Arturo Jauretche: Zonceras No. 6/7 (Manual de zonceras argentinas, 1968)

Manual de zonceras argentinas (1968)

Arturo Jauretche

Arturo Jauretche: Zoncera N° 6 (Manual de zonceras argentinas, 1968)
Arturo Jauretche (Manual de zonceras argentinas, 1968)

Zoncera Número 6

«Un algodón entre dos cristales»

La República Oriental del Uruguay fue inventada donde antes existía la Banda Oriental del Río de la Plata. Esta era una provincia, como Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires, o como Río Grande, según los gustos. Era menos letrada que el Uruguay, como se verá si se compara Artigas con los Batle. También si se compara el sistema político del caudillo con el Ejecutivo Colegiado, que no será práctico, pero es de lo más jurídico y adelantado. Por esto mismo del adelanto, los orientales se llamaban Gervasio, Nepomuceno, Aparicio, etc., y los uruguayos Washington, Nelson y así.

Había en aquella época (antes de la invención), dos clases de orientales: los provincianos de una de las Provincias Unidas del Río de la Plata (que eran ellos de las demás provincias y las demás provincias de ellos, y no de los porteños, como querían los unitarios, que fue origen de todo) y los cisplatinos, que eran provincianos del Brasil.

Los orientales, que eran peones, estancieros, soldados, chacareros, caudillos y artesanos, creían que el Río de la Plata servía para unir. Los cisplatinos, que eran comerciantes del puerto y doctores de Montevideo, creían que servía para separar.

En el Brasil se consideraba brasileños a los cisplatinos, unánimemente, porque en el Brasil no había unitarios, lo que daba unidad nacional. En Buenos Aires había quienes consideraban cisplatinos a los orientales. Eran los unitarios, porque los unitarios, como su nombre lo indica, son partidarios de la unión, como las viudas, que les dicen a los hijitos después del entierro: «Ahora que somos menos vamos a estar más unidos». Y enseguida se ponen a buscarles un padrastro.

Los unitarios tenían, además de las razones inglesas, las propias para desear que los orientales fueran extranjeros: más que razones propias, razones de casa propia, como se vio después con las dos «tiranías sangrientas».

El autor de la zoncera que comento fue Lord Ponsomby.

La dijo después que inventó la República Oriental del Uruguay. Después que los brasileños hubieron peleado convenientemente con las Provincias Unidas de los dos lados del Río de la Plata; es decir, cuando los dos equipos no daban más, se puso de referee, y dio fallo salomónico. Que ninguno de los dos era local, como pretendían ambos, y que la Banda Oriental era cancha neutral. Es ésta una explicación perfectamente comprensible en un ambiente olímpico.

Tal vez esto de inventar una nación resulte molesto para los inventados y provoque la protesta de las tías viejas y solteronas.

Nos han enseñado que lo hacían Alejandro y los Romanos. Que Carlomagno lo hizo por testamento, y todos los reyes por razones dinásticas. Y después las repúblicas por razones republicanas. Que lo hicieron después de la Primera última guerra en Versalles, y que lo hicieron después de la Segunda última guerra en Yalta. Y la comprendemos hasta en el Congo, por más negro que se vea todo.

Pero en el Río de la Plata ¡no!!! Aquí nos hemos degollado entre unitarios y federales, entre colorados y blancos, radicales y conservadores, peronistas y anti-peronistas, como podemos hacerlo mañana por colegialistas y anticolegialistas, de puro vicio, porque en el Río de la Plata no hay cuestiones sociales, ni económicas propias que lo expliquen. Y los intereses extranjeros no intervienen porque el Río de la Plata está en la estratósfera, y nadie se mete de afuera, como no sea para hacer de referee. Esto está en contradicción con toda la historia extranjera que nos enseñan, pero de acuerdo con las historias nacionales que nos escriben. Porque si estudiáramos las historias nacionales como estudiamos las extranjeras, conoceríamos nuestra historia. Y nuestros problemas. Y lo importante es que los ignoremos para que sigamos creyendo en el conflicto entre «civilización y barbarie».

Pero volvamos a lo del algodón entre los dos cristales, es decir entre Brasil y la Argentina.

No sé si ustedes habrán visto la «mosqueta», una timba fácil de instalar (y de levantar si viene la policía).

El «gentleman» tiene tres cáscaras de nuez y un porotito y pone, o aparenta poner éste debajo de una de las cáscaras. Los «puntos», que creen saber dónde está el porotito, se juegan enteros a su cáscara respectiva, y cuando el «gentleman» la levanta resulta que está debajo de una de las que no jugaron. Si el banquero es realmente un «gentleman» les regala las cáscaras y el porotito a los perdidosos. Sólo se queda con las apuestas.

Lord Ponsomby era un «gentleman».

Y regaló una zoncera. Esta del algodón.

Y «tutti contenti».

Todas estas cosas las han dicho varios. Y el más importante, un oriental llamado Luis Alberto de Herrera, que escribió un libro sobre la «Misión Ponsomby«; ahora lo acaba de decir el profesor Street de la Universidad de Cambridge, que ha editado un libro sobre la «invención» de la República Oriental del Uruguay.

