tienen ciertas características comunes»; analiza la relación entre producción, distribución, intercambio y consumo; examina el método de la economía política y enuncia los elementos de su propio método; finalmente, presenta, en forma de notas, algunas de las cuestiones principales que deben abordarse en cualquier intento por demostrar detalladamente la conexión entre modos de producción, formas de sociedad y el Estado, por una parte, y los fenómenos culturales, por la otra, o de interpretar el desarrollo histórico de las sociedades con referencia al concepto de progreso. Los Grundrisse contienen, además, una larga sección sobre las formaciones económicas precapitalistas, que es la tentativa más amplia y sistemática de Marx por examinar los problemas del desarrollo histórico11.

Es evidente que Marx no pudo completar su ambicioso proyecto, y que sus obras fundamentales desde fines de la década de 1850 hasta su muerte estuvieron dedicadas en gran medida a un análisis económico (en sí mismo incompleto) del capitalismo como modo específico de producción. No obstante, nunca abandonó por entero sus estudios acerca de las diversas formas históricas de sociedad; particularmente en sus últimos años (entre 1880 y 1882) escribió extensos comentarios sobre los trabajos de estudiosos que estaban investigando, en diversas formas, la historia social y cultural de la humanidad, como L. H. Morgan, J. B. Phear, H. S. Maine y John Lubbock12. Por consiguiente, los estudios del Marx maduro presentan dos aspectos: uno es el refinamiento de su aná¬lisis teórico de los modos de producción, merced al examen intensivo de la producción capitalista moderna y el examen crítico de las teorías de sus antecesores y contemporáneos en el campo de la economía política; el otro, un afán permanente por situar el modo capitalista de producción y la sociedad capitalista dentro de un esquema histórico del desarrollo social, que esbozó en sus primeros trabajos, pero también procuró mejorar en algunas secciones de los Grundrisse y en sus apuntes sobre Morgan y otros autores.

Los avances que hizo Marx en su análisis económico fueron muy bien reseñados por Martin Nicolaus en un ensayo dedicado a los Grundrisse, que tituló «El Marx desconocido»13. Los Grundrisse muestran la evolución del pensamiento de Marx —dice Nicolaus— sobre tres cuestiones principales. En primer término, elabora él allí el análisis del dinero y el intercambio, que había iniciado en los Manuscritos de 1844, y formula una concepción del dinero como «vínculo social» que expresa las relaciones sociales, históricamente generadas, de la sociedad capitalista. Pero ahora subordina esta exposición de las relaciones de mercado a un análisis de la producción capitalista y del proceso de acumulación o de autoexpansión del capital. En segundo término, al examinar la producción emplea un concepto nuevo, el de «fuerza de trabajo» (en remplazo del término «trabajo» de sus escritos previos), para describir la mercancía que el trabajador vende a cambio de su salario; y pone de relieve el singular carácter de esta mercancía, a saber: que es capaz de crear valor donde no existía, o de crear valores mayores que los necesarios para mantenerlo —lo cual equivale a decir que crea «plusvalía», el origen de la ganancia capitalista—. En tercer lugar, más que en sus otros escritos, en los Grundrisse Marx analiza las condiciones en que sobrevendrá la quiebra del capitalismo. Creo que aquí se hacen intervenir dos factores, uno positivo y el otro negativo. Ante todo, Marx argumenta que «El capitalismo contiene una barrera específica a la producción —que contradice su tendencia general a arrasar con todas las barreras que a ella se oponen—: la superproducción, contradicción fundamental del capitalismo desarrollado». Prosigue caracterizando de diversas maneras esta superproducción; sus opiniones pueden resumirse en el enunciado de que ella supone «la restricción de la producción de valores de uso por el valor de cambio»; vale decir, la producción es limitada porque los productos (mercancías) no se pueden intercambiar, y entonces no se puede realizar la plusvalía que contienen. O bien, como lo expresa en el libro III de El capital•. «La causa última de todas las crisis reales es siempre la pobreza y el restringido consumo de las masas, en contraste con la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas de modo tal que su límite sea sólo el poder absoluto de consumo de la sociedad». Este análisis aporta lo esencial a la proposición de Marx según la cual la transición a una nueva forma de sociedad se inicia cuando hay una contradicción o conflicto entre las fuerzas de la producción y las relaciones de producción (que en el caso del capitalismo son el dinero y el intercambio; en suma, el mercado).

Pero hay un segundo factor, positivo, para el colapso del capitalismo, y es la creación, por su intrínseco desarrollo, de condiciones económicas en que ya se alcanza en parte una dirección colectiva o comunal del proceso de trabajo social. Marx expresa esta idea en párrafos notables del final de los Grundrisse: «En la medida en que se desarrolla la industria en gran escala, la creación de riqueza genuina pasa a depender menos del tiempo de trabajo y de la cantidad de trabajo realizado, que de la capacidad de los instrumentos puestos en marcha durante el tiempo de trabajo, instrumentos cuya poderosa eficacia no está tampoco ligada al tiempo de trabajo que insume directamente su producción, sino que depende más bien del estado general de la ciencia y el progreso de la técnica, o de la aplicación de esta ciencia a la producción. [...] Con esta trasformación, lo que aparece como principal soporte de la producción y la riqueza no es el trabajo que realiza el hombre directamente, ni el tiempo que le dedica, sino su apropiación de sus propias fuerzas productivas generales, su comprensión y dominio de la naturaleza; en suma, el desarrollo del individuo social.[...| El desarrollo del capital fijo indica en qué grado el conocimiento social se ha convertido en una fuerza productiva directa, y por ende en qué grado las condiciones mismas del proceso de la vida social se han puesto bajo el gobierno del intelecto general y se han reconstruido de acuerdo con este». En los Grundrisse, Marx ve la quiebra del capitalismo y la transición hacia una nueva forma de sociedad como un complejo y prolongado proceso, en el que cumplen su papel las crisis económicas y las luchas políticas, pero también el surgimiento, dentro del capitalismo, de un sistema económico de alternativa y el despertar de «todas las capacidades de la ciencia y la naturaleza, de la organización y el intercambio sociales».

¿Cómo armoniza entonces el análisis que hace Marx del capitalismo, y en especial del modo capitalista de producción —que incluye de lejos la parte más cuantiosa de su obra—, con la teoría general de la sociedad que esbozó en su juventud? Según ya indiqué, en ningún momento dejó Marx de ocuparse, de una u otra manera, de la cuestión del desarrollo histórico de la sociedad, entendido como sucesión de modos de producción, y de formaciones sociales, diferenciados; retomó el estudio de esas cuestiones históricas en su examen de las formaciones económicas precapitalistas (particularmente en los Grundrisse), en sus escritos sobre «el modo de producción asiático» y en las observaciones que acerca de las primeras sociedades tribales y campesinas le sugirieron sus lecturas de Morgan, Maine y otros autores que estudiaron los orígenes históricos de las instituciones. Las conclusiones que extrajo de estos estudios no son en modo alguno tan ciaras como las derivadas de su análisis del capitalismo, infinitamente más completo, y autores posteriores las han interpretado de diversas maneras. Por ejemplo, Eric Hobsbawm, en su introducción a Formaciones económicas precapitalistas, sugiere que «todo lo que exige la teoría general del materialismo histórico es que haya una sucesión de modos de producción, pero no necesariamente de modos particulares, y quizá ni siquiera en un orden particular predeterminado»; y al considerar ese texto, sostiene que Marx no se ocupa de la sucesión cronológica, ni de la evolución de un sistema a partir de su antecesor, sino más bien de los estadios analíticos en el desarrollo general de las sociedades tras la ruptura de la sociedad comunal primitiva14.

Estas dificultades en lo tocante al esquema preciso de desarrollo social que Marx procuraba formular aumentan por el hecho de que, a todas luces, quería destacar la singularidad del modo de producción capitalista y de la sociedad capitalista respecto de todos los modos de producción y formaciones sociales previos. Este contraste se manifiesta de varias maneras. Por ejemplo, indica Marx que si en una sociedad capitalista la apropiación de plusvalía opera por medios casi puramente económicos (y por lo tanto descubrirla exige penetrar en el secreto de la producción de mercancías), en todas las sociedades anteriores, en cambio, exigió alguna clase de coacción no económica15. Además, en una sociedad capitalista la contradicción fundamental se plantea entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción constituidas por el intercambio y el dinero, en tanto que acerca de la índole de las contradicciones en las formas previas de sociedad, y la manera en que se efectuó la transición de una a otra, surge un interrogante, también vinculado con el problema de las clases sociales. En sentido lato, la teoría de Marx postula una división universal de la sociedad en clases (luego del período de la sociedad comunal primitiva), en función de los «amos del sistema de producción» y los «productores directos»; no obstante, en otro sentido las clases son consideradas un rasgo distintivo de la sociedad capitalista, y el propio Marx apuntó, en La ideología alemana, que «la distinción entre el individuo personal y el individuo de clase (...) sólo aparece al surgir la clase, que es en sí misma un producto de la bourgeoisie». De todos modos, puede decirse que para Marx el papel de las clases sociales es en extremo importante en las sociedades capitalistas, donde las relaciones de clase son la expresión principal de la contradicción entre las fuerzas y las relaciones de producción; en tanto que en sociedades anteriores las relaciones sociales dominantes pueden ser las del parentesco, la religión o la política; pueden no expresar contradicción alguna, y aun pueden constituir sociedades que no experimenten desarrollo.

Esta exposición de la teoría de Marx deja planteados muchos problemas, no sólo en cuanto al análisis de las tendencias principales de desarrollo de las sociedades capitalistas, sino, en mayor medida aún, en cuanto a la construcción de una teoría general del desarrollo social o de una “ciencia de la historia”. Los pensadores marxistas parecen abordar esta última cuestión cada vez más por referencia a un modelo tripartito: a una forma original de pequeña sociedad comunal seguiría el desarrollo de diversas formaciones sociales, como otros tantos desenlaces, algunos fructíferos y otros no (en el sentido de posibilitar un desarrollo ulterior), de aquella; y finalmente surgiría en una región del mundo el capitalismo, como un tipo muy diferenciado de sociedad, que incorpora potencialidades de desarrollo no soñadas hasta entonces*6. Pero, como luego veremos, el estudio de estos problemas ha dado origen en años recientes a una considerable variedad de reformulaciones y extensiones de la teoría marxista.


Desarrollo del marxismo, 1883-1917

En vida de Marx, su teoría social recibió escasa atención de otros estudiosos. El país en que se evidenció mayor interés fue Rusia, donde en 1872 apareció la primera traducción del libro I de El capital; ese mismo año, se le hizo una reseña importante, y en general favorable, en Vestnik Evropy, publicación de San Petersburgo, sobre la cual el propio Marx incluyó un comentario en el prefacio de la segunda edición alemana de El capital, en 1873. En Alemania, como acerbamente señaló Marx, su obra fue en gran medida ignorada, salvo por los autores socialistas, principalmente Joseph Dietzgen, quien publicó una serie de artículos sobre ella en Volkstaat, en 1868; aunque la teoría económica de Marx fue más ampliamente examinada en la segunda edición del texto de economía política de Adolph Wagner, Economía política general o teórica, Parte I, Fundamentos, texto acerca del cual Marx redactó en 1879-1880 una serie de «notas al margen» con vistas a dar a luz un ensayo crítico17. A partir de este ‘momento su teoría atrajo creciente atención18, y poco después de la muerte de Marx (1883) comenzó a ejercer cada vez mayor influencia, intelectual y política, por dos vías que han signado su desarrollo hasta el presente: el movimiento obrero y las ciencias sociales académicas.

