Alberto Buela: Teoría de disenso (libro, 2016)
Alberto Buela
Teoría del Disenso
Prólogo 1ra. Ed. Primo Siena 2da. Ed. Horacio Cagni
Ediciones Fides, Barcelona, 2016
Indice
Prólogo 1ra. Ed………………………………………………………………..
Teoría del disenso ……………………………..…………...
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Pág. 3
Pág. 6
Algo más sobre el disenso Pág. 26
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Escorzo sobre partidos y disenso …………………………..
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En el disenso está la raíz del diálogo ………………….
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Pág. 31
Pág. 32
Cómo resistir desde el disenso lo políticamente correctoPág. 36
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Falso y auténtico disenso
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El disenso ante la isostenia cultural y el pensamiento lineal ……
Consenso como falso diálogo
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Un disenso con Habermas y Arendt
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Una mera aclaración: de Bue a Bue
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Pág. 38
Pág. 41
Pág. 46
Pág. 49
Pág. 52
Pág. 55
Conclusión
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Prólogo 1ra. Ed. 2014
Alrededor de los años setenta del siglo recién acabado, los marxistas de la Escuela de Frankfurt, con el filósofo Jürgen Habermas a la cabeza, teorizaron el recurso del consenso entre los grandes partidos políticos como el fundamento ético necesario para sortear la profunda crisis de representatividad en la que están sumidas las democracias occidentales menguadas desde tiempo por el totalitarismo partitocrático.
El postulado del consenso teorizado por la Escuela de Frankfurt no ha, por supuesto, beneficiado de algún modo el sistema democrático vigente; sino mas bien ha agravado su hipocresía porque los acuerdos entre los partidos, fruto de decisiones reservadas a sus cúpulas y tomadas casi siempre en ámbito extraparlamentario, han expropiado de sus efectivas atribuciones a los parlamentos electos, reduciendo de ese modo el sufragio universal a un rito puramente formal.
Pero no se trata de algo espurio introducido por la filosofía del consenso, siendo la hipocresía una potencialidad genética insita en la moderna democracia indiferenciada; hipocresía definida, pues, desde tiempo como una "lepra del espíritu" por Simone Weil (1944)1 y denunciada puntualmente por Bertrand de Jouvenel como "democracia totalitaria" en su célebre Du Pouvoir (1945) y sucesivamente clasificada como una "tiranía sin rostro" por el destacado constitucionalista italiano Giuseppe Maranini (1949).
Como bien destacó el pensador español Gonzalo Fernández de la Mora (1977), tal hipocresía no constituye un proceso degenerativo del sistema democrático, sino que representa "la desembocadura lógica del Estado demoliberal de partidos" heredado de la cultura
1 Simone Weil, destacada intelectual de la izquierda francesa de los años treinta, en 1944 participó como asesora cultural del General Charles De Gaulle, en la cúpula del movimiento político-militar de resistencia al nazismo que ocupaba parte de Francia. En tal función redactó un memorial con una serie de consideraciones sobre el proyecto de nueva constitución de la República francesa una vez abatido el nazismo. Tituló un capítulo de ese documento: "Apuntes para la supresión de los partidos políticos en Francia" en lo que afirmaba: "cada partido es totalitario en germen y como aspiración". (Ver las consideraciones sobre el asunto de Giancarlo Gaeta, tituladas "Il radicamento della politica" en: Simon Weil, La prima radice - traducción . italiana del francés L'enracinement. Prélude á une déclaración des devoir envers l'etre humain - Ed. SE, Milan 1990), p. 277.
ilustrada, siendo - como reitera el citado Fernández de la Mora - "el espontáneo producto final del sufragio universal inorgánico".2
Colocándose en el surco de esa corriente de pensamiento, pero con un enfoque original
propio, Alberto Buela enfrenta la crisis de representatividad política producida por el pensamiento democrático ilustrado, oponiendo a la "filosofía del consenso" responsable de un totalitarismo comunicacional que ha agotado el racionalismo radical de la ilustración, una peculiar filosofía del disenso a la cual él llega como conclusión de un acucioso itinerario crítico por el laberinto del pensamiento político corriente y que él franquea como un novel Perseo utilizando un especial hilo de Ariadna, el hilo del Disenso.
Alberto Buela denuncia un rasgo típico del actual conformismo, expresado principalmente por la cultura que se autocalifica de progresista: disfrazar con la retórica del consenso los conflictos que aquejan a nuestra sociedad, sin tener la capacidad o la voluntad de resolverlos. Entonces la idea de disenso se constituye como un instrumento metodológico para extender el pensamiento crítico y diferente en la sociedad contemporánea dominada por una metacategoría de dominación: la homologación del pensamiento correcto, único, igualitario de la globalización planetaria. En ese contexto el disenso se afirma, además, como una herramienta conceptual benéfica, según la significación semántica de "otro sentido, divergencia, desacuerdo".
Desde un inicial "contrario parecer", Buela sustrae el disenso de una caracterización institucionalmente negativa para cargarla de un sentido esencialmente positivo y propositivo. Para él, disentir "no es sólo negar un acuerdo, sino que es, sobre todo, pretender otro sentido" de manera que el disenso se transforma en una actitud de libertad personal y colectiva: la de "afirmar otra cosa a la propuesta"; esto es, un pensar diferente que enriquece el panorama cultural y político y al mismo tiempo contribuye, con aportes nuevos, a tonificar una verdadera civilización plural capaz de invalidar o por lo menos de limitar los intentos de imponer una homogenización mundialista de nuestra sociedad según un modelo totalitario.
Toda veraz pluralidad del mundo - sostiene Buela - se nutre de valores compartidos (lenguaje, creencias, instituciones) que constituye como un interculturalismo cuando cada identidad se piensa entre otras, pero a partir de su diferencia y no del solo
2 G. Fernández de la Mora, La Partitocracia. Ed. Gabriela Mistral, Santiago de Chile 1976, p. 151.
hecho de pertenecer a una minoría; lo que desnaturaliza sus meritos intrínsecos, incurriendo en el grave error que hoy cometen los antropólogos multiculturalistas del pensamiento progresista.
En el pensamiento de nuestro autor, el disenso alcanza entonces su plenitud en la construcción de una teoría (el pensamiento alternativo) llevada a la práctica de una acción cultural y política que transita gradualmente desde el nivel social de un "arte del bien común " hacia los espacios conceptuales de una "metafísica de los principios" donde la política misma es rescatada de las trampas utilitaristas del hedonismo economicista imperante y elevada a las cumbres de la metapolítica concebida en su dimensión trascendente de "ciencias de los fines últimos".
De ese modo, el disenso - nacido a contrario sensu cual pensamiento disidente - asume dignidad y nobleza ético-política,
siendo entendida la política - en su significación clásica y en su carácter sustantivo - como la expresión actual y viviente de la Politeia platónica (ciudad y civilización elevadas a la cumbre de la armonía y de la sapiencia) y de la Res pública ciceroniana (cosa del pueblo concebido no como simple agregación accidental de individuos, sino reunión de cives, ciudadanos asociados según consensus iuris et communis utilitatis).
De aquí las crisis recurrentes de los regímenes políticos erigidos sobre las elucubraciones abstractas de la "voluntad general" y no sobre la realidad esencial de los pueblos, sean esos regímenes de corte vetero-liberales o vetero-socialistas.
La cultura del disenso discrepa directamente de la cultura ilustrada importada en nuestra América y según la cual la entidad básica de la sociedad no es la persona concreta dotada de libertad y autonomía, sino el individuo abstracto al que se atribuye una soberanía ilusoria, luego absorbida en una "voluntad general" que anula todas las referencias sociales concretas.
El análisis histórico, incorporado como instrumento metodológico esencial de la cultura del disenso, nos aclara que - como enseñó el italiano Giovanbattista Vico en su magna obra La Ciencia Nueva (Nápoles 1725) - la sociedad (y el Estado en cuanto sociedad organizada) es originada no por contrato sino por "derecho natural eterno que transcurre en el tiempo", siendo la sociedad conformada básicamente "por la familia, la justicia, la religión"; es decir por elementos no pactados y no pactables.
La crisis institucional y funcional que ha afectado la democracia moderna, ha sido originada esencialmente por la confusión entre
los conceptos de soberanía política y de soberanía social atribuidos al ciudadano abstracto postulado por la cultura de la Ilustración y no a la persona concreta considerada en su doble referencia social: ser el elemento humano que integra el Estado caracterizado por su jurisdicción en un ámbito territorial definido; y participar, al mismo tiempo, del conjunto de entidades subordinadas e intermedias entre las personas y el Estado, armonizando así la unidad necesaria en el ámbito político con la variedad que reina en las estructuras sociales.
Las entidades intermedias constituyen una realidad vigente en la sociedad contemporánea, tanto en el ámbito territorial (pueblos, municipios distritos, provincias, regiones) como en el dominio social (familias, gremios, colegios profesionales, asociaciones culturales, organizaciones sociales voluntarias, etc.), pero sin ejercer el rol participativo que les corresponde en el molde institucional de la sociedad
Por consiguiente el análisis crítico postulado por la cultura del disenso, destaca entonces la necesitad de restituir institucionalmente la soberanía social (de la que actualmente está despojado) al conjunto de las entidades intermedias en el contexto de
una democracia orgánica, de la cual debe ser partícipe no el ciudadano uti singulus, como acaece en la actual democracia individualista, sino la persona uti socius, definida por la antropología social del Cristianismo como un ser personal, genéticamente orientado a relacionarse con los demás para realizar con ellos la Civitas hominum en su máxima potencialidad.
La soberanía social resulta, pues, el necesario elemento integrador de la soberanía política ejercida por los organismos del Estado sustentados en el sistema representativo plural de los partidos. Y tal integración - extendido el ejercicio de la libertad responsable y participativa desde las personas hacia los cuerpos intermedios - rescatará finalmente el consorcio civil desde las contradicciones liberticidas del presente, donde las funciones específicas de la sociedad han sido usurpadas por la tiranía sin rostro de la partitocracia.
Según la filosofía del disenso teorizada por Buela, la democracia cesa, entonces, de ser un simple formalismo procedimental, vaciado de todo contenido, incapaz por lo tanto de encauzar la compleja multiplicidad social de la era contemporánea en un régimen auténtica y dinámicamente representativo.
La cultura del disenso, mediante su vigor crítico y su racionalidad propositiva, restituye la democracia a su sentido clásico originario, como lo fue en el contexto de la civilización greco-romana; esto es: cesa de ser el fetiche de la utópica declaración de principios proclamados por la revolución francesa y regresa a ser - como para los antiguos - una complementación de la efectiva libertad del hombre libre - el polites eleutheros - que nutre una democracia holística donde los valores de libertad, pertenencia y participación son los fundamentos de una comunidad orgánica y no de individualismos e igualitarismos abstractos, como en el caso de las democracias modernas.
El disenso según Buela expresa la "gran desilusión política" en la que se resume la crisis mundial inherente al agotamiento de los partidos políticos tradicionales y busca al mismo tiempo una representatividad más auténtica, capaz de enfrentar problemas específicos como el rescate de una efectiva soberanía nacional de los países iberoamericanos, soberanía caducada merced el afán de unas clases políticas para sumarse a un mundo globalizado según un modelo neoliberal único. Y es aquí donde la cultura crítica del disenso postulada por Alberto Buela destaca la autonomía y la especificidad del mundo iberoamericano con respeto a la cultura anglosajona que ha moldeado la noción de sociedad en América del Norte; una noción, esta, que - destaca oportunamente Buela - está relacionada con una idea de la "humanidad civilizada" semejante a aquella postulada por los filósofos europeos del Iluminismo, mientras que, como se deduce de todo su pasado histórico, es propio de Iberoamérica el concepto de "comunidad como unión orgánica y natural del hombre" vinculada a su tierra y a sus raíces ancestrales, elemento básico para "la creación de pequeñas comunidades orgánicas autónomas que permitan la instauración de una verdadera democracia participativa", según proponía para su mismo país un decenio atrás el italo-norteamericano Paul Piccone, citado por Buela.
Alberto Buela denuncia el carácter ideológico del consenso, cual simulacro que enmascara la voluntad de poder de un grupo político o una clase social; además observa oportunamente que el disenso es algo consustancial a la historia del continente americano que logró su independencia quebrantando el orden colonial establecido.
Característica de la ecúmene iberoamericana es, pues, el predominio histórico (pensamos en las civilizaciones mayas e
incaicas) de instituciones comunitarias sobre el masificado individualismo anglosajón extendido en Norteamérica.
Es a partir de los movimientos populares y de las tradiciones nacionales que el disenso motiva su oposición a una sociedad global sin raíces, siendo que todo pensamiento popular auténtico brota siempre desde la tradición; es decir: desde la autenticidad y fidelidad de su origen concebida no como una fosilización de sus principios y valores genéticos, sino como su constante revitalización. Por eso la cultura del disenso se sitúa más allá de las obsoletas clasificaciones ideológicas de izquierda y derecha para arraigarse al genius loci de las ecúmenes locales que expresan de forma permanente distintas realidades valóricas y existenciales, enriqueciendo así todo verdadero pluralismo social y cultural. De ese modo el pensamiento disidente entronca con el pasado y deduce de nuestro decurso histórico las sugerencias más útiles para trazar fundamentales rumbos humanos hacia el futuro.
En el trasfondo de nuestro patrimonio clásico, cultural e histórico, emerge la sugerencia que nos proporciona la sabiduría de Cicerón cuando nos explica que la Res publica siempre coincide con la Res populi, mientras que se distingue tanto de la res familiaris (concerniente la vida privada del ciudadano centrada en la familia) como de la res divinae que atañe al ámbito religioso.
De la antigua historia de los Romanos entonces aprendemos que cuando el régimen político de la República está subordinado al bien común, este mismo régimen expresa su tendencia esencial a buscar la armonía entre los depositarios del poder (es decir, el pueblo orgánico, "asociado por consentimiento de derecho y por participación de utilidad") y la conducción orgánica del Estado.
Pero la historiografía guiada por la curiosidad crítica del disenso nos advierte que la naturaleza de la Res publica sufre alteraciones y se deforma en la medida en la que el régimen político se aleja de la subordinación al bien común, porque - como anotaba oportunamente el español Gonzalo Fernández de la Mora - "El Estado no se justifica por la gracia, al modo luterano, sino por las obras, al modo romano. El buen Estado es siempre un Estado de obras". 3
De aquí, entonces, que la obra del buen político sea resumida, como aquella de los antiguos romanos, en el acto de tueri terram, expresada acabadamente mediante el condere urbem; esto es: en la acción civilizadora de fomentar el pensamiento, fundar ciudades
3 G. FERNÁNDEZ DE LA MORA, Obra cit., p. 16.
y poblar la tierra. Lo que me induce a esperar, en la línea del pensamiento alternativo propugnado en este libro por Alberto Buela, que un destino providencial depare al iberoamericano de la postmodernidad, (futuro cives de una Hispanoamérica que personalmente prefiero definir América Románica) la tarea fundacional de condere urbem americanam, para salir de una vez de las contradicciones que, desde más de dos siglos, apenan a nuestro continente sumido periódicamente en un nefasto movimiento pendular entre anarquía y tiranía, mientras incumbe todavía el peligro de una reductio ad unum que apunta a una globalización totalitaria del consorcio humano.
A la amenaza del pensamiento único y globalizante responde la riqueza variada de la cultura del disenso, que revitaliza la lección del clásico lema: ex diversis facere unum. Sólo por medio de las diversidades se alcanza la unión.
Pongamos, pues, bajo este lema la gran empresa de difundir las inquietudes y las esperanzas, los principios y los valores que conlleva el "pensar diferente" con sus reflexiones críticas y propuestas nuevas, para propiciar en las distintas ecúmenes de nuestra América Románica un dinámico equilibrio entre espacios sagrados e instituciones sociopolíticas, sin preocuparnos de los matices dionisíacos de incertidumbre que tiñen nuestra época.
Detrás del simulacro de Dionisos ya se asoma el amanecer del sol apolíneo que anuncia una regeneración de la historia, en un traspasar desde la sombra criptopolítica del presente hacia la luz metapolítica del futuro.
Primo Siena
Metapolítico italiano radicado en Chile Santiago de Chile, diciembre de 2004
Prólogo 2da. edición 2017
Debemos a Alberto Buela muchos años de esfuerzo intelectual por instalar y difundir, de diversas maneras, un pensamiento situado, disidente del one world y sus epígonos de globalización cultural y pensamiento único. Una manera de pensar no exenta de la necesaria cuota de realismo político.
Pensar en disidencia no significa caer en las redes de la utopía o la ucronía, un vicio tan común en muchos entusiastas defensores de una presunta tradición y valores más genuínos. El realismo político supone observar las relaciones de poder, independientemente de los deseos y preferencias de los actores y las teorías y normativas de los expositores.
El realismo político otorga valor positivo a la realidad, la verdadera, no la impuesta por las modas epocales ni por los centros productores de sentido difusores de lo “políticamente correcto”.
La realidad vista en sus infinitos matices de grises, como un cuadro de Rembrandt fotografiado en blanco y negro. El pensamiento disidente sabe que la realidad es incómoda, toma distancia de la crónica del acontecer en clave periodística y se proyecta en un contexto más vasto y más amplio. Y desde esta perspectiva se debe analizar la realidad local, nacional y regional, siempre dentro del entorno de un mundo cambiante y aparentemente confuso, pero que presenta una riqueza tremenda para el analista, el historiador y el pensador situado en su época y lugar.
El mundo actual está signado por el mesianismo tecnológico, que domina la escena con su capacidad creciente -de modo acelerado-para modificar la vida del planeta. Esto se acompaña con la globalización de la economía -particularmente de las finanzas-, los servicios y las comunicaciones. La consecuencia es la creación de un espacio indiviso, sin fronteras reales, homogeneizado en un mercado global “libre”, que obliga a redefinir la misma noción de soberanía.
La globalización del libre mercado culmina en una fenomenal concentración de poder económico, tanto a nivel de los estados como en el plano internacional. Y se acompaña de una desigualdad social obscena y creciente en el seno de las sociedades, origen de las grandes tensiones sociales y políticas que se recortan en el ámbito internacional. Y ningún signo indica que la polarización entre ricos y pobres disminuya. Hoy día menos de cien familias o sociedades económicas tienen el producto bruto de casi tres cuartos de la población mundial; muchas empresas transnacionales tienen mucho más que PBI de varios países del planeta.
Este proceso se acompaña del desfallecimiento de la soberanía estatal, una desvalorización del estado nacional que desde 1995 se ha acelerado en forma exponencial. El estado de bienestar se ha vendido al libre mercado y las transnacionales, pues ya no tienen capacidad
para defender a sus súbditos y proteger su estilo de vida. La desigualdad social y la huida del estado ha acentuado la inseguridad en el seno de las sociedades nacionales, acercándose peligrosamente al extremo al cual se refería Hobbes: "lo peor que puede ocurrir es que el estado no garantice el derecho a la vida de sus súbditos, rompiendo el pacto social y la capacidad del gobierno, pues el súbdito ya no sabe a quién obedecer". La huída del estado se acompaña de la privatización de la política. Los caudillos económicos, de las partidocracias y de los grandes mass media aplican una política privada y familiar que han entronizado a los "poderes indirectos" que denunciaba Carl Schmitt como factores reales del manejo de la cosa pública, cada vez más desembozados. También se están privatizando las fuerzas armadas, luego del fin del paradigma fijado por la creación del estado nacional y sistematizado por Clausewitz. Los gobiernos están manejados por los poderes indirectos, los estados se vacían de contenido, y las fuerzas armadas se convierten progresivamente en guardianes de las transnacionales, como ocurre actualmente en Irak y otras zonas de oriente.