El inglés trae documentación inglesa, o sea mercadería importada, que es la buena, como dijo la señora «gorda» que no cree en la de Herrera porque es industria nacional. Hay, pues, para elegir, como en los cigarrillos. Yo en esto, como en el tabaco, fumo del país, y aseguro que el enfisema es el mismo, pero más barato,

Me enteré de la existencia del libro por una nota bibliográfica publicada en un diario de la tarde, de Buenos Aires. De la síntesis publicada resultaba que la mercadería importada confirmaba los datos de la mercadería oriental, y para conseguir el libro y también admirar al periodista que se había permitido decirlo, lo fui a visitar. Este me dijo que lo del oriental era impublicable, pero no lo del inglés, y que tampoco había leído el libro, pues se había limitado a traducir la nota bibliográfica que sobre el mismo publicaba el «New York Herald». En esas condiciones, se trataba de un documento descontable, que no podía cuestionar la gerencia: con dos firmas, una inglesa y otra norteamericana.

Entonces lo publicó en ejercicio de la libertad de prensa.

Esto no es una invitación a leer el libro, que además ya está traducido lo cual no es obstáculo para la gente importante del Uruguay, pues habla inglés. La dificultad es para los adversarios de éstos, que hablan lenguas orientales. Pero ahora están aprendiendo el cubano, idioma que se parece al nuestro, como el de la televisión. Sólo que el de la televisión se piensa en norteamericano, y el de los orientales, orientales de occidente, se piensa en ruso o chino.

(Esto de hablar un idioma y pensar en otro es muy fácil de entender para los lectores de Martínez Estrada, que tiene que estar en Cuba para entender Buenos Aires, y en Buenos Aires para entender Cuba, cosa muy típica de nuestros «inteligentes». La naturaleza le ha dado al calamar la tinta para que no lo vean, pero cuando el calamar usa la tinta de imprenta, el que no ve es él, y privado de la vista, sólo sabe de lo que pasa en sus aguas por el ruido que hacen otros calamares que están en otras aguas. Esto lo explicó mejor Macedonio Fernández pues nos dejó un libro titulado No todo es vigilia la de los ojos abiertos, que tampoco he leído, pero basta con el título, y conocer a los calamares).

Me faltaba agregar que cuando la República Oriental del Uruguay se inventó, como no había más que orientales y cisplatinos, hubo que inventar los uruguayos. Y éstos fueron franceses, italianos, hasta ingleses (pero de esos pocos, para disimular, porque no hacían falta habiendo unitarios, que era lo mismo pero menos visible). Ahora hay uruguayos nativos, porque los orientales terminaron por serlo, y la República Oriental del Uruguay es cosa definitiva, y este comentario es una cosa nostálgica, como Allá lejos y hace tiempo, que es un libro nostálgico y romántico que escribió un inglés. La nostalgia sólo debe servirnos para que de aquí en adelante no tengamos que ser nostálgicos.

Brasil, el Uruguay y la Argentina están definitivamente formados. Brasil no necesita de los grandes ríos para acceder a su interior, y una elemental concepción geopolítica debe unirnos en el Cono Sur, primer paso de vuelta a la gran estrategia de cuando éramos otra cosa, y nos sentíamos todos latinoamericanos. Ya no nos pueden contar que hace falta el algodón entre los dos cristales, para que no se rompan las vidrieras. Ahora, se trata de que cuidemos la vidriera común, porque también el Uruguay es de vidrio, o de cristal, si les gusta más.

No nos perjudicarán si entendemos lo de aquí y ahora, como lo de «allá y hace tiempo».

Y utilizaremos la tinta para lo que fue dada al calamar: para su propia defensa y no para facilitar a los pescadores de calamares[16]—[17].




[16] Esta zoncera fue publicada en Montevideo en la revista «Repórter» y posteriormente en el diario «Democracia» de Buenos Aires. El historiador británico M. S. Ferns (Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. Ed. Solar Hachette, 1966), nos dice:

«Canning eligió para primer Ministro Británico en las Provincias Unidas del Río de la Plata a Lord Ponsomby, Vizconde Ponsomby de la nobleza de Irlanda. Se consideraba a Ponsomby el hombre más hermoso de los tres Reinos, y lo cierto es que había atraído la atención de Lady Conyngham, la favorita de Jorge IV… Canning decidió mostrar que Buenos Aires tenía una utilidad que bien podía apreciar su real amo». Y aprovechó los celos para dar destino en el Río de la Plata al buen mozo que, por cierto, no le quedó nada agradecido. Opinaba: «Es el lugar más horrible que haya visto y por cierto que me ahorcaría si encontrara un árbol lo bastante alto para sostenerme».

Sigue Ferns diciéndonos que, a pesar de ser una especie de Brummel y playboy, Ponsomby amaba apasionadamente algo más que a las mujeres: a la política. Y a falta de ladys de calidad metió el acelerador a fondo en ésta.

Ya se ve que la nariz de Cleopatra también interviene en nuestra historia. Pero cuando la nariz de Cleopatra olfatea para el lado del viento.

Es lo que nuestro Juan Bautista Alberdi nos va a decir:

«Pero una tercera entidad más importante que los dos beligerantes se interpuso en la lucha y reclamó Montevideo como necesaria también a la integridad de los dominios. Esa entidad era la civilización. Ella también tuvo necesidad