Susan Sontag: El antropólogo como héroe (Contra la interpretación, 1969)

El antropólogo como héroe


La paradoja es irresoluble: cuanto menos se comunica una cultura con otra, más difícil es también que los respectivos emisarios de estas culturas sean capaces de abarcar la riqueza y el significado de su diversidad. La alternativa es inexorable: o soy viajero de las antiguas épocas, y me enfrento con un espectáculo prodigioso que me resultaría casi ininteligible, dejándome expuesto incluso a burla o disgusto; o soy viajero de mi época, precipitándome a la búsqueda de una realidad desvanecida. En ambos casos, salgo perdiendo… pues hoy, mientras voy quejándome entre las sombras, me pierdo inevitablemente el espectáculo que está tomando forma.


De Tristes trópicos

El pensamiento más serio de nuestra época se enfrenta con el sentimiento de orfandad. La manifiesta inseguridad de la experiencia humana provocada por la inhumana aceleración del cambio histórico ha dejado a todas las mentes sensibles modernas con la impresión de alguna clase de náusea, de vértigo intelectual. Y al parecer, la única manera de curar esta náusea espiritual consiste, al menos inicialmente, en exacerbarla. El pensamiento moderno está comprometido con una especie de hegelianismo aplicado: buscar el Yo en nuestro Otro. Europa se busca a sí misma en lo exótico: en Asia, en Oriente Medio, entre los pueblos ágrafos en una América mítica; una racionalidad fatigada se busca a sí misma en las energías impersonales del éxtasis sexual o las drogas. La conciencia busca su significado en la inconsciencia; los problemas humanísticos buscan su olvido en la «neutralidad de valores» y la cuantificación científicas. El Otro es experimentado como una rigurosa purificación del Yo. Pero, a la vez, el Yo está empeñado en una activa colonización de todos los dominios extraños de la experiencia. La sensibilidad moderna se mueve entre dos tendencias en apariencia contradictorias pero de hecho relacionadas: a la capitulación ante lo exótico, lo extraño, lo otro; y a la domesticación de lo exótico, principalmente mediante la ciencia.

Aunque los filósofos han contribuido a la manifestación y a la comprensión de esta orfandad intelectual —y, en mi opinión, sólo aquellos filósofos modernos que así lo han hecho merecen nuestra urgente atención—, son principalmente los poetas, los novelistas, y algunos pintores, quienes han vividoeste torturado impulso espiritual, en el trastorno mental voluntariamente alcanzado y en exilios autoimpuestos y en viajes compulsivos. Pero hay otras profesiones cuyas condiciones de vida han sido hechas para dar testimonio de esta vertiginosa atracción moderna por lo ajeno. Conrad en su ficción, y T. E. Lawrence, Saint-Exupéry y Montherlant, entre otros, en sus vidas como en sus escritos, crearon el oficio de aventurero como vocación espiritual. Hace treinta y cinco años, Malraux escogió la profesión de arqueólogo y se fue a Asia. Más recientemente, Claude Lévi-Strauss ha inventado la profesión de antropólogo como ocupación total, una profesión que implica un compromiso espiritual similar al del artista creador, el aventurero o el psicoanalista.

A diferencia de los escritores antes mencionados, Lévi-Strauss no es hombre de letras. La mayoría de sus escritos son eruditos, y ha estado siempre asociado al mundo académico. En la actualidad, desde 1960, ostenta un importantísimo puesto académico, la recientemente creada cátedra de Antropología Social del Collège de France, y dirige un gran instituto de investigación generosamente dotado. Pero su eminencia académica y sus posibilidades de mecenazgo son magnitudes muy escasamente adecuadas para explicar la inusitada posición que ocupa en la vida intelectual francesa de la actualidad. En Francia, donde existe una mayor conciencia de la aventura, del riesgo implicado en la inteligencia, el individuo puede ser a un tiempo especialista y tema de interés y controversia general e intelectual. Difícilmente transcurre en Francia algún mes sin que en algún periódico literario serio aparezca un artículo notable, o sin una conferencia importante, que ensalcen o ataquen las ideas y la influencia de Lévi-Strauss. Dejando aparte al infatigable Sartre y al virtualmente silencioso Malraux, es la «figura» intelectual más interesante de la Francia de nuestros días.

