Juan Domingo Perón sobre Uruguay, la Miami de Sudamérica (La Fuerza es el derecho de las Bestias, 1956)

Uruguay, la Miami de Sudamérica


Ya éramos la Suiza de América, ahora veo que también somos la Miami del continente.

Juan Domingo Peron: La Fuerza es el derecho de las Bestias (1956)
Juan Domingo Peron: La Fuerza es el derecho de las Bestias (1956)

Citas de Juan Domingo Peron, La Fuerza es el derecho de las Bestias (1956) sobre Uruguay y su función para derrocar presidentes y gobiernos populares. Extraigo las partes del libro con notable valor histórico para nosotros.

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[Sobre la Revolución Libertadora que derrocó a Perón e impuso una dictadura militar]

Que es una democracia y que enarbola banderas de libertad, sólo el gobierno uruguayo y a sus diarios y radios alquilados puede ocurrírsele semejante barbaridad.

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[Sobre la riqueza que habría acumulado Perón como Presidente]

En presencia de la vil calumnia que ya comienza a hacerse presente, como de costumbre, desde Montevideo, deseo aclarar el asunto de mis bienes para conocimiento extranjero, porque en mi Patria saben bien los argentinos cuales son.

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El sistema para descomponer la disciplina de las fuerzas armadas fue diversos en cada caso. Se utilizó un panfleto insidioso en que la calumnia y la falsedad alcanzó límites insospechables. La técnica del rumor completó el cuadro, creando un clima de engaño uniforme entre los elementos adversarios. Sin embargo, el ejército no fue influenciado por esta perturbación, merced a la acción permanente del General Lucero, Ministro de Ejército, que adoctrinó a su gente en el fiel cumplimiento del deber militar. La Marina, que obedecía al comando revolucionario de Montevideo, compuesto por Bemberg, Gainza y Lamuraglia, verdaderos financiadores de la revolución, fue minando la disciplina de la aeronáutica y contaminando sus cuadros. El dinero “corría” en abundancia y el efecto comenzó a notarse; se le fue encontrando el precio a cada uno. Esto es la triste verdad. “Poderoso caballero es Don Dinero”.

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Así iniciamos el segundo período de gobierno ante una oposición enconada por la impotencia donde, como en el primer período, se mantenían unidos conservadores, radicales, socialistas y comunistas. Frente a la imposibilidad de vencernos en los comicios comenzaron a conspirar abiertamente. En esa conspiración fueron alentados por el Gobierno Uruguayo que descaradamente les ayudó para establecer en Montevideo su cuartel general, desde donde se dirigió todo el movimiento, utilizando los propios elementos del gobierno de ese país.

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[Uruguay funcionó como una Miami]

En Montevideo, desde el 16 de junio de 1955, funcionaba un verdadero comando revolucionario. El presidente del Uruguay, Batlle Berres, mantenía permanente comunicación con Lamuraglia (su futuro consuegro), que actuaba como órgano adelantado en la Embajada uruguaya de Buenos Aires, al mismo tiempo que instruía y ayudaba al comando revolucionario constituido por los que después del 16 de junio fugaron a Montevideo.

El gobierno del Uruguay, quebrantando todas las normas del derecho internacional en abierta violación de la Carta de la Organización de los Estados Americanos, no sólo amparó, ayudó y cubrió la acción revolucionaria en la persona de los conspiradores sino que puso a su disposición dinero, medios y aun el Estado para el logro de sus designios.

Las estaciones de radio del Uruguay fueron permanentes agentes de perturbación y propaganda contra el Gobierno argentino y durante la revolución constituyeron el medio de comunicación de los distintos grupos y focos de la rebelión. Política peligrosa para este pequeño país, pues algún día puede sufrir las consecuencias de su imprudente y desleal proceder. La intromisión de los grandes países en los asuntos internos de los otros Estados, implica un avance contra su soberanía. A menudo, conduce a una situación de inamistad y preocupación. Los pequeños países se exponen, en cambio, a una reciprocidad futura muy peligrosa para su propia soberanía.

Simultáneamente con la acción uruguaya, la Acción Católica y los niños de los colegios de curas, comenzaron a provocar desórdenes en las calles a altas horas de la noche. Esas reuniones eran organizadas por la Curia de Buenos Aires que dispuso la realización de misas en la noche, después de las cuales se provocaban desórdenes en las calles. Algunos curas en los púlpitos se comportaban como verdaderos desaforados e incitaban abiertamente a la rebelión. Algunos fanáticos les seguían y el clima se generalizaba en pequeños sectores y en determinadas circunstancias

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IX. EL CASO DEL URUGUAY


Lo que la familia Bemberg fue en la Argentina, el Uruguay es en Sur América. Aquélla acaparó cerveza, éste acapara democracia, pero en mentalidad y procedimiento, no hay diferencias.

Yo nunca he sentido sino afecto hacia este pequeño país tan vinculado al nuestro por lazos de sangre; tal es para mí así que, una de mis abuelas era uruguaya, de la Banda Oriental como le llamábamos entonces.

Pero de un tiempo a esta parte, sus gobiernos se han puesto insoportables por su mala educación y sus malas costumbres. La buena vecindad la entienden siempre que nosotros seamos los buenos y ellos los vecinos.