Así el marxismo, como en algún sentido se proponía Marx, pasó a ser la teoría o doctrina social preeminente de la clase obrera. Arraigó con máxima fuerza en el Partido Social-Demócrata alemán, cuyos dirigentes, como consecuencia del rápido auge del movimiento socialista y de su estrecha relación con Engels, se convirtieron en los principales herederos intelectuales y políticos de Marx, y dominaron en buena medida el movimiento obrero internacional hasta 1914. Pero a raíz de las particulares condiciones políticas vigentes en Alemania, ese partido, como señala Peter Nettl19, cobró el carácter de un «Estado dentro del Estado», creando en gran escala sus propias instituciones culturales y educativas, escuelas partidarias, editoriales y publicaciones periódicas. Los movimientos y partidos socialistas de otros países, aunque no con el mismo grado de aislamiento, también desarrollaron en gran parte sus ideas fuera del mundo académico oficial; y así la exposición y el análisis de la teoría marxista se hicieron fundamentalmente en libros y periódicos publicados por partidos y grupos socialistas20.

El primer gran debate interno del marxismo —la «controversia revisionista»— se produjo en el Partido Social-Demócrata alemán, y se difundió con rapidez a otros partidos socialistas, tras la publicación del libro de Eduard Bernstein, Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia (1899)21. Bernstein presentó en su obra dos argumentaciones principales en cuanto a la pretensión del marxismo de ser una ciencia social. Primero, insistió en que si el marxismo era una ciencia, sus resultados debían en última instancia someterse a verificación empírica, y en este aspecto algunas porciones de la teoría debían ser revisadas porque las tendencias evolutivas de las sociedades capitalistas de Occidente se estaban apartando de lo predicho por Marx; en especial, la estructura de la sociedad capitalista, en lugar de simplificarse trasformándose en una relación entre dos clases fundamentales, se estaba volviendo más compleja: las clases medias no desaparecían, no se asistía a una polarización de las clases, la miseria no aumentaba, sino que disminuía, y las crisis económicas eran menos graves que antes, y no más. Segundo, adujo que, como ciencia positiva, el marxismo tenía que ser complementado por una teoría ética; pero no abordó este punto sino sumariamente, reduciéndose a la existencia y la importancia de un elemento «ideal» en el movimiento socialista22.

El libro de Bernstein generó en particular una animada polémica en tomo de la teoría marxista sobre la crisis y el colapso del capitalismo, pero también contribuyó a poner en marcha una amplia reevaluación de la teoría teniendo en cuenta los cambios económicos y sociales que acontecían en Europa, así como las nuevas ideas en filosofía y ciencias sociales. Acerca del problema de la crisis, Kautsky replicó a Bernstein reafirmando la concepción ortodoxa del «inevitable» colapso capitalista, y sosteniendo que había que defender el núcleo revolucionario del marxismo (entendido de esta manera determinista) contra el reformismo; pero estas cuestiones fueron luego analizadas más profundamente por Rudolf Hilferding en su obra El capital financiero y por Rosa Luxemburgo, en La acumulación del capital23. Estos dos libros intentaron desarrollar el análisis que había hecho Marx del capitalismo a la luz de los cambios sobrevenidos desde su muerte, y en particular procuraron explicar la expansión permanente del capitalismo por el fenómeno del imperialismo. Pero si Luxemburgo concluía que a la larga el capitalismo sufriría ese colapso inevitable tras absorber todas las economías precapitalistas y los enclaves precapitalistas dentro del propio capitalismo, Hilferding afirmaba, en cambio, que en su forma más organizada, la del capitalismo financiero, tenía la capacidad de moderar o superar las crisis económicas, y que sería derrocado y remplazado por el socialismo, no como consecuencia de un colapso económico, sino de la lucha política de la clase obrera.

El debate general sobre la teoría de Marx adoptó diversas formas —ejemplos son los escritos de Sorel en la década de 1890, donde intentó establecer los principios de una «teoría materialista de la sociología»24, o los ensayos que por la misma época escribió Croce sobre el materialismo histórico—25; el empeño más sistemático por exponer las ideas de Marx en una nueva forma, de indagar nuevos problemas y de analizar críticamente las elaboraciones recientes de la filosofía y las ciencias sociales fue, sin duda, el de los marxistas austríacos. Su tendencia intelectual fue descrita en estos términos por Otto Bauer:

«Lo que los unía no era una orientación política específica, sino el sesgo particular de su labor intelectual. Todos ellos se habían formado en el período en que hombres como Stammler, Windelband y Rickert atacaban al marxismo con argumentos filosóficos, y esto los obligó a entrar en controversias con los representantes de las nuevas corrientes filosóficas. Si Marx y Engels habían partido de Hegel, y los marxistas posteriores del materialismo, estos «austro-marxistas» tomaron como punto de partida a Kant y a Mach. Por otro lado, debieron polemizar con la llamada escuela austríaca de economía política, y también esta polémica influyó en su método y en la estructura de su pensamiento. Finalmente, en la vieja Austria desgarrada por luchas nacionales, debieron aprender a aplicar la concepción marxista de la historia a muy complicados fenó¬menos, que desafiaban todo análisis basado en una aplicación esquemá¬tica y superficial del método marxista»26.

Las obras cardinales de este grupo —el estudio de los grupos nacionales y del nacionalismo por Otto Bauer, la sistemática indagación de Max Adler sobre los cimientos metodológicos del marxismo como ciencia de la sociedad, el análisis de las instituciones jurídicas por Renner, las investigaciones de Hilferding sobre el desarrollo reciente del capitalismofueron otros tantos intentos de establecer el marxismo como sistema de sociología, formulando con precisión sus conceptos y métodos básicos, y practicando, dentro del marco de este paradigma orientador, estudios sobre las realidades empíricas relevantes en la época27.

Así, en la primera década del siglo XX, emergieron en el seno del movimiento socialista diversas escuelas de pensamiento, como resultado de controversias sobre la interpretación de la teoría de Marx, intentos de revisarla o de perfeccionarla en reacción a las críticas y a la aparición de fenómenos nuevos, y del desarrollo de estudios empíricos en el campo de la sociología y de la historia social. En líneas generales, pueden distinguirse tres tendencias: el marxismo ortodoxo del Partido SocialDemócrata alemán, representado sobre todo por Kautsky, que expresaba una concepción algo mecánica del desarrollo de la economía capitalista hacia su inevitable bancarrota, desarrollo que se reflejaba de manera más o menos automática en la lucha de clases y la victoria final de la clase obrera; el revisionismo de Bemstein, que rechazaba en gran medida las ideas de colapso económico y de creciente lucha de clases y veía el advenimiento del socialismo como culminación de un proceso de gradual impregnación de la sociedad capitalista por las instituciones e ideales socialistas; y el marxismo austríaco, que creó una teoría sociológica mucho más elaborada, tomando en cuenta la creciente complejidad de la sociedad capitalista y las cambiantes condiciones de la lucha de clases, pero manteniendo (aunque con salvedades) la perspectiva revolucionaria y destacando la importancia, a fin de alcanzar el socialismo, de una intervención activa de las masas obreras, políticamente concientes y organizadas. Pero en esta misma década surgió otra corriente de pensamiento marxista, la de Lenin y los bolcheviques, que posteriormente ejercería enorme influencia sobre el carácter mismo del marxismo; la examinaremos en la siguiente sección.

Después de la muerte de Marx, su teoría, si bien se difundió con mayor rapidez en el movimiento socialista, comenzó a gravitar también en las ciencias sociales académicas, en especial la economía y la sociología. En el prefacio a su obra de 1887, Comunidad y sociedad, Ferdinand Tónnies reconoció su deuda hacia Marx, a quien consideraba «el más notable y profundo filósofo social», descubridor del modo de producción capitalista y un pensador que había procurado dar expresión a la misma ¡dea que Tónnies deseaba formular en conceptos nuevos28. En el primer congreso internacional de sociología, realizado en 1894, estudiosos de varios países (incluido Tónnies) contribuyeron con artículos en los que se discutía la teoría de Marx; y en esa década el marxismo empezó a ser enseñado en universidades (principalmente por Cari Grünberg29 en la Universidad de Viena y por Antonio Labriola30 en la de Roma); inspiró nuevos tipos de investigaciones y comenzó a ser examinado con más seriedad en las publicaciones académicas.

Por esta época aparecieron los primeros estudios críticos sustanciales; uno de los más tempranos fue el de R. Stammler, quien quiso poner la teoría de Marx cabeza abajo demostrando que el cimiento indispensable del sistema de producción son las normas jurídicas, y remplazando la concepción materialista de la historia por una teleología social fundada en la ética kantiana31. Otra importante obra crítica fue La conclusión del sistema de Marx, de Bóhm-Bawerk (1896), escrita desde el ángulo de la escuela marginalista austríaca de economía; planteaba objeciones a la teoría del valor-trabajo como fundamento del análisis marxista del capitalismo, pero fue a su vez criticada por Rudolf Hilferding en una monografía titulada Bóhm-Bawerks Marx-Kritik (1904), donde se rechazaba el enfoque «subjetivista» de la escuela marginalista32. Tras la edición del libro de Labriola sobre la concepción materialista de la historia, Durkheim hizo una reseña de este en la Revue Philosophique (1897), donde analizaba la teoría de Marx; también reseñó diversos estudios marxistas en los primeros números de Année Sociologique. Entre los numerosos trabajos publicados en este período debe mencionarse el importante análisis del método y las hipótesis sociológicas de Marx que llevó a cabo T. G. Masaryk (1899), profesor de filosofía en la Universidad de Praga, titulado Los fundamentos filosóficos y sociológicos del marxismo, así como la breve exposición crítica de E. R. A. Seligman La interpretación económica de la historia (1902; ed. rev., 1907)33.