Hasta el momento, Lévi-Strauss es apenas conocido en Estados Unidos. En el año 1958 apareció una colección de ensayos hasta entonces dispersos sobre los métodos y conceptos de la antropología, tituladaAntropología estructural, y el año pasado se tradujo El totemismo en la actualidad (1962). Está por aparecer otra colección de ensayos de un género más filosófico titulada El pensamiento salvaje (1962), un libro publicado por la Unesco en 1962 con el título Race et Histoire, y su brillante obra sobre los sistemas de parentesco de los primitivos, Las estructuras elementales del parentesco (1949).[*] Algunos de estos escritos exigen una familiaridad con la literatura antropológica y con conceptos de lingüística, psicología y sociología, mayor que la que el lector medio suele tener. Pero sería una enorme lástima que la obra de Lévi-Strauss, una vez traducida por entero, no fuera a encontrar en este país más que un público especializado. Pues Lévi-Strauss ha conjugado, partiendo de la ventajosa perspectiva de la antropología, una de las pocas posiciones intelectuales interesantes y posibles —en el sentido más general de la frase—. Y uno de sus libros es una obra maestra. Me refiero al incomparable Tristes trópicos, un libro que se convirtió en best seller al ser publicado en Francia en 1955, pero que al ser traducido al inglés y publicado en Estados Unidos en 1961 fue vergonzosamente ignorado. Tristes trópicos es uno de los grandes libros de nuestro siglo. Es riguroso, sutil y de pensamiento audaz. Está hermosamente escrito. Y, al igual que todos los grandes libros, lleva un sello absolutamente personal; habla con voz humana.

Ostensiblemente, Tristes trópicos es el registro o, mejor dicho, la memoria redactada unos quince años después de los acontecimientos, de la experiencia «de campo» del autor. A los antropólogos les gusta comparar la investigación de campo con la ordalía de pubertad que confiere la condición de iniciados a los miembros de determinadas sociedades primitivas. La ordalía de Lévi-Strauss tuvo lugar en Brasil, antes de la Segunda Guerra Mundial. Nacido en 1908, y perteneciente a la misma generación y el mismo círculo intelectual que influyó a Sartre, la Beauvoir, Merleau-Ponty y Paul Nizan, estudió filosofía en los años veinte y, como ellos, enseñó durante un tiempo en un instituto de provincias. Insatisfecho con la filosofía, pronto renunció a su cargo docente, volvió a París a estudiar derecho, luego inició estudios de antropología, y en 1935 fue a São Paulo como profesor de antropología. De 1935 a 1939, durante las largas vacaciones universitarias de noviembre a marzo y durante un período que abarcó más de un año, Lévi-Strauss vivió entre las tribus indígenas del interior de Brasil. Tristes trópicosrecoge sus encuentros con estas tribus: los nómadas nambikwaras, asesinos de misioneros; los tupi-kawahibs, a quienes ningún hombre blanco había visto jamás, los materialmente espléndidos bororos, los ceremoniosos caduveos, que producen cantidades ingentes de pintura y escultura abstracta. Pero la grandeza de Tristes trópicos no reside simplemente en este delicado reportaje, sino en cómo Lévi-Strauss utiliza su experiencia, para reflejarla sobre la naturaleza del paisaje, sobre el sentido del sufrimiento físico, sobre la ciudad del nuevo y del viejo mundo, sobre la idea de viaje, sobre las puestas de sol, sobre la modernidad, sobre la conexión entre poder y alfabetismo. La clave del libro es el capítulo VI, «Cómo llegué a ser antropólogo», donde Lévi-Strauss proporciona, en la historia de su elección personal, un caso para el estudio de los azares espirituales únicos a los que el antropólogo se somete. Tristes trópicos es un libro intensamente personal. Como los Ensayos de Montaigne y La interpretación de los sueños de Freud, es una autobiografía intelectual, una historia personal ejemplar donde se elabora toda una concepción de la situación humana, toda una sensibilidad.