Tampoco existe ya ningún motivo para defender un mundo sin convicciones ni valores genuinos. Hoy día un técnico maneja un "dron" y bombardea un objetivo a miles de kilómetros de distancia desde la pantalla de su monitor. La despersonalización de la vida y de la muerte es absoluta. Era absurdo pensar que la globalización no traería también aparejada la globalización del terrorismo. Hoy día existen verdaderas ONGs terroristas, al servicio de quién sabe qué intereses, dotadas de armamento sofisticado y de la capacidad de presentarse de modo ubicuo.
Las "guerras humanitarias", -un eufemismo, al igual que los “conflictos de baja intensidad”- enmascaran la tragedia de las luchas interreligiosas, ideológicas e interétnicas. Las nuevas guerras constituyen la pantalla de las potencias -y de los poderes indirectos detrás de sus gobiernos- en procura de bienes estratégicos escasos, petróleo, gas, coltan, agua, etc.
La mezcla de guerras, mesianismo tecnológico, relaciones de mercado global que favorecen la desigualdad, la ausencia de futuras y mejores oportunidades de poblaciones enteras, culmina en el éxodo migratorio más grande desde la 2º Guerra Mundial, algo equivalente a la Völkenwänderung de la caída del Imperio Romano. Las imágenes desgarradoras de esta tragedia son la contracara de las promesas inclumplidas del orgulloso iluminismo ilustrado, que ya había conocido su fracaso hace un siglo en el lodo de Verdún y el Somme y que aun
decenas de intelectuales de renombre siguen añorando. Pero lo único que no se ha globalizado es la política. La disidencia de las ideas se plasma en la política.
Diversos diques de contención y de resistencia se presentan por doquier, particularmente en Rusia, Europa del Este y China, incluso dentro del propio Estados Unidos. El solo hecho que estas potencias constituyan grandes espacios en sí mismos, ya justifica continuar la apuesta por el continentalismo de nuestros pueblos, de la "otra América". Pero un megaespacio autocentrado, basado en valores y en geopolíticas comunes y no el los dictados del mercado ni en la impostación de pseudovalores ficticios. Con naciones cuyos gobiernos constituyan una sinergia en una causa común, y no sean meras oficinas rentadas de las transnacionales y poderes indirectos mundialistas.
Estas temáticas, de un modo u otro, han sido abordadas por Alberto Buela en sus libros y artículos, si bien el principal aporte de su pensamiento ha sido el tratar de remontar los acontecimientos hacia una reflexión más ontológica, ya que él prefiere ser llamado arkegueta antes que filósofo, luego que la filosofía ha sido devaluada por tanto catedrático dedicado a la ética, signo inequívoco de la actual incapacidad por hacer metafísica.
Esta obra de Buela es una síntesis de su pensamiento disidente. Reflexiones que ayudan a transitar un camino más libre, no en el sentido remanido e insulso del continuo llamado a “la libertad”, sino en la línea de Nietzsche: “ Te llamas libre? No libre de qué o de quién, sino libre para hacer qué?”
Horacio Cagni Politólogo
Investigador del Conicet
Teoría del Disenso
A Paul Piccone, in memoriam
Resumen
La intención de este trabajo no es reducir el tema del disenso a la teoría del conflicto al estilo de Marx o Engels, tema que dejamos al marxismo y sus estudiosos, tampoco tratarlo desde la polemología, asunto que ha recibido desde los años 70 un tratamiento pormenorizado y casi definitivo por parte de Julien Freund y Gastón Bouthoul.
La intención es analizar el disenso como categoría existencial y desde la posibilidad de constitución de teoría crítica. Sabemos que no es fácil, se necesita un trabajo interdisciplinario, aun cuando hay algunos pocos pensadores (Cacciari, Siena, Duguin, Wagner de Reyna) que han meditando el tema.
Este pequeño trabajo viene a completar los Ensayos de Disenso, próximos a aparecer en su versión argentina.
Pretendemos, con las limitaciones del caso, responder a la Escuela de Frankfurt, pues como se sabe desde hace unos treinta años se impuso en las democracias occidentales la teoría del consenso, que tiene su origen ideológico en dicha escuela neomarxista con el filósofo Jüngen Habermas a la cabeza.
Esto dio por resultado que "el consenso o acuerdo de los grandes partidos políticos" se transformara en el fundamento moral de nuestras menguadas democracias. Reemplazándose así la genuina representación democrática, transformando al sufragio universal y secreto en
una verdadera farsa. Porque viene a justificar las decisiones ya tomadas de antemano por el acuerdo de los grandes partidos.
Nuestra propuesta del disenso como verdadera causa agente de la teoría crítica postmoderna, intenta abrir espacios, pliegues, al verdadero pluralismo social en el seno de un sistema democrático procedimental y por ende vaciado de contenido.
Al consenso de los grandes partidos debemos agregar las múltiples y variadas “mesas de consenso social” patrocinadas por los grandes lobbies e instituciones de la sociedad civil, para que cambiando algo, nada cambie.
Abstract
The intention of this article is not to reduce the dissent theme to the theory of conflic like Marx or Engels, theme we leave to marxists and their studiouses, neither to treat it from the polemology, subject that has received a particular and definitive treatment by Julien Freund and Gastón Bouthoul, since 70’.
The intention is to analyze the dissent from the possibility of critic theory constitution.
We know it is not easy, it is necessary a interdisciplinary work, although there are a few thinkers (Cacciari, Siena, Douguin, Wagner de Reyna) meditating the theme.
This little work comes to complete the “Ensayos de Disenso”, that will appeared soon in an argentine version.
We pretend answer to the Frankfurt School, with the limitation of the case, because it is known, since thirty years ago, that the consensus theory has been imoposed in the occidentalies democracies, which has his ideologic origin in the mentioned neomarxist school of the philosophy Jungen Hasbermas.
The result of this is that “the consensus or agreement between the great political parties” has been transformed in the moral foundation of our diminished democracies. Then the consensus replaced the genuine democratic representation and transformed the universal suffrage in a farce. Because comes to justify the decisions previously taked by the great parties agreement.
Our proposal of dissent as the true agent cause of postmodern critic theory intends to open spaces to the true social pluralism in the sine of a procedimental democratic sistem, emptied of contents.
We must add to the consensus of the great parties the multiple and varied “tables of social consensus” patronized by lobbies and civil society institutions, for changing something nothing changes.
El disidente no aspira a cargos oficiales ni busca votos.
No trata de agradar al público, no ofrece nada ni promete nada.
Puede ofrecer, en todo caso, sólo su pellejo”.
Valclav Havel
Este trabajo cierra un periplo de veinte años sobre la meditación y práctica del disenso que comenzó allá por 1984 con una conferencia en el Palacio de los Congresos de Versailles(Francia) junto a los pensadores como Julien Freund, Alain de Benoist, Guillaume Faye y Pierre Vial, titulada L´Amérique hispanique contre l´Occident, y siguió luego a través de la experiencia, durante un lustro (1994-1999), con la revista de metapolítica Disenso, para concluir ahora, en este ensayo(2004).
Esta segunda versión ampliada (2016) incorpora meditaciones que buscan enriquecer el concepto. También pueden consultarse nuestro programa Disenso por el canalTLV1 que realizamos desde el 2012 al presente. Y la página www.disenso.info
Nuestra tesis es que el disenso, sobre todo desde las sociedades dependientes como la nuestra, es lo que permite crear teoría crítica, tanto en ciencias sociales como en filosofía. Y hoy, la mediocridad de ambas disciplinas radica en esta incapacidad de pensar críticamente.
O lo que es lo mismo, explica la vigencia de un pensamiento único que tiene su proyección política en lo políticamente correcto, sea a través del progresismo socialdemócrata, sea en el neoliberalismo conservador. Son estos, los dos brazos de la tenaza político-ideológica que aprisionan al mundo en el siglo XXI.
Naturaleza del disenso
El acceso etimológico que nos permite el término disenso es el siguiente: Proviene del verbo latino dissero: examinar, discutir una materia, que se vuelca en el sustantivo dissensus que significa otro sentido.
El sufijo dis, que proviene del adverbio griego δtç y que en latín se tradujo por bis=(dos veces), significa oposición, enfrentamiento, contrario, otra cosa. Así tenemos por ejemplo los vocablos disputar que originalmente significa pensar distinto, o displacer que equivale a desagrado, o disyuntivo que es no estar junto, estar separado.
Disenso significa, antes que nada, otro sentido, divergencia, contrario parecer, desacuerdo.
Existe muy poca literatura acerca del disenso4 y la poca que existe, viene desde el pensamiento institucionalmente aceptado, con lo cual el disenso está caracterizado:
a) negativamente. “El disenso es negativo porque siempre está referido a un consenso previo” y
b) vinculado a las minorías: “una de las características de toda minoría es una actitud de disenso ”
Es obvio que no compartimos para nada esta clasificación interesada y parcial del disenso. Pues, disentir, no es sólo negar un acuerdo sino que es, sobre todo, pretender otro sentido al que actualmente poseen las cosas y las acciones de los hombres y el mundo que nos rodea Disentir es una actitud libre, personal o colectiva, de afirmar otra cosa a la propuesta. Psicológicamente es la primera actitud del hombre, al reconocerse como otro distinto del padre, para convertirse en adulto. El disenso enriquece el obrar humano y consolida una sociedad plural, al mismo tiempo que invalida cualquier intento homogeneizador o totalitario.
4 Cfr. Los trabajos de Javier Muguerza: Ética, disenso y derechos humanos, Bs.As. 2002 y Ernesto Garzón Valdés: El consenso democrático en Cuadernos electrónicos de filosofía N°0
A estos agregamos recientemente los de Jacques Ranciere: El espectador emancipado que limita el disenso a la organización de lo sensible.
Muchos vinculan el disenso con la discrepancia entendida como negar el consentimiento a algo o alguien. Por el contrario, para nosotros el disenso no se agota en el afirmar lo que no se quiere (en la negación) sino que logra su plenitud en el pensamiento (teoría alternativa) y la actitud (práctica) no conformista a la dada. Es el origen del pensamiento y la conducta alternativa al orden o la normalidad constituida.
Es que el consenso, lo hemos visto hasta el hartazgo, a pesar de la opinión de los progresistas ilustrados, no puede servir como fundamento de la legitimidad política de la democracia porque siempre es el resultado de un acuerdo de partes con poder en la sociedad (racionalidad estratégica, que viene a responder a la pregunta de Lenín: ¿Qué hacer?) que puede conducir, y de hecho ha ocurrido infinidad de veces en la historia del mundo, a resultados aberrantes.
A contrario sensu, surge entonces el disenso en su función ético-política por antonomasia, como origen de la legitimidad política de la democracia pluralista y participativa, y no ya democracia acuerdista, de pactos o logias, que se caracterizan por tomar las decisiones antes de la deliberación. Esto es, transforman a la deliberación de las partes en un simulacro pour la galerie.
“En todo disenso, afirma el filósofo Wagner de Reyna, hay un enfrentamiento, una contradicción insalvable, y así resulta lo contrario de la dialéctica, que anticipa la síntesis que vislumbra
–complacida y anhelante- en el horizonte. ... Detrás del contenido lógico del disenso siempre hay una necesidad – axiológicamente fundada en lo insobornable- de hacer vencer la verdad. Nada más lejos de él, que el parloteo – hablar por hablar y discutir por discutir- y que la jovial disposición a un compromiso que no compromete a nada. Tal suele ser el tan celebrado consenso” 5.
La dialéctica tanto en Hegel como en Marx es un producto de la modernidad, en su base está la vieja idea de progreso del Abad de Saint Pierre. Hablando filosóficamente la estructura de la aufhebung sein, es un suprimir que conserva para superar y no la simpleza intelectual a que nos tienen acostumbrados los manuales de filosofía de explicarla por la sucesión de la tesis, antítesis y síntesis, conceptos por otra parte, que Hegel jamás utilizó.
En cuanto a su calidad ética, el disenso no depende sólo de lo negado, vgr. “Los ciudadanos norteamericanos disienten con el envío de tropas a Iraq”, sino que depende también, y fundamentalmente, del
5 Wagner de Reyna, Alberto: prólogo a Ensayos de disenso, Barcelona, Ed. Nueva República, 1999, p.5
contenido de la propuesta realizada por el disidente o no conformista, pero como los ciudadanos del ejemplo no tienen una propuesta alternativa, se quedan en la negación, su actitud se encuadra mas bien en lo que sería una oposición o una rebelión y no una disidencia.
Esto es importantísimo para comprender el por qué de la crítica desde la izquierda a la teoría del disenso en el sentido que éste no tiene en cuenta la dialéctica, o peor aún, afirman que es contrario a la dialéctica porque se queda en la negación y no pasa a la negación de la negación, núcleo y sentido del método dialéctico.
El disenso para ellos es reducido a una infinidad de sucesiones dicotómicas de negación donde no está pensada la superación de las mismas secuencias. Pero repetimos, que el disenso no se agota en la negación sino que exige, tal como nosotros lo planteamos y entendemos, la creación de otro sentido al dado, al del statu quo reinante o vigente.
En el disenso la superación de la negación no se da como en el recetario marxista, porque las leyes mismas del movimiento del mundo real se expresan en la dialéctica, sino porque el disidente cuando disiente ofrece su pellejo, según la cita de Havel. La superación de la negación es existencial.
Cuando se disiente es porque de facto ya se está plantado en otra realidad distinta que la vigente. El disenso no se agota como batalla ideológica-cultural sino que al nacer de un pensamiento situado exige tanto una práctica política como una práctica personal.
En definitiva, la calidad moral del consenso como del disenso no deriva del acto de consentir o disentir, error del progresismo ilustrado para quien el consenso es bueno y el disenso es malo, sino del asunto a que se aplican, estos actos.
Disenso, transgresión y rebelión
Suelen confundirse estas tres nociones, sea por lo próximas, sea por interés.
La transgresión se produce, en general, sobre normas, pautas o leyes ya establecidas y de uso regular que el transgresor no respeta o viola. Esto lo hace explícitamente, como un acto de su voluntad, y no por desidia o abandono. Vgr. El hábito juvenil de conducir de contramano en calles y avenidas.
La transgresión es sobre materia leve y delito no grave. En grupos marginales y adolescentes es donde se reclutan la mayor cantidad de transgresores. Incluso no perdura mucho en el tiempo; es epocal y
supone un quantum de inmadurez psicológica. Otro de sus rasgos es su carácter urbano o pueblerino.
Por el contrario el rebelde es, en general, “el emboscado”, como sagazmente ha hecho notar Ernst Jünger en Tratado del rebelde (1951): “Dos cualidades se dan en el emboscado (Waldgänger). No consiente que ninguna superioridad le prescriba la ley, ni por la propaganda ni por la fuerza”6. La figura emblemática del rebelde es Robin Hood. El recurso a la selva es una nueva respuesta de la libertad, ante la libertad que la tiranía ha domesticado. El rebelde cuestiona el sistema pero queda limitado a su acción personal. Carece de un proyecto de nación. La rebelión es siempre de pocos, porque pocos son los auténticos rebeldes, porque pocos pueden recurrir al bosque como asiento de la libertad y vivir en él.
Al clasificar al disenso como negativo, tal como lo hace el pensamiento políticamente correcto, se lo equipara a la transgresión y a la rebelión por lo que tienen de negativo estas dos actitudes ante el orden constituido. Pero el disenso, como hemos visto, va más allá de la negación de una realidad con la que no se comulga.
El disenso es proponer, como su nombre lo indica, otro sentido, un sentido diferente del que, actualmente, portan las cosas y las acciones de los hombres sobre ellas. El disenso exige un proyecto distinto al vigente para no quedarse en transgresión o rebelión; sólo en la negación. Y ése es su sentido más profundo, y aquello que lo torna peligroso para los satisfechos del sistema: permite crear teoría crítica sobre el hombre, el mundo y los problemas que lo rodean. Cualidad que ni la transgresión ni la rebelión poseen.
Disenso como método
Debemos lograr una interpretación genuina de lo que nos acontece y sucede, no filtrada por una ideología determinada. Esto último sólo nos lo permite el disenso como método, sobre todo dado nuestro carácter de ecúmene dependiente- la iberoamericana- en la producción de sentido de lo que ocurre en el mundo.
El ilustre filósofo escocés Alasdair MacIntayre se plantea acertadamente que: “Uno de los rasgos más llamativos de los órdenes políticos modernos es su carencia de foros institucionalizados dentro de los cuales los conflictos y desacuerdos sociales puedan investigarse sistemáticamente, así como la ausencia de intento alguno para resolverlos. Con frecuencia, los mismos hechos del desacuerdo
6 Jünger, Ernst: Tratado del rebelde, Buenos Aires, Sur, 1963, p.51
pasan inadvertidos, disfrazados por una retórica del consenso” 7.
Lo primero que se deduce de este jugoso párrafo es la denuncia de "las mesas de consenso o diálogo", el mecanismo tan peculiar de los regímenes socialdemócratas que, en lugar de partir del disenso y aceptar la existencia del conflicto en la sociedad, parten por principio del consenso, con lo cual no sólo ponen el carro delante del caballo sino que logran "disfrazar el conflicto con la retórica del consenso", según la cita. Por otra parte y eso muestra el otro rasgo típico del progresismo: los problemas sociales se ordenan pero no se resuelven. Al existir "la ausencia de intento alguno para resolverlos" (cita) se espera que una especie de fuerza de las cosas los vaya resolviendo.
Afirmando este mismo sentido el filósofo italiano Massimo Cacciari es aún más contundente cuando dice: “a lo que se siente obligado el político postmoderno apoyado en la idea de pax apparens es a organizar el conflicto, a recibir las demandas, pero no a solucionarlas”
8.
Y en segundo lugar, se deduce la recuperación de la idea de disenso como instrumento metodológico en la creación de teoría crítica en las sociedades de hoy. El pensamiento no conformista, que pretenda ser crítico está obligado, no a negar la existencia, lo que sería estulticia, sino a negar la vigencia de las megacategorías de dominación-pensamiento políticamente correcto, único, homogeneización cultural, globalización, igualitarismo, desacralización, etc. - para proponer otras diferentes, distintas, diversas.
Todo método es eso, un camino para llegar a alguna parte. El disenso como método parte, no ya de la descripción del fenómeno como la fenomenología, sino de la “preferencia de nosotros mismos”. Se parte de un acto valorativo como un mentís rotundo a la neutralidad metodológica, que es la primera gran falsedad del objetivismo científico, sea el propuesto por el materialismo dialéctico sea el del cientificismo tecnocrático9. Rompe con el progresismo del marxismo para quien toda negación lleva en sí una superación progresiva y constante. Por el contrario el disenso no es omnisciente, puede decir “no sé”, y así, al ser el método del pensamiento popular, puede negar la vigencia de algo sin tener necesidad de negar su existencia.
La preferencia se realiza a partir de una situación dada, un locus histórico, político, económico, cultural. En nuestro caso Suramérica o la Patria Grande. Esto reclama o exige el disenso, un pensamiento
7 MacIntyre, Alasdair: Justicia y racionalidad práctica, Barcelona, Eiunsa, 1994, P.20
8 Cacciari, Massimo: Drama y duelo, Madrid, Tecnos, p. 63
9 Cfr. Fayerabend, Paul: Contra el método, E. Hyspamérica, Buenos Aires, 1984
situado, como acertadamente habló la filosofía popular de la liberación con Kusch, Casalla et alii, y no la filosofía marxista de la liberación (Dussel, Cerutti y otros) que es una rama europea transplantada en América.
Tiene como petición de principio el hic Rhodus, hic saltus (aquí está Rodas, aquí hay que bailar) de Hegel al comienzo de su Filosofía del Derecho. Sólo desde un lugar determinado se puede plantear genuinamente el disenso, porque de plantearlo desde una “universalidad abstracta”: por ejemplo, la humanidad, los derechos humanos, la igualdad, etc., etc. se hace merecedor de la crítica desconfiada de la izquierda en general, que ve en el disenso una peligrosa desviación reaccionario-populista.
