Auguste Comte: Política Positiva (Extracto)

 

Auguste Comte

Sistema de política positiva

Tomo III

La crisis

De la Constituyente a la Convención

Las tres escuelas revolucionarias

El mundo revolucionario se dividía entre tres escuelas, ninguna de las cuales podía dirigir convenientemente la renovación hacia la que todo Occidente seguía con ansiedad la elaboración francesa, dada su vocación universal.

La escuela enciclopédica de Diderot, naturalmente orgánica aunque necesariamente vaga por carecer de una doctrina positiva, había proporcionado más figuras eminentes que cualquier otra. Conservó ese privilegio al producir entonces dos dignos representantes, uno práctico y otro teórico: el gran Danton, el único hombre de Estado del que Occidente puede enorgullecerse desde Federico; y el admirable Condorcet, el único filósofo que, en medio de la tempestad revolucionaria, continuó desarrollando meditaciones destinadas a la regeneración de la sociedad.

Sin embargo, esta escuela suprema era demasiado incompleta y demasiado poco comprendida para prevalecer de manera habitual, aunque siempre se recurriera a ella cuando surgían las principales dificultades.

La dirección de la Revolución debía, por tanto, oscilar entre la escuela filosófica de Voltaire y la escuela política de Rousseau: la primera, escéptica y proclamando la libertad; la segunda, anárquica y consagrada a la igualdad. La primera era frívola; la segunda, declamatoria. Ninguna de las dos era capaz de construir nada.

No obstante, la escuela de Rousseau terminó imponiéndose, porque era la única que poseía una doctrina aparentemente coherente. Durante algunos años, el Contrato social inspiró más confianza y veneración que las que jamás alcanzaron la Biblia o el Corán.

A falta de una verdadera teoría social, el instinto regenerador hubo de orientarse mediante las máximas que las luchas precedentes habían hecho familiares, y así la negación de todo gobierno terminó siendo elevada espontáneamente al rango de modelo definitivo del orden humano.


La insuficiencia de la monarquía

Aunque este error inevitable basta para explicar la degeneración subversiva de un movimiento que había sido anunciado unánimemente como orgánico, aquella desviación se agravó considerablemente por la incapacidad radical del último de los reyes franceses.

Todo el trastorno revolucionario podía reducirse, en lo esencial, a la supresión de una monarquía cuya caída espontánea comenzó a hacerse evidente cuando la población parisina acompañó libremente con cantos de alegría el cortejo fúnebre del imponente dictador que había iniciado la reacción retrógrada.

Pero esa abolición necesaria permitía —e incluso exigía— mantener la dictadura moderna, transformándola simplemente en una dictadura republicana.

Quien ejercía entonces ese poder podía haber realizado serenamente esa transformación indispensable, conservando al mismo tiempo la autoridad y alcanzando la gloria, si hubiese comprendido con sabiduría que la inviolabilidad teocrática de la que aún estaba revestido por una creencia ya decadente había perdido su fundamento.

Carente de toda energía, no poseía otra virtud moral que una bondad privada, incapaz de traducirse en una acción social eficaz.

Aunque no estuviera naturalmente preparado para semejante resolución, si hubiese sido verdaderamente honrado habría podido alcanzar un resultado equivalente mediante una noble abdicación, especialmente cuando la fortaleza de París cayó bajo la indignación popular y hasta los observadores menos perspicaces comprendieron la gravedad de la situación.

Ese deber, cuya violación bastaría por sí sola —independientemente de sus culpables intrigas— para justificar su trágico destino, habría permitido que un hermano más digno realizara la transformación republicana, tal como lo demostraría posteriormente la prudencia de su propia dictadura.

En esas condiciones, el orden público habría permanecido esencialmente asegurado; la guerra no habría estallado, y la agitación subversiva se habría mantenido en el plano espiritual, evitando la explosión sangrienta que fue consecuencia, sobre todo, de una resistencia desesperada.


El desarrollo de la crisis

A este conjunto de influencias sociales y personales debe añadirse el impulso empírico que surgió naturalmente del contraste político entre Francia e Inglaterra.

El agotamiento de una de las formas de dictadura llevaba espontáneamente, en ausencia de una verdadera teoría política, a imitar la otra. Esta tendencia predominó especialmente en la Asamblea preliminar que, bajo la autoridad intelectual de Montesquieu, intentó reducir la crisis francesa a la simple importación del régimen inglés, llegando incluso a esbozar una especie de parodia de su nacionalidad teológica.

Después de haber desconocido el carácter esencialmente republicano del movimiento revolucionario, esta orientación terminó deformándolo cuando el curso de los acontecimientos destruyó definitivamente las ilusiones constitucionales.