La simpatía profundamente inteligente que informa Tristes trópicos determina que otras memorias de vida entre pueblos anteriores a la cultura escrita parezcan poco convincentes, defensivas, provincianas. Sin embargo, la simpatía es modulada por una impasibilidad ganada a duras penas. En su autobiografía, Simone de Beauvoir describe a Lévi-Strauss como un joven profesor agregado de filosofía que analizaba «con su voz indiferente, y con expresión monótona… la locura de las pasiones». No en vano Tristes trópicos se abre con una cita del De rerum natura de Lucrecio. El objetivo de Lévi-Strauss es muy semejante al de Lucrecio, aquel romano helenófilo que recomendó el estudio de las ciencias naturales como forma de psicoterapia ética. Lucrecio no se proponía sólo el conocimiento científico independiente, sino también la reducción de la ansiedad emocional. Lucrecio veía al hombre desgarrado entre el placer del sexo y el dolor de la carencia emocional, atormentado por supersticiones inspiradas por la religión, acosado por el miedo a la decadencia corporal y a la muerte. Aconsejaba el conocimiento científico, que enseña el distanciamiento inteligente, la ecuanimidad. Para él, el conocimiento científico es una forma de gracia psicológica, un modo de aprender a desahogarse.

Lévi-Strauss ve al hombre con un pesimismo lucreciano, y comparte el sentimiento de Lucrecio respecto del conocimiento como consolidación e imprescindible desencanto. Pero para él, el demonio es la historia, no el cuerpo ni los apetitos. El pasado, con sus estructuras misteriosamente armoniosas, se quiebra y desmorona ante nuestros ojos. De ahí que los trópicos sean tristes. Había cerca de veinte mil nambikwaras, desnudos, indigentes, nómadas, apuestos, en 1915, cuando por primera vez los visitaron misioneros blancos; cuando Lévi-Strauss llegó, en 1938, quedaban apenas dos mil; hoy son miserables, feos, sifilíticos, y están en extinción. Con optimismo, la antropología nos aporta una reducción de la ansiedad histórica. Llama la atención el hecho de que Lévi-Strauss se describa como ferviente estudioso de Marx desde sus diecisiete años («rara vez enfoco un problema de sociología o de etnología sin antes poner mi mente en marcha con el repaso de una o dos páginas del 18 Brumario de Luis Bonaparte o de la Crítica de la economía política») y que a muchos discípulos de Lévi-Strauss se les tenga por exmarxistas, venidos a ofrendar su piedad en el altar del pasado, al no poder ofrendarla en el del futuro. Antropología es necrología. «Vayamos a estudiar a los primitivos», dicen Lévi-Strauss y sus discípulos, «antes de que desaparezcan».

Es extraño imaginar a estos exmarxistas —optimistas filosóficos donde los haya— rindiéndose al melancólico espectáculo del desmoronamiento del pasado prehistórico. No sólo se han ido del optimismo al pesimismo, sino de la certeza a la duda sistemática. Pues, según Lévi-Strauss, la investigación de campo, «donde se inician todas las carreras etnológicas, es madre y nodriza de la duda, la actitud filosófica por excelencia». En el programa de Lévi-Strauss para la práctica antropológica de suAntropología estructural, el método cartesiano de la duda se instala como un agnosticismo permanente. «Esta “duda antropológica” no consiste meramente en saber que no sabemos nada, sino en exponer resueltamente lo que sabemos, incluso la propia ignorancia, ante los insultos y negaciones infligidos a nuestras ideas y nuestros hábitos más queridos por aquellas ideas y hábitos que puedan contradecirlos en el mayor grado».

Ser antropólogo es, pues, adoptar una posición muy ingeniosa respecto de las dudas propias, de las propias incertidumbres intelectuales. Lévi-Strauss declara que, para él, esta es una actitudeminentemente filosófica. Simultáneamente, la antropología reconcilia una serie de aspiraciones personales divergentes. Es una de las raras vocaciones intelectuales que no exigen el sacrificio de la propia virilidad. Requiere valor, amor a la aventura y fortaleza física —así como criterio—. También ofrece una solución a ese deprimente subproducto de la inteligencia, la alienación. La antropología conquista la función enajenadora del intelecto, institucionalizándolo. Para el antropólogo, el mundo está profesionalmente dividido en «lo nuestro» y «lo otro», lo doméstico y lo exótico, el mundo urbano académico y los trópicos. El antropólogo no es simplemente un observador neutral. Es un hombre que controla, e incluso explota conscientemente su alienación intelectual. Lévi-Strauss llama a su profesión, en la Antropología estructural, una technique de dépaysement. Da por supuestas las fórmulas filisteas de la moderna «neutralidad de evaluación» científica. Lo que hace es ofrecer una versión exquisita, aristocrática, de esa neutralidad. El antropólogo en acción se convierte en el modelo mismo de la conciencia del siglo XX: un crítico en «lo nuestro», pero «un conformista en otra parte». Lévi-Strauss reconoce que este paradójico estado espiritual impide al antropólogo ser ciudadano. El antropólogo, en lo que concierne a su propio país, es políticamente estéril. No puede aspirar al poder, tiene que limitarse a ser una voz crítica en discrepancia. El mismo Lévi-Strauss, aunque en el sentido más genérico y francés, sea un hombre de izquierdas (firmó el famoso manifiesto de los ciento veintiuno que recomendaba la desobediencia civil en Francia como protesta ante la guerra de Argelia), es para las pautas francesas un apolítico. En la concepción de Lévi-Strauss, la antropología es una técnica de no compromiso político; y la vocación del antropólogo requiere asumir una indiferencia profunda. «Nunca podrá sentirse “en casa” en ninguna parte; siempre será, psicológicamente hablando, un mutilado».