Una vez que decimos quienes somos, desde donde planteamos las cuestiones y cual es nuestro contexto. Es decir, una vez que planteamos las diferencias, recién allí, podemos pasar a la segunda etapa o etapa resolutiva. En primer lugar se plantea la cuestión de cuál sea el sentido de los entes y los existentes. La relación hombre-mundo. Ello nos lleva a un segundo momento, el de la disensión propiamente dicha con los relatos y sentidos que como pensamiento único nos vienen dados por otros, hombres e intereses, que no son ni nuestros intereses ni nosotros, para concluir en un tercer momento en la construcción de un relato genuino, sea filosófico, político, económico, religioso, cultural, científico o tecnológico.
Los pasos del disenso como método, didácticamente expuestos son:
Primera etapa: el método como propedéutica
1.- Preferencia de nosotros mismos (se parte de un acto valorativo) 2.- Genius loci (el desde dónde)
3.- las tradiciones nacionales de nuestros pueblos (las tradiciones vivas, no las muertas)
Segunda etapa: La proyección del método hacia el hombre, el mundo y sus problemas, según enseñara don Miguel Ángel Virasoro (1900-1967), el metafísico argentino por antonomasia.
1.- la pregunta por lo otro y los otros (hombre-mundo) 2.- la disensión(los problemas)
3.- la superación del disenso (a construcción de la concordia, mal llamada consenso)
El disenso como pensamiento popular
Obsérvese que un pensamiento no conformista no niega la existencia de lo que realmente existe, y en esto es un realismo crítico, sino que
para afirmarse debe negar la vigencia, la pretensión de universalidad de dichas categorías. Y aquí es cuando el no-conformismo se acerca al pensamiento popular, que sabe, antes que nada, lo que no quiere, dado que la negación en él funciona negando la vigencia de las cosas que lo afectan negativamente. Pongamos un ejemplo, aunque siempre son rengos, la globalización existe y no hay dudas de ello; el pensamiento popular no niega su existencia, pero como no entra dentro de sus intereses, lo que niega es su vigencia, y sigue viviendo a su modo o como puede o lo dejan. Es sabido que sólo la vigencia de las cosas y las ideas, más allá de su existencia, afecta la vida de los hombres y de los pueblos. La idea de vigencia está vinculada a la de vigor y acá quiere significar aquello que tiene vigor y observancia sobre el hombre. Vigente es aquello que lo implica.
Hoy situarse a la izquierda o a la derecha es no situarse, es colocarse en un no-lugar, sobre todo para el pensador (rechazamos de plano el término intelectual) que pretende elaborar un pensamiento crítico. Y el único método que hoy puede crear pensamiento crítico es el disenso. Disenso no sólo con el pensamiento único y políticamente correcto sino también y sobre todo, con el orden constituido, con el statu quo vigente y esto último exige la práctica existencial del disenso. En este aspecto el disenso se vincula políticamente a la resistencia al régimen vigente, y en el ámbito personal a la virtud de la fortaleza, que según los viejos filósofos, se define más por el sustinere (soportar, resistir) que por el agredere (agredir, golpear).
El disenso es estructuralmente una categoría del pensamiento popular, en tanto que el consenso, como vimos, es una apropiación de la izquierda progresista, históricamente alejada de lo popular, que pretende lograr la democracia deliberativa que tiene mucho de ilustrada, y también, aunque en otro sentido, propiedad del liberalismo, como acuerdo de los que deciden, de los poderosos (G8, Davos, FMI, Comisión trilateral, Bildelbergers, etc.).
El disenso que se manifiesta como negación tiene distinto sentido en el pensamiento popular que en el culto. En este último, regido por la lógica de la afirmación, la negación niega la existencia de algo o alguien, en tanto que en el pensamiento popular lo que se niega no es la existencia de algo o alguien, sino su vigencia, entendida como validez, como sentido 10. El disenso niega el monopolio de la productividad de sentido a los grupos o lobbies de poder, para reservarla al pueblo en su conjunto, más allá de la partidocracia política.
10 Kusch, Rodolfo: La negación en el pensamiento popular, Buenos Aires, Cimarrón, 1975. Especialmente el capítulo 6: El juego y la negación
La alternativa hoy es situarse más allá de la izquierda y la derecha. Consiste en pensar a partir de un arraigo, de nuestro genius loci dijera Virgilio. Y no un arraigo cualquiera sino desde las identidades y tradiciones nacionales, que conforman las ecúmenes culturales o regiones que constituyen hoy el mundo. Con esto vamos más allá incluso de la idea de Estado-nación, hoy en vías de agotamiento, para sumergirnos en la idea política de gran espacio, de Patria Grande, y cultural de ecúmene.
Desde estas grandes regiones es desde donde es lícito y eficaz plantearse el enfrentamiento a la globalización o, más específicamente a la norteamericanización del mundo. Hacerlo como pretende el progresismo desde el humanismo internacional de los derechos humanos, o desde el ecumenismo religioso como ingenuamente pretenden algunos cristianos, es hacerlo desde un universalismo más. Con el agravante de que su contenido encierra un aspecto loable, la fraternidad universal, pero vacuo, inverosímil y no eficaz a la hora del enfrentamiento político.
Pero este enfrentamiento se está dando igual, a pesar de la falencia de los pensadores en no poder elaborarlo aún, a través del surgimiento de los diferentes populismos, que más allá de los reparos que presentan a cualquier espíritu crítico, están cambiando las categorías de lectura. Así la oposición entre burgueses y proletarios de la izquierda clasista va siendo reemplazada por la de pueblo vs. oligarquías, porque el pensamiento popular no piensa la sociedad desde la lógica de clases, sino que su principal contradicción es pueblo vs. antipueblo u oligarquías sobre todo financieras y las categorías de izquierda y derecha van siendo reemplazadas por las de justicia y seguridad. Así los gobiernos de izquierda exaltan la de justicia y los de derecha privilegian la de seguridad.
Y, mientras que desde la izquierda progresista la crítica a la globalización se limita a reclamar que sus beneficios económicos no queden reducidos sólo a unos pocos sino que se expandan a toda la humanidad, desde los movimientos populares se vienen gestando cientos de respuestas alternativas al “mundo uno”, vgr. el banco de los pobres, la multiplicación de cooperativas, la administración de fábricas abandonadas por sus dueños, los mini emprendimientos, etc., etc.
La izquierda, por su carácter internacionalista no puede denunciar el efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales, porque no cree en ellas, ni sobre las identidades de los pueblos, pues por sus principios ideológicos, los proletarios y los burgueses son iguales en todas las latitudes. Su denuncia se transforma así, en un reclamo formal para que la globalización vaya unida a los derechos humanos y a la distribución de la riqueza.
Es desde los movimientos populares que se realiza la oposición real a las oligarquías transnacionales. Es desde las tradiciones nacionales de los pueblos donde mejor se muestra la oposición a la sociedad global sin raíces, a ese imperialismo desterritorializado del que hablan ideólogos progresistas como Hardt y Negri.
Es desde el elogio del disenso, de la actitud no conformista que se rechaza la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo.
Es que el pensamiento popular, si es tal, piensa desde sus propias raíces, no tiene un saber libresco o ilustrado. Piensa desde una tradición que es la única forma de pensar genuinamente según Alasdair MacIntayre, dado que, en definitiva, “una tradición viva es una discusión históricamente desarrollada y socialmente encarnada” 11. De este modo les resulta imposible a los pueblos y a los hombres que los encarnan situarse fuera de su tradición. Cuando lo hacen se desnaturalizan, dejan de ser lo que son. Son ya otra cosa.
Consenso vs. Disenso
Desde el punto de vista lógico ambos son términos relativos uno a otro, así, como padre lo es de hijo o alto de bajo, el disenso lo es siempre de un consenso y el consenso lo es sobre un disenso, pero en la práctica cotidiana, sea política o personal, el consenso se presenta como acuerdo de partes para el logro de una finalidad común y el disenso, no tanto como la negación al acuerdo, sino más bien como la pretensión de otorgar otro sentido, un sentido diferente, distinto, alternativo, no conformista a lo dado, a lo que está presente.
Otra diferencia es que la idea de disenso estuvo, al menos hasta hace unos años, desacreditada teóricamente, pues la idea de consenso estuvo y está avalada y reforzada por los profesores de nuestras universidades, academias y la masa de los periodistas semicultos, estos nuevos intelectuales que conforman la patria locutora, y que la han adoptado como ideología indiscutible e incuestionable.
El texto que más ha influido en todos ellos estos últimos años es Teoría de la comunicación de Jürgen Habermas y los complementarios Derecho y Democracia, y, Facticidad y Validez.
Para este autor, último vocero de la escuela neomarxista de Frankfurt (Apel, Adorno, Cohen, Marcuse) devenido ahora socialdemócrata, la complejidad social y las crecientes desigualdades presentan hoy los mayores retos para la democracia y estos retos sólo pueden ser
11 MacIntyre, Aladair: Tras la virtud, Barcelona. Crítica, 1987, p.274
superados creando nuevos foros y asambleas donde los ciudadanos deliberen y discutan juntos, así con esta “democracia discursiva” llegaremos al consenso democrático que permitirá la resolución de los problemas. De este modo, “el consenso es norma adecuada para crear teoría crítica hoy”, según la expresión de su discípulo James Bohman.
Esta concepción se muestra así heredera directa de las sociedades de ideas de la Revolución Francesa, y estas sociedades – corazón del jacobinismo- por definición no pensaban sino que hablaban. La ideología, observa Francois Furet, historiador disidente de la historia oficial francesa, no se piensa porque puede correr el riesgo de ser criticada, sino que ella es toda conversada, mediante sus intérpretes, como verdad socializada a través del asambleísmo y se expresa en la religión del consenso12.
Claro está, ni una sola palabra acerca de quién detenta el poder. Como la película de Marcelo Mastroiani De eso no se habla.
Esto de no ocuparse del poder, limitando los temas a la ingeniería política o a asuntos culturales, viene a explicar por qué en los centros académicos de mayor excelencia se percatan de que “esto no va más” y se viene produciendo el reemplazo de la sociología, en tanto hermenéutica social, por la politología como hermenéutica del poder.
Así el pensamiento consensual por boca de los gurúes de turno nos dice que la crisis de representatividad política radica en la corrupción de los políticos y propone múltiples mecanismos para purificarlos: eliminación de las listas sábanas, no repetición de los mandatos, declaraciones juradas de bienes, etc. etc., mecanismos que no son de suyo malos, pero que no llegan al meollo profundo del problema, pues son pensados desde un pensamiento no- crítico, desde el pensamiento conformista.
Por el contrario, pensar desde el disenso implica caracterizar la crisis de representatividad política no como una falla de los medios en su construcción, lo cual no es falso pero no es suficiente para especificarla, sino porque lo que está en juego es la anulación de la política dado que ha cesado el principio de soberanía de las naciones. La mutilación de la idea de soberanía nacional, archivando el principio que nada hay sobre la nación más que la nación misma, anuló toda política nacional autónoma. ¿De qué nos sirve elegir, mejorando los mecanismos de representación, hipotéticamente a los mejores, si las decisiones políticas se toman desde los centros mundiales de producción de sentido que nos son ajenos?.
Es interesante notar que el pensamiento consensual al no ser crítico, aunque se presenta como tal, adopta la vanguardia como método,
12 Furet, Francois: Pensar la Revolución Francesa, Barcelona, Petrel, 1980, p.226.-Especialmente el capítulo Agustín Cochin: La teoría del jacobinismo
resumida esta actitud en la frase: “si no somos profundos, al menos no seamos antiguos”, que se traduce en la ciquiricata de los suyos y el silencio para los que no piensan de igual manera.
El pensamiento disidente debe hacer un doble esfuerzo, primero poder ser aceptado como pensamiento stricto sensu por la opinión publicada, que como hemos dicho forma parte del pensamiento consensual y, en segundo lugar, elaborar teoría crítica y no simplemente teoría de demonización: por un lado los buenos y por otro los malos. La realidad político social es cada vez más compleja y el disenso tiene que reflejar en sus respuestas y propuestas la complejidad de esta realidad.
Ante nuestra actualidad es dable rescatar la función ético-política del disenso que consiste aquí en expresar la opinión de los menos, de los diferentes, ante el discurso homogeneizador de la ética discursiva o comunicativa que sólo otorga valor moral al consenso.
Pues este pensamiento consensual – discursivo e ilustrado- viene en tanto que discursivo como un nuevo nominalismo a zanjar las diferencias con palabras y no a través de la preferencia o postergación de valores, como lo hace el disenso.
Y en tanto que ilustrado, sólo permite la crítica de aquellos pensamientos, los llamados políticamente no correctos, o situaciones sociales que no encarnen los ideales ilustrados de igualdad y democracia. Así, la crítica nunca va dirigida a los modelos socialdemócratas sino a los que decididamente no lo son, como es en Iberoamérica hoy, el caso de Castro o Chávez, más allá de la acepción de personas.
El disenso como práctica
El papel de los disidentes en la práctica del disenso ha sido el motor en el desarrollo de la emancipación social a partir del siglo XVIII y en la formulación de los derechos del trabajador en el siglo XX.
Lo importante en la práctica del disenso no es la negación sino lo que se niega, dado que esta negación implica un compromiso existencial del disidente.
No existe ninguna razón, salvo la conveniencia personal, para que el hombre en sociedad renuncie a sus ideas para hacerlas más parecidas a las del resto. Nada ni nadie nos puede obligar a renunciar a nuestras ideas sólo para que se asemejen a las del resto de nuestros conciudadanos.
La teoría del consenso, llevada a la práctica desde hace unos treinta años a través del acuerdo de los grandes partidos políticos como lo mejor que puede sucederle a nuestras sociedades, ha concluido en un
estruendoso fracaso. Vgr. el consenso en Venezuela entre la democracia cristiana y los socialdemócratas o en España entre el PP y los socialistas13.
Los diferentes consensos han terminado haciendo lo que impone el neoliberalismo conservador, siendo sus consecuencias: mayores injusticias, inseguridad, desempleo, pobreza, marginalidad, menor educación, salud, calidad de vida.
Hasta un pensador liberal de la talla de Norberto Bobbio en uno de sus últimos trabajos se da cuenta de las limitaciones del consenso cuando afirma: “El disenso es una necesidad de la democracia pues es, el que puede hacer posible las promesas no cumplidas de ésta” 14. Así al caracterizar al disenso no sólo como posible sino como necesario para la democracia, Bobbio se percata que el disenso no se limita a ser una regla de juego más del orden democrático sino que cumple la función positiva de abrir espacios donde se pueda manifestar el verdadero pluralismo social.
Hoy, se les permite a las masas de desocupados el disenso por el disenso, expresado en la violencia por la violencia misma, aunque siempre acotada, localizada. El poder político pretende transformar el disenso en mera transgresión.
Claro está, que el consenso, aquel status questionis al que debería arribar el disenso, ya ha sido establecido de antemano, por los poderes indirectos o los lobbies ajenos a los intereses de los pueblos y verdaderos manipuladores de nuestros menguados Estados nacionales carentes de soberanía.
Esto es lo que denominamos “falso diálogo”, es decir, un diálogo que comienza con el consenso como petición de principio, escondiendo de entrada nomás, las diferencias de las partes y los intérpretes. Este disimulo, esta parodia ha malogrado las mejores iniciativas, porque ha partido siempre, por razones ideológicas de la “parodia del otro, o del otro como un igual”, ignorando que la única igualdad posible en un
13 La historia argentina presenta un claro ejemplo sobre la teoría del consenso cuando en 1891 hubo un acuerdo entre Mitre y Roca con motivo de las elecciones para la sucesión presidencial y proponían que el partido oficial, Autonomista Nacional (PAN), y la oposición, Unión Cívica, concurrieran a las elecciones con una lista única de candidatos que evitara la competencia. La política del acuerdo consistió en actos tendientes a suprimir la lucha electoral y en la distribución de
los cargos antes del comicio.
La oposición al acuerdo por parte de Leandro Alem, provocó la división de la Unión Cívica y la creación de la Unión Cívica Radial(UCR), “que se quiebre pero que no se doble” fue el legado de Alem antes de suicidarse en 1896
14 Bobbio, Norberto: Futuro de la democracia, México-Bs.As, FCE. p. 49
diálogo abierto y franco es la diferencia. Y ésta se manifiesta siempre y de entrada en el disenso.
El consenso está estrechamente vinculado a la idea de tolerancia liberal, aquella que introduce la idea de disimulo, de simulacro en la política, pues la tolerancia hoy, no es otra cosa que la disimulada demora en la negación del otro. Hacemos “como si” respetáramos al otro, cuando en realidad estamos disimulando su negación. Y esta idea de disimulo, de simulacro encierra la quintaesencia de la noción de ideología entendida como conjunto de ideas que enmascara la voluntad de poder de un grupo, clase o sector. Vemos como la idea de consenso no es neutra sino ideológica.
Desde la América indoibérica la práctica del disenso la realizamos en solitario, nos observamos solos, estamos de hecho fuera del orden mundial “todo uno”, lo que transforma nuestra acción y pensamiento en un quebrantamiento del orden establecido y a nosotros todos los disidentes en marginales que deben ser ordenados según el modelo de one world, o ser puestos fuera de la humanidad.
Pensar y actuar desde lo hispano criollo es pensar a partir del disenso con respecto al pensamiento único y políticamente correcto que sostiene este nuevo orden mundial, del que forman parte también las ideologías del indigenismo tan en boga en Nuestra América.
Y pensar a partir del disenso es contravenir y contradecir a los sostenedores conformistas de la teoría del consenso que quieren, como nuevos nominalistas, arreglar la realidad con nomines, con palabras, con conversación. (Cfr. La idea de democracia deliberativa de Habermas, Cohen y Bohman según la cual “los retos modernos pueden ser superados inventando nuevos foros en los que los ciudadanos deliberen juntos y hagan uso público de su razón”).
Y a título personal, la disidencia práctica pasa necesariamente por el ejercicio cotidiano de la virtud, no realizado en forma burocrática sino de manera generosa y sacrificada. Romper diariamente con las solicitaciones del sistema y el medio ambiente es una forma de ascesis. Heidegger dice por ahí, hablando de cómo liberarse de la técnica “podemos usar los objetos técnicos, pero podemos dejarlos ahí descansar, desembarazarnos (loslassen) y tener serenidad (Gelassenhait) para con las cosas” 15.
La disidencia como virtud resulta de un hábito creado por la repetición de actos de resistencia al sistema corruptor y totalitario que anula al hombre mediante la televisión y la masificación, y lo reduce a la bestialidad.
15 Heidegger, Martín: Serenidad, Barcelona, Ed.Serbal, p.27
Además, el hombre hispano en sus múltiples y variadas formas y encarnaduras siempre fue persona, nunca masa. Es lo absolutamente contrario a ésta.
La ecúmene hispanoamericana es, sustancialmente, disyuntiva al nuevo orden mundial. Obsérvese hoy, el cúmulo de teorías arbitrarias que quieren explicar el avance geográfico del castellano. Sin ir más lejos en su último trabajo16 el publicitado ideólogo del hombre white, anglosaxon and protestans, Samuel Huntington, expresamente sostiene que el mundo hispano es el enemigo de la unidad e identidad estadounidense y no sólo porque lo penetra con miles de inmigrantes sino porque sus valores son disímiles, distintos, diferentes.
El consenso y sus cultores, la izquierda progresista y el neoliberalismo, siempre han quedado atados a la idea de contrato social, por eso hoy los más atrevidos y “revolucionarios” proponen un nuevo contrato social, como solución a los problemas actuales.