En la primera década de este siglo, el marxismo ya estaba firmemente establecido como una importante teoría social, ampliamente debatida en el movimiento socialista y en el mundo académico, y que dio origen a gran cantidad de investigaciones sociales novedosas34. Tal vez la característica más destacada de la teoría marxista en ese tiempo era su amplitud, según lo ilustra el hecho de que las diversas exposiciones y críticas provenían de autores pertenecientes a disciplinas tan diversas como la economía, la antropología, la historia y la jurisprudencia. Labriola lo destacó así: «Las diversas disciplinas analíticas que ilustran los hechos históricos han terminado por poner de relieve la necesidad de una ciencia social general, que unifique los distintos procesos históricos. La teoría materialista es el punto culminante de tal unificación»35. Desde esta perspectiva, no es difícil entender por qué habría de ejercer el marxismo tan honda influencia en el propio establecimiento de la sociología (que apunta a una unificación semejante) como disciplina acadé¬mica y, en general, como nuevo marco intelectual para comprender el mundo social. En ningún sitio fue esta influencia más notoria que en la Europa de habla alemana. El austro-marxismo surgió concretamente bajo la forma de una teoría sociológica36, y de hecho constituyó el grueso de la sociología austríaca en las tres primeras décadas del siglo'*7. En Alemania, el marxismo gravitó mucho, como ya indiqué, en el pensamiento de Tónnies, y en Simmel, sobre todo en su importante estudio de las relaciones sociales que sobrevienen en la transición de una economía natural a una economía monetaria38; en secciones posteriores de este capítulo rastrearemos el influjo que siguió ejerciendo en los escritos de Korsch, Lukács, Mannheim y los pensadores del Instituto de Investigaciones Sociales de Francfort.

Pero sin duda la más potente repercusión de las ideas marxistas en la época de formación de la sociología como disciplina académica se aprecia en la obra de Max Weber. No es sólo que en su libro más conocido, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904), se propuso mostrar las limitaciones de la explicación marxista de los orígenes del capitalismo, ni tampoco que en su sociología de la religión emprendió lo que él denominó «una crítica positiva de la concepción materialista de la historia», sino que en toda la obra de Weber, desde su temprano estudio sobre la historia agraria de Roma hasta los diversos análisis incorporados a Economía y sociedad (1922) y el esbozo de historia económica general escrito al final de su vida, frecuentemente tomó como punto de partida problemas o conclusiones que habían sido formulados por Marx. En verdad, podría decirse que la mayor parte de la sociología de Weber es, propiamente hablando, más que una teoría original y sistemática de la sociedad, un prolongado y variado comentario de la teoría de Marx, que, si bien desde una cosmovisión muy diferente39, trata de los orígenes y perspectivas del capitalismo, las clases sociales, el Estado y la polí-tica, y los problemas metodológicos.

Así, en las tres décadas que siguieron a la muerte de Marx, su teoría conoció una notable evolución; fue ampliada y revisada en algunos aspectos para dar razón de los cambios del capitalismo; se crearon campos de investigación totalmente nuevos, y se integró estrechamente —en la Europa continental, no así en el mundo de habla inglesa—40 en la construcción de la sociología como ciencia general de la sociedad. La Primera Guerra Mundial interrumpió este proceso; y aunque después persistieron estilos de pensamientos anteriores, lo hicieron dentro de circunstancias muy modificadas, lo cual originó rumbos nuevos en la teoría marxista.


La hegemonía bolchevique, 1917-1956

La Revolución Rusa de 1917 y la instauración del primer «Estado obrero», y por otro lado el fracaso del movimiento revolucionario alemán en 1918-1919, abrieron una nueva era en el desarrollo del marxismo. El centro de gravedad de los estudios marxistas se desplazó a Europa oriental, se inició la institucionalización del marxismo como ideología de un régimen político, y este marxismo oficial adquirió poco a poco preponderante influencia en la evolución de las ideas marxistas. El marxismo soviético41 partió de Lenin, cuya interpretación del marxismo —que debe contemplarse en el contexto de las circunstancias políticas del período que corre desde principios de siglo hasta 1917— contenía sobre todo una reafirmación del valor práctico revolucionario del marxismo, frente al auge del revisionismo y el reformismo en el movimiento socialista europeo.

Esta intención práctica se trasluce con claridad en los elementos principales de la versión leninista del marxismo: el papel del partido, el campesinado como aliado del proletariado, y las condiciones de la lucha política de la clase obrera en la etapa imperialista del capitalismo. Lenin no se propuso reexaminar en forma sistemática el sistema teórico de Marx, sino que adoptó la concepción del marxismo como «teoría de la revolución proletaria», y se empeñó en extraer sus consecuencias para una estrategia política y su encamación en una organización eficaz. Así, en su análisis del imperialismo42, se apoyó en gran medida en los estudios de J. A. Hobson y R. Hilferding; su caracterización general del imperialismo no difiere mayormente de la de este último, salvo que extrajo de ella conclusiones más revolucionarias, a saber: que el capitalismo había ingresado en su etapa «final», creando condiciones más favorables para su supresión: pero además había generado una división en el movimiento obrero entre la tendencia reformista y la revolucionaria, y que ello exigía un renovado esfuerzo para fortalecer a los partidos revolucionarios y combatir el reformismo. Lo mismo en su análisis del campesinado (primero en el caso de Rusia, y luego en relación con los países coloniales)43: a Lenin no le preocupaba primordialmente elaborar una teoría marxista del campesinado como clase, ni de las etapas del desarrollo social, sino examinar su potencial revolucionario en los países atrasados y los medios por los cuales podía establecerse una alianza de ciertos sectores del campesinado con la clase obrera o, más bien, con el partido revolucionario de la clase obrera. El más singular aporte de Lenin al marxismo fue, en verdad, su concepción del partido, basado en el distingo entre la clase obrera —que a su juicio nunca podría alcanzar espontá¬neamente otra cosa que una «conciencia tradeunionista» (vale decir, su preocupación por las demandas económicas)— y la vanguardia revolucionaria de los trabajadores e intelectuales con plena conciencia de clase, que desde afuera introducía las ideas socialistas en el movimiento obrero y que pasaba a acaudillar el movimiento total de los oprimidos (obreros y campesinos por igual), en virtud de su completa adhesión al marxismo revolucionario y de su organización como partido centralizado y disciplinado.

El leninismo, como doctrina y como movimiento político al que contribuyeron otros además de Lenin (principalmente Trotsky)44, dio vida a un sistema político y a un partido de nuevo tipo, que tuvieron inmensas consecuencias en el desarrollo del pensamiento marxista del siglo XX. En la primera década posrevolucionaria, florecieron los estudios marxistas en diversas variantes, así como hubo una explosión de creatividad en la literatura y las artes. David Riazanov, fundador del Instituto MarxEngels de Moscú, inició su notable recopilación de las publicaciones, manuscritos y cartas de Marx y Engels, como preparación para la monumental edición crítica de sus obras, Edición histórico-crítica de las obras completas de Karl Marx y Friedrich Engels, cuyo primer volumen apareció en 1927 pero que quedó incompleta a raíz del arresto y desaparición de Riazanov en 1931. También Nicolai Bujarin hizo importantes aportes a las controversias teóricas de las ciencias sociales de la época, publicando en 1921 su Materialismo histórico: un sistema de sociología, que se proponía ser un libro de texto, pero introducía «innovaciones» en respuesta a las críticas de otros pensadores a la teoría marxista45. De hecho, las secciones más interesantes de esta obra son aquellas en que Bujarin critica las ideas de Max Weber, Michels y Stammler, o comenta estudios recientes influidos por el marxismo. Ahora bien, a fines de la década de 1920 el poder cada vez mayor de Stalin puso fin a estos debates teóricos y a toda posibilidad de avance serio en la ciencia social marxista. Desde ese momento el marxismo soviético se convirtió en una ideología cada vez más rígida y dogmática, no en el sentido de una justificación totalmente arbitraria del régimen, sino como una doctrina que reflejaba el desarrollo real de la sociedad soviética —el proceso de edificación del «socialismo en un solo país», o bien, dicho en términos más simples, la industrialización acelerada— a la vez que servía de sustento al régimen stalinista46. Su consecuencia intelectual fue inhibir, en una gran parte del movimiento socialista intemacionalista, toda idea marxista creadora y original, y en particular obstruir el desarrollo de una sociología marxista, ya fuera como análisis teórico o como investigación empírica.

La Primera Guerra Mundial y la situación revolucionaria europea en la posguerra inmediata generaron otros cambios significativos en el pensamiento marxista, semejantes a los encamados en el leninismo, pero de carácter más teórico. Se singularizaron por destacar, como factores esenciales de la transición al socialismo, la conciencia de clase y el activismo político, más que el desarrollo económico del capitalismo. Dos libros publicados en 1923 marcaron esta reorientación intelectual: Marxismo y filosofía, de Korsch, e Historia y conciencia de clase, de Lukács4'. En ambos se rechazaba la ¡dea del marxismo como ciencia positiva de la sociedad, como sociología; se lo entendía, en cambio, como una «filosofía crítica» que expresaba la cosmovisión del proletariado revolucionario, del mismo modo que, según Korsch, la filosofía idealista alemana había sido expresión teórica de la burguesía revolucionaria. En las páginas iniciales de su obra, Lukács define la teoría marxista como «esencialmente nada más que la expresión, en el pensamiento, del proceso revolucionario mismo»; y pasa luego a argumentar —en sustento teóricofilosófico de la concepción leninista del partido— que el marxismo «es la correcta conciencia de clase del proletariado» que tiene «como forma organizativa al partido comunista»48.

Una visión similar fue la expuesta por Antonio Gramsci, aunque sólo se difundió más adelante, cuando se publicaron sus escritos de la cárcel, después de la Segunda Guerra Mundial49. También Gramsci rechazó toda concepción del marxismo como ciencia de la sociedad o teoría sociológica; el marxismo, dijo, «la filosofía de la praxis... es “autosuficiente” [...] y contiene en sí misma todos los elementos funda mentales necesarios para construir una concepción total e integral del mundo, una filosofía total y una teoría de la ciencia natural; y no sólo eso, sino todo lo que hace falta para dar vida a una civilización íntegra»50. El marxismo era presentado, así, como una cosmovisión filosófica orientadora del proletariado en su lucha política para crear una sociedad nueva y una nueva civilización.

Ya hemos señalado que estas elaboraciones estuvieron influidas en alto grado por las condiciones políticas de Europa tras la Primera Guerra Mundial; pero también se produjeron dentro de un movimiento más general de ideas, que se inició en la década de 1890, y que se ha dado en llamar «la revuelta contra el positivismo»51. Elementos importantes de este movimiento son el análisis que hizo Croce del marxismo como método de interpretación histórica, íntimamente ligado a la filosofía hegeliana de la historia52, así como el rechazo por Sorel de la idea de la ineluctabilidad histórica y su insistencia en que el pensamiento socialista, incluido el marxismo, era una doctrina moral que aportó al mundo, fundamentalmente, «una nueva manera de juzgar todos los actos humanos»53. Luego de que Korsch y Lukács publicaran sus reinterpretaciones teóricas, surgió un grupo de pensadores asociados al Instituto de Investigaciones Sociales de Francfort, quienes en su momento perfeccionaron la concepción del marxismo como «filosofía crítica», que ellos oponían al «positivismo» sociológico54. En los primeros años de existencia de ese Instituto, cuando aún lo conducía su primer director. Cari Grünberg, su labor abarcó estudios empíricos y teóricos, y su programa podría considerarse semejante al adoptado por los austromarxistas (con quienes Grünberg tenía íntimo contacto), o sea, reexaminar los fundamentos de la teoría marxista, discutir críticamente las nuevas ideas y doctrinas de la filosofía y las ciencias sociales, y aplicar el método marxista a la indagación de fenómenos nuevos o hasta entonces descuidados. Pero no fue esto lo que se concretó cuando comenzó a cobrar forma, a fines de la década de 1920 y comienzos de la siguiente, una «Escuela de Francfort» bien diferenciada. Sus orientadores, Theodor Adorno y Max Horkheimer, se interesaron por las cuestiones metodológicas, y en particular por la oposición entre el marxismo como filosofía crítica derivada de Hegel, y el positivismo de las ciencias sociales, que ellos identificaron cada vez más con todo el desarrollo de la ciencia y la técnica desde la Ilustración. Esta oposición como objeto central de indagación teórica es expuesta en Razón y revolución, de Herbert Marcuse (1941), obra que ofrece en muchos aspectos la mejor exposición de las ideas de la Escuela de Francfort, según habían sido elaboradas en la década de 1930. Marcuse traza aquí muy nítidamente el contraste entre la razón crítica «que ha estado intrínsecamente ligada a la idea de libertad», y la sociología positivista, que se proponía ser «una ciencia en procura de leyes sociales» y que en consecuencia eliminaba la posibilidad de una modificación del sistema social55.