Cuando en 1946 me hice cargo del gobierno, el señor Batlle Berres, que entonces era Presidente de la República Oriental del Uruguay, me pidió una entrevista que dispuso fuera en el Río de la Plata, donde nos encontraríamos el día y la hora que él también dispuso. Yo creí que, con tanta exigencia, nos iría a dar algo, pero no fue así.

Yo acepté y un día nos encontramos en el Río de la Plata cerca de Carmelo, donde concurrí en el pequeño barco de la Presidencia y él lo hizo en un barco grande pintado a rayas. La entrevista fue relativamente cordial. Yo me acompañaba con Don Miguel Miranda, Presidente del Consejo Económico, por si había “algo que recibir”. Se trataron de algunos temas naturalmente “democráticos” y Batlle Berres me leyó una declaración que haría de carácter también democrático dirigida al Uruguay. Después fuimos al asunto. Se trataba que el gobierno argentino permitiera pasar al Uruguay ganado sin cobrar en dólares y que se hiciera una política cambiaria que permitiera a los argentinos ir a veranear a Montevideo.

Con referencia al ganado, en ese año habían pasado ya en esas condiciones, ochenta mil cabezas y el Presidente pedía cuarenta mil cabezas más con la palabra que serían empleadas en el consumo y no en la exportación. Consultado Miranda encontró inconvenientes porque en ese momento había carencia de ganado en los frigoríficos. Sin embargo, tratando de tener un gesto amistoso con el Uruguay, accedimos y prometimos disponer lo necesario para hacer efectiva la entrega, siempre que fuera para consumo y no para competidor en los precios con la exportación argentina.

Prometimos ocuparnos de favorecer el turismo argentino a Montevideo en lo que nos fuera posible, sin perjudicar nuestros balnearios.

Este fue el comienzo. Estábamos lejos de imaginar lo que ocurriría después.

En el año 1947 comenzamos a padecer. Una campaña insidiosa se inició en los diarios del Uruguay contra el gobierno argentino. Nadie le hizo caso. Todos nos limitamos a exclamar, Va, es el Uruguay. Poco tiempo después se inició por la radio la misma campaña, pero entonces ya supimos que era Bemberg quien la financiaba y también agentes de los Estados Unidos. Dijimos entonces, Dios los críe y ellos se juntan.

Hasta entonces el gobierno disimulaba su intervención, aunque nosotros sabíamos bien a qué atenernos.

En esa oportunidad explotó una bomba. Resultó que, quebrantando su palabra, el Presidente Batlle Berres, con alguno de sus allegados, había realizado un negociado con las cuarenta mil cabezas de ganado, pedidas en nombre de su pueblo. Las habían hecho faenar en el Frigorífico Nacional y las habían exportado en competencia con nuestras carnes, lo que trajo una disminución en los precios.

Hicimos saber este hecho a la Embajada y como era natural, no recibimos ni contestación. Dada la naturaleza de la cuestión, era lógico que así fuera, pero desde ese momento no se autorizó más ventas de ganado al Uruguay en esas condiciones.

La República Argentina compraba toda la arena para construcciones en Carmelo, favoreciendo así a numerosos areneros y al intercambio comercial entre los dos países. Mi acuerdo fijaba que ese intercambio se produciría siempre por créditos recíprocos, a cubrir siempre con mercaderías. En el año 1949 terminó el convenio y el Banco Central de la República Argentina fue condenado a pagar en cuarenta y ocho horas el saldo, que importaba unos tres millones de dólares. Esto dio lugar a gestiones ante el gobierno uruguayo que contestó que eran cuestiones del Banco Central, desentendiéndose del asunto. Fue necesario pagar los tres millones de dólares en un día. Pero, bien valía esto la experiencia.

Nosotros no podíamos, ni queríamos seguir pagando la arena en dólares. Se organizaron las compañías areneras argentinas y hoy ciento cincuenta barcos y casi diez mil obreros argentinos viven de esa actividad. Uruguay ha perdido definitivamente el mercado.

Tan pronto esto sucedió, arreció la campaña radial y publicitaria contra nuestro gobierno. El gobierno uruguayo tomó a sueldo a todos los exiliados y traidores argentinos que encontró y sin el menor reparo se organizó un comando revolucionario al que puso a su disposición fondos y otros medios. Uruguay pasó a ser refugio de facinerosos y un porta-aviones de los que huían después de sus fracasados golpes criminales.

Política peligrosa para el Uruguay, porque eso puede quedar como un recuerdo, para devolver el favor cuando sea oportuno. A mí me han visitado varias veces algunos uruguayos para hacer una revolución. Yo los convencí de no hacerla y dije que no me prestaba para intervenir en los asuntos internos de otros estados. ¡Francamente, hoy estoy arrepentido!

El comportamiento miserable del Uruguay en 1947 con el Paraguay, se ha repetido en 1955 con la Argentina, con la misma falsedad y la misma hipocresía.

Se han quejado del cierre de la frontera, ocasionada porque estos señores vivían del contrabando y de paso, nos inundaban de panfletos. La misma queja debe sentirse entre los ladrones y criminales cuando les cierran las casas.

Señores uruguayos: han perdido el derecho de invocar el honor porque su gobierno ha conspirado contra un vecino y ha participado en la lucha por el mismo móvil

que los revolucionarios argentinos: el dinero. Ellos lo cobraron en efectivo; ustedes en vacas, turismo y radios. Dios los perdone. Todavía algún día hablaremos

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