El disenso práctico-político hoy se plantea desde la comunidad, (Cfr. los nuevos comunitarismos) o mejor dicho, desde las comunidades, es decir, aquellos conjuntos de hombres que no sólo comparten leyes, lenguas y creencias sino también valores y vivencias históricas –luchas por ser en el mundo- que son las respuestas que tienen que dar, y de hecho lo están haciendo, punto a punto, al modelo de one world. Porque ante un modelo totalizador no sirven las respuestas parciales sino corresponden respuestas totalizadoras, holísticas se dice hoy, respecto del hombre, el mundo y sus problemas.
Son las instituciones que la comunidad ha ido creando espontáneamente las que hoy responden, incluso a pesar de ellas, a las necesidades que el Estado privatizado ha dejado sin resolver. Son las que, de alguna manera, conservan y restañan el tejido social desgarrado en mil pedazos por la privatización del gobierno y la política.
Privatización que se explica, porque los gobiernos y los partidos políticos han travestido su finalidad y trabajan para los intereses de los lobbies, sea ejecutando políticas, sea sancionando leyes contrarias al bien común general del pueblo que los llevó al poder.
Reinstalar la solidaridad en el seno de la comunidad es el primero y más eficaz de los remedios a la cretinización de la vida pública y ello sólo es posible con la reiteración habitual de actos solidarios hasta crear una segunda naturaleza en el hombre descastado de la sociedad postmoderna.
16 Huntington, Samuel: ¿Quién somos?, Barcelona, Paidós, 2004. (Cfr. el capítulo 9 sobre el reto hispano)
Y si no podemos llegar, en una sociedad secularizada como la nuestra, hasta el otro como prójimo, conformémonos con llegar al otro como próximo, que no es poco.
Sobre el disenso como método
Los filósofos como los científicos más que probar teorías, disponen de teorías para explicitar lo implícito en el caso de la filosofía y para ampliar los alcances de la ciencia en el caso de los científicos.
Esta verdad que resulta una verdad a plomo, que cae por su propio peso, que es evidente por sí misma, ha sido y es de difícil aceptación pues, en general, se dice que se tienen teorías o se quiere probar una teoría. Lo cual no es correcto.
El hecho de darse cuenta, que uno puede disponer de una teoría facilita el trabajo de investigación pues la teoría se transforma allí en un medio de acceso a la verdad y no un fin en sí misma como erróneamente es tomada.
La realidad, los entes para hablar filosóficamente, son la consecuencia del proceso de investigación y las prácticas científicas que vienen a convalidar la teoría. Así, si esa teoría es verdadera confirma esa realidad, esos entes.
La atribución de verdad, de realidad, de coherencia, de consistencia, de adecuación es lo que permite avanzar en el camino del conocimiento. En una palabra, no se avanza justificando teorías sino que se avanza disponiendo de teorías que las prácticas científicas en el caso de la ciencia o las prácticas fenomenológicas en el caso de la filosofía pueden atribuir verdad .
La ciencia, y la filosofía pueden ser pensadas en este sentido como un conjunto de representaciones que se manifiestan como teorías (Aristóteles), paradigmas (Kuhn), programas (Lakatos), modelos (Popper), tradiciones (MacIntayre) que se confirman en las prácticas y no meramente en la representación.
Nosotros, en nuestro caso, hemos dispuesto de una teoría: La teoría del disenso a partir de la cual intentamos explicar al hombre, el mundo y sus problemas desde una mirada no conformista y alejada del pensamiento único, típico de nuestra época.
El disenso entendido como otro sentido al dado y establecido nos ha permitido crear teoría verdaderamente crítica y no “nominalmente
crítica” como ha sucedido en definitiva con la Escuela neomarxista de Frankfurt.
Recuerdo a Conrado Eggers Lan lo enojado que estaba cuando en Estados Unidos lo recibió Marcuse del otro lado de un soberbio escritorio judicial, cómodamente apoltronado y criticando al capitalismo, siendo que era un satisfecho del sistema capitalista como pocos.
La producción de teoría crítica desde el disenso exige un compromiso no solo político sino existencial. Es que el otro para la teoría del disenso no es el anónimo del ómnibus, colectivo o subte sino aquel que me opugna y disiente y al que “localizo” existencialmente. En este sentido el disenso rompe el simulacro de la mentalidad ilustrada de “hacer como si tengo en cuenta al otro” por una exigencia civilizada cuando en realidad lo que busco es distanciarme sin que se de cuenta. La filantropía, como alejada ocupación del otro (por ej. con un cheque un filántropo salva su conciencia, aun cuando ese dinero termine en los bolsillos de un sátrapa en compra de armas para matar a quienes se dice ayudar) reemplazó en la modernidad a la caridad que es la ocupación gratuita del otro, pero entendido como singular y concreto. Por ello se habla en el catolicismo de “las caridades concretas” y nuestros viejos padres criollos nos exigían incluso “tocar físicamente” aquel a quien se auxilia.
Como dijimos anteriormente el disenso es un camino para la transformación del estado de cosas vigente, que nace de la preferencia de nosotros mismos (acto valorativo) ante el otro y lo otro. Este decir quienes somos y qué queremos rompe el simulacro de la comunicación, así como la demorada negación del otro, que se produce en el falso diálogo.
El disenso no es omnisciente porque puede decir “no sé”, ni tampoco elitista pues hunde sus raíces en el saber popular que no niega lo que existe cuando disiente, sino que lo que niega es la vigencia de eso con lo que no está de acuerdo.
Resumiendo nosotros disponemos del método fenomenológico inaugurado por Edmundo Husserl pero realizando modificaciones en el último paso, esto es, el referido al yo trascendental que nos parece una vuelta al idealismo que comienza de entrada a combatir Husserl con el grito de “ir a las cosas mismas.” Así, una vez descripto el fenómeno a estudiar y reducido a sus rasgos esenciales, pasamos a la verificación intersubjetiva como primer criterio de verdad para luego referirla a la preferencia de nosotros mismos en el marco de nuestra tradición cultural que es la que termina eliminando toda arbitrariedad o capricho subjetivo.
Esto nos ha permitido establecer un pensamiento de ruptura con la opinión pública, que hoy no es otra que la opinión publicada.
Este pensamiento de ruptura, o mejor, pensamientos de rupturas, nos ha permitido dar respuestas breves a esa multiplicidad de imágenes truncas que nos brinda la postmodernidad respecto de la vida hoy. Imágenes que nos brindan esos analfabetos culturales locuaces (Fayerabend) que son los periodistas y locutores que hablan de todo sin decir que nada es verdadero o falso. Ello es así, porque son simples voceros del pensamiento único y políticamente correcto y terminan actuando como policías del pensamiento. Además tenemos a los grandes gestores culturales (los famosos en cada disciplina) que solo buscan consolidar la realidad del statu quo reinante. Ellos también son contrarios al pensamiento de ruptura porque éste pone en riesgo su propia existencia y razón de ser.
La ruptura por parte del disidente, en general rebelde y marginado, de este círculo hermenéutico (de interpretación de lo que es) se ha transformado así en una masa compacta e impenetrable pues si se atacan las teorías de los famosos (en filosofía el humanismo, en ciencia el objetivismo, en arte el subjetivismo caprichoso y arbitrario, en religión el ecumenismo de todos por igual, en política el progresismo democrático) sale uno del mundo, queda marginado, alienado, cuando no demonizado.
Sin embargo, la única posibilidad que se vislumbra es la creación de teoría crítica a partir del disenso como método que es quien rompe el consenso de los satisfechos del sistema tanto en las sociedades opulentas como en las otras.
De la protesta al disenso
Nuestra tesis es que, dado que el lenguaje de la protesta se dirige antes que nada a aquellos que comparten las premisas de los que protestan, la protesta y su mensaje se agota en sí misma, de modo que su continuación natural sería la práctica y el ejercicio del disenso.
La protesta es un rasgo distintivo de la modernidad, pues la indignación es una emoción predominantemente moderna como sostiene el filósofo A. MacIntayre. Nuestros mayores recordaban todavía que “aquello que no se puede remediar hay que saber soportar”, pues aún tenía cierta vigencia aquella virtud premoderna de la paciencia, entendida como el saber esperar atentamente sin quejas.
Además la protesta dejó de lado sus antecedentes latinos como eran los de pro- testare, es decir, atestiguar en favor de algo o de alguien y
evolucionó, o mejor aún, involucionó para limitarse a “dar testimonio
contra algo o alguien”.
De modo tal que la protesta es hoy casi siempre un fenómeno negativo. El griterío de la protesta, el desorden que ocasiona toda protesta hace que con ella no se pueda discutir, para ello hay que dejar que se agote en su propia manifestación. Que se cueza en su propia salsa, que es el medio natural que la diluye.
La actitud los gobiernos argentino y brasilero actuales frente a la protesta, sean los piquetes sean los indignados contra mundial do futebol, sigue esta línea de razonamiento. Y es que la protesta es inconmensurable, no desemboca en una discusión, no es racionalmente explicable ni explicada. Así los que protestan no son vencidos ni vencen en una discusión (ámbito de la razón) porque ellos se agotan en el griterío de la propia manifestación.
La salida a la protesta, la apertura al diálogo de aquellos que protestan puede ser de dos tipos: a) el consenso que siempre es entre dirigentes y que, como el viejo gatopardismo, cambia algo para que nada cambie. b) el ejercicio del disenso. Esto es, cuando se puede mostrar que existe “otro sentido” y entonces uno puede, allí sí, disputar: pensar distinto. Mostrar la divergencia, el contrario parecer, el desacuerdo.
El disenso al contrario de la protesta no se agota en lo que no quiere (aspecto negativo) sino que logra su plenitud en el pensamiento alternativo a lo dado. El disenso al proponer otro sentido al que actualmente portan las cosas y las acciones de los hombres sobre ellas, plantea un proyecto diferente, distinto.
Hoy se les permite, con total libertad, a las masas de desocupados manifestar su protesta, incluso la violenta o a los jóvenes agrupados en “nuevas tribus” como enseña el sociólogo M. Maffesoli, se les permite la transgresión, que es la protesta sobre materia leve y delito no grave, pero lo que no se les permite es la práctica del disenso, porque este conlleva a la reflexión, a la creación de “otro sentido” al que tienen las cosas hoy en el orden político, económico, social y cultural.
En general, el objetivo del disenso es lograr- ad cordis - desde el corazón un acuerdo (de allí proviene el término) para que cambie el sentido de las cosas. El disenso tiende más a la construcción de una comunidad (mundo de valores) que de una sociedad (mundo de
contratos), y ello es así porque en el disenso el otro es considerado como tal, sea en oposición o no a nosotros. Mientras que el consenso realiza la parodia del otro, hace como si le interesara el otro, hace “como sí” el otro fuera alguien, cuando en realidad no lo tiene en cuenta.
Es que el consenso es la salida de las sociedades “progresistas y democráticas” que otorgan infinitos derechos “al otro”, pero absolutamente incumplibles en la realidad. Es este el punto de partida más importante en la formación del resentimiento social, dice por ahí Max Scheler: “aquella sociedad como la nuestra en donde cualquiera tiene derecho a compararse con cualquiera, y sin embargo “no puede compararse de hecho”17
En su fondo último el disenso nos viene a decir que ser buen ciudadano al estar comprometido con los destinos de su comunidad “no es seguir una regla o las normas”, lo que está dado y aceptado, sino que se es bueno para uno y para los otros en la medida en que “se es bueno de suyo o por sí mismo”. El disenso no se plantea para obtener otro bien sino el bien propuesto por él mismo.
Vemos como nos vuelve de rondón, nos entra por la ventana, la vieja polémica entre la ética de los deberes y la ética de los bienes. Así para la primera, cuyo representante emblemático es Kant, uno es virtuoso cuando actúa por deber y no por inclinación, cuando cumple con sus obligaciones a pesar suyo, mientras que para la segunda, encarnada por Aristóteles, un hombre es virtuoso cuando realiza actos virtuosos, porque ya es virtuoso. El hombre se ha educado en el cultivo de lo que es bueno para actuar desde una inclinación formada y es por ello que puede realizar actos buenos.
El disenso no privilegia entonces la norma sino el bien, porque las fórmulas y las normas en el variado y multifacético obrar humano no son válidas por adelantado, y si lo fueron dejan de serlo en muchos casos, es por eso que el disenso actúa “de acuerdo a la recta razón = katá ton órthon lógon” en cada circunstancia determinada. Esta es la fuerza intrínseca que hace que el disenso sea tal. Así puede ir más allá de la norma, más allá de lo establecido y dado, puede entonces plantear otro sentido a las cosas y sus problemas.
Lo que importa ahora desde el punto de vista político es la construcción de nuevas formas de comunidad dentro de las cuales la vida espiritual, moral e intelectual puedan sostenerse, formas ajenas que son ajenas al mundo de la sociedad liberal individualista.
17 Scheler, Max: El resentimiento en la moral, Espasa-Calpe, Bs.As. 1944, p.24
Esta sociedad moderna ha creado hospitales, clubes, escuelas apoyadas todas en la idea de sociedad filantrópica, que subordina lo noble a lo útil, donde el amor a la humanidad reemplaza el amor a la patria, su pueblo y sus tradiciones. La medida cuantitativa desalojó a la cualitativa, pero al mismo tiempo ha mutilado la pertenencia de las mismas asociaciones a la vida de la polis como un todo. Quebrando la idea de comunidad.
Es que: “la filantropía moderna ha nacido sobre todo como protesta contra el amor a la patria, y se ha tornado, por último protesta contra toda comunidad organizada” 18
Ésta es hoy, por antonomasia, la cuestión política postmoderna a resolver.
Algo más sobre el disenso
Como acabo de encontrar una larga respuesta nuestra al marxista platense A. Franzoia (2004) que como estaba perdida no fue difundida, considero vale la pena darla a conocer, por lo que aporta a mi Teoría del disenso.
Antes que nada aclaramos que estamos en Argentina y no en Cuba donde los términos disenso y disidente son sinónimos de oposición contrarevolucionaria.
Nosotros proponemos el disenso como lo único que tiene hoy en el mundo occidental capacidad de crear teoría crítica, mientras que el consenso a través de la “democracia discursiva” propuesto por la Escuela de Frankfurt terminó convirtiéndose en un convalidador del “nuevo desorden mundial”.
Intentaré ser lo más desapasionado y objetivo posible a pesar que mí tocayo, Alberto Franzoia (F), me trata de entrada como la mona. Y así dice, apodícticamente, como pura afirmación sin probar lo que afirma que el mío es:
1.- Un discurso abstracto y poco serio
2.-Que cuestiono al neoliberalismo con pensadores de dicho espacio 3.-Que no tengo ni un mínimo de rigurosidad intelectual
4.-que soy poco serio
18 Scheler, Max: op.cit. p. 152
Pasa luego, de esta introducción, como para que no queden dudas de lo que piensa, al desarrollo de su crítica afirmando, “me limitaré a inexactitudes y contradicciones”.
1.- Dice que me desagradan ciertos conceptos. Respondo: a mi ni me desagradan ni me agradan los conceptos. Los conceptos pueden ser correctos o incorrectos, pero no agradables o desagradables. Ello corresponde en filosofía a la estética o teoría del gusto.
2.- Dice que no cito a Marx y Engels y su teoría del conflicto. Respondo: yo estoy escribiendo aquí y ahora. Como dice Hegel en La filosofía del derecho, el verdadero filósofo debe tener por lema hic Rhodus, hic saltus (acá está Rodas, aquí tenés que bailar). Yo no hago aqueología política ni historia de las ideas. Por otra parte después de Marx (Crítica al programa de Gotha) y Engels existieron otros autores mucho más significativos sobre el tema del conflicto como lo fueron entre otros los trabajos de Julien Freund o Gastón Bouthoul sobre polemología.
Además la diferencia entre el disenso y la dialéctica es como la que existe entre la puteada y el padre nuestro. La dialéctica tanto en Hegel como en Marx es un producto de la modernidad, en su base está la vieja idea de progreso del Abad de Saint Pierre.
Por el contrario en todo disenso hay un enfrentamiento, una contradicción insalvable, y así resulta lo contrario a la dialéctica, que anticipa la síntesis, que vislumbra- complacida y anhelante – en el horizonte. Hablando filosóficamente la estructura de la aufhebung sein, es un suprimir que conserva para superar. No es mi tarea detenerme en esto sobre lo que he escrito y meditado durante mucho años. Franzoia (F), como tantos otros muchachos, con más vocación que talentos, de esto, no se ve que entienda mucho.
3.- No encasillo en dos categorías el pensamiento actual, solo explico el disenso como superador del pensamiento consensual. Respondo: la proyección política del pensamiento consensual en esto últimos treinta años nos ha llevado a la ruina. Da la impresión que la crítica de (F) se dirigiera a un tratado de filosofía y sociología, y yo me limité en estas 20 páginas, a resumir algo que vengo pensando desde hace 20 años como digo al comienzo.
En una palabra, (F) carece del sentido de la medida, suponiendo que hay buena fe en su crítica, porque uno no puede en 20 páginas escribir de todo y sobre todo. Cita luego autores que forman más de lo mismo y me dice que dicta conferencias en La Plata. Sobre esto, sólo le puedo contestar con un verso que me enseñaron de chiquito en Magdalena mis viejos padres criollos:
La Plata y sus pobres mozos (porque usaban los sacos usados antes en Buenos Aires, aunque bien zurcidos y planchados).
Ciudad de amigos gravosos (secos todos, pues la mayoría son empleados públicos)
Y de enemigos gratuitos (desde el colegio nacional todos hablan mal de todos).
Ciudad, hija de tres puntos, (por la influencia de la masonería en sus calles y sus juegos de
numeraciones) con tanto gringo engreído (las muchas familias italianas que se llaman fundadoras y se creen nobles) que dan ganas, te lo digo, de subirlos al barquillo (mandarlos de vuelta a Italia).
En una palabra, La Plata no ha dado nada, en orden al pensamiento, a la especulación intelectual, y si ha dado algo, tienen o adquirieron en La Plata taras irreductibles. Ameghino, un mamarracho como científico. Agoglia, que lo juzgue la izquierda. Disandro, un orate filológico. Estiú el primer becario del Conicet que solo aportó informes. Alejandro Korn, pero era de La Plata. Pucciarelli, como filósofo fue un buen médico. Y la lista sigue.
Es por eso que el gran Pedro Henríquez Ureña se murió en el tren antes de llegar. Y Borges, que si algo fue, fue un parapeto a la mediocridad, ante una insistente periodista de Radio Universidad que le demandaba sobre las tres cosas que más le gustaban de La Plata: Respondió: el bosque, el museo y… el viaje de regreso a Buenos Aires. Bueno, me fui de mambo. Volvamos al tema.
4.- Afirma que me refiero y limito a la expresamente a la izquierda internacional. Respondo, que no voy a tratar en 20 páginas también sobre la izquierda nacional. Eso lo tengo escrito en otros trabajos pero no puedo tratar todo aquí como insiste (F). Y después me da toda una lección sobre los nombres de Puiggros, Ramos, H. Arregui, Spili. Si hasta a Galasso lo pone, que es lo menos serio que tiene la izquierda nacional.
Ya que estoy me extiendo un poco, pero muy poco. Tipo telegrama. El drama de la izquierda nacional fue comprender el fenómeno peronista, sobre todo el Colorado Ramos, pero no comprendió, al pueblo peronista. Por eso Ramos pudo ser, convencido, embajador de Menem. Otro. No se pudo sacar de encima, el economicismo, que es la tara de la izquierda. Otro. Se equivoca con su categoría madre, la de América Latina. Hernández Arregui. Se da cuenta del error cuando ya está cerca de la parca, y así en Qué es el ser nacional, empieza a borrar la categoría y a cuestionarla.
Nosotros somos hispano o iberoamericanos no latinoamericanos. Otro. La izquierda nacional siempre ha tenido más caciques que indios.