Si bien los pensadores vinculados al Instituto de Francfort desarrollaron sus ideas en el mismo contexto intelectual que Korsch y Lukács, y también Gramsci en gran medida —vale decir, como crítica al positivismo y reinterpretación del marxismo considerándolo el heredero de la filosofía clásica alemana—, estas ideas alcanzaron su madurez en condiciones muy diversas de las que prevalecieron en la posguerra inmediata. A fines de la década de 1920, los intelectuales de izquierda en Alemania se vieron enfrentados, en lo político, a una opción entre el marxismo soviético, que había ingresado en su fase dogmática stalinista, y el reformismo del Partido Social-Demócrata. En su mayoría, los miembros de la Escuela de Francfort rechazaron ambas opciones y prefirieron mantener vivo el espíritu crítico del marxismo, tal como ellos lo entendían, alejados de la política de partido. Así el marxismo se convirtió cada vez más, con ellos, en una crítica de la ideología o en una crítica general de la cultura burguesa, dirigida a un auditorio de intelectuales y estudiosos. Otra circunstancia los movió a elegir este camino: la aparente debilidad de la clase obrera frente al auge de los movimientos fascistas. Esto los llevó a argumentar que la lucha por el socialismo no se consumaría con éxito a menos que la clase obrera adquiriera la «voluntad conciente* de alcanzar una sociedad liberada y racional5®, y a todas luces era responsabilidad de los intelectuales aportar la crítica y las ideas liberadoras que a la larga pudieran dar forma a esa voluntad.

En ciertos aspectos, Korsch y Lukács debieron enfrentar problemas similares. Ambos se opusieron a algunos aspectos, por lo menos, de la ortodoxia bolchevique, y sus libros fueron condenados por «revisionistas» e «idealistas» en el Quinto Congreso de la Internacional Comunista (1924). Lukács repudió su propia obra y decidió continuar siendo miembro del Partido Comunista, pero, a despecho de sus concesiones al stalinismo, no parece probable que modificara sus opiniones fundamentales, y después de 1956 las volvió a exponer alentando así una actitud más crítica en los regímenes políticos de Europa oriental. Korsch, en cambio, fue expulsado del Partido Comunista alemán en 1926; participó en movimientos de izquierda hasta su exilio a los Estados Unidos en 1933, momento desde el cual dejó de actuar en política. En esos años su concepción del marxismo fue cambiando gradualmente; dejó de considerarlo la filosofía del movimiento obrero, poniendo en cambio de relieve sus logros como ciencia social. En su libro sobre Marx como sociólogo, publicado en 1938, enunció con claridad este giro en sus ideas: «En el posterior desarrollo del marxismo, el principio materialista crítico que Marx había elaborado empíricamente [...] fue convertido en una filosofía social general. (...) De esta distorsión del sentido fuertemente empírico y crítico del principio materialista, no había más que un paso a la idea de que la ciencia histórica y económica de Marx debía recibir un fundamento más amplio, no de una filosofía social, sino de una filosofía materialista totalizadora, que abarcase tanto la naturaleza como la sociedad, o de una interpretación filosófica general del universo». Y resumió su propia opinión con estos términos: «La tendencia cardinal del materialismo histórico no es en manera alguna “filosófica”; se trata, en cambio, de un método científico empírico»57.

Desde luego, los escritos de Korsch, Lukács, Gramsci y los miembros de la Escuela de Francfort no agotan la obra de los pensadores marxistas situados fuera, o parcialmente fuera, de la órbita del marxismo soviético en este período. Los austromarxistas siguieron desarrollando el marxismo como ciencia social en estrecha conexión con la acción política, hasta 1934, cuando la socialdemocracia austríaca fue aniquilada por el fascismo. En Alemania, el marxismo fue una de las grandes influencias en la obra de Karl Mannheim, y en sus escritos, como en los de Max Weber antes, podemos ver un intento de definir la contribución del marxismo a la sociología (más concretamente, a la sociología del conocimiento y la cultura)58 sin aceptarlo como cosmovisión.

No obstante todos estos reexámenes y reinterpretaciones del pensamiento marxista, en especial en la década de 1920, no creo que pueda decirse que en el período de 1917-1956 la gravitación del marxismo en la sociología, o el desarrollo de la teoría marxista de la sociedad, fueran tan vigorosos o extensos como en el período precedente y en el siguiente. Una de las razones fue el predominio político del marxismo soviético, que relegó a otras versiones del marxismo (o las suprimió lisa y llanamente, como sucedió con Historia y conciencia de clase de Lukács), con la consecuencia de que, en general, fueron poco conocidas, en general ignoradas. Pero hubo otro factor decisivo: el triunfo del fascismo en Europa. En Italia, Gramsci propuso sus ideas en condiciones que excluían su debate amplio o elaboración (muchas de sus concepciones principales se contienen en notas y ensayos escritos en la cárcel); la escuela austromarxista fue dispersada; y en Alemania cesó en 1933 todo estudio o debate marxista. Pasarían veinte años antes de que la teoría marxista pudiera ser otra vez expuesta en forma adecuada, y sometida a revisión crítica.


La renovación del pensamiento marxista

En las dos últimas décadas se produjo un notable renacimiento del pensamiento marxista en las ciencias sociales, que obedeció a diversas razones. Quizá la más importante fue que el predominio bolchevique sobre el marxismo llegó a su fin con las revelaciones acerca del régimen stalinista, las rebeliones políticas e intelectuales en Europa oriental y el surgimiento de una visión de la teoría marxista menos monolítica, más crítica, alentada además por el ascenso de otros centros de práctica política marxista, especialmente en China. En gran medida a raíz de estos cambios, también se produjo en Europa occidental una trasformación del pensamiento marxista, en parte merced al redescubrimiento y reexamen de pensadores anteriores —entre ellos, Trotsky, Korsch, Lukács, Gramsci y la Escuela de Francfort— cuya obra había sido desdeñada o condenada al olvido en la época stalinista, y en parte por la formulación de nuevas concepciones marxistas en las que influyeron tanto las nuevas ideas en ciencias sociales y filosofía como el mudable carácter y los problemas diferentes que presentan las sociedades en la segunda mitad del siglo XX. Este renacimiento marxista fue también estimulado por la publicación, traducción y vasta difusión de importantes manuscritos de Marx poco conocidos anteriormente, en especial los Manuscritos económico-filosóficos, de 1844, y los Grundrisse, de 1857-1858(59).

Por consiguiente, los movimientos políticos e intelectuales de los últimos veinte años produjeron un gran florecimiento de los estudios marxistas, y muchos nuevos intentos de repensar toda la teoría marxista de la sociedad, sobre todo en relación con el desarrollo general y los resultados de las ciencias sociales modernas en sus logros sustantivos y en sus orientaciones metodológicas. Dentro de las ciencias sociales, el marxismo ya no se presenta como un cuerpo de ideas hace tiempo superadas, o que se pudieran desconocer con el argumento de que meramente constituyen una doctrina social expresiva de juicios de valor y de aspiraciones políticas. El marxismo no es un mero «grito de dolor», según afirmó una vez Durkheim del socialismo60. Y tal vez lo más llamativo en el desarrollo reciente de las ciencias sociales es que las ideas marxistas han recobrado por doquier una importante gravitación; no sólo en sociología, ciencia política e historia, sino también en economía, donde se lo reconoce ahora como una teoría cardinal del crecimiento económico61, que ha contribuido mucho, en particular, al estudio de los países «en vías de desarrollo»; y en antropología, donde según señala Raymond Firth el contacto con las ideas de Marx fue evitado durante largo tiempo62. En sociología, especialmente, la teoría marxista ha emergido, aunque en diversas formas, como un paradigma rector, capaz de lograr el fin enunciado por Labriola: el establecimiento de una ciencia social general que «unificara los diferentes procesos históricos» y reuniera sistemáticamente los resultados de las ciencias sociales especializadas63.

En esta elaboración nueva surgieron dos orientaciones principales, que denominaré «marxismo estructuralista» y «teoría crítica». El primero lleva impreso el sello de la obra de Louis Althusser64, por un lado, y a la moderna antropología estructuralista, a su vez influida por la lingüística estructural, por el otro65.

Las inquietudes de Althusser son primordialmente de orden epistemológico; su intención fue establecer una teoría del conocimiento opuesta al empirismo, mostrar la «enorme revolución teórica» cumplida por Marx y comprobar la «cientificidad» de la teoría del Marx maduro, en contraposición al pensamiento «ideológico»66. No obstante, en el curso de su análisis filosófico destacó en particular aquel aspecto de la teoría de Marx que pone el acento en el análisis estructural. Según Althusser, la teoría de Marx «revela la existencia de dos problemas. [...] Marx considera la sociedad contemporánea (y cualquier otra forma pretérita de sociedad) a la vez como un resultado y como una sociedad. La teoría acerca del mecanismo de trasformación de un modo de producción en otro, o sea, acerca de las formas de transición de cada modo de producción al siguiente, debe plantear y resolver el problema del resultado, vale decir, de la producción histórica de un cierto modo de producción, de una determinada formación social. Ahora bien, la sociedad contemporánea no es sólo un resultado, sino también un producto; y es este particular resultado, este particular producto, el que funciona como sociedad, de una manera distinta de la de otros resultados y productos. Este segundo problema encuentra respuesta en la teoría de la estructura de un modo de producción, la teoría de El capital»67.