Ciertamente, los primeros visitantes de los pueblos de cultura anterior a la escritura estaban muy lejos de sentir indiferencia. Los trabajadores de campo originarios en lo que entonces se llamaba etnología fueron misioneros, llegados para redimir al salvaje de su ignorancia y hacerlo ingresar en la civilización cristiana. Cubrir los senos a las mujeres, ponerles calzones a los hombres y mandarlos a la escuela dominical para que farfullaran el evangelio era el objetivo de un ejército de inexorables solteronas de ojos helados de Yorkshire y de enjutos hijos de granjeros del medio Oeste de Estados Unidos. Más tarde vinieron los humanistas seglares, imparciales, respetuosos, observadores desenvueltos que no fueron a vender a Cristo a los salvajes, sino a predicar, una vez de regreso en su mundo, «razón», «tolerancia» y «pluralismo cultural» a los públicos literarios burgueses. A su regreso les aguardaban los grandes consumidores de datos antropológicos, construyendo modelos racionalistas del mundo, como Frazer y Spencer y Robertson Smith y Freud. Pero la antropología siempre se ha enfrentado a una intensa y fascinada repulsión por su tema. El horror a lo primitivo (cándidamente expresado por Frazer y Lévi-Bruhl) nunca está lejos de la conciencia del antropólogo. Lévi-Strauss marca el logro más ambicioso en la conquista de la aversión. El antropólogo a la manera de Lévi-Strauss pertenece a una especie totalmente nueva. No es simplemente, como las generaciones recientes de antropólogos norteamericanos, un modesto «observador» coleccionista de datos. Tampoco actúa guiado por ningún interés —cristiano, racionalista, freudiano o cualquier otro—. Esencialmente, está comprometido en la salvación de su alma, en un curioso y ambicioso acto de catarsis intelectual.

El antropólogo —y en esto, según Lévi-Strauss, radica su esencial diferencia con el sociólogo— es un testigo ocular. «Es absolutamente falso que la antropología pueda enseñarse tan sólo teóricamente». (Cabe preguntarse por qué es lícito que un Max Weber escriba sobre el antiguo judaísmo o la China de Confucio, si no lo es el que un Frazer describa ritos de evasión de la tribu tagbanua de Filipinas). ¿Por qué? Porque la antropología, para Lévi-Strauss, es una disciplina intelectual de tipo intensamente personal, como el psicoanálisis. Una temporada de trabajo de campo equivale exactamente al análisis didáctico al que se somete el candidato a psicoanalista. El propósito del trabajo de campo, escribe Lévi-Strauss, consiste en «crear esa revolución psicológica que marca el momento decisivo en la formación del antropólogo». Y ningún examen escrito, sino sólo el criterio de los «miembros expertos de la profesión» que ya han pasado por esta misma ordalía psicológica, puede determinar «si y cuando» un candidato a antropólogo «ha realizado, de resultas de su trabajo de campo, esa revolución interior que realmente hará de él un nuevo hombre».