Porque es un nacionalismo de libros y no un nacionalismo encarnado como el peronismo. Le falta pueblo. Todo esto lo digo, no para pelearme con los compañeros de la izquierda nacional que son muchos y muy buenos, lo digo para que (F) no derrape.
5.- Para el peronismo y los populismos suramericanos la disyuntiva fue y es pueblo vs. oligarquía y no proletariado vs. burguesía, o burguesía vs. oligarquía. No veo lo descolgado de mi afirmación.
Dice que es descabellada mi afirmación que la oposición entre la izquierda y la derecha se da hoy entre justicia y seguridad. La izquierda reclama justicia y la derecha seguridad. Así la izquierda en general critica de la globalización su incapacidad para distribuir riqueza, pero no el extrañamiento a partir de la identidad de los pueblos. Y la derecha le reclama seguridad. Así Hadad y Grondona (periodistas liberales), para poner los ejemplos de (F), reclaman más seguridad. Y Castells y d´Elía (piqueteros de izquierda) solo quieren dinero. Mientras que Moyano (sindicalista peronista) quiere trabajo y mejores sueldos. Aquí está clara la diferencia, la derecha, la izquierda y el peronismo.
6.- Me critica la frase " la oposición a ese el imperialismo desterritorializado del que hablan Hardt y Negri", diciendo que me sumé al enemigo. Y ni siquiera es una cita textual sino contextual.
Es para significar que el poder financiero del imperialismo no está ubicado en ningún territorio preciso. Eso es todo.
7.- Me critica que navego en la superestructura y no hago referencia a la estructura económica. El objeto de mi trabajo no es este. O mejor aún cae dentro de la categoría de dependencia que sí utilizo para fijar nuestra posición, la de Suramérica en el mundo.
8.- Dice que digo sin decirlo que creo en un capitalismo nacional. Yo creo como el emperador Vespaciano: pecunia non olet (el dinero no tiene olor) y está al servicio de un proyecto de nación. Es un medio y no un fin.
9.- Cuál es el método del disenso. No lo explicita afirma (F). Todo método es eso, un camino para llegar a alguna parte. El disenso como método parte, no ya de la descripción del fenómeno como la fenomenología, sino de la "preferencia de nosotros mismos". De un acto existencial. Esta preferencia se realiza a partir de una situación dada, un locus, histórico, político, económico, cultural. En nuestro caso Suramérica o la Patria Grande. Esto es, reclama o exige el disenso un pensamiento situado, como acertadamente habló la filosofía popular de la liberación, no la filosofía marxista de la liberación que es una rama europea transplantada en América.
Una vez que decimos quienes somos y desde donde planteamos las cuestiones. Es decir, una vez que planteamos las diferencias, recién allí, vamos a poder comenzar a construir un relato filosófico genuino.
Los pasos del disenso como método, didácticamente expuestos son:
1.-Preferencia de nosotros mismos (es el nosotros no el yo) 2.-Genius loci (el desde donde)
3.-las tradiciones nacionales de nuestros pueblos (el éthos nacional) Segunda Etapa
1.-la pregunta por el otro y los otros 2.-el consenso o disenso
3.-la superación del disenso: La construcción de nuestro propio discurso
filosófico, sin copia ni imitación.
10.- El eje más idóneo sobre el conflicto ha sido el materialismo dialéctico afirma taxativamente (F). Respondo que el materialismo dialéctico ha sido una mueca intelectual que produjo en 72 años de historia efectiva con el socialismo real (1917-1989) más de 100 millones de muertos, según el izquierdista Stephen Courtois en el Libro negro del comunismo. Pero no sólo eso, los Progrom y los Goulac engendraron los campos de concentración. Fueron Lenín y Stalin quienes engendraron a Hitler. Para esto último puede consultar la polémica de los historiadores que se llevó a cabo en Alemania a principios de los 90 (Nolte-Habermas-Furet et alii).
La historia del materialismo dialéctico que es el dato objetivo para tener en cuenta cuando se trata de analizarlo, nos desmiente con los hechos sus propia propuesta., y (F) ¿eso no lo tiene en cuenta?. Y la historia m´hijo?. Y habla de Jauretche como un inductivista no ortodoxo. Si don Arturo y el materialismo dialéctico son como el agua y el aceite.
11.- No le gusta que hable de indoibérica, ni de iberoamérica ni de hispanoamérica. Me pregunta como incluimos a Brasil y la realidad precolombina?
Respondo que la más apropiada categoría para incluir a Brasil sin resistencia por parte de ellos es la de Ibero o hispanoamérica, por aquello que decía Gilberto Freyre "Nosotros los brasileños somos doblemente hispanos, por nuestro origen portugués y por nuestro origen español". Yo prefiero el de Iberoamérica.
Y cuando uno quiere remarcar el aspecto precolombino puede hablar de América indoibérica. Lo que no se puede hacer bajo ningún aspecto
es hablar de nosotros como "latinoamericanos o Latinoamérica o América Latina" es el extrañamiento por el nombre. Es empezar como la mona.
12.- Al contrario Ortega no expresa el temor a las masas, se ve que (F) no pasó del título del libro La rebelión de las masas. Es un libro que merece ser leído, a pesar que no soy afín al pensamiento de Ortega y Gasset.
13.- El contexto que tengo en cuenta son como digo por ahí los últimos 30 años de vida política de las democracias occidentales, en nuestro caso son los últimos veinte desde la restauración democrática para acá, para España son 30.
14. A confesión de parte relevo de prueba dicen los abogados. (F) confiesa una extraña sensación de no comprender algo oculto. Y es lógico, nadie puede dar lo que no tiene.
Si hoy en el 2004 un joven profesor como (F) pretende aproximarse a la realidad con uno de los productos más acabados de la modernidad como lo fue el materialismo dialéctico de hace 160( Manuscritos económicos filosóficos de 1844), lo que está haciendo es arqueología política y no análisis político. Y menos sociológico y menos aun filosófico.
15.- Como termina como empezó, negándome toda capacidad intelectual, de método, incluso me acusa de sectario y elitista, de abstracto, sin mérito, contradictorio, arbitrario. Sólo me resta callar, y esperar que (F) lea esta larga respuesta y pueda apreciar mi buena disposición al intentar responder a sus objeciones y... recapacite sus juicios.
Lo dicho está dicho, no para mal de ninguno sino para bien de todos.
Escorzo sobre los partidos y el disenso
La forma de Estado impuesta en Europa después de la segunda gran guerra es la misma, mutatis mutandi, que la impuesta en Suramérica. En ella los partidos políticos se reservaron el monopolio de la representación excluyendo a las otras organizaciones que se da la sociedad civil. Además con el tiempo, como afirma con toda contundencia Antonio García Trevijano los partidos políticos dejaron de ser una parte más de la sociedad civil para transformase en un aparato más del Estado.19
19 García Trevijano, Antonio: Teoría pura de la república ,Ed. MCRC, Madrid, 2003
Lo que sucedió es que hubo experiencias, por así decir, menos vigiladas por los poderes internacionales productores de sentido. Y así Argentina se dio el gusto de tener una Constitución (1951) para la perdida provincia del Chaco, allá en la selva del noreste, que rompió el monopolio de la representatividad del partido político, otorgándole capacidad de representación también a las organizaciones libres del pueblo. Y así se eligieron la mitad de los diputados por el listado de los partidos y la otra mitad por las organizaciones de la sociedad civil o mejor, de la comunidad.
Y esta es una regla de procedimiento fundamental que morigera la democracia liberal y nos conduce a una democracia de corte social o participativa.
Si bien la democracia del estado de partidos se funda en el consenso, el disenso con la afirmación, clara y distinta, de lo que realmente somos y queremos se transforma en el paso previo. Al consenso, presumiblemente, se puede llegar pero se debe partir del disenso para construirlo. Y si bien no hay República sin partidos, nada me garantiza que regresando los partidos a la órbita de la sociedad civil esto produzca de suyo una genuina República, pues para ello es necesario, antes que nada, una práctica activa del disenso, ya que éste no se limita a la práctica política sino que se extiende al amplio campo de la existencia humana. El problema es el hombre actual y su colonización mental a través de un discurso único y políticamente correcto
En el disenso está la raíz del diálogo
Si uno mira con cierta atención la historia de la filosofía va a encontrar que los filósofos son hombres que casi nunca están de acuerdo pero que, entre sí, se entienden. Esta relación entre entenderse y no estar de acuerdo está en la base del diálogo filosófico. Es su fundamento.
Aquel que no sabe dialogar no puede hacer filosofía. El concepto de diálogo no es un concepto cristiano y menos aún judío. El término no está en la Biblia. No figura en ningún texto. Diálogo es un concepto griego incorporado por la tradición cristiana en la interpretación del Nuevo Testamento.
Es sabido, y no es necesario haber leído a Sócrates, que han sido los griegos y en especial Platón quien impuso el término en el campo filosófico que luego se extendió a todo el ámbito del hacer y del obrar. Así llega bajo el nombre de “Diálogos” la mayor parte de su obra.
El diálogo era para los griegos un método de conocimiento por el cual en el marco de una conversación racional e inteligente el hombre podía tener acceso a la verdad de la cosa o asunto estudiado. La palabra diálogo, construida por el sufijo diá y el sustantivo logos significa etimológicamente “a través de la razón”, motivo por el cual la racionalidad es la conditio sine qua non de todo diálogo.20
La Iglesia, deudora del mundo categorial griego en la medida en que fue volcando todo su saber teológico en categorías y términos provenientes de la filosofía griega, es una de las instituciones que más ha utilizado dicho término, sobre todo a partir del concilio Vaticano II (1963-65). La paradoja consiste, como afirmamos, en que el término diálogo no aparece en ninguno de los escritos sagrados. Este dato es bastante desconocido o al menos, silenciado.
Hoy el uso indiscriminado y abusivo del término, utilizado a diestra y a siniestra, por periodistas, políticos, comunicadores y agentes sociales, en una palabra, por “los analfabetos locuaces”, ha logrado hacer del diálogo un equivalente de pacifismo. Así diálogo es sinónimo de “conversación amable” sobre temas donde las partes no están existencialmente involucradas. Es lo más parecido a “el hablar por hablar” de la existencia impropia heideggeriana. En el fondo lo que se postula es un “falso diálogo”, porque el diálogo nace del reconocimiento de las diferencias.
El pensamiento progresista de hoy, el políticamente correcto instalado en los resortes del poder, sabiamente hace uso y abuso del término porque en realidad sabe que en “el diálogo contemporáneo”, aquel en donde frecuentemente intervienen los funcionarios de gobierno, los sacerdotes, rabinos y pastores, los diputados y agentes sociales de vanguardia: no pasa nada. Pues, de lo único que no se habla en el diálogo es de la naturaleza del poder y de quienes lo ostentan y de cómo sacárnoslos de encima.
Y así como ocurre en Alemania desde la segunda guerra mundial donde las líneas directrices de su pensamiento y acción política padecen una reductio ad hitlerum pues cualquier cosa que se piense o se intente llevar a cabo en forma genuina por los alemanes no se puede hacer: a causa de Hitler. En países desarmados espiritualmente como los nuestros de Suramérica se produjo una reductio ad dialogum por la cual se eliminó del discurso político la idea del poder, de enemigo=hostis, de soberanía. De modo tal, que siempre nos están obligando a firmar la paz con los amigos y a renunciar a actos
20 El diccionario griego-inglés Liddell Scott, lo mejor que hay para el griego antiguo, trae 72 acepciones del término lógos, como palabra, razón, reunión, dar cuenta, relación, correspondencia, proporción, discurso, regla, fórmula, relato, discusión, entre los más significativos.
soberanos frente a nuestros enemigos. Un verdadero sin sentido desde el punto de vista politológico.
“Un diálogo, afirma Luis María Bandieri,21 supone que los dialogantes tienen una identidad, que no ocultan. Y esa identidad tiene que estar en claro, porque, si no, ¿con quién estoy hablando? ¿Con un agente encubierto? La clarificación de la identidad permite el respeto mutuo. De otro modo hay ocultamiento y simulación. Cada uno dice lo que el otro quiere escuchar, pero quien habla no cree lo que dice. Cada uno, pues, se reserva, más allá y en contra de sus palabras, la facultad de actuar como le plazca. Parece que dialogamos, pero, en realidad, estamos afilando en secreto las armas, mientras tiramos buenos propósitos de la boca para afuera. En esta era de la comunicación obligada y global, el diálogo es puro “verso” como diría un reo”.
Esta primacía del diálogo en nuestra cultura política y social contemporánea muestra una subversión o peor aun, una mezcolanza de los fines, lo cual indica una carencia de inteligencia y racionalidad. Nos explicamos.
Los fines pueden ser de dos tipos: lejanos o próximos y absolutos o relativos. Y no necesariamente un fin lejano es absoluto ni un fin relativo es próximo.
Los fines lejanos o próximos están vinculados a la mayor o menor distancia temporal o espacial en tanto que los absolutos y relativos se distinguen porque los primeros excluyen a cualquier otro en su orden y los segundos determinan su acción sin exclusión de otro. El fin relativo está al servicio de, mientras que el absoluto goza de estabilidad y es para sí.
El diálogo que, para los griegos era un medio para conocer la verdad, al agotarse en sí mismo, al ser tomado en sí mismo como un todo se ha transformado no ya en un fin relativo en vista a otros logros, como lo es el logro de la sabiduría, de la concordia, de la mutua comprensión, sino que ha sido tomado como un fin absoluto. Esto es, como sabiduría misma.
Repetimos la idea: el concepto de diálogo se trastocó y así en lugar de valer por los fines que se propone vale por él mismo, aun cuando sea sólo un hablar por hablar. La exaltación del diálogo como fin en sí mismo es una de las subversiones mayores que padece la inteligencia contemporánea.
Como vemos, el extrañamiento del término es total pues pasó de medio, a fin relativo, para concluir como un fin absoluto. ¿Esta confusión terrible, esta mezcolanza intelectual a quién beneficia y a
21 Jurista y ensayista argentino, autor de La mediación tópica (2007) y
Desarrollando el turbante (1994), entre otros.
quién perjudica?. Afecta negativamente a los pueblos que no deliberan ni gobiernan sino a través de sus representantes, quienes como clase discutidora hablan por hablar todo el tiempo sin decir si algo es verdadero o falso. Y beneficia a quienes ostentan el poder en las sociedades contemporáneas, pues el uso y abuso a la apelación al diálogo les permite mantener el simulacro que los pueblos son los destinatarios de sus acciones de gobierno y, además, que participan de sus decisiones. Nada más lejos de la realidad que ofrece la realpolitik.
¿Cómo hacer entonces para desarmar esta categoría de extrañamiento ideológico que se ofrece como una panacea y que se nos impone a través de casi todos los mass media, las instituciones educativas, los diferentes lobbies, las Iglesias, los partidos políticos y las organizaciones sociales?. Recuperando la idea griega de razonabilidad del diálogo, pues es el sólo ingrediente que puede sacarlo de la esterilidad actual para hacerlo fructífero y afincarlo sobre las necesidades y no sobre las apariencias.
Y esta razonabilidad22 como exigencia previa a todo diálogo está marcada por dos elementos previos a tener en cuenta: a) la no confusión de los fines con la deliberación sobre los medios, que siempre es anterior. b) la búsqueda de la mayor necesidad o menor relatividad de los fines que lo alejan de la habladuría. El error más común de estos diálogos, también llamados mesas de consenso, es que aquellos que los manejan o dirigen toman, como antiguamente lo hacían las logias, la decisión antes que la deliberación, con lo cual el simulacro se realiza completamente.
Vemos que el diálogo genuino se funda en el disenso, en ese no estar de acuerdo pero entenderse, del que hablábamos al principio. Además no hay que olvidar que al consenso se llega, es punto de arribo y por lo tanto nunca puede ser punto de partida como se plantean los falsos dialogantes contemporáneos.
En definitiva, el diálogo progresista contemporáneo busca lo contrario de lo que dice buscar: intenta anular la alteridad, lo otro distinto. Pretende eliminar el disenso, entendido como ruptura con la opinión publicada en los grandes mass media.
Este falso diálogo es uno de los mecanismos contemporáneos más perversos, por lo sutil, de dominación de los pueblos.
Quede pues en claro que no hay diálogo genuino sin disenso, que produce la ampliación del debate y la controversia, que el diálogo no
22 También podemos hablar de “razonalismo” tal como proponía uno de los más eximios pensadores políticos del siglo XX, el español Gonzalo Fernández de la Mora (1924-2002).
es un fin en sí mismo, sino un medio para llegar a la realidad o verdad de la cosa o asunto tratado.
Post Scriptum:
Carta del filósofo uruguayo Mauricio Langón
Estimado Alberto: Muy rico tu texto. Acertado, fundamentado muy profundamente y con observaciones muy inteligentes. Detalle con que no coincido, lo de "analfabetos locuaces": estarás de acuerdo conmigo que se acerca a un insulto a los analfabetos de verdad, habitualmente no charlatanes sino más bien profundos. Al menos aquellos que en nuestras latitudes no son demasiado "locuaces" pero cuando hablan...
Ahora bien: yo soy hincha del diálogo. Pero del diálogo en serio: arrancando de las diferencias más profundas. Y "avanzando" -no necesariamente culminando en "consensos", pero sí en profundizar el intento de entendimiento entre seres humanos no sólo porque o cuando se está de acuerdo, sino también y principalmente "mientras" no se está de acuerdo. Como el "mientras", por ahora, abarca más o menos toda la historia, en ese sentido no me parece que el diálogo sea sólo un "medio". Al menos no en el sentido de la relación medio-fin. Aunque sí un "medio" en el sentido de "ambiente", de espacio de convivencia, conflicto y confrontación entre seres (necesariamente humanos) que se respetan, se reconocen iguales en dignidad, "quieren" vivir juntos pese, contra y gracias a sus "disensos", usando "medios" que no implican matar y matarse (digamos, que renuncian a cortar el "nudo gordiano" o a dejar de considerar malo el nudo, el conflicto, la diferencia. En ese sentido pienso el diálogo no sólo en relación la "verdad" (en tanto podría ser ubicada en el plano del juicio, proposición, enunciado, que pueden ser verdaderos o falsos) sino también en los planos que tienen que ver con tomas de decisiones (siempre relativas) por medio de argumentaciones racionales, verbales, lingüísticos y no por la "fuerza bruta".
En ese sentido tu trabajo me parece que se restringe o centra un poco en mostrar (con acierto) como el "diálogo" se ha bastardeado. Pero creo que también ese "bastardeamiento" cumple, entre otras, la función de "hacer imposible" el diálogo en el verdadero sentido del término Es decir, el diálogo tal como vos lo ves: a partir del disenso -y ni siquiera "contra" el disenso, sino "en" el disenso y "en el consenso, en tanto este último no puede ser pensado como "definitivo" y tiene que ser sometido a crítica y generar, a su vez, "nuevos disensos" ... en procesos dialogales.
Entonces me gustaría leer algún trabajo tuyo de "elogio al diálogo", de recuperación de ese término, que dejado en manos de los charlatanes impide el desarrollo de procesos que no sean la imposición a otros de las "verdades" establecidas, los "consensos acumulados"... los "puntos de llegada" previos de tal o cual comunidad o grupo que, como los considera de llegada, no está dispuesto a someterlos a la discusión crítica racional y buscará imponérselos a los demás por cualquier medio.
Muchas gracias de nuevo y un fuerte abrazo Mauricio
………………………………………………………………...…
Querido Mauricio: en primer lugar gracias por este comentario tan jugoso como el tuyo. Y voy a él directamente. Cuando hablo de analfabetos locuaces la expresión no está dirigida a los analfabetos, que sin lugar a dudas es una falencia grave en la formación de toda
persona, sino a aquellos que estando altamente alfabetizados “hablan por hablar”, que es una de los rasgos de la existencia impropia en Heidegger.