Maurice Godelier expuso con gran claridad la versión estructuralista del marxismo, ejemplificando su aplicación con estudios antropológicos68. En Perspectivas en la antropología marxista69 distingue los enfoques funcionalistas estructuralistas (o sea, el estructuralismo de Lévi-Strauss) y los marxistas, y presenta al marxismo como una forma de estructuralismo caracterizada por dos principios cardinales: primero, que «el punto de partida, en la ciencia, no ha de buscarse en las apariencias», sino en la lógica interna de una estructura que existe detrás de las relaciones visibles entre los hombres70; y segundo, que «un abordaje materialista que parta de Marx no puede consistir meramente en una larga indagación de las redes de causalidad estructural, sin tratar de averiguar el concreto y desigual efecto que estas distintas estructuras pueden tener sobre el funcionamiento —en particular sobre las condiciones de la reproducción— de una formación económico-social. Al analizar la jerarquía de causas que determinan la reproducción de una formación económico-social, el materialismo toma en serio la hipótesis fundamental de Marx acerca de la causalidad determinante “en último análisis" para la reproducción de dicha formación, del modo o modos de producción que comprenden la infraestructura material y social de esa formación»7 1.

Así, este enfoque general toma como principal objeto de estudio —un objeto «construido teóricamente»— el modo de producción de la vida material y la correspondiente formación social, concebida como una jerarquía de estructuras. Desde este ángulo, el análisis de la estructura tiene prioridad sobre el análisis histórico; en las palabras de Godelier, «sean cuales fueren las causas o circunstancias externas o internas […] que generan contradicciones y cambios estructurales en un determinado modo de producción y en una determinada sociedad, esas contradicciones y cambios siempre se basan en propiedades internas, inmanentes, de las estructuras sociales, y expresan requerimientos no intencionales, cuyas razones y leyes deben ser descubiertas. […] Por consiguiente, la historia no explica: debe ser explicada. La hipótesis general de Marx sobre la existencia de una relación de orden entre infraestructura y superestructura, que, en último análisis, determina el funcionamiento y evolución de las sociedades, no significa que podamos establecer de antemano las leyes específicas, de funcionamiento y de evolución para las diversas formaciones económico-sociales que han surgido o surgirán en el curso de la historia. Y ello se debe a que no existe una historia general, y a que jamás podemos predecir qué estructuras operarán corno infraestructura o superestructura dentro de esas diferentes formaciones económicosociales»72.

El abordaje estructuralista, con variantes y diferencias de acento, ha inspirado gran parte de las recientes indagaciones marxistas. Además de la obra de Godelier, deben mencionarse los estudios realizados por Nicos Poulantzas sobre el poder político y las clases sociales73, que definen los conceptos esenciales de «modo de producción» y de «formación social», y distinguen diversas estructuras o «niveles» —económico, político, ideológico y teórico— combinados y articulados de una manera específica en cada formación social históricamente determinada; también los análisis sobre el modo precapitalista de producción y la relación entre modo de producción y formación social de Hindess y Hirst74, autores estos que formulan un punto de vista marcadamente antihistoricista, con total rechazo de la concepción del marxismo como «ciencia de la historia»75; y las investigaciones de Pierre Bourdieu y sus colegas sobre las estructuras ideológicas y su vínculo con las económicas y políticas en el proceso de reproducción de una particular formación social'6. Estas obras, y otras similares, han incorporado un nuevo grado de elaboración teórica y metodológica a los estudios marxistas, han destacado (y en muchos casos procurado ejemplificar) el carácter predominantemente científico del pensamiento marxista, y a la luz de esto han adoptado un abordaje más flexible y tentativo del problema del nexo entre infraestructura y superestructura. Los estructuralistas marxistas insisten en que las distintas estructuras que componen una formación social tienen cierta autonomía, y que si bien la estructura económica (el modo de producción) debe concebirse en última instancia como la determinante, pueden empero ser otras estructuras las dominantes en la constitución y reproducción de una forma particular de sociedad. Además, lo que al cabo lleva al colapso de una formación social y al surgimiento de otra nueva no son simplemente los efectos, mecánicamente concebidos, de contradicciones puramente económicas, sino el desarrollo de contradicciones dentro de las estructuras y entre ellas. Así, aducen que el Estado y el «aparato ideológico» (a través del cual se reproduce una perspectiva cultural dominante) experimentan un desarrollo parcialmente independiente (o aún muy independiente) y tienen gran influencia sobre la evolución de una formación social, su persistencia o su declinación. En consonancia con estas ideas ha sido reinterpretada la noción marxista de «crisis», y Althusser introdujo el término «sobredeterminación» para expresar la confluencia de líneas de desarrollo separadas y la conjunción de crisis más o menos independientes entre sí, que ocurren en distintas esferas de la sociedad y que dan por resultado una trasformación revolucionaria. Podría objetarse que algunos de los trabajos recientes más abstractos sobre infraestructura y superestructura no van mucho más allá de las muy generales observaciones de Engels acerca de la «autonomía relativa» de la superestructura77, aunque en las obras de Godelier hay un análisis más empírico y esclarecedor de la ideología, en especial del mito, en relación con la estructura económica de las sociedades primitivas78. Pero queda irresuelto un problema general concerniente al grado exacto de autonomía que ha de atribuirse a las diversas esferas de la sociedad, y el significado preciso de la afirmación según la cual el funcionamiento y desarrollo de una sociedad en su conjunto están determinados, «en último análisis», por la estructura económica. En este sentido será útil examinar las ideas de algunos de los pensadores pertenecientes a la otra gran tendencia del pensamiento marxista actual, la «teoría crítica»; porque a despecho del muy distinto carácter de sus concepciones básicas, coinciden en gran medida con los estructuralistas en distinguir tres esferas principales, cuasi independientes, en la vida social (la económica, la política y la ideológica), entre las cuales se produce una interacción compleja, y no la unilineal determinación por parte de la estructura económica.

Jurgen Habermas, en su obra Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1977) examina las manifestaciones de las crisis económicas, políticas e ideológicas en las sociedades del capitalismo tardío, así como diversas interpretaciones de esas crisis; sostiene que, puesto que el sistema económico ha cedido al Estado parte de su autonomía, en estas condiciones una crisis económica no provoca directamente una crisis de todo el sistema social. El Estado asume la responsabilidad de gobernar la crisis, y sólo podría generarse una crisis del sistema total en caso de producirse una crisis política y una crisis ideológica en que el sistema cultural fuera incapaz de ofrecer las motivaciones indispensables para el mantenimiento y reproducción de la sociedad existente. Así, según Habermas, el problema fundamental, y cada vez más difícil, de la sociedad capitalista tardía es proveer una adecuada y convincente legitimación del orden social79. Análogamente, Claus Offe, en sus estudios sobre el Estado y sobre una omnipresente ideología que él llama «principio del rendimiento» [achievement principle]80, otorga preeminencia, «en una era de amplia intervención del Estado, en que ya no se puede hablar de “esferas exentas de la interferencia estatal” que constituyeran la “base material” de la “superestructura política”», a las justificaciones ideológicas del sistema social: «El Estado providente del capitalismo tardío basa su legitimidad en el postulado de una participación universal en la creación de consenso, y en la posibilidad irrestricta, para todas las clases, de utilizar los servicios del Estado y beneficiarse con sus intervenciones reguladoras»81.

Se apreciará que los estudios de Habermas y de Offe se alejan de la idea de que la estructura económica es la determinante —ni siquiera lo es «en último análisis»—; al mismo tiempo, parecen considerar el Estado y la ideología como las fuerzas determinantes principales, si bien es cierto que, apelando a la distinción de Godelier, se podría sostener que su dominio es consecuencia de un particular modo de producción, a saber, el del capitalismo avanzado, que en este sentido sigue siendo determinante. Sea como fuere, el hecho de que estos estudios se centren en el análisis crítico de la ideología muestra su afiliación al marxismo de la Escuela de Francfort, aunque presentan una divergencia más marcada respecto de la teoría de Marx y una crítica más directa a algunos de sus aspectos. Esto se hace patente en la exposición de la teoría crítica por Wellmer, quien impugna el «objetivismo» y el «positivismo latente» de la teoría de la historia de Marx, según él resultantes de la exagerada insistencia de este en el proceso del trabajo y la producción material, en desmedro de la interacción social (dicho en la terminología de Habermas, en el comportamiento «instrumental* en desmedro del «comunicativo»), y de los corolarios epistemológicos de esta concepción, a saber: que los procesos fundamentales que constituyen o trasforman las formas particulares de sociedad pueden analizarse con la precisión de la ciencia natural y formularse como leyes82. Para Wellmer, esta concepción (que no es excluyente en el pensamiento de Marx, pero tiene fuerte presencia) da asidero a una interpretación tecnocrática del marxismo; en cambio, Wellmer propone entenderlo como una teoría del desarrollo de una conciencia crítica empeñada en la emancipación. Resume sus puntos de vista en un análisis de las condiciones necesarias para la transición del capitalismo al socialismo; tras observar que «la propia historia ha desacreditado por completo toda esperanza en un “mecanismo” emancipador de base económica», pasa a sostener que es indispensable «tomar en cuenta constelaciones enteramente nuevas de “bases” y de “superestructuras”»; que «la crítica y modificación de la “superestructura” tiene una nueva y decisiva importancia para los movimientos de liberación»; y que «para reformular la premisa de Marx acerca de los prerrequisitos de una revolución triunfante en el caso de los países capitalistas, sería menester incluir la democracia socialista, la justicia socialista, la ética socialista y una “conciencia socialista” entre los componentes de una sociedad socialista en la medida en que esta se pudiera considerar “incubada” en la matriz del orden capitalista»83.

Cierto es que hay considerables diferencias entre estos pensadores, pero algunas de las concepciones generales que singularizan la teoría crítica son evidentes. En primer lugar, su interés por la conciencia y la actividad intencional como elemento cardinal en la constitución, reproducción o modificación de una cierta forma de sociedad. Para la teoría crítica no vale que «el ser determina la conciencia», y mucho menos si por esto se entiende que la conciencia es sólo un reflejo determinado por las condiciones de la producción material. La conciencia no es el mero fruto de la interacción humana con la naturaleza, sino una capacidad especial, independiente, de usar el lenguaje, comunicarse con los demás, crear símbolos y participar en el pensamiento simbólico. En este aspecto, la teoría crítica debe considerarse una de las escuelas de «sociología interpretativa», que analizan el mundo social mediante la interpretación de «sentidos», no mediante la indagación de relaciones causales; con lo cual se rechaza no sólo el «positivismo latente» de Marx, sino la noción de «causalidad estructural», central en el pensamiento de los estructuralistas marxistas. Además, es evidente que entre las raíces de la teoría crítica se incluyen, además del marxismo, el idealismo filosófico alemán y, en particular, la fenomenología84, como puede apreciarse en la obra de Habermas85, así como en la tentativa de Sartre por conjugar existencialismo y marxismo a fin de comprender la relación entre las acciones intencionales de los individuos (los «proyectos» humanos) y las consecuencias inintencionales, y determinadas en cierto sentido, del comportamiento de los grupos y las clases86.