Sin embargo, conviene subrayar que esta concepción un tanto literaria de la profesión del antropólogo —aventura espiritual de doble origen, comprometida a un déracinement sistemático— está complementada en la mayoría de los escritos de Lévi-Strauss por una insistencia en las técnicas de análisis e investigación menos literarias. Su importante ensayo acerca del mito en Antropología estructural esboza una técnica para analizar y tratar los elementos del mito de manera que puedan ser procesados por una computadora. Las contribuciones europeas a las que en Estados Unidos se llaman ciencias sociales tienen entre nosotros una reputación sumamente baja, por su insuficiente documentación empírica, por su debilidad «humanista» por disimular la crítica de la cultura, por su repulsa a conceder a las técnicas de cuantificación su lugar como instrumento esencial de la investigación. Los ensayos de Lévi-Strauss en Antropología estructural ciertamente escapan a estos reparos. Es más: Lévi-Strauss, lejos de desdeñar la pasión de los norteamericanos por una precisa medición cuantitativa de problemas tradicionales, cree que no es lo bastante compleja ni metodológicamente rigurosa. A veces, a expensas de la escuela francesa (Durkheim, Mauss y sus seguidores), a la que está íntimamente ligado, Lévi-Strauss paga pródigo tributo con sus ensayos de Antropología estructural a la obra de antropólogos norteamericanos (en particular, Lowie, Boas y Kroeber).[*] Pero sus afinidades más estrechas son las que le unen a las metodologías de vanguardia en la economía, la neurología, la lingüística, y la teoría de los juegos. Para Lévi-Strauss, no cabe duda de que la antropología debe ser, más que un estudio humanista, una ciencia. La única cuestión es cómo. «Durante siglos» escribe, «las humanidades y las ciencias sociales se han resignado a contemplar las ciencias naturales y exactas como una especie de paraíso al que nunca podrían entrar». Pero recientemente los lingüistas, como Roman Jakobson y su escuela, han abierto una entrada al paraíso. Los lingüistas saben ahora cómo replantear sus problemas de modo de poder «disponer de una máquina construida por un ingeniero y llevar a cabo experimentos enteramente similares a los de una ciencia natural», lo que les confirmará «si la hipótesis es o no válida». Los lingüistas —así como los economistas y los teóricos de los juegos— han mostrado al antropólogo «un camino para salir de la confusión resultante de una dependencia y una familiaridad excesivas con los datos concretos…».

De este modo, el hombre que se somete a lo exótico para confirmar su propia alienación interna como intelectual urbano, termina por proponerse la superación de su materia mediante su traducción a un código puramente formal. Después de todo, la ambivalencia ante lo exótico, lo primitivo, no ha sido vencida, sino únicamente replanteada de una manera compleja. El antropólogo, en cuanto individuo, está comprometido en la salvación de su alma. Pero también lo está en el registro y en la comprensión de su materia mediante un método de análisis formal dinámico —al que Lévi-Strauss llama antropología «estructural»— que borra todas las huellas de su experiencia personal y verdaderamente desdibuja los rasgos humanos de su tema de estudio, una sociedad primitiva determinada.

En El pensamiento salvaje, Lévi-Strauss califica su propio pensamiento de «anecdotique et géometrique». Los ensayos de Antropología estructural muestran fundamentalmente el aspecto geométrico de su pensamiento; son aplicaciones de un formalismo riguroso a temas tradicionales: sistemas de parentesco, totemismo, ritos de pubertad, relación entre mito y ritual, y así sucesivamente. Se procede a una enorme operación de limpieza, y la escoba que lo barre todo a fondo es la noción de «estructura». Lévi-Strauss destaca sus diferencias con lo que él llama la tendencia «naturalista» de la antropología británica, representada por figuras tan descollantes como Malinowski y Radcliffe-Brown. Los antropólogos británicos han sido los defensores más consecuentes del «análisis funcional», queinterpreta la variedad de costumbres como diferentes estrategias para alcanzar fines sociales universales. De este modo, Malinowski pensaba que la observación empírica de una única sociedad primitiva haría posible la comprensión de las «motivaciones universales», presentes en todas las sociedades. Esto, para Lévi-Strauss, carece de sentido. La antropología no puede aspirar a comprender nada más que su propio tema. Del material antropológico no puede inferirse nada útil para la psicología o la sociología, pues la antropología posiblemente sea incapaz de un conocimiento completo de las sociedades en estudio. La antropología (estudio comparativo de las «estructuras», más que de las «funciones») no puede ser una ciencia descriptiva ni inductiva; sólo se ocupa de los rasgos formales que diferencian una sociedad de otra. En puridad, no le interesa el fondo biológico, ni el contenido psicológico, ni la función social de instituciones y costumbres. En consecuencia, mientras Malinowski y Radcliffe-Brown arguyen, por ejemplo, que los lazos biológicos son el origen y el modelo de todo lazo de parentesco, los «estructuralistas» como Lévi-Strauss, siguiendo a Kroeber y Lowie, subrayan la artificialidad de las reglas de parentesco. Considerarían el parentesco fundándose en nociones susceptibles de tratamiento matemático. Lévi-Strauss y los estructuralistas, en resumen, enfocarían la sociedad como un juego en que se carece de reglas de participación precisas; diferentes sociedades asignan movimientos diferentes a los jugadores. El antropólogo puede mirar un rito o un tabú simplemente como un conjunto de reglas, prestando escasa atención a «la naturaleza de los participantes (tanto individuos como grupos) cuyo juego se ajusta a la pauta impuesta por estas reglas». La metáfora o modelo que Lévi-Strauss prefiere para analizar instituciones y creencias primitivas es el lenguaje. Y la analogía entre antropología y lingüística es el tema principal de los ensayos de Antropología estructural. Todo comportamiento, según Lévi-Strauss, es un lenguaje, un vocabulario y una gramática del orden; la antropología no demuestra nada acerca de la naturaleza humana, salvo la necesidad de darse un orden. No existe una verdad universal sobre las relaciones entre, por ejemplo, religión y estructura social. Sólo hay modelos que demuestran la variabilidad de una respecto de la otra.