Tampoco creo acertado el elogio al analfabetismo porque existan analfabetos sabios, santos y valientes. Vos, que lo habrás enseñado mil veces, sabés que el analfabetismo es una “privación de ser”, como lo es la ceguera, la sordera y los mil padecimientos que sufre el hombre.
Es cierto que una de las finalidades del diálogo es la toma adecuada de decisiones. Eso que los antiguos llamaban la deliberación, y como ésta siempre se aplica sobre los medios es prácticamente infinita. Sobre los fines especulamos y sobre los medio deliberamos , enseñaba el viejo Aristóteles.
Además la vida nos indica que a un diálogo sigue otro diálogo en personas dialogantes. Los colombianos llaman a esto eulalia, es decir, buena conversación. Y entonces allí se nos va escapando el nudo, la esencia de lo que sea diálogo, porque el diálogo es un medio en tanto que la conversación es un fin. Y estimo que ésta es a lo que vos te referís cuando le negás el carácter de medio al diálogo.
No sólo el diálogo es un medio, tal como lo indica su etimología: dia= a través de, y logos= razón, la que nos indica que es a través del uso reflexivo de la razón que se construye el diálogo, sino que el diálogo finaliza con el acceso a la verdad, entendida como develamiento, de la realidad de la cosa que estamos tratando.
Así pues, la finalidad del diálogo es el develamiento, el descubrimiento, la clarificación, la mostración, la explicitación, el señalamiento, el evidenciar: en una palabra la aletheia =el desocultamiento.
El elogio del dialogo que nosotros preferimos es el que nace del disenso y busca la verdad de lo tratado. El falso diálogo el que parte del consenso, en todo caso al consenso se puede llegar, pero nunca partir. Sostener esto es poner el carro delante del caballo, como lo han hecho y lo hacen los miles de dialogistas al ñudo que nos atormentan con sus buenas intenciones. Un fuerte abrazo Alberto
Cómo resistir desde el disenso a lo políticamente correcto
Son varios los jóvenes que nos vienen preguntado qué pensadores leer para la conformación de un pensamiento que se oponga a lo políticamente correcto. Y como es imposible hacer un listado completo y abarcativo nos pusimos a escribir esta nota, sabiendo que vamos a dejar a muchos en el tintero. De modo tal que lo que pretendemos es dar simplemente una orientación, sobretodo al joven lector.
Si partimos de los más conocidos a los menos conocidos tenemos en primer lugar, entre los aún vivos, al veneciano Massimo Cacciari, Noam Chomski, Gustavo Bueno, Fernando Sánchez Dragó, Michele Maffesoli, Ernst Nolte, Alain de Benoist, Philippe Muray, Franco Cardini, Marcello Veneziani, Dalmacio Negro Pavón, Günter Maschke, Javier Esparza, Aquilino Duque, Primo Siena, Pérez Reverte, Danilo Zolo, Jean Bricmont En Argentina lo mejorcito, aunque escriben de tanto en tanto, son: Luis María Bandieri, Silvio Maresca, Horacio Cagni, Josefina Regnasco, Roberto Walton, Carlos Strasser, Díaz Araujo.
De los recientemente fallecidos en estos últimos treinta años tenemos que destacar a Pierre Boutang, Thomas Molnar, Vintila Horia, Christopher Lasch, Augusto del Noce, G. Fernández de la Mora, Giorgio Colli, Wagner de Reyna, Giorgio Locchi, Carl Schmitt, entre otros. En nuestro país a Castellani, Meinvielle, Jauretche, Ramos, de Anquín, Kusch.23
Puede decirse de estos hombres, más allá de sus diferentes profesiones que son “productores de ideas medianamente originales”. Y esto es lo que necesita el mundo culturalmente homogeneizado de hoy día. Gente que piensa con cabeza propia. Que no imite. Que piense desde su genius loci (clima, suelo y paisaje) como aconseja Virgilio.
Si un joven lee sucesivamente a Bauman, Sartori, Eco, Habermas, Henry-Levy, Zizek, Agamben, Arent, Badiou, Deleuze, Negri, Grass, Saramago, termina en una hemiplejia intelectual. Se le escapa el sentido de la realidad de lo que ocurre realmente en el mundo y de cómo poder transformarlo para bien de todos los mortales.
Ni qué decir si ese hipotético joven lee solo literatura producida en Argentina como la de Feinmann, Forster, Aguinis, Kovadloff, Abraham,
M. Grondona, H. González, Caparrós o Laclau. Termina como un irrecuperable imbécil intelectual o huyendo de nuestro país como hizo Gino Germani cuando se dio cuenta que no lo había comprendido al peronismo.
¿Existe algún antídoto contra la imbecilidad intelectual? o ¿Cómo rescatar de la tenaza de lo políticamente correcto a nuestros jóvenes?. El antídoto es leer de manera ordenada y paulatina, según la tendencia de cada cual, los autores que hemos mencionado como políticamente incorrectos y no caer en el error de leer los otros, pues como dice Castellani: “en la vida solo hay tiempo para leer libros buenos”. Y cuando decimos “buenos”, queremos decir acabados, perfectos, terminados, que tienen un sentido en sí mismos, y no “buenos”, porque no dicen malas palabras.
En cuanto al cómo, consiste hoy, hic et nunc, detectar en forma clara y distintiva cuales son aquellos autores que montados en la denuncia de lo políticamente correcto son, ellos mismos, políticamente correctos. Desarmar cada uno como pueda, lo que denomina Massimo Cacciari, la pax apparens, el simulacro, el disimulo, que es la gran vía por donde transita el 90% del pensamiento contemporáneo.
23 Conviene aclarar que todo listado es siempre incompleto y perfectible. Que cada uno agregue y quite a su antojo, pero la base es esta. En una palabra, al menos estos autores no pueden, no figurar.
Ahora bien, todo esto sin caer en el facilismo de zambullirse y refugiarse en el pensamiento reaccionario o troglodita, porque ese es un Holzwege, un camino que no va a ninguna parte.
Por último está la posibilidad de recurrir a los investigadores académicos que los hay y muy buenos, aunque tienen la tara de vivir para adentro en su campana de cristal. En cada disciplina hay cientos, sobretodo becarios pagados por el Estado, pero indagando podemos encontrar una media docena de ellos en cada disciplina, que trabajan muy bien. Claro está, el dilema es encontrarlos.
Nosotros sabemos quienes son, pero no los nombramos, no sea cosa que “la policía intelectual” los persiga hasta que los echen del trabajo. Porque la policía del pensamiento que funciona muy bien en todos los ámbitos, lo hace de manera excelsa en las academias, universidades y centros de investigación.
Esta es la manera que tiene el pensamiento políticamente correcto de proteger su producción de sentido sobre las cosas y las acciones de los hombres, no permitiendo el surgimiento de un pensamiento alternativo. En el fondo lo que no permite la policía del pensamiento es el ejercicio del disenso.
Falso y auténtico disenso
Acaba de aparecer un artículo de Michel Chossudovsky titulado Fabricando la disidencia: globalistas y élites controlan los movimientos populares en donde el autor sostiene, con razón, que los globalistas crean y controlan a los colectivos antiglobalistas. “ El Foro Social Mundial y el Foro Económico Mundial, las ONG y movimientos de oposición a la globalización están controlados por las mismas fuerzas ante las cuales protestan.”
Y termina afirmando que: “la fabricación de disidencia” actúa como una válvula de seguridad, que protege y sostiene el Nuevo Orden Mundial”, y en esto ya no estamos de acuerdo.
Nosotros que hemos sido formados en un pensamiento nacionalista, popular y revolucionario, sabemos ab ovo, desde el momento mismo de nuestro nacimiento a la militancia política, que los agentes político-culturales del imperialismo (ej. fundaciones Rockefeller, Ford, Guggenheim, Goldman Sachs, Gates, etc.) financian a las organizaciones “aparentemente” antiglobalistas como las abortistas, las feministas, las gays, las de derechos humanos para las minorías, las eugenistas, las indigenistas. En una palabra, a todas las organizaciones “progresistas”, pues es sabido que ninguna de entre
ellas atenta contra el Nuevo Des-Orden Mundial, sino que mas bien contribuyen a ello. Sin ir más lejos la fundación Ford financia en Argentina al ideólogo Verbistky de las madres de Plaza de Mayo, cuando es sabido que dicha fundación estuvo detrás del golpe militar del 76, que produjo entre otras cosas la desaparición de los hijos de estas mismas madres de la plaza.
Aquellos que hemos adoptado el disenso como método no podemos aceptar que la disidencia al orden constituido sea reducida como se hace en el artículo de marras a las organizaciones progresistas, porque esa es “la falsa disidencia o disidencia aparente”. Estas organizaciones cuentan incluso con apoyo económico regular de muchos gobiernos en Suramérica, sobre todo los del tipo socialdemócratas.
La genuina disidencia se practica en la acción y en el pensamiento que busca “otro sentido al dado” en orden al mundo, el hombre y sus problemas. Rechaza lo aceptado, el statu quo, no a partir de una receta ideológica (neomarxismo, ecologismo, indigenismo, etc.) sino a partir de un pensamiento que surge de la propia meditación sobre los problemas que afectan la vida del hombre en el mundo, y específicamente en Nuestra América.
Un disidente no aspira a cargos oficiales ni busca votos. No trata de agradar al público, no ofrece nada ni promete nada. Puede ofrecer, en todo caso, sólo su pellejo.
El disenso busca antes que nada romper con el simulacro, con la apariencia, y sobre todo, con la apariencia de la disidencia a que nos tienen acostumbrados las organizaciones mencionadas. Y romper con los ideólogos que han adoptado “la vanguardia como método”: 1) aquellos que siendo marxistas se “travestisan” en nacionalistas, cuando es sabido que el marxismo siempre ha sido internacionalista.
2) aquellos que siendo liberales, tanto gorilas como escuálidos, se presentan como progresistas de izquierda.
Esta tenaza ideológica cierra el campo semántico del nacionalismo popular y revolucionario hispanoamericano y lo vacía de contenido. 24 Hoy ninguno de estos intelectuales (nunca mejor aplicado este término
24 Recuerdo que a fines del siglo XX, en la época en que editábamos la revista Disenso, vino a Buenos Aires Otmar Ette, profesor de literatura iberoamericana de la Universidad de Postdam y me preguntó si los autores americanos que citábamos habían existido o eran una licencia literaria. Claro está, él nunca había sentido hablar de los nicaragüenses Pablo Antonio Cuadra ni de Julio Ycaza Tijerino, de los bolivianos Solís Rada, Augusto Céspedes, Roberto Prudencio, Sergio Almaráz Paz, de los chilenos Pedro Godoy o Edwards Bello, de los colombianos Caballero Calderón o Corsi Otálora, de los brasileños Gilberto Freyre o Sergio Buarque, de los uruguayos Langón o Llambías de Acevedo, y así podemos seguir con ejemplos desconocidos de nuestra veintena de republiquetas hispanoamericanas.
producto de la Ilustración) quiere y habla de revolución, pues adocenados y satisfechos del sistema como están, les alcanza con el bienestar. Es que ellos son la quinta esencia del homo comsumans del que nos habla Charles Champetier.
Por eso a podido afirmar el más significativo filósofo suramericano del siglo XX, el peruano Alberto Wagner de Reyna, que: “ Detrás del contenido lógico del disenso siempre hay una necesidad – axiológicamente fundada en lo insobornable- de hacer vencer la verdad. Nada más lejos de él, que el parloteo – hablar por hablar y discutir por discutir- y que la jovial disposición a un compromiso que no compromete a nada. Tal suele ser el tan celebrado consenso”. 25 Recuperemos el disenso como instrumento metodológico en la creación de teoría crítica en las sociedades de hoy.
El pensamiento no conformista, que pretenda ser crítico está obligado, no a negar la existencia, lo que sería estulticia, sino a negar la vigencia de las megacategorías de dominación- pensamiento políticamente correcto, único, homogeneización cultural, globalización , igualitarismo, desacralización, derechos humanos, matrimonio para todos, consumo libre de mariguana, etc. – que son las que estudiaremos en la metapolítica, para proponer otras diferentes, distintas y diversas.
Tiene el disenso como petición de principio la recuperación de la singularidad de que nos hablaba don Nimio de Anquín 26 o que hoy nos habla Silvio Maresca27. Se ubica en el hic Rhodus, hic saltus de Hegel.
Sólo desde un lugar determinado se puede plantear genuinamente el disenso, porque de plantearlo desde una “universalidad abstracta”: por ejemplo, la humanidad, los derechos humanos, la igualdad, etc., etc., pierde el carácter de tal, anula su propia índole. Hoy el disenso, tal como lo era la filosofía en la época de Platón, no es otra cosa que ruptura con la opinión y sobre todo con la “opinión publicada”, esto explica la marginación a la que ha sido sometido por los poderes directos e indirectos, quienes han adoptado el consenso como idea incontrovertible, ni cuestionada ni cuestionable.
25 Prólogo a nuestro libro Ensayos de disenso, Barcelona, Ed. Nueva República, 1999, p.5
26 Filósofo argentino (1896-1979) autor de El ser visto desde América (1953); Ente y Ser (1962), De las dos inhabitaciones en el hombre (1972), entre otros.
27 Filósofo argentino (1943) -autor de Ética y poder en el fin de la historia (1992); Nietzsche: verdad y tragedia (1997), entre otros.
El disenso ante la isostenia cultural y el pensamiento lineal
Quisiera dejar en esta breve meditación si no, una idea original (que lo es sin duda), al menos originaria (pues se origina desde nosotros y no es copia de nadie) y este es el concepto de isostenia cultural.
Con la inauguración de este concepto lo que pretendemos es trabajar en la descripción del pensamiento único y políticamente correcto.
El término que proviene del griego tơoç igual, y ơτεvoç estrecho, que se traduce por similar consideración.
La noción quiere indicar la existencia de gustos, actitudes, normas, estimaciones y expresiones artísticas, contradictorias entre sí, pero de igual valoración cultural.
Ello hace imposible una valoración jerárquica de los productos culturales al mismo tiempo que nivela a todos con el mismo rasero. No se distinguen lo bueno de lo malo y se intentan borrar todas las diferencias entre la cursilería y la maestría, lo lícito y lo ilícito, lo sagrado y lo profano, lo cotidiano y lo festivo.
Así, la televisión basura está al mismo nivel que el más exquisito de los pintores y los grandes textos literarios perdiendo su valor en sí, son sólo pre-textos para otros textos.
El reinado de la mediocridad desea justificar su propia incapacidad nivelando todo por lo bajo. La época de la nivelación que llamara Max Scheler.
La imposición del concepto de isostenia, (debido en primer lugar a los antropólogos sociales noramericanos según los cuales no existe ninguna cultura superior a otra, desde Franz Boas para acá) al ámbito reducido de las expresiones artísticas y culturales logró en nuestra época postmoderna relativizar toda expresión cultural en donde lo más vulgar, burdo y plebeyo es equiparado en valor a lo más noble, fino y profundo que produce el hombre.
Pero no termina allí la funcionalidad de la isostenia, sino que llevado el concepto a dominios más amplios, que aquellos de los individuos, ha reemplazado a las culturas populares por la vulgaridad más chata y mercantil. Así, la denominada bailanta – mezcla de cumbia, chebere, salsa y mal gusto – sustituyó la música popular. Y no faltará el estulto que iguale y equipare lo popular con lo masivo, lo popular con lo homogéneo, lo popular con la carencia de matices, lo popular con la vulgar.
El grave problema que se plantea hoy día a las identidades nacionales y personales, no es la identidad de los otros, sino la identidad, entendida, de todos por igual.
En realidad el concepto de isostenia cultural, que se aplica de igual manera al arte, la filosofía, la literatura, la política, la historia, la música, la arquitectura es producto de la razón calculadora de la modernidad en donde el hombre aparece por primera vez definido como una res extensa, como una cosa mensurable. Y si lo podemos medir, se preguntaron, lo podemos etiquetar y encorcetar en un modelo único y de validez universal siguiendo el modelo de la mathesis matematica.
La isostenia tiene su proyección en el campo político a través del concepto de lo políticamente correcto, en donde el consenso massmediático va reemplazando a los partidos políticos y a las agrupaciones sociales. De allí que con agudeza se haya hecho notar que hoy, el discurso político, que hemos caracterizado como “un compromiso que no compromete”, se encuentre dirigido no al pueblo sino a los mass media.
Largas horas pasan hoy nuestros políticos y agentes sociales explicando en los medios sus propias declaraciones a los medios, mientras que la realidad sigue su curso que no es, casualmente, gobernada por ellos sino por los poderes indirectos que son a la postre, entre otras cosas, los dueños de los medios y, por ende, de la producción de sentido.
Hoy la instalación política de cualquier candidato es antes que nada mediática y luego, pero lejos, se resalta su capacidad de ejecución y gestión.
El concepto de isostenia cultural al sostener por principio el relativismo cultural y el escepticismo filosófico limita la crítica a la esfera de la reflexión, (la mera crítica cultural) dejando de lado toda proyección de ésta, al campo de la vida social y política. Es por ello que sus intelectuales orgánicos pertenezcan a la izquierda progresista y sus variantes socialdemócratas o a liberalismo democrático, carecen de pensamiento político crítico, aunque se llenan la boca y los libros acerca de la creación de un pensamiento crítico.
Son simples agentes del simulacro, del “como sí” kantiano, que es uno de los signos de nuestro tiempo.
La isostenia cultural rechaza de plano lo diferente y su expresión: el disenso, porque significa y exige otra cosa distinta de lo vigente, de lo dado.
El disenso funda la alternativa real y exige de suyo un paso que va más allá de la crítica meramente teórica, porque el disenso es ruptura con la opinión, que en las sociedades de masas y de consumo es siempre y sólo opinión publicada, y no ya más opinión pública.
A la isostenia cultural debemos oponer antes que nada y principalmente criterios filosóficos pero para ello hace falta un filósofo en serio y no un macaneador. Un filósofo que sostenga en contra de esta moda cultural que la filosofía tiene criterios de jerarquía que van más allá de la estadística, que tanto criticara el eximio Wagner de Reyna como lo cuantitativo como nueva metafísica. Y los criterios filosóficos de jerarquía, para decirlo brevemente, son dos: a) la perfección, plenitud o acabamiento de aquello que se realiza o hace y
b) la expresión de aquello que hay de más elevado en el hombre.
La isostenia cultural es, en definitiva, la patología propia del pensamiento único y políticamente correcto, que ha devenido en nuestros días en la consecuencia más evidente del fracaso por los errores filosóficos del liberalismo y del marxismo en sus concepciones sobre el hombre, el mundo y sus problemas. Como gustaba decir don Miguel Angel Virasoro,28 uno de nuestros máximos filósofos.
El pensamiento lineal
Cuando se aplican en un solo sentido las duplas bueno-malo; progresista-reaccionario; izquierda-derecha; democrático-antidemocrático; popular-populista; tolerante-totalitario; relativista-absolutista; civilización-barbarie y tantas otras como se les puedan ocurrir a cada lector, se puede, entonces, hablar de un pensamiento lineal, sin matices, o esquematizado. Y esto es lo que sucede con el pensamiento único y políticamente correcto.
Lo bueno es progresista, de izquierda, democrático, popular, tolerante, relativista y civilizado, mientras que lo malo es reaccionario, de derecha, antidemocrático, populista, totalitario, absolutista y bárbaro. Así funciona una de las tantas patologías del pensamiento único, como pensamiento lineal, ni transversal ni oblicuo, ni complejo, ni nada. La realidad para ellos no pinta gris sobre gris como afirmara Hegel, sino que está pintada en blanco o negro.
Pero la gran paradoja, la falacia sustancial de este pensamiento es que no se presenta a sí mismo como lineal o absoluto sino como su contrario, transversal y relativo.