Esta adhesión a un método interpretativo es un elemento principalísimo en la preocupación de los partidarios de la teoría crítica por la crítica de la cultura o de la ideología; porque si el mundo social es entendido como trama de «sentido», la reproducción o la trasformación de un mundo social dependerá de que en la conciencia de los individuos reciba sustento o experimente modificación el modo predominante de representación de ese mundo —la interpretación establecida de su realidad y de su legitimidad—, que se expresa en un sistema de valores culturales y en ideologías (doctrinas sociales, filosóficas y religiosas, sistemas jurídicos, prácticas educativas). De estas inquietudes surgieron análisis de la sociedad del capitalismo tardío: los estudios de Habermas sobre la ciencia y la técnica como ideologías o sobre los problemas de legitimación87, o la descripción que hace Marcuse del dominio que en estas sociedades han alcanzado la filosofía neopositivista y la racionalidad tecnológica88. Esta insistencia de la teoría crítica en el poder plasmador de las ideologías y, en términos más generales, en que las luchas sociales son conflictos de ideas, contiendas entre distintas interpretaciones del mundo social, ha recibido críticas de científicos sociales (marxistas o no) que señalan la existencia de un nexo cuasi causal entre los hombres y el mundo material (en lo cual insistió el propio Marx), y sostienen que los partidarios de la teoría crítica desdeñan los elementos del poder (en última instancia, la coacción física) y los intereses materiales en la vida social, que, según se sostiene, guardan relación con aquella dependencia del medio natural y aquella interacción con este89. En este punto, la idea de causalidad material formulada por los estructura listas marxistas brinda una modalidad de análisis que se presenta como una clara alternativa.

Un tercer rasgo peculiar de la teoría crítica, que también la opone al marxismo estructura lista, es su idea de que la teoría social se ocupa primordialmente de la interpretación histórica. La vida social se concibe como un proceso —y progreso— histórico, en que la razón, en su forma crítica, es capaz de reconocer y aprovechar las oportunidades de liberación que existen en cualquier estado de la sociedad; o, como dice Marcuse, es capaz de crear proyectos históricos que pueden promover la racionalidad y la libertad hasta niveles no alcanzados hasta entonces90. Esta concepción teleológica, que postula un proceso histórico más o menos determinado e inteligible, en que la especie humana, en su condición de sujeto de la historia, avanza en dirección al fin que siempre ha perseguido —a saber, la emancipación y la organización comprensiva de la vida social en consonancia con la razón universal— tiene sus raíces en la filosofía hegeliana; y como señalé antes, al ocuparme de la obra de Lukács, Korsch y la Escuela de Francfort en la década de 1920, hace tiempo viene inspirando una de las grandes vertientes del marxismo, de la cual la teoría crítica no es más que su expresión más reciente. Desde la perspectiva de quienes consideran al marxismo una ciencia, esta concepción teleológica es inaceptable; y sus críticas pueden resumirse en la ya citada observación de Godelier, para quien la historia no explica, sino que debe ser explicada; o sea, es preciso dar razón de ella según causas eficientes.

De la reseña que hemos hecho se desprende que gran parte de los estudios marxistas de los últimos años se han dedicado especialmente a problemas metodológicos, situación muy similar a la que prevalece en la sociología en su conjunto. Es evidente que los debates que se desarrollan dentro del marxismo y dentro de la sociología abarcan en buena medida un territorio idéntico: lo que preocupa es la naturaleza de la ciencia social general, su posición científica y su vínculo con la filosofía; además, en muchos casos comparten las mismas fuentes, entre ellas las críticas fenomenológicas a la idea de una ciencia social, las teorías sobre el lenguaje y las doctrinas estructura listas. De ahí que pueda afirmarse que hoy existe un nexo más estrecho entre el marxismo y la sociología, y hasta una confluencia de sus ideas, en cuanto a su inquietud por los problemas de la filosofía de la ciencia.

Esta inquietud revive en gran medida (aunque en diferentes términos) la que predominó en la Methodenstreit o controversia metodológica del siglo XIX en Alemania, en particular la crítica de las ideas positivistas tal como la formuló Dilthey y la reexaminó luego Max Weber91. Lichtheim, en un ensayo sobre el retorno intelectual «de Marx a Hegel», señala que «si entonces encontramos que el pensamiento contemporáneo reproduce la problemática de una situación histórica anterior —aquella de la cual surgió el marxismo—, estamos autorizados a suponer que ello obedece a que la relación de la teoría con la práctica ha vuelto a ser el problema que era para los seguidores de Hegel en la década de 1840»92; siguiendo el mismo razonamiento, las preocupaciones metodológicas de la sociología reciente proceden en buena medida de una situación de incertidumbre política y cultural que guarda semejanza con la que prevaleció en el período que va de la década de 1880 hasta la Primera Guerra Mundial93.

Pero sería erróneo pensar por ello que los estudios marxistas de las dos últimas décadas se han dedicado en forma más o menos exclusiva a reinterpretar los textos de Marx y a plantear cuestiones metodológicas situándolas dentro del contexto más amplio de la filosofía de las ciencias sociales. Como ya dije, se han hecho importantes investigaciones sobre temas sustanciales: en antropología, particularmente las de Godelier; también, los estudios sobre el Estado y las clases sociales, de Offe y de Poulantzas. Hubo intentos (los de Perry Anderson, destacadamente)94 de investigar vastos problemas históricos con el auxilio de las nuevas concepciones teóricas. Sin embargo, la contribución más notoria de los marxistas se halla quizás en esa vasta y creciente área de estudios que se ha dado en llamar la «sociología del desarrollo». No es exagerado decir que en este terreno tanto el marco teórico como las estrategias de investigación han sido radicalmente trasformados por la crítica marxista del modelo predominante en la década de 1950 —expresado sobre todo en la noción de «modernización»— y por los nuevos conceptos marxistas.

En el curso de los debates marxistas sobre el desarrollo, en sí mismos muy variados, y que no han producido nada semejante a una concepción marxista «ortodoxa», se han formulado tres ideas importantes. Primero, se ha insistido en que el desarrollo económico y social de los países no industriales no puede ser adecuadamente comprendido sólo en función de factores internos a esos países, sino que deben ser analizados en el marco de una economía mundial predominantemente capitalista. Segundo, desde este ángulo se ha establecido un distingo entre las metrópolis y los países satélites, o entre países del centro y países de la periferia, aduciendo que los segundos son o bien «subdesarrollados» activamente por los centros capitalistas, o bien sometidos a un proceso de desarrollo «dependiente» y deformado. Análisis de este tipo han sido expuestos en Paul Baran, La economía política del crecimiento (1962), en A. Gunder Frank, Capitalismo y subdesarrollo en América Latina (2a. ed., 1969)95, y especialmente con referencia a la teoría del «desarrollo dependiente», en las obras de varios economistas y sociólogos latinoamericanos96. El debate sobre subdesarrollo y dependencia ha reanimado también la discusión de la teoría marxista del imperialismo, originando diversos intentos de revisarla y reformularla para dar razón de los fenómenos de la posguerra, como la disolución de los imperios coloniales y el rápido crecimiento de las empresas multinacionales97. Por último, dentro del mismo contexto, los marxistas han prestado suma atención al concepto de «modo de producción poscolonial», a manera de marco en el cual analizar, dentro de la economía mundial, la estructura social y la índole y acciones de las clases sociales en los países no industriales que han dejado atrás el régimen colonial98.

Hubo, desde luego, muchas obras referidas a otros campos de la vida social: estudios sobre la familia (en los que influyeron la preocupación por la «reproducción cultural» y las críticas feministas a la teoría de Marx), estudios sobre criminología. Pero es básicamente en el examen del «capitalismo tardío» y del «desarrollo» donde se elaboran los conceptos de una nueva sociología o «economía política» marxista —si bien, como he mostrado, en formas muy variadas—.

Para concluir este breve repaso histórico, quizá sea útil reconsiderar, a la luz de la diversidad y efervescencia del pensamiento marxista actual, el singular carácter del marxismo que esbocé al comienzo: su doble condición de teoría social inserta en la vida intelectual y científica y en las instituciones de las sociedades modernas, y de doctrina de un movimiento social. Es indudable que este nexo entre la teoría y la práctica política sigue vigente (y yo diría que una relación similar con la vida práctica, aunque a menudo menos evidente y sistemática, existe en todas las teorías de ciencia social). Pero se han producido cambios importantes. El desarrollo del marxismo como teoría tiene hoy más independencia del interés político directo, y se lo sitúa más claramente dentro del desarrollo general de la teoría sociológica, según lo prueban las relaciones que he mostrado entre el marxismo de los últimos tiempos y otros movimientos de ideas de las ciencias sociales y la filosofía de la ciencia.

No hay en nuestros días un marxismo «ortodoxo» que pueda pretenderse gestor de una concepción política (o partidaria) «correcta» sobre las finalidades y estrategias de la vida práctica. Por el contrario, la diversidad de posturas teóricas, la admisión de que quedan problemas teóricos irresueltos y el reconocimiento del carácter complejo y en parte indeterminado del desarrollo histórico, han comenzado a generar una actitud más cautelosa frente a la acción política, en la que es preciso dar cabida a diversas consideraciones no necesariamente contempladas en la teoría. Así, hoy goza de gran aceptación la idea de que tanto la labor científica como la acción política son autónomas en amplia medida. Pero este proceso de liberación del pensamiento marxista respecto del dogmatismo debe ser visto también en su contexto social; y desde el punto de vista de uno de los tipos de teoría marxista, bien podría considerárselo un elemento en ese movimiento general de emancipación humana que el propio Marx definió en términos tan originales y vividos.

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Notas

1 Tom Bottomore, Marxist Sociology, Londres: Macmillan, 1975.

2 Al referirme a la teoría de Marx no pretendo desestimar la importancia del aporte de Engels al desarrollo general del pensamiento marxista; pero, como todo el mundo sabe, los elementos fundamentales y característicos de este sistema intelectual fueron creación del propio Marx. La colaboración de Engels —salvo en los comienzos, cuando fue en gran medida el responsable de que Marx dirigiera su atención a los escritos de los economistas políticos y de los historiadores de la economía, en parte a través de su ensayo «Esbozo de una crítica de la economía política», publicado en el Deutsch-Französische Jahrbücher (1844)— tuvo que ver en su mayoría con la aplicación de estas ideas teóricas a problemas específicos de la historia de las sociedades y el desarrollo del movimiento obrero, así como la divulgación de la teoría marxista en obras más populares. Después de la muerte de Marx, según veremos, Engels pasó a ser no sólo el editor de sus manuscritos sino también el primero de los numerosos intérpretes y sistematizadores de sus ideas.

3 Estos manuscritos fueron publicados por primera vez en 1932, y en la actualidad se dispone de varias traducciones al inglés; en el texto citaré mi propia versión en T. B. Bottomore, Kart Marx: Early Writing*. Londres: Watts & Co., 1963.

4 Ibid. pág. 202.

5 Karl Korsch, Karl Marx, Londres: Chapman & Hall, 1938.

6 El manuscrito hoy conocido como Grundrisse fue escrito por Marx entre 1857 y 1858 y publicado por primera vez en su totalidad en 1939-41. La traducción inglesa de Martin Nicolaus se dio a conocer en 1973 (Harmondsworth: Penguin Books).