Para el lector ordinario, quizá el ejemplo más sorprendente del agnosticismo teórico de Lévi-Strauss sea su concepción del mito. Trata el mito como una operación mental puramente formal, carente de todo contenido psicológico y de toda conexión necesaria con el rito. Los relatos correspondientes aparecen como diseños lógicos para la descripción, y posiblemente la suavización, de las reglas del juego social cuando éstas dan pie a tensión o contradicción. Para Lévi-Strauss, la lógica del pensamiento mítico tiene el mismo rigor que la de la ciencia moderna. La única diferencia es que esta lógica se aplica a problemas diferentes. Lévi-Strauss, en contra de Mircea Eliade, su más distinguido oponente en la teoría de las religiones primitivas, sostiene que la actividad de la mente al imponer forma al contenido es fundamentalmente la misma en todas las mentalidades, arcaicas y modernas. Lévi-Strauss no ve ninguna diferencia de cualidad entre el pensamiento científico de las modernas sociedades «históricas» y el pensamiento mítico de comunidades prehistóricas.


El carácter demoníaco que la historia y la noción de conciencia histórica tienen para Lévi-Strauss está óptimamente expuesto en su brillante y violento ataque a Sartre, el último capítulo de El pensamiento salvaje. No me convencen los argumentos de Lévi-Strauss contra Sartre, pero debo decir que Lévi-Strauss es, desde la muerte de Merleau-Ponty, el crítico más interesante y sugestivo del existencialismo y la fenomenología sartreanos.

Sartre, no sólo por sus ideas, sino por toda su sensibilidad, es la antítesis de Lévi-Strauss. Sartre, con sus dogmatismos filosóficos y políticos, sus inagotables ingenuidad y complejidad, siempre ha tenido los modales (que a veces son malos modales) del entusiasta. Viene muy a cuento decir que ha sido Jean Genet, un escritor barroco, didáctico e insolente, cuyo ego desdibuja toda narración objetiva, cuyos personajes son paradas en una parranda masturbatoria, que es maestro en trucos y artificios, con un estilo rico, demasiado rico, cargado de metáforas y cultismos, el escritor que ha despertado en Sartre mayor entusiasmo. Pero en el pensamiento y en la sensibilidad francesa existe otra tradición: el culto al desapego, l’esprit géometrique. Esta tradición está representada, entre los nuevos novelistas, por Nathalie Sarraute, Alain Robbe-Grillet y Michel Butor —que tanto difieren de Genet por su búsqueda de una infinita precisión, sus limitados y deshidratados argumentos y sus estilos fríos, microscópicos— y, entre los realizadores cinematográficos, por Alain Resnais. La fórmula de esta tradición —en la que yo situaría a Lévi-Strauss como sitúo a Sartre junto a Genet— es la mezcla de «pathos» y frialdad.