Es imposible, por más esfuerzos dialécticos que se hagan, hacerles comprender a estos nuevos “policías del pensamiento” que la dupla izquierda-derecha es falsa de toda falsedad. Hace más de medio siglo
28 Filósofo argentino (1900-1966) autor de La intuición metafísica, integró la brillante generación de 1925 en filosofía junto con Nimio de Anquín, Carlos Astrada, Luis Juan Guerrero, Vicente Fatone, Ángel Vasallo. Leonardo Castellani, Octavio Derisi, Julio Meinvielle, Tomás Casares, Juan Sepich, Alfredo Fragueiro, Benjamín Aybar, Sisto Terán y Carlos Cossio.
ya lo denunciaron en nuestro país desde la filosofía Taborda, Rougés, Guerrero y tantos otros (ellos la van a seguir usando siempre); que reaccionario es estrictamente el hombre reactivo, que reacciona ante la homogeneización cultural en donde la identidad está definida: por la de todos por igual; que antidemocrático se dice con relación a la democracia formal o procedimental y no ante la democracia participativa; que populista significa hacer lo que el pueblo quiere; que totalitario se es porque se tiene una visión de conjunto del hombre, el mundo y sus problemas; que absolutista porque se sostiene algún principio como inconmovible, en definitiva, que bárbaro por rechazar y vivir de otra manera a lo postulado por la civilización occidental y cristiana ad modum neo eboracensis. (en criollo: al modo yanqui).
Pero este pensamiento lineal, como es además progresista, no acaba nunca. Y así como su meta está siempre más allá de la meta, su progresismo se transforma entonces en la “religión civil de la modernidad”. Su método es la vanguardia y su drama no parecer antiguo. Dentro del nihilismo de la vida en la sociedad de consumo, la única trascendencia que aceptan a raja tabla los policías del pensamiento, es la del progreso.
Hace unos días nomás me llegó, desde aquí de Córdoba, un artículo de un gurú de la izquierda nacional, Enrique Lacolla, que terminaba afirmando: "Y sólo a los pueblos expoliados y maltratados corresponderá la tarea de devolver a occidente a la conciencia del desafío verdadero y a reconectarse con las corrientes del cambio que lo recorrieran, con grandes contradicciones e inevitables avances y retrocesos, desde la Revolución Francesa en adelante".
Y un día después el publicitado Robert Redeker, vendido como filósofo por La Nación diario también afirmaba en sus páginas que: La falta de libertad de pensamiento se debe a la ausencia en la historia del Islam de un Siglo de las Luces o de un momento filosófico como el de Spinoza” (26-9-06 p.2) ¿Y esta es la conciencia nacional que tenemos que recuperar, la de Occidente a partir de la revolución francesa?.
¿Comienza Occidente recién en 1789, se puede reducir su significado a apenas dos siglos ?. ¿O acaso podemos pensar la liberación a partir de Baruch Spinoza ?. Soyons sérieux.
Esta afirmación es la quintaesencia del liberalismo ilustrado de los siglos XVIII y XIX. ¿Y este tipo de razonamiento es el remedio que ofrece la izquierda progresista a los males terribles engendrados por la modernidad?
En el fondo es una forma vergonzante de pretender recuperar la modernidad en nombre de la cultura nacional que así, nacería bastarda.
Esta relación ambivalente con la modernidad se da en forma clara en dos corrientes de pensamiento: una, la izquierda nacional que busca a partir de la idea de Estado-nación laico y neutro, la reivindicación de la modernidad. En una palabra, con una idea moderna (la de Estado-nación) intenta reivindicar la modernidad. Y otra, el progresismo cristiano que busca la recuperación de la modernidad a través de una vía no-ilustrada. No existe una vía moderna no ilustrada, salvo que se piense el barroco como moderno, pero esta corriente fue derrotada por la Ilustración que hizo prevalecer en Occidente sus creaciones políticas y culturales. El producto de la corriente cristiana no pudo ser otro que un catolicismo moderno que dejó de ser universal para pasar a ser ecuménico, esto es, un hierro de madera.
Para el pensamiento nacional y popular la única alternativa válida es la superación de la modernidad con un anclaje premoderno, específicamente en el barroco americano que fue la expresión cultural más propia y específica de la América indoibérica, por lo menos para recuperar todo aquello que tiene de religioso, la idea de nación e intentar, a partir de allí, su proyección postmoderna. Sobre todo en América donde la modernidad llega como una tardomodernidad y los vínculos telúricos no fueron desechos como en Europa.
En una palabra, la patología del pensamiento único como pensamiento lineal encuentra en su lectura del sentido de la historia su pretendida justificación, pues, la historia es para ellos la sucesión progresiva y evolucionada que como en el positivismo de Comte pasaba de una edad teológica a una edad metafísica y de allí concluir en una edad positiva que es la de ellos hoy día.29 Todo lo que huela a incienso y azufre debe ser descartado, rechazado de plano. Ni qué decir sobre un planteo serio acerca del hombre, el mundo y sus problemas.
La profunda confusión metafísica de estos progresismos (el cristiano, el marxista, el socialista, el demócrata, el tecnócrata) consiste en que quieren ser a la vez filosofías del progreso y del orden.
Y esta contradicción se explica así: el progreso está tomado por ellos como superación constante de límites y en ese sentido va en contra de la idea de orden que no puede establecerse sino poniendo límites. El lema “orden y progreso” de la bandera de Brasil tomado del
29 Si alguno de estos progresistas hubiera leído al menos a Vico (1668-1744) cuando sostiene que los pueblos pasan por tres edades: la de los dioses, la de los héroes y la de los hombres, que se corresponden a tres formas de gobierno: la teocracia, la monarquía y el democracia, al menos se hubieran hechos demócratas conv6encidos y hubieran podido superar la democracia procedimental de origen norteamericana de la mano de John Rawls, que es la que han adoptado como propia sin ninguna crítica.
positivismo, es un hierro de madera, una contradicción en los términos.
La confusión del pensamiento único es que carece de una metafísica y su error en este campo es que confunde, no tiene claro el concepto de límite. Tomó y adoptó en forma acrítica el principio de Baruch Spinoza (1632-1677) omnis determinatio est negatio (toda determinación es negación) de modo tal que todo limite coarta la libertad individual, todo límite es perverso, todo límite es alienante, todo límite es represivo. De ahí que todas las variantes tengan como base de sus razonamientos y hablen siempre de: progreso ilimitado.
Pero si tuviera el pensamiento único un mínimo de sentido crítico (se llenan la boca hablando de pensamiento crítico con miles de libros al respecto) se apercibiría a poco de estudiar, de detenerse, que el límite es aquello que constituye la cosa, es aquello que la define en lo que es. Pero al mismo tiempo el límite nos indica las posibilidades reales de la cosa. Pues el ser, es lo que es, más lo que puede ser. Es un conflicto de potencia y acto. Así la noción e idea de límite es aquella que nos permite, en un todo de relaciones como es la vida social y política, existir, ser. Y así se puede entender la idea de orden como variedad de partes, limitadas cada una en lo suyo y propio, que tienden a un fin.
Por último y a manera de cota debemos decir que no se puede, seriamente, hacer o sostener una filosofía del progreso ilimitado (como en el orden económico hace el capitalismo y en el orden cultural el progresismo) pues el concepto de progreso es esencialmente relativo, puesto que depende de la opinión profesada por aquél que habla sobre la escala de valores que se dice progresar.
Vemos como al progreso, al igual que antes a la isostenia cultural, sólo se lo puede evaluar a partir de criterios estrictamente filosóficos cuales son: el mayor acabamiento o perfección de la obra o de la acción y la expresión de aquello que hay de más elevado en el hombre.
Planteado desde un realismo político y no desde un punto de vista teológico, el sentido de la historia no es ni cíclico como en los griegos y romanos que no concebían la idea de creación del mundo por un dios, ni es lineal como lo entiende el progresismo, sino que el sentido de la historia es helicoidal, pues en la medida en que se desenvuelve va pasando por ciertas situaciones, casos, hechos y acontecimientos que ocurrieron in illo tempore de manera análogamente similares al presente, pero que no son los mismos como pretende la versión cíclica de la historia y no son radicalmente nuevos como pretende la versión progresista y liberal. Esta versión en forma de espiral del sentido de la historia, le reserva a esta disciplina (la historia) un lugar de privilegio en el estudio de las cosas humanas.
Consenso como falso diálogo
Desde el poder
Desde la restauración democrática (1983) para acá los distintos gobiernos, alentados claramente por la Iglesia, adoptaron el consenso como método. Así se crearon diferentes mesas de consenso a imagen de la que funciona en el seno de la Pastoral Social, pero esta vez metiendo todos los gatos en la misma bolsa. Se puso al frente a delegados de las Naciones Unidas y honorables ciudadanos y el resultado luego de largas deliberaciones fue “el cero más rotundo y más redondo”.
Así, todas estas circunstancias muestran que el consenso propuesto no fue otra cosa que un falso diálogo.
Nuestro razonamiento es el siguiente: Si el gobierno argentino no tiene poder propio sino vicario y poder nacional no hay tampoco en la oposición, el diálogo propuesto no puede cumplir ninguna función, salvo para crear una mesa de consenso- cara al gobierno y la Iglesia-que sólo servirá de máscara que justifique el statu quo vigente para que nada cambie. Esto es conocido como gatopardismo.
Asistimos así a la gran paradoja en donde gobierno, Iglesia y fuerzas vivas se oponen públicamente a la exclusión de las grandes mayorías nacionales, pero en la práctica cotidiana las excluyen. No le abren el juego ni el acceso a los cargos a nadie. En los diferentes gobiernos están los de siempre, los que se reciclan como las casas viejas- antaño con Menem, luego con de la Rúa, después con Duhalde, más tarde con los Kirchner y hoy con Macri-. En cuanto a los chupa cirios, siempre caen parados con todos los gobiernos, de modo tal que cargos no les faltan nunca.
Así, los sucesivos gobiernos, no dejaron de prometer todo lo que se le ocurre y todo lo que se le pide, pero a la hora de la verdad hoy tenemos 32,2% pobres. Un verdadero desatino en una nación de 40 millones que puede dar de comer a 300 millones de habitantes.
La Iglesia, a través de su episcopado, sigue produciendo sus históricos documentos anodinos de costumbre, reivindicativos de todo pero a la hora de los hechos deja que todo siga como está. Y si un cura llega a caer en desgracia, no saldrá ni un solo obispo a defenderlo.
Los sindicatos, por su parte, realizan movilizaciones casi siempre, pero sus consecuencias hasta ahora son todas nulas. No ha habido ningún enfrentamiento serio con los diferentes gobiernos. Se agotan en la
parodia de las amenazas. Puras bravuconadas que nunca terminan en un enfrentamiento verdadero.
¿Será que tienen intereses en común con el gobierno? ¡Que lejos está ese gran mito del que hablaba Sorel!30, y que sólo tenía en la clase trabajadora sindicalizada: la huelga general revolucionaria, que produce un tremendo cataclismo en toda la vida social y económica como efecto de su realización.
¿O se deberá, más bien esta actitud a la modificación de nuestra índole que ha producido la influencia de millones de gringos, creando este carácter mistongo de los argentinos actuales de que hablaba el cura Castellani?
¿Será tal vez, al carácter romano (en Roma todos gritan y nadie se pelea) de los curas? Esos grandes pregoneros del consenso.
Lo cierto es que el consenso funciona en Argentina como un falso diálogo, como disfraz del gatopardismo más sutil. ¡Si sabrá la Santa Madre, en tanto complexio oppositorum, sobre eso de acomodarse a los tiempos y las situaciones!
Desde la academia
Pero además la idea de consenso está avalada y reforzada por los profesores de nuestras universidades y academias que la han adoptado como ideología indiscutible e incuestionable.
Hemos afirmado más adelante y lo reiteramos que el texto que más ha influenciado en todos ellos estos últimos años es Teoría de la comunicación de Jürgen Habermas y los complementarios Derecho y Democracia y Facticidad y Validez.
Para este autor, último vocero de la escuela neomarxista de Frankfurt (Apel, Adorno, Cohen, Marcuse) devenido ahora socialdemócrata, la complejidad social y las crecientes desigualdades presentan hoy los mayores retos para la democracia y estos retos sólo pueden ser superados creando nuevos foros y asambleas donde los ciudadanos deliberen y discutan juntos, así con esta “democracia discursiva” llegaremos al consenso democrático que permitirá la resolución de los problemas. Así, “el consenso es norma adecuada para crear Teoría Crítica hoy”, según la expresión de su discípulo James Bohman.
30 George Sorel (1847-1922) fue el teórico del sindicalismo revolucionario y en sus Reflexiones sobre la violencia (1906) sostiene que la huelga general revolucionaria provoca la subversión política más grande de todo el aparato de poder del Estado.
Claro está, ni una sola palabra acerca de quién detenta el poder. Acerca del imperialismo internacional del dinero y sus dueños. Claro está, de eso no se habla.
Esto de no ocuparse del poder viene a explicar porque en los centros académicos de mayor excelencia se percatan que “esto no va más” y se viene produciendo el reemplazo de la sociología, en tanto hermenéutica social, por la politología como hermenéutica del poder.Nuestra tesis es que el disenso es lo que permite crear teoría crítica, tanto en ciencias sociales como en filosofía. Y hoy, la mediocridad de ambas disciplinas radica en esta incapacidad de pensar críticamente. Es por eso que nosotros proponemos la metapolítica como nueva disciplina de trabajo 31
Así el pensamiento consensual por boca de los gurús de turno nos dice que la crisis de representatividad política radica en la corrupción de los políticos y propone múltiples mecanismos para purificarlos: Eliminación de las listas sábanas, no repetición de los mandatos, declaraciones juradas de bienes, etc. etc., mecanismos que no son de suyo malos, pero que no llegan al meollo profundo del problema, pues son pensados desde un pensamiento no- crítico, sino desde el pensamiento conformista.
Por el contrario pensar desde el disenso implica caracterizar la crisis de representatividad política no como una falla de los medios en su construcción, lo cual no es falso pero no es suficiente para especificarla, sino por que lo que está en juego es la anulación de la política dado que ha cesado el principio de soberanía de las naciones. Es interesante notar que el pensamiento consensual al no ser crítico, aunque piense que lo es, adopta la vanguardia como método, que resumido podemos formular: “si no somos profundos, al menos no seamos antiguos”, la lisonja para con los suyos y el silencio para los que no piensan de igual manera.
El pensamiento disidente debe hacer un doble esfuerzo, primero poder ser aceptado como pensamiento por la opinión publicada que como hemos dicho forma parte del pensamiento consensual y, en segundo lugar, elaborar teoría crítica y no simplemente teoría de demonización como hace el pensamiento conformista.
Ante esta realidad es dable rescatar la función ético-política del disenso que consiste aquí en expresar la opinión de los menos, de los diferentes ante el discurso homogeneizador de la ética discursiva o comunicativa que sólo otorga valor moral al consenso.
31 Pueden verse nuestros libros Metapolítica I, II, III, IV y V de Ed. Docencia, Bs.As. 2012 a 2015
Pues este pensamiento consensual – discursivo e ilustrado- viene en tanto que discursivo como un nuevo nominalismo a zanjar las diferencias con palabras y no a través de la preferencia o postergación de valores, como lo hace el disenso. Y en tanto que ilustrado, sólo permite la crítica de aquellos pensamientos, los llamados políticamente no correctos, o situaciones sociales que no encarnen los ideales ilustrados de igualdad y democracia. Así, la crítica nunca va dirigida a los modelos socialdemócratas sino a los que decididamente no son.
Un disenso con Habermas y Arendt
En estos días, de reposo forzado por una operación, tuve ocasión de escuchar a la publicitada socióloga de la izquierda progresista, Beatriz Sarlo, chapaleando más que hablando largo rato sobre lo público desde el poderoso canal 13 de televisión, y como cuando terminó me di cuenta que había quedado en Babia, entonces me dispuse a intentar una brevísima meditación desde la filosofía para ver si se podía decir algo y no más bien nada como hizo la mentada socióloga.
El adjetivo público era uno de los de mayor prestigio en el discurso político romano, su alta valoración se debía a su significado: perteneciente al pueblo, a la cosa pública que se decía res pública. El adjetivo designaba al pueblo como protagonista y destinatario de la actividad política del gobierno en la administración del Estado.
Ya desde la época de los griegos y sus grandes maestros de la filosofía se fijó que el objeto formal32 o específico de la política es el bonum commune- bien común, pero como este concepto siempre estuvo rodeado de un halo de imprecisión y de vaguedad, los filósofos ya desde el medioevo intentaron precisarlo. Así sostuvieron que no es la suma de los bienes de cada uno sino las condiciones para la “vida buena” del conjunto. En esa época se hablaba de salus populi – salud del pueblo. Este concepto lo va a recoger Hobbes, la Revolución francesa va a hablar de salud pública hasta llegar al último gran politólogo, Julien Freund, quien va a asimilar el bien común al bien público33.
32 Hoy formal significa serio, juicioso, pero en filosofía se entiende por objeto formal aquel que determina la esencia de la cosa o tema estudiado. La forma además tiene razón de causa final, pues el sentido de la acción está dado por el fin.
33 Freund, J: Qué es la política, Bahia Blanca, Univ.Nac. del Sur, 1996, p.28
En una primera aproximación, luego veremos que es incompleta, podemos decir que lo público está constituido por el ámbito de interés compartido de las fuerzas de una sociedad.
A partir de la idea moderna de Estado como entidad neutra surgida ante las guerras de religión (protestantes vs. católicos) nace lo público como contraposición a lo privado. Así la religión deja de ser un asunto público para reservarse al ámbito de lo privado.
La neutralidad ético-política con que buscó determinarse lo público lo caracterizó de forma tal que el ciudadano solo pueda manifestarse como público en lo público. (vgr.: no se puede cocinar en una plaza, ni orinar en la vereda).
Así el liberalismo limitó lo público a lo político, al Estado, reservando lo privado para la sociedad sobre todo en su ámbito socio económico. Así pensó liberar la sociedad de la tutela política, hablando a través de uno de sus grandes filósofos, K. Popper, de la sociedad abierta.
Pero todo esto ha cambiado radicalmente a partir de la última década del siglo pasado. El desarrollo exponencial de las tecnologías de la comunicación (internet, tv digital, celulares, monopolios mediáticos, etc.) han logrado “publicar” lo privado. Hacen público lo privado hasta en sus más íntimos detalles. (vgr.: en los reality shows).
Y esta invasión por parte de lo público sobre lo privado se vuelca luego en todos los ámbitos del hacer y del obrar. (vgr.: en arquitectura los edificios vidriados, en comunicaciones el sistema echelon, en religión donde los aplausos y gritos en la iglesia reemplazaron a la oración recogida del feligrés).
Allá por los años 80 el filósofo de la democracia discursiva, en criollo conversada, venía a sostener que lo público era ante todo un espacio. Un espacio donde la ciudadanía debate los temas de interés común. Y esta tesis, a las que se le adosó la teoría del consenso, fue adoptada por todas las democracias progresistas de carácter socialdemócrata en el mundo. Lo público dejó de ser una finalidad, en tanto que bien público, para confinarse a parques, plazas y otros espacios de interacción social como espacios públicos.
Al reducir lo público a espacio, en primer lugar el ciudadano común – no el ciudadano ilustrado de Habermas- se apropia del espacio, se instala y lo usa para sí, como lo hacen los “trapitos” cuidadores de autos, los vendedores ambulantes, los piqueteros, las ferias y todos los que viven en y de la calle. Y en segundo lugar la diferencia entre lo público y lo privado se torna cada vez más borrosa.
Es que lo público al serle castrado su sentido, su finalidad y ser reducido solo a espacio (el gravísimo error de Habermas) pasó a ser entendido como de nadie y por lo tanto lo puedo tomar. Claro está,
esto no pasa en Alemania que son todos ilustrados pero sucede a diario en todo el mundo bolita que es el nuestro.
Lo público debe de ser pensado como función (vgr.: la empresa pública, la tierra pública, la televisión pública) no puede ni debe quedar reducido a espacio público donde la práctica deliberativa de la democracia discursiva (sic Habermas) tiene lugar. Esto es una estupidez, un engaña pichanga, un gatopardismo para que todo siga igual.
Si a eso agregamos la nefasta teoría del consenso y la queremos llevar a práctica popular, cuando los pueblos solo se manifiestan, cuando lo hacen, por sí o por no, y los únicos que consensúan son los grupos de intereses o poder, ello da al traste con la democracia directa que el pueblo ejerce de suyo cuando se manifiesta en la acclamatio.
Existe además otra versión espuria de lo público que es la que da la filósofa
Arendt 34 quien va a sostener que lo público es lo que puede ser visto y oído por todos, y que nos atañe a todos en tanto común.
Esto es, mutatis mutandi lo mismo que le sucedió al bello Alcibíades con Platón, cuando queriendo estudiar la esencia del caballo le dijo Maestro yo solo veo el caballo y no la caballidad, a lo que Platón respondió Es que tu tienes ojos del cuerpo te faltan los de la inteligencia.
Así al limitar lo público a lo visto y oído por todos se da un paso más en la bastardización, en el extrañamiento de lo público, pues el mirar y oír carecen de la mediación que supone toda deliberación, por más pavota e inconducente que sea, como la que propone Habermas.
Otro aspecto a destacar de lo público es “su gestión”. Desde el punto de vista liberal se dice que lo público es ineficaz, que lo que es de todos no es de nadie, y, entonces, hay que dejar lo público a la gestión privada (vgr.: el correo, el agua, el gas, la luz, la policía, la salud, etc.) y así al privatizar lo público como servicios al pueblo, terminan las empresas privadas regidas por la lógica del beneficio, tarde o temprano, esquilmando al pueblo con sus altas tarifas y sus malos servicios.
La experiencia histórica, el caso argentino es extraordinario, indica que lo más eficaz, lo más efectivo en la gestión de lo público ha sido siempre cuando se lo administró desde las propias organizaciones sociales del mismo pueblo. Nuestros sindicatos administran en forma eficaz y en forma más o menos justa las obras de salud, y la Iglesia lo hace en la educación.
34 Cfr. Arendt, Hannah. La condición humana,. Barcelona, Paidós, 1996
Es la gestión social de lo público lo que hay que rescatar, profundizar y perfeccionar porque en ella convergen dos ideas: la eficacia en la ejecución y la justicia social con el pueblo.
Es digno de observar que esta idea encuentra su anclaje en el publicus romano que es muy diferente de nuestro público que está limitado a lo estatal. Mientras que el publicus indicaba la participación popular en el gobierno de sus propios intereses.
Para ir terminando esta pequeña meditación, sostenemos que en la tensión entre lo público y lo privado hay que recuperar lo público en tanto instrumento del bien común y lo privado en el rescate de la intimidad bajo la forma de pudor en la relación con uno mismo y con los otros, a través de la amistad como antiphilia o afecto recíproco. La fuente más genuina de toda comunidad política.
Una mera aclaración: de Bue a Bue
Tuvimos el honor el pasado mes de octubre (2012) de presentar nuestro último libro Disyuntivas de nuestro tiempo que lleva por subtítulo (ensayos de metapolítca) en la Escuela de filosofía de Oviedo que dirige el filósofo don Gustavo Bueno(1924-2016), la más emblemática cabeza filosófica en lengua española hoy día.
Y don Gustavo se tomó el trabajo no sólo de estar presente sino que además escribió un largo artículo sobre la metapolítica en donde afirma, mutatis mutandi, que la metapolítica es solo un rótulo, que no se puede presentar como una inter o multidisciplina y que es algo confuso, oscuro y caótico. Hablando en criollo, quitó todo valor a esta disciplina.
¿Qué podemos hacer nosotros para mostrar lo contrario y no malquistarnos con tan significativo filósofo? Aducir razones, mostrar razones, explicar qué se está haciendo y cómo se hace. Y que después el lector saque sus propias consecuencias. Eso es todo.
El significado de los términos en filosofía, cuando no se sabe bien a qué atenerse, se busca primeramente en su acepción etimológica. Esto lo enseñan desde Platón y Aristóteles hasta Heidegger y Zubiri.
Así la metapolítica es un término compuesto por el prefijo griego methá, que puede traducirse por “más allá de” y el sustantivo política. Nosotros no lo asociamos ni a Andrónico de Rodas, quien fue el que inventó el término metafísica para designar los libros de Aristóteles que venían después de la física, ni a nada que se le parezca.
Metapolítica significa el estudio de aquello que está más allá de la política y que, de alguna manera, condiciona la acción política. Un
mundo categorial que no se percibe en forma inmediata sino sólo por sus efectos.
Y lo que está más allá de la política son las grandes categorías que condicionan la acción política. Ej. Igualitarismo, identidad, homogeneización, uniformidad, multiculturalismo, memoria, progreso, decrecimiento, consenso, derechos humanos, crisis, decadencia, derechos de los pueblos, pluralismo, relativismo, interculturalismo, participación, universalidad, mundo único, grandes espacios, etc.
Categorías que no son estudiadas por la filosofía política, pues como observó agudamente Leo Strauss, la filosofía política después de la segunda guerra mundial se transformó en ideología política. Así hoy la filosofía política quedó reducida ya al marxismo, al liberalismo, a la socialdemocracia, a la democracia cristiana, etc.
Pero tampoco están estudiadas, estas mega categorías por la filosofía política clásica en los textos de Aristóteles, Santo Tomás, Hobbes, Locke, Maquiavelo. No. Estas categorías son un producto de nuestro tiempo y con ellas tenemos que lidiar. HIc Rodhus hic saltus dice Hegel. Esta es la tarea del filósofo. En la cancha se ven los pingos. El verdadero filósofo es el que puede especular sobre la realidad. De los libros que se encarguen los investigadores que hay muchos, muy buenos y muy bien pagos por el Estado.
Don Gustavo escribe un extenso artículo donde en el 70% se ocupa de analizar agudamente el uso del término en Juan Lolme (1740-1806) por ser el primero que lo utilizó. Pero una semana después su hijo Gustavo Bueno Sánchez, tan buen filósofo como el padre, me escribe diciéndome, que encontró, que el madrileño Juan Carumel (1606-1682) fue el primero que utilizó el término metapolítica. Lo que muestra que lo importante no es quien descubrió la inmortalidad del cangrejo sino, si el cangrejo realmente es inmortal.
A nosotros nos interesa el estudio y los estudios de metapolítica hoy, hic et nunc. El resto es cartón pintado. Tarea que dejamos para los historiadores.
Vincular la metapolítca a la metafísica de la política es un gravísimo error que comenten todos aquellos que no distinguen en forma clara y distinta entre: lo político y la política. Esta es una distinción liminar que introducen dos filósofos de la política contemporáneos como lo fueron Julien Freund y Cornelius Castoriadis. Así, afirma este último: Los griegos no inventamos lo político (el tema del poder) sino la política (la organización de dicho poder). Esta distinción es la que da origen a la moderna polemología, o disciplina que estudia los conflictos.
En nuestra opinión el que intenta hacer metapolítica dirige sus investigaciones en torno de la política y no de lo político. Hay dos posturas claras respecto de lo que sea la metapolítica. La de aquellos
que se ocupan de desmitificar la criptopolítica; la política de consensos entre los lobbies, entre los poderosos; la política de las oligarquías partitocráticas. Y, por otro, la de los que quieren entender por qué se actúa como se actúa hoy en política; cuáles son los condicionamientos últimos.
Lo difícil de la metapolítica es que no especula sobre “lo que debe ser” sino sobre la realidad política tal como se da, sobre lo que es, más lo que puede ser; sobre ese conflicto entre acto y potencia en que se despliega la realidad y sobre lo que no hay nada escrito.
Hoy hay un cúmulo enorme de pensadores de mayor o menor enjundia intelectual que se están ocupando del tema. Entre los más estacados figuran Alain Badiou, Michel Maffesoli y Alain de Benoist en Francia, José Javier Esparza y Juan Bautista Fuentes en España, Cesar Cansino y Ernesto Serrano en México, Primo Siena, Giacomo Marramao, Marcelo Veneziani, Aldo La Fata, Carlos Gambescia en Italia, Fernando Fuenzalida Vollmar en Perú, Jacek Bartyzel en Polonia. ¿Podemos afirmar de todos estos autores que son confusos, oscuros y caóticos? Chi lu sa.
Cuando presentamos la metapolítca como una pluri o multidisciplina es porque estas disciplinas tienen en común, en algún punto, el mismo objeto de estudio. Hablando en forma escolática, el objeto propio son las grandes categorías que son analizadas desde sus distintas ópticas. Y el método que no es otro que el fenomenológico, en tanto ir y atenerse a las cosas mismas. A la realidad, y describirla lo mejor y más adecuadamente posible.
Pero como la metapolítica no es una mera disciplina filosófica que se agota en la simple descripción del objeto de estudio sino que busca una incidencia, una salida en la política, exige por esto último, un paso más que es: el ejercicio del disenso como método, la ruptura con la opinión, como gustaba decir Platón.
Y el disenso como método nos viene a decir existe otra visión y versión a lo políticamente correcto, que es alternativa al pensamiento único.
De modo tal que objeto propio (las mega categorías) y método específico (fenomenológico-disidente) nos garantizan la existencia de esta pluri disciplina.
Queremos agradecer a don Gustavo Bueno el trabajo que se ha tomado en leernos y refutarnos, pues gracias a ello salió esta respuesta, que creo que echa un poco de luz sobre el tema.
Para finalizar vaya la opinión del estudioso Primo Siena, a quien debemos nuestra introducción en la metapolítica cuando afirma: la metapolítica se propone reposicionar en su lugar natural la política auténtica, noble, entendida además como operatio ética y estética que se traduce en la acción concreta. De aquí su contraposición radical a la
criptopolítica, expresión de los poderes fácticos, turbios y sombríos. Ahora bien, tu teoría del disenso, concebido como un pensamiento alternativo que franquea el laberinto del pensamiento político corriente, indica un método eficaz para desenmascarar la criptopolìtica y reposicionar mediante el análisis metapolítico, la política auténtica (Arte y doctrina según Platón).35
Conclusión
El disenso tal como nosotros lo concebimos expresa una dimensión existencial del hombre36 que luego se vuelca en una proyección ético política.
Desde un punto de vista psicológico el disenso está en la base, y es como se manifiesta el enfrentamiento del niño con el padre. Desde el punto de vista político y cultural la opción por el disenso produce la afirmación de nuestra propia identidad.
Al ser el disenso una realidad fundante de manifestaciones alternativas a lo ya dado de antemano, ello hace de él una fuerza creadora. Y así como no hay diálogo genuino sin disenso, de la misma manera, no puede haber auténtica democracia sin disenso.
El disenso encierra, como hemos visto citando a G. Vico, un proceso cíclico helicoidal que despierta situaciones de oposición ante indiferenciación y homogenieización que pone en peligro la existencia misma de la comunidad. Al contrario del consenso, que reúne bajo su égida a los poderes societarios contra la víctima propiciatoria (siempre el pueblo llano y pobre) produciendo un “contagio mimético” 37 o lo que Heidegger denomina Das man=el uno anónimo; el disenso nos viene a liberar de la dictadura del “se dice, se piensa, se obra de tal o cual manera” y nos habilita para pensar y actuar con cabeza propia.
La demonización de esta mega categoría por parte de los satisfechos del sistema, por los gozadores del statu quo, es porque vislumbran en el disenso una potencia adversaria que postula una realidad distinta a la vigente.
35 Buela, Alberto: Metapolítica y filosofía, Ed. Teoría, Buenos Aires, 2002
36 El término hombre (homo), para nosotros como para los romanos, implica tanto al varón como a la mujer. El monopolio que ha hecho el varón de él solo se explica por su posición de poder.
37 Así lo denomina René Girard en La antigua ruta de los hombres perversos,
Anagrama, Barcelona, 1993
Cuando se llama al consenso lo que se impide es desconfiar del gobierno, de aquellos que tienen el poder. Así el consenso político como ideología que estructura el orden público obliga a la opinión popular delegar una vez más, como lo hace con los partidos políticos, su voluntad en los factores de poder.
El consenso es un mito político al servicio de las oligarquías políticas y sociales que se muestran como representantes de la sociedad.
Consensúan los lobbies, los poderosos. Los pueblos no consensúan, ellos se manifiestan por sí o por no, y eso en casos de excepción, cuando está en riesgo su propia existencia.
El imperativo del disenso es poder decir no ante situaciones de injusticia o falta de libertad, pero no se agota en ello sino que busca una mejora moral y política.
El disidente no es un ilustrado al estilo de Kant, Hegel, Comte o Marx que creían que la humanidad caminaba por el sendero de la historia hacia un progreso y un mundo mejor, sino que con Vico la historia, y la vida en general, consiste en un ida y vuelta movido por el ejercicio de las disensiones.
Esto último nos permite barruntar el aspecto existencial del disenso en ese corsi e ricorsi storici porque es el hombre con su propia vida el que así actúa.
Ya lo dice la chacarera La pucha con el hombre:
El hombre nace y muere a veces sin vivir camina desde el niño al viejo sin gozar eso que el mismo le llama felicidad
si la tiene aquí la va a buscar allá
tropieza tantas veces en una misma piedra
fruto que llega pasa sin madurar
La preferencia de nosotros mismos facilita las conductas de preservación que suponen una gran ventaja en casos extremos como los de vida o muerte. Es un grave error considerarlas malas, pues la afirmación de uno no supone la destrucción del otro sino que termina permitiendo su propia autoafirmación.
La actitud de preferencia consiste, básicamente, en el equilibrio entre la aceptación de nuestras limitaciones y la realización de nuestras capacidades. Y el disenso surge allí, ante el recorte de las mismas que nos imponen los otros o el estado de cosas que no compartimos. Esta dimensión existencial, prácticamente, no ha sido estudiada o, peor aún, ha sido tergiversada por una mala interpretación del amor al prójimo.
Además cuando uno se prefiere a sí mismo lo hace formando parte de una ecúmene cultural, de tal o cual identidad, de una tradición y un ethos nacional y no aisladamente como, falsamente, se puede suponer. Pero esto sigue siendo un acto subjetivo que tiene el valor de la convicción personal y nada más. Es necesario entonces introducir la categoría de reconocimiento, que solo se logra si “el otro” me reconoce como tal. Por eso los viejos criollos nos enseñaban: nunca digas que sos gaucho, esperá que los otros te lo digan.
El otro o los otros juegan aquí, en este segundo momento, un papel fundamental pues es él o ellos quienes producen lo que la fenomenología llama la verificación intersujetiva, por la cual sabemos que una cosa es lo que es, y no un simple producto de nuestros deseos o de nuestra imaginación.
Ahora bien, dado que la preferencia de sí mismo es el acto primordial en la búsqueda del ipse (el sí mismo), algunos autores despistados como André Lalande han sostenido que “le principe d´identité déclare la superiorité du même sur l´autre”, cuando en realidad lo que establece el principio de identidad a través de la preferencia de sí mismo es la diferencia, la distinción de uno con el otro, del sí mismo con el otro de sí, y no la superioridad de uno sobre otro
Gran parte de las taras de nuestra sociedad radican en la no distinción entre igualdad y diferencia.
Los hombres son iguales en dignidad pero naturalmente desiguales por estar dotados de diferentes talentos y caracteres. Esto lo ha tratado la filosofía desde siempre apelando a la noción de analogía que fue definida como parte idem, parte diversa.
Si ponemos el acento en la igualdad caemos en el igualitarismo que es una de las tantas construcciones ideológicas de la modernidad y si ponemos el acento en la desigualdad caemos en nominalismo tipo Ockam que nos lleva al error del univocismo.
Ciertamente que nosotros en la vida práctica política nos acercamos a remarcar las diferencias por sobre la uniformidad de mundo todo uno del pensamiento políticamente correcto. El enfrentamiento a la homogenización del hombre y su cultura no tiene que hacernos caer en la disolución del hombre y su cultura. Así rechazamos tanto la definición del la identidad como “la de todos por igual“, como la de que “cada uno haga y se sienta lo que quiera“.
Desde la teología los hombres somos iguales en dignidad en tanto que hijos de Dios. Cristo vino a redimir a todos los hombres, no a algunos sí y otros no. Esta igualdad de derechos no tiene ni puede confundirse con el igualitarismo promovido por la modernidad en general y por la Revolución Francesa en particular. Ni atribuirle la culpa del
igualitarismo moderno al cristianismo, porque eso es poner el carro delante del caballo.
Todo hombre es un animal rationale. La desigualdad de los hombres se da, básicamente, en sus actos y acciones, en sus elecciones y postergaciones, en sus valores y disvalores. El mundo no es un universo sino más bien un pluriverso en donde conviven varias ecúmenes culturales: la iberoamericana, la anglo sajona, la eslava, etc. La desigualdad o mejor las desigualdades culturales son la raíz de la diferencia, y esta diferencia es la que nos hace ser “uno mismo”, la que nos da la identidad de ser y existir en el mundo. Tanto a título individual o como naciones, que como afirma el gran profesor español Dalmacio Negro Pavón son la mejor y más sana invención política de la modernidad. Cuando la querida Bolivia nos habla de un estado plurinacional con 36 naciones (que no incluye a los criollos que son la mayoría) produce un sinsentido, un desatino.
Las diferencias, del latín differre, ir por otro camino, buscan la caracterización en su ser, de un algo cualquiera que sea. Mientras que las distinciones están vinculadas con la separación, con la discriminación (perdón por semejante palabrota) de una cosa respecto de otra.
Cuando nosotros afirmamos que hoy el gran enemigo de las identidades es+ la propuesta del one World, de mundo uno con sus ideas de homogenización cultural bajo un solo modelo, la del dios capitalista del libre mercado, el de la sociedad de consumo que posee miles de medios pero que tiene confusos los fines, la del homo oeconomicus dolaris, lo que estamos haciendo es darnos cuenta que en la conformación de nuestra diversas identidades ha tomado primacía la visión y versión “del otro”, la de la ecúmene anglo sajona, con EEUU a la cabeza.
Es que la identidad no es una idea compleja como sostienen algunos autores sino que lo que es complejo es su acceso. Pues primero es la afirmación subjetiva de lo que somos, después el enraizamiento en una tradición nacional con la actualización de valores para finalmente buscar el reconocimiento del otro.
Y es en este último punto donde surge la verdadera complejidad para el logro de una genuina identidad. Algunos autores cuando llegan a este punto caen en la inocente actitud de hablar de “construcción dialógica de la identidad”, cuando en realidad no existe tal diálogo, pues el diálogo auténtico solo se da entre amigos, esto es: con el otro de sí mismo. Porque solo con el amigo se da el trato en igualdad, Aristóteles dixit.
Si buscamos la identidad en el diálogo entre ecúmenes diferentes lo que logramos es poner en marcha el mecanismo de dominación ya señalado por Hegel en la dialéctica del amo y el esclavo.
La identidad en esta instancia hay que buscarla en la explicitación de la relación dialéctica con el otro, evitando caer en la colonización cultural, hoy entendida como americanización por los europeos.
No podemos, filosóficamente hablando, conformar nuestra identidad más genuina no en diálogo con los otros sino en tensión dialéctica con ellos, en el disenso, de lo contrario seremos dominados y terminaremos perdiendo nuestra identidad y por ende, nuestra razón de ser en el mundo.
buela.alberto@gmail.com www.disenso.info
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