7 El Libro III de El capital fue publicado por Engels en 1894, basándose en los manuscritos de Marx. Hay varias traducciones inglesas; los pasajes aquí citados se tomaron de T. B. Bottomore y Maximilien Rubel, eds., Karl Marx: Selected Writings in Sociology and Social Philosophy, Londres: Watts & Co., 1956, págs. 112-3.

*8 La ideología alemana, escrita por Marx y Engels en 1845-46, fue publicada por primera vez en 1932. La traducción aquí citada es la de Bottomore y Rubel, ibid., págs. 70-1.

9 Ibid., págs. 67-8.

10 Louis Althusser, For Marx, Londres: Alien Lañe, 1969.

11 Esta parte del manuscrito fue publicada separadamente en una traducción inglesa, con una útilísima introducción de Eric Hobsbawm, con el título Pre-Capitalist Economic Formations, Londres: Lawrence & Wishart, 1964.

12 Los fragmentos y comentarios críticos de Marx han sido trascritos y editados, con una introducción, por Lawrence Kräder, The Ethnological Notebooks oj Karl Marx, Assen: VanCorcum & Co., 1972.

13 Reproducido en Robin Blackburn, ed., ¡deology in Social Science, Londres: Fontana/Collins, 1972, págs. 306-33.

14 Hobsbawm, Pre-Capitalist Economic Formations, págs. 19-20, 36-7.

15 Cf. Perry Anderson, Lineages o j the Absolutist State, Londres: New Left Books, 1974, pág. 403: «Todos los modos de producción en las sociedades clasistas anteriores al capitalismo extraen plusvalía de los productores inmediatos mediante una coacción extraeconómica. El capitalismo es el primer modo de producción de la historia en que los medios por los que se sonsaca la plusvalía del productor directo son “puramente” económicos en su forma: el contrato salarial, intercambio igual entre agentes libres que reproduce, hora a hora y día a día, la desigualdad y la opresión. Todos los demás modos de explotación anteriores operan a través de sanciones extraeconómicas: el parentesco, la costumbre, o las de tipo religioso, jurídico o político«.

16 Esta última concepción no es en modo alguno inconciliable con algunos elementos de la descripción que hace Max Weber de los orígenes y desarrollo del capitalismo; o, para decirlo de otro modo, la tesis de Weber puede en parte asimilarse al análisis de Marx y en parte lo complementa.

17 Una traducción inglesa de estos «apuntes al margen», que arroja nueva luz sobre los puntos de vista metodológicos de Marx, y que viene acompañada de útiles comentarios, se hallará en Terrell Carver, Karl Marx: Texts on Method, Oxford: Basil Blackwdl, 1975.

18 Véase, por ejemplo, el elogioso ensayo de E. Belfort Bax, «Karl Marx», Modem Thought, diciembre de 1881.

19 Peter Nettl, «The Germán Social Democratic Party, 1890-1914, as a Political Model», Past and Present, abril de 1965, págs. 65-95.

20 Por ejemplo, en la revista de Karl Kautsky, Neue Zeit, en los Marx-Studien y Der Kampj de los austro-marxistas, y en Le Devenir Social, de Sorel, al cual contribuyeron la mayoría de los principales marxistas europeos durante su corta vida, de 1895 a 1898.

21 Una traducción inglesa, con el título Evolutionary Socialism, se publicó en 1909 (reimpresión: Nueva York: Schocken Books, 1961).

22 No analizaré aquí los problemas de la ética marxista. Sobre el contexto de las ideas de Bernstein —su «positivismo• y sus concepciones sobre ética, influidos ambos por el neokantismo— hay una buena descripción en Peter Gay, The Dilemma oj Democratic Socialism, Nueva York: Columbia University Press, 1952. Un excelente estudio reciente sobre la ética marxista es el de S. Stojanovic, Between Ideals and Reality, Nueva York: Oxford University Press, 1973.

23 Rudolf Hilferding. Das Finanzkapital, 1910 (no hay aún versión inglesa); Rosa Luxemburgo, The Accumulation oj Capital, 1913 (trad. al inglés, Londres: Routledgefic Kegan Paul, 1951).

24 Cf. esp. el ensayo de Sorel sobre Durkheim, «Les théories de M. Durkheim», L e Devenir Social, abril-mayo de 1895.

25 Cf. la traducción al inglés de algunos de estos ensayos, reunidos en Benedetto Croce, Historical Materialism and the Economics o j Karl Marx, con una introducción de A. D. Lindsay, Londres: Howard Latimer, 1913.

26 El ensayo de Bauer, «What is Austro-Marxism?», publicado originalmente en 1927, fue traducido en Tom Bottomore y Patrick Goode, Austro-Marxism (Oxford: Oxford University Press, 1978), obra que contiene una selección de los principales escritos de los austromarxistas, junto con un ensayo introductorio sobre la formación y las ideas principales de esta escuela.

27 Las obras a que se hace referencia son: Otto Bauer, Die Nationalitäten frage und die Sozialdemokratie, 1907; Max Adler, Der soziologische Sinn der Lehre von Karl Marx, 1914; Soziologie des Marxismus, 2 vols., 1930-32, a los que se agregó un tercer volumen en 1964, y muchas otras obras; Karl Renner, Die sociale Funktion der Rechtsinstitute, 1904 (ed. rev., 1928); Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, 1910. Hasta el momento, sólo ha sido traducido al inglés el libro de Renner, con el título The Institutions o j Prioate Law and Their Social Functions, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1949. No obstante, se han publicado fragmentos de los restantes en Bottomore y Goode, Austro-Marxism.

28 Traducción inglesa. Community and Association, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1955. Mucho después, en 1921, Tónnies publicó un estudio sobre Marx (trad. al inglés, Karl Marx: His Life and Teachings, East Lansing: Michigan State University Press, 1974), donde reiteraba la gran influencia de Marx y en la segunda parte de la obra se ocupaba de algunos de los problemas económicos y sociológicos que planteaba su teoría.

29 Cari Grünberg, llamado «el padre del austro-marxismo», enseñó historia económica e historia del movimiento obrero en la Universidad de Viena desde 1894 hasta 1924, cuando pasó a ser el primer director del Instituto de Investigaciones Sociales de Francfort. Hoy se lo recuerda principalmente por su publicación periódica Archivfür die Geschichte des Sozialümus und der Arbeiterbewegung, que él fundó en 1910 y dirigió, y en la cual colaboraron muchos distinguidos estudiosos marxistas.

30 Antonio Labriola enseñó filosofía en la Universidad de Boma desde 1874 hasta 1904, publicó la primera traducción italiana del Manifiesto comunista en 1890, y una recopilación de ensayos. La concepción materialista de la historia, en 1896.

31 Hudolph Stammler, Wirtschaft und Recht nach der materialistischen Geschichtsauffassung. El libro de Stammler fue a su vez criticado en detalle por Croce en uno de los ensayos de su Histórical Materialism; por Max Weber, en un trabajo de 1907, «R. Stammlers “ Ulberwindung”, der materialistischen Ceschichtsauffagsung•, reimpreso en Gesammelte Aufsütze zur Wissenschaftslehre, 1922, y por Max Adler en »R. Stammlers Kritik der materialistischen Geschichtsauffassung», reproducido en su Marxistische Probleme, 1913.

32 Traducciones inglesas del libro de Bóhm-Bawerk y de la réplica de Hilferding se publicaron juntas en un volumen editado por Paul Sweezy (Nueva York: Augustus M. Kelley, 1949).

33 Para una reseña más detallada de la acogida y discusión del marxismo como teoría sociológica, cf. Bottomore y Rubel, eds., Karl Marx, •Introducción», parte II.

34 Además de los estudios emprendidos por los austro-marxistas a que ya se hizo referencia, hubo obras como la de M. Tugan-Baranovsky, Geschichte der Russischen Fabrik (original ruso, 1898; trad. alemana revisada, 1900) y E. Grosse, Die Formen der Familie und die Formen der Wirtschaft, 1897; también, las publicaciones de Cari Grünberg en el campo de la historia de la agricultura y del trabajo, donde la influencia del marxismo era. como es obvio, muy grande. Consultando el Archiv de Grünberg desde 1910 en adelante puede obtenerse alguna vislumbre de los alcances de las indagaciones marxistas, sobre todo en el campo general de la historia social.

35 A. Labriola, Essays on the Materialistic Conception o f History, Chicago: Charles H. Kerr, 1908, pág. 149.

36 Además de los escritos de Max Adler, consúltense los de Otto Neurath, quien sirvió de nexo entre el austro-marxismo y el Círculo de Viena. en especial su monografía Sociología empírica, de 1931 (trad. ingl. incluida en O. Neurath, Empiricism and Sociology, Dordrecht: D. Reidel Publishing Co., 1973).

37 Véase el esclarecedor ensayo de John Torrance, «The Emergence of Sociology in Austria, 1885-1935•, European Journal of Sociology, vol. 17, n° 2, 1976, págs. 185-219.

38 Georg Simmel, Philosophie des Geldes, 1900 (trad. inglesa, Londres: Routledge fie Kegan Paul, 1978). Véase también el análisis de la relación entre Simmel y Marx por Al* bert Salomon, «Germán Sociology•, en Georges Gurvitch y Wilbert E. Moore, eds., Twentieth Century Sociology, Nueva York, 1945.

39 Esto es bien puesto de relieve en Karl Lówith. «Max Weber und Karl Marx» (1932), traducido parcialmente en Dennis Wrong, ed., Max Weber, Englewood Cliffs: PrenticeHall, 1970.

,40 El marxismo desempeñó apenas un escaso papel en el desarrollo de la sociología norteamericana, ya sea en sus inicios o más tarde; en cuanto a Gran Bretaña, donde la propia sociología no comenzó a emerger sino después de la Segunda Guerra Mundial, el marxismo no tuvo jamás una influencia intelectual o política que pasara de modesta. Esta situación comenzó a modificarse únicamente a partir de la década de 1960.

41 El estudio teórico más sistemático sobre el marxismo soviético es Herbert Marcuse,
Soviet Marxism, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1958; cf. esp. el cap. 2, «Soviet Marxism: The Basic Self-Interpretation».

42 V. I, Lenin, Imperialism, the Highest Stage o f Capitalism (1916), en Collected Works, Londres: Lawrence 6c Wishart, 1942, vol. XIX.

43 Sobre las opiniones de Lenin y los desarrollos ulteriores, cf. Hélène Carrère dlíncausse y Stuart R. Schram, Marxism and Asia, 1965 (trad. al inglés, Londres: Allen Lane, 1969).

44 A Trotsky, como a Lenin, le interesaba fundamentalmente sostener la posibilidad de una revolución socialista en un país atrasado. Desarrolló esta idea en su teoría de la «revolución permanente» —formulada por primera vez luego de la Revolución de 1905 y reexpuesta en la introducción a su libro Revolución permanente, 1920—, que incorporó asimismo la idea de que «para los países atrasados el camino hacia la democracia pasa por la dictadura del proletariado•.

45 La traducción inglesa apareció en 1925. Sobre la contribución de Bujarin a la teoría marxista, cf. Stephen F. Cohen, Bukharin and the Bolshevik Revolution, Londres: Wildwood House, 1974, esp. el cap. 4, «Marxist Theory and Bolshevik Policy: Bukharin’s Historical Materialism».

