La comunidad de los iguales de Rancière (El maestro ignorante, 1987)
Escribe Jacques Rancière en el cuarto apartado de El maestro ignorante:
"Entre el maestro y el alumno se había establecido una pura relación de voluntad a voluntad: una relación de dominación del maestro que había tenido como consecuencia una relación completamente libre de la inteligencia del alumno con la inteligencia del libro –esta inteligencia del libro que era también la cosa común, el vínculo intelectual igualitario entre el maestro y el alumno–.”
El párrafo que hemos citado se halla en el meollo de la cuestión pedagógica (o política) que plantea el filósofo francés en este ensayo: el de la igualdad de las inteligencias, o dicho de otro modo, el de la comunidad de los iguales. En efecto, Rancière es muy astuto al definir al hombre como una voluntad servida por una inteligencia, en lo que hemos llamado su concepción antropológica: a partir de aquí, cualquier vínculo entre maestro y alumno se resuelve en una conexión dos inteligencias y dos voluntades.
En la cita, Rancière parte de un hecho consumado, que es el de la emancipación de los alumnos. Cuando habla de emancipación, lo que nos quiere decir es que el maestro ha logrado obligar al alumno a usar su propia inteligencia; es decir, ha interferido en su voluntad a fin de que el alumno se valga por sí mismo y rompa con el círculo de la impotencia, que es el círculo del maestro explicador, superior en inteligencia y propio de nuestra sociedad pedagogizada.
En el párrafo los alumnos conversan de igual a igual con las fuentes del conocimiento, en este caso los libros, y han roto con la autoridad del saber que venía del maestro explicador: representante del viejo método de enseñanza —anterior al de Jacotot— y enemigo del método de la enseñanza universal, o el del círculo de la potencia. Los alumnos han aprendido la lección de los poetas. Ya retomaremos esta idea al final.
Para comprender el fenómeno de la emancipación que se ha producido en la situación descripta, debemos retomar algunas nociones clave de la obra de Rancière.
Para empezar, podemos decir que Rancière considera que hay dos errores fundamentales en la pedagogía explicadora, equidistantes uno de otro pero de la misma naturaleza. Primero, decir y creer que “yo digo la verdad” tanto como decir “no sé, no puedo o no tengo nada para decir”. Lo primero remite a la creencia de que la verdad agrupa, como lo sostendría Comte (hay una verdad, que debemos descubrir, explicar; ya luego todos nos reuniremos en ella como grupo social), y lo segundo remite a la pereza y a la creencia de que no puedo alcanzar esa verdad, y que de ese modo quedo excluido del orden explicador común, de la manada del saber. El autor que comentamos propone pues el principio de veracidad, el que no niega la verdad, pero sí que ella forme parte de nuestro mundo del lenguaje común. No existe la morada de la verdad, a donde el hombre pueda arribar, porque la verdad es de un orden superior al de los hombres. Pero en nuestro mundo comunicativo, lo que nos uno los unos a los otros es la diferencia, la desagregación social. Cada uno forma un universo distinto en sí mismo, y lleva adelante un camino personal: Ve entonces por tu camino –escribe Rancière. Este es el principio de veracidad, que es el de la toma de conciencia de uno mismo de su propia voluntad y de su capacidad para descubrir diferentes verdades en su camino, en su aventura intelectual. He aquí que Rancière no niega la verdad, únicamente la posibilidad de reunirnos en una única. Solamente no recurriendo a la mentira, a la insensatez, a la negación de lo que vemos, es que participamos de la comunidad humana de la veracidad. Ninguno miente descaradamente, ni debe engañar, por ejemplo diciendo “he visto un león” mientras mantenía los ojos cerrados: esta voluntad rompe el principio de veracidad y la posibilidad de formar un mundo común emancipador de la inteligencia.
Para Rancière la verdad existe independientemente de nosotros; no tenemos un lenguaje para traducirla. En todo caso la verdad es una misión que nos arroja a la búsqueda y al conocimiento. El alumno emancipado del maestro debe ser razonable, un ser que no se miente a sí mismo y a los demás, teniendo presente que ningún de nosotros puede decir “yo digo la verdad” y luego formamos un auditorio alrededor de él. Lo que el maestro explicador hace es manipular la inteligencia de los alumnos haciendo que las trayectorias personales de cada uno se crucen en un punto con la de él. Ese punto pequeño del cruce de caminos es lo que el maestro explicador entiende por “la verdad”, de la cual él es el depositario y la autoridad para desvelarla y explicarla. Por eso la explicación atonta, porque impide a cada quien que siga su propio camino luego de que llega al cruce de caminos con la verdad que propone el maestro: método del cual Sócrates ha sido el mayor exponente.
Partiendo del principio de la veracidad, lo que tenemos entonces no es una verdad explicada, sino una traducción y contra-traducción de varios lenguajes; cada cual representa a una voluntad y a una inteligencia. En nuestro mundo existencial, la verdad no puede decirse, lo que tenemos entre manos son búsquedas solitarias hacia ella en la cual los viajeros se encuentran para comunicarse mediante el lenguaje y su respectiva traducción y contra-traducción por parte del otro. Este es el mundo pues de los iguales, de la enseñanza universal, fundado en el principio de veracidad, en el círculo de la potencia y en el presupuesto de la paridad de las inteligencias. El principio de veracidad inaugura una situación de comunicación entre dos seres razonables, unidos por el proceso de traducción del lenguaje de uno a los pensamientos propios, y la devolución de este pensamiento en una contra-traducción comunicada a otro oyente.
Volviendo al círculo de la potencia —que se retrata a la perfección en el párrafo con que comenzamos—, debemos decir que dicho círculo es un proceso de emancipación que debe iniciarse. El primer paso es emancipar al alumno: esto es, obligarlo a utilizar su propia inteligencia (y aquí radicaría la importancia del maestro, que como sabemos, debe ser un maestro ignorante). A partir de ese momento empieza a funcionar el círculo de la potencia que consiste en enseñar lo que se ignora. Este método de enseñanza se opone al viejo método, que Ranciére iguala al círculo de la impotencia: instruir al pueblo desde la república del saber, enseñando sin emancipar, es decir, atontando.
Para comenzar el círculo de la potencia debemos partir de que los hombres tienen una inteligencia igual, somos voluntad servida por una inteligencia. Este nuevo método de enseñanza no es más que el método de la "enseñanza universal" que ha existido desde el principio del mundo y es el que ha formado a personas como Descartes, Kant o Marx, y también al zapatero, al comerciante y al pescador. La naturaleza del aprendizaje (sin un maestro explicador) se da en cualquier caso, y es el método natural.
Para sustentar esta postura, Rancière apela a lo que sucede con la poesía. De ella extrae la lección de los poetas según la cual un poema remite a un poema ausente (el que traduce el lector en sus pensamientos). Los alumnos que dialogan directamente con el libro olvidando a la autoridad del orden explicador, han aprendido –como decíamos al principio- la lección de los poetas.
Aquí Rancière apela a un recurso inexpugnable a favor de la enseñaba universal (el nuevo método, el método de la sociedad de los iguales). Si hay una cosa que no puede explicarse es una poesía (si se la explica deja de ser poesía). Lo mismo podríamos decir de una pintura, una obra de arte, hasta de un chiste. Para que una poesía pueda ser "transferida" a otro, es preciso que la misma forme parte de una experiencia universal que expresando lo de uno, exprese también lo de todos. No existe posibilidad para que esta experiencia sea explicada por un maestro sabio a un alumno atontado (como el orden de los planetas en el sistema solar, una regla matemática, una ley física); al contrario, debe existir una igualdad de hombre a hombre, de poeta a lector, de pintor a observador, de comediante a oyente, para que el mundo expresado por la poesía, la pintura o el chiste "conmuevan" a quien las percibe. Una pintura del siglo XX, abstracta, misteriosa, por ejemplo, transfiere gran cantidad de sensaciones de hombre a hombre, de voluntad a voluntad, y en verdad no existe una “verdad que pueda decirse”, ya que la pintura no puede explicarse. De modo que la pintura, como la poesía, o el chiste anulan al explicador y minan el pedestal de la autoridad del saber. Escapan del orden jerárquico de la pedagogía. Si quisiéramos comunicar una pintura, deberíamos contra-traducirla, y en este punto ya deja la pintura de ser la pintura. Igual sucede con un chiste o con la poesía: sólo puede explicárselos destrozándolos. En la comunidad de los iguales el maestro entonces no explica la pintura y el poema: los muestra (“he aquí el poema, leedlo”, “he aquí la pintura, contempladla”); ya luego cada alumno, cada inteligencia humana servida por una voluntad, hará su propia traducción.
A esto hay que agregar que una particularidad del planteo de Rancière acerca de la igualdad es que está suscripta a la inteligencia. Además, y sin creer que sea necesario una discusión de tono científico sobre ella, Rancière parte del supuesto de la igualdad de las inteligencias, pero no de la voluntad. Al ser la voluntad una dimensión antropológica particular de cada ser humano, su método de emancipación no busca la igualdad de los resultados (“para conseguir la igualdad, hay que lapidar a Shakespeare” decía un revolucionario ruso de una novela de Dostoievsky adaptada por el cineasta Wajda, Los endemoniados, al suponer que el despliegue del genio artístico de unos reinauguraría las jerarquías sociales). Se entiende que suponer una igualdad de inicio, no asegurará el mismo punto de llegada (aunque todos tengamos la misma inteligencia).
De alguna manera, la comunidad de los iguales que propone Rancière es una sociedad de pintores o poetas, es decir de artistas, ya que no habría una jerarquía de explicaciones entre quienes saben y no saben: una sociedad de artistas sería una sociedad en la que las voluntades se comunicarían mediante un lenguaje intraducible o inexplicable para el experto. Un poema se traduciría en otro poema, que luego sería contra-traducido por otra voluntad, no habiendo una verdad, una ley, una fórmula que deba explicarse y entenderse por un orden explicador exterior a la comunicación de iguales.
El principio de Jacotot, que reedita Rancière en el siglo XX, por el cual es posible enseñar lo que no se sabe, es posible ser maestro de aquello que se ignora, se alcanzaría por la vía de referir el conocimiento a las fuentes mismas del saber, y no al saber del que bebe el maestro explicador para luego volcarlo sobre una clase inferior, que no sabe o es ignorante, y que necesita de la explicación y de la autoridad. Ir a las fuentes mismas del saber, son para Rancière y Jacotot las obras de arte, y especialmente los libros. El libro, como objeto vivo, lo dice todo por sí mismo, sin que sea necesaria la explicación de un tercero. El método de la enseñanza universal se basa en la conciencia de la igualdad que media entre el libro y el lector (antes habíamos dado los ejemplos de la pintura, el poema o el chiste, que es lo mismo en este caso). El maestro que escribe otro libro para explicar el libro que enseña, atonta. Ahora sabemos que el maestro explicador, lejos de explicar, lo que está haciendo es una contra-traducción de una traducción que él hizo previamente, tras lo cual nos enseña el Zarastustra desde su inteligencia, y así niega el acceso mismo al “verdadero” Zaratustra. Entre el mundo del saber y los alumnos, el maestro explicador se interpone como una pantalla que inhabilita a las inteligencias subalternas a traspasar la valla de su presencia. El maestro explicador es un eclipse que oculta la naturaleza del sol para dárnosla a entender, mediantes artimañas, traducciones, contra-traducciones y explicaciones que brotan de su particular inteligencia. Es lo que hacía Sócrates según Rancière: se interpone entre el saber y el alumno, y luego lo guía de la mano como un esclavo revelándole con artimañas dialécticas lo que hay detrás de él.
El sistema socrático, el de preguntar algo sobre lo que ya se sabe la respuesta, ha sido el perfeccionamiento el modelo explicador y del atontamiento. Los alumnos de Sócrates siembre son sus esclavos espirituales, que no pueden escapar del círculo de la impotencia. Sócrates hace preguntas como sabio, y luego guía de la mano al discípulo hasta llegar a la respuesta. Sócrates parte del orden explicador y de la superioridad del saber, y sólo interroga para arribar al lugar qué él ya conoce.
El método de la enseñanza universal debe usar la interrogación, como lo hacía Socrates, pero no interrogando a un alumno, a un aprendiz, sino a un hombre igual: si el proceso de educación se da de hombre a hombre, de voluntad a voluntad, lo importante es instruirse ambos, no instruir a otro. Entonces tenemos que si dos hombres se instruyen mutuamente, la enseñanza de lo que se ignora consiste en preguntar sobre lo que se ignora, ya que continuamente estamos preguntándonos cosas sobre nuestra existencia y haciendo conjeturas; por lo que el método de la enseñanza universal tal como indica su nombre, ha sido el que nos ha traído hasta aquí y que todos conocemos por la experiencia práctica. Así es como llegamos a que el método de la enseñanza universal tiene como centro al hombre: si Descartes estableció un principio de enseñanza universal al decir pienso, luego existo, Rancière cree, invirtiendo la frase, que sería igual decir soy hombre, luego pienso. Es decir, y partiendo de la igualdad de todos los hombres en sus grados inteligencia, que soy hombre, entonces pienso, luego existo.
De manera que hombre y pensamiento estarían en situación de igualdad. Esta situación de igualdad es el punto de partida para comenzar el círculo de la potencia, que como método pedagógico sería equivalente al aprendizaje del viajero, de quien comienza una expedición o una búsqueda. El maestro emancipador no pregunta como Sócrates, que ya conocería el viaje de memoria, sino como maestro ignorante, que ignora sobre lo que pregunta: ¿qué piensas tú? —diría.
El método de enseñanza universal, para que sea tal, debe ser emancipador. Que sea emancipador quiere decir que el maestro tenga conciencia de su igualdad de inteligencia con el alumno. Lo que el maestro enseña no es un contenido, sino una conciencia: la conciencia de lo que puede lograr un hombre por sí solo cuando se considera igual a cualquier otro. Entonces el maestro ignorante, el maestro emancipador está para decir al alumno que cuando él dice "no puedo", "no tengo inteligencia" en realidad está diciendo "no quiero", "no tengo ganas", “siento pereza”.
En el momento en que Rancière nos decía en la cita principal que entre el maestro ignorante, emancipador, los alumnos y el libro se había establecido una relación completamente libre de la inteligencia del alumno con la inteligencia del libro, y también que esta inteligencia del libro que era también la cosa común, el vínculo intelectual igualitario entre el maestro y el alumno, nos está retratando la igualdad de las inteligencias, la comunidad de los iguales y el derrocamiento del método explicativo y autoritario del saber. El conocimiento humano fluye de iguales a iguales, mediado por el libro, y las traducciones y las contra-traducciones de alumno-alumno y de maestro-alumno.
—Leonardo Pittamiglio.
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