En efecto, al renunciar al simulacro de un rey, ese empirismo conservó, sin embargo, una funesta preferencia por el régimen parlamentario, pese a que este resultaba contrario a toda la tradición histórica francesa.

La ambición metafísica llegó así a imaginar que la transformación republicana consistía simplemente en sustituir el gobierno de un monarca por el gobierno de una asamblea.

Esta desviación respondía demasiado fielmente al espíritu general de la doctrina crítica para no imponerse espontáneamente, tanto entre los montañeses inspirados por Rousseau como entre los girondinos seguidores de Voltaire.

Solo la escuela dantoniana de Diderot, superior a las ilusiones demagógicas, desarrolló realmente las tradiciones políticas francesas al comprender que la situación republicana debía restablecer la autoridad indispensable del poder central, en lugar de favorecer el predominio de los poderes locales.

Cuando la aristocracia británica organizó la coalición retrógrada contra el impulso regenerador de la Revolución, las exigencias de la defensa nacional trasladaron el gobierno a esos jefes excepcionales, tan recomendables por su inteligencia y por su carácter como por la nobleza de sus sentimientos.

Ellos dominaron durante los diez meses comprendidos entre la necesaria expulsión de los meros oradores y el triunfo sangriento de los fanáticos, período que constituye, para Comte, el único momento verdaderamente memorable de una asamblea francesa.

Fue entonces cuando apareció, en medio de las brumas metafísicas, la admirable concepción del gobierno revolucionario, instaurando una dictadura comparable a las de Luis XI, Richelieu, Cromwell e incluso Federico.

Pero cuando Danton sucumbió víctima de la rivalidad recelosa de un declamador sanguinario, la nueva dictadura degeneró rápidamente en una regresión anárquica incomparable.

Una vez asegurada la independencia de Francia tanto frente a los enemigos interiores como exteriores, quienes aún ignoraban la impotencia orgánica de la doctrina dominante intentaron desarrollar directamente la regeneración social.

Investidos de un poder arbitrario, demostraron, mediante la aplicación más extrema de sus principios, el carácter profundamente subversivo de una teoría cuyo triunfo exigía extender la opresión sangrienta tanto contra los elementos del nuevo orden como contra los restos del antiguo.

Quien hoy continúe vinculando el progreso a la metafísica negativa debería comprender hasta qué punto la idea de un desarrollo continuo resulta incompatible con la inmovilidad absoluta de los llamados derechos del hombre.

Aunque aquel delirio violento duró poco tiempo, la opinión pública terminó viendo en él la demostración definitiva de la esterilidad de la doctrina crítica.

Por ello, las convicciones republicanas comenzaron pronto a disolverse entre quienes solo las apoyaban sobre esa doctrina, subsistiendo únicamente dentro de la escuela de Diderot, mientras que las escuelas de Voltaire y Rousseau terminaron proporcionando instrumentos a la tiranía retrógrada.

Así fue como un trastorno decisivo abrió, en apenas cinco años, el siglo excepcional destinado a separar la extinción definitiva del teologismo del advenimiento del positivismo.

Aquella crisis radical se había desarrollado principalmente bajo la influencia de la escuela de Diderot. Pero esos diez meses característicos estuvieron precedidos por ocho meses durante los cuales la escuela de Voltaire mostró su impotencia social y seguidos por cuatro meses en los que la escuela de Rousseau manifestó plenamente su naturaleza anárquica.

El conjunto de la crisis hizo sentir simultáneamente dos necesidades igualmente imperiosas: abandonar definitivamente el régimen teológico y reconocer la imposibilidad de construir un nuevo orden sobre bases metafísicas.

Desde entonces, todo el problema de Occidente consistía en conciliar esas dos exigencias sustituyendo tanto los derechos divinos, ya convertidos en un principio retrógrado, como los derechos humanos, siempre subversivos, por deberes universales, derivados de las relaciones reales y comprobables entre los hombres.


Observación sociológica

Este pasaje es uno de los más importantes del Tomo III. Aquí aparece una tesis central de la filosofía política de Comte:

La Revolución Francesa destruyó legítimamente el orden teológico, pero fracasó porque intentó reconstruir la sociedad sobre principios metafísicos —los "derechos del hombre"— y no sobre una ciencia positiva de la sociedad.

La conclusión del capítulo anticipa uno de los principios fundamentales de la Religión de la Humanidad: sustituir los derechos absolutos por un sistema de deberes universales, fundado en las relaciones sociales objetivas.

En la próxima entrega traduciré el apartado «El Interregno», donde Comte expone su teoría de la dictadura temporal, analiza críticamente a Napoleón Bonaparte y explica por qué considera necesaria una autoridad política fuerte durante la transición entre el orden teológico y el orden positivo.

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