46 Véase el análisis de Marcuse en Soviet Marxism.

47 K. Korsch, Marxismus und Philosophie, 1923 (trad, al inglés, Londres: New Left Books, 1970); Georg Lukács, Geschichte und Klassenbewusstsein, 1923 (trad, al inglés, Londres: Merlin Press, 1971). Para otros comentarios críticos sobre las ideas de Korsch y Lukács, cf. Bottomore, Marxist Sociology, cap. 3, y Sociology as Social Criticism, Londres: George Allen 6c Unwin, 1975, cap. 7, y George Lichtheim, Lukács, Londres: Fontana/Collins, 1970.

48 Lukács, History and Class Consciousness, pág. 75. La argumentación de Lukács se basa en un distingo entre lo que denomina conciencia «psicológica» de clase (la conciencia efectiva que tienen los trabajadores en situaciones históricas concretas) y una conciencia racional «atribuida» o posible (o sea, el marxismo). Mucho después, en el prefacio que escribió en 1967 para la nueva edición del libro, Lukács volvió a insistir vehementemente en la importancia de este distingo, que en esa oportunidad asoció expresamente al establecido por Lenin entre là «conciencia tradeunionista» y la «conciencia socialista».

49 Cf. A. Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, éd., trad, y con una introducción de Quintín Hoare y Geoffrey Nowell Smith, Londres: Lawrence fit Wishart, 1971.

50 Tomado de las notas críticas de Gramsci sobre Bujarin y su obra Historical Materialism, en ibid., pág. 462. Lukács criticó a Bujarin en términos bastante análogos en una reseña publicada en 1925 (trad. al inglés, «Technology and Social Relations», New Left Review, 1966), donde sostenía que la dialéctica puede prescindir de la sociología como ciencia independiente.

51 Cf. H. Stuart Hughes. Consciousness and Society, Londres: MacGibbon fie Kee. 1958, esp. cap. 2.

52 Croce, Historical Materialism.

53 En su prefacio a Saverio Merlino, Formes et essence du tocialisme, París, 1898.

54 El Instituto se creó en 1923, como resultado de una «Semana de trabajo marxista» realizada en 1922 en la que uno de los principales temas de debate fue la concepción del marxismo expuesta en el libro de Korsch, Marxismo y filosofía, que a la sazón estaba por aparecer. Sobre la historia del Instituto de Francfort, véase el amplísimo estudio de Martin Jay, The Dialectical Imagination, Boston: Little, Brown and Co., 1973.

55 Herbert Marcuse, Reason and Revolution: Hegel and the Rise of Social Theory, Nueva York: Oxford University Press, 1941, pág. 343.

56 Esta opinión fue expresada particularmente por Horkheimer en una serie de artículos publicados a mediados de la década de 1930 y reproducidos en su Kritische Theorie,
2 vols., 1968. ,
57 Korsch, Karl Marx. Las citas fueron traducidas [al inglés| de la edición alemana revisada de 1967, págs. 145, 203.

58 Véase, en particular, Karl Mannheim, Ideology and Utopia (orig. 1929; trad. al inglés, Nueva York: Harcourt, Brace 6c Co., 1936).

59 Cf. supra, notas 3 y 7.

60 Emile Durkheim, Socialism, Nueva York: The Antioch Press, 1958.

81 Véanse los análisis contenidos en David Horowitz, éd., Marx and M odem Economics, 1968.

62 Raymond Firth, «The Sceptical Anthropologist? Social Anthropology and Marxist
Views on Society», Proceedings o f the British Academy, LVIII, Londres: Oxford University Press, 1972.

83 Cf. supra, págs. 157-8.

84 Véase esp. Louis Althusser y Etienne Balibar, Reading Capital, Londres: New Left Books. 1970.

65 En especial las obras de C. Lévi-Strauss, sobre todo su Structural Anthropology (Londres: Allen Lane, 1968), asi como el breve estudio de sus ideas por Edmund Leach, LéviStrauss (Londres: Fontana/Collins, 1970); para un panorama más amplio, David Robey, ed.. Structuralism: An Introduction, Oxford: Oxford University Press, 1973. Véase también infra, cap. 14, «Estructuralismo».

88 Con qué grado de éxito lo hizo, es cuestión debatible. Mi propia opinión es que
Althusser falló por completo en establecer dos puntos fundamentales de su argumentación, a saber: la existencia de una total »ruptura epistemológica» entre el «joven Marx» y el «Marx maduro», y un criterio preciso para diferenciar ciencia de ideología; y que su análisis general de los problemas de la filosofía de la ciencia es oscuro, embrollado y poco fructífero. Véanse las críticas que, según estos mismos lineamientos, le dirigió Leszek Kolakowski, «Althusser's Marx», The Socialist Register, 1971, págs. 111-28.

87 Althusser y Balibar, Reading Capital, pág. 65.

68 Maurice Godelier, Rationality and Irrationality in Economics, Londres: New Left Books, 1974, y Perspectives in Marxist Anthropology, Cambridge: Cambridge University Press, 1977. Si bien gran parte de la obra de Godelier se desarrolló en el campo de la antropología social, tal como se la concibe tradicionalmente, sus escritos metodológicos y muchos de sus análisis de contenido pertenecen igualmente al dominio del pensamiento sociológico.

69 Cf. esp. la introducción y el primer ensayo, «Anthropology and Economics».

70 Godelier, Perspectives in Marxist Anthropology, pág. 24: «Un modo de producción es una realidad que “no se revela" directamente en ninguna experiencia íntima y espontᬠnea de los agentes que la reproducen por medio de su actividad (prácticas y representaciones “autóctonas"), ni en ninguna indagación de campo u observación externa conocible de los antropólogos profesionales. Un modo de producción es una realidad que requiere ser reconstruida, ser reproducida en el pensamiento, dentro del proceso mismo de conocimiento científico. Una realidad sólo existe como “hecho científico" cuando se la reconstruye dentro del campo de la teoría científica y su aplicación correspondiente».

71 Ibid., pág. 4.

72 Ibid., pág. 6.

73 Nicos Poulantzas, Political Power and Social Classes, Londres: New Left Books, 1973, y Classes in Contemporary Capitalism, Londres: New Left Books, 1975.

74 Barry Hindess y Paul Q. Hirst, Pre-Capitalist Modes o f Production, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1975, y Mode o f Production and Social Formation, Londres: Macmillan Press, 1977.

75 En la última sección de Pre-Capitalist Modes of Production (pág. 321), Hindess y Hirst escriben: «No debe suponerse que los modos más desarrollados (en nuestra acepción de esta expresión) suceden a los menos desarrollados, ni que haya una relación de sucesión necesaria entre los diversos modos de producción. [ . . . ] Los conceptos de los modos de producción aqui desarrollados no forman una historia en el pensamiento que refleje, en su sucesión, la evolución de los reales. [...] Rechazamos la noción de la historia como objeto de estudio coherente y digno de tal nombre».

76 Cf. esp. Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, Reproduction, Londres: Sage Publications, 1977.

77 En su artículo ya citado, «Althusser’s Marx», Kolakowski comenta lo siguiente: «Toda la teoría de la "sobredeterminación" no es más que una repetición de banalidades tradicionales que siguen teniendo exactamente el mismo nivel de vaguedad que antes».

78 Cf. esp. Godelier, Perspectives in Marxist Anthropology, parte IV.

79 Jürgen Habermas. Legitimation Crisis, Londres: Heinemann. 1976.

80 Claus Offe, «Political Authority and Class Structures: An Analysis of Late Capitalist Societies», International Journal of Sociology, vol. 2, n° 1, 1972, págs. 73-105; tam
bién Industry and Inequality, Londres: Edward Arnold, 1976.

81 Offe, «Political Authority».

82 Albrecht Wellmer, Critical Theory of Society, Nueva York: Herder & Herder, 1971.

83 Ibid., págs. 121-2.

84 Véase el análisis de William Outhwaite, Understanding Social Life (Londres: George Allen fit Unwin, 1975, esp. el cap. 5), donde se examina la relación entre el marxismo y la tradición «interpretativa» de las ciencias sociales. Cf. también las puntualizaciones sobre marxismo y fenomenología infra, cap. 13.

85 Esp. Zur Logik der Sozialwissenschaften, Francfort: Suhrkamp Verlag, 1967, y Knowledge and Human Interests, Londres: Heinemann. 1972.

88 Jean-Paul Sartre, Critique de la raison dialectique, París: Gallimard, 1960 (trad, al inglés, 1975), y Search fo r a Method, Nueva York: Alfred A. Knopf, 1963.

87 Jürgen Habermas. «Science and Technology as Ideology», en Toward a Rational Society, Boston: Beacon Press, 1970, y Legitimation Crisis.

88 Herbert Marcuse, One-Dimensional Man, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1964.

89 Para un análisis crítico de esta cuestión, véase Brian Fay, Social Theory and Political Practice, Londres: George Allen & Unwin, 1975, págs. 83-91, y cap. 5.

90 Marcuse, One-Dimensional Man, cap. 8.

91 Véase, sobre este punto, el análisis realizado infra, cap. 7 de este volumen.

92 George Lichtheim, From Marx to Hegel and Other Essays, Londres: Orbach & Chambers, 1971, pág. 14.

93 Algunas características de dicho período son examinadas en Hughes, Consciousness and Society.

94 Perry Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, Londres: New Left Books, 1974, y Lineages o f the Absolutist State.

95 Paul Baran. The Political Economy of Growth, Nueva York: Monthly Review Press, 1962; A. Gunder Frank, Capitalism and Underdevelopment in Latin America, Nueva York: Monthly Review Press, 1969.

98 Fernando Cardoso y Osvaldo Sunkel, entre otros. Para una resefla general, véase Theotonio dos Santos, «The Crisis of Development Theory and the Problem of Dependence in Latin America», en H. Bernstein, ed.. Underdevelopment and Development, Harmondsworth; Penguin Books, 1973, págs. 57-80. Como es obvio, si bien el concepto de «dependencia» tuvo sus orígenes en escritos de autores de América Latina, puede aplicárselo en otros sitios; su valor para el análisis de los problemas del desarrollo en los países del Medio Oriente es examinado en un libro de próxima publicación de Bryan Turner, Marxism and
the End o f Orientalism; cf. también Colin Leys, Underdevelopment in Kenya, Londres: Heinemann, 1975.

97 Para un panorama general, véase R. Rhodes, ed., Imperialism and Underdevelopment, Nueva York: Monthly Review Press. 1970. Turner, en la obra que citamos anteriormente, hace una sucinta resefla del «modo poscolonial de producción».

Tom Bottomore y Robert Nisbet: Historia del análisis sociológico (1979)
Tom Bottomore y Robert Nisbet: Historia del análisis sociológico (1979)

Cap. 14 de Historia del análisis sociológico. Nisbet, Robert; Bottomore, Tom (comp.). Amorrortu, Buenos Aires, 1988 [1978]

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