Como en el caso de los formalistas del nouveau roman y del cine, el énfasis de Lévi-Strauss en la «estructura», su extremado formalismo y su agnosticismo intelectual, acaban enfrentándose con un inmenso pero concienzudamente sometido «pathos». A veces, el resultado es una obra maestra comoTristes trópicos. El título mismo es, en cuanto descripción, insuficiente. Los trópicos no sólo son tristes. Agonizan. El horror a la ruina, a la destrucción definitiva e irrevocable de los pueblos de cultura anterior a la escritura, que hoy tiene lugar en el mundo —verdadero tema del libro de Lévi-Strauss—, está narrado desde cierta distancia, la distancia de una experiencia personal de hace quince años, y con una firmeza de sentimientos y una convicción respecto de los hechos que otorgan a las emociones del lector un cauce más bien libre. Pero en el resto de sus obras, el lúcido y angustiado observador ha quedado absorbido, purgado, por la severidad de la teoría.

Exactamente con el mismo espíritu con que Robbe-Grillet rechaza el contenido empírico tradicional de la novela (psicología, observación social), Lévi-Strauss aplica los métodos del «análisis estructural» a materiales tradicionales de la antropología empírica. Costumbres, ritos, mitos y tabúes son un lenguaje. Como en el lenguaje, en el que los sonidos que forman palabras carecen de significado si los consideramos en sí mismos, las distintas partes de una costumbre, un rito o un mito (según Lévi-Strauss) no significan nada en sí mismas. Analizando el mito de Edipo, insiste en que las partes del mito (el niño perdido, el viejo en la encrucijada de la vida, el matrimonio con la madre, la ceguera, etcétera) no significan nada. Sólo cuando las partes se unen en el contexto total tiene un significado: el significado de un modelo lógico. Este grado de agnosticismo intelectual es indudablemente extraordinario. Y no hace falta adherir a una interpretación freudiana o sociológica de los elementos del mito, para refutarlo.

No obstante, todo crítico serio de Lévi-Strauss deberá enfrentarse al hecho de que, en último término, ese extremado formalismo es una elección moral y (lo que aún sorprende más) una concepción de la perfección social. Radicalmente antihistoricista, se niega a diferenciar entre sociedades «primitivas» e «históricas». Los primitivos tienen su historia, pero esta nos es desconocida. Y la conciencia histórica (de la que carecen) no es —sostiene, atacando a Sartre— un modo privilegiado de conciencia. Solamente existen las que él, de modo revelador, denomina sociedades «calientes» y «frías». Las sociedades calientes son las sociedades modernas, dirigidas por los demonios del progreso histórico. Las sociedades frías son las sociedades primitivas, estáticas, cristalinas, armoniosas. La utopía, para Lévi-Strauss, supondría un enorme descenso de la temperatura histórica. En la conferencia inaugural del Collège de France, Lévi-Strauss esbozó una visión posmarxista de la libertad en la que el hombre terminaría por liberarse de su dependencia del progreso y «de esa vieja maldición que obligaba a esclavizar a los hombres para hacer posible el progreso». Luego:


la historia quedaría desde entonces abandonada, y la sociedad, situada fuera y por encima de la historia, volvería a ser capaz de asumir esa estructura regular y casi cristalina que, nos enseñan las sociedades primitivas mejor conservadas, no es contradictoria con la humanidad. Es en esa concepción admitidamente utópica donde la antropología social encontraría su justificación suprema, ya que las formas de vida y pensamiento en estudio dejarían de tener un interés meramente histórico y comparativo. Corresponderían a una posibilidad permanente del hombre, sobre el que la antropología social tendría una misión de vigilancia, especialmente en sus horas más oscuras.


El antropólogo no es sólo el plañidero del frío mundo de los primitivos, sino también su custodio. Lamentándose entre las sombras, luchando por distinguir lo arcaico de lo seudoarcaico, lleva a la práctica un pesimismo moderno heroico, diligente y complejo.

Susan Sontag: El antropólogo como héroe (Contra la interpretación)
Susan Sontag: El antropólogo como héroe (Contra la interpretación)

Contra la interpretación

Susan Sontag

"Los clásicos son hijos del tiempo. Treinta años después de haber sido escritos, los ensayos ... conservan toda su fuerza e interés. Y no sólo porque los temas escogidos en cada caso continúan en el centro de la polémica contemporánea, sino porque la mayor parte de las respuestas que propone siguen siendo originales e iluminan aspectos de la realidad intelectual habitualmente desatendidos por la crítica. Escritas en un estilo directo, con el respaldo de una enorme cultura, estas páginas trasuntan, a la vez que una asombrosa sinceridad, una lucidez liberadora. Novelista, cineasta y realizadora teatral, Susan Sontag nos ofrece unos textos comprometidos, frescos, inteligentes y llenos de sugerencias ..."

Año de publicación original: 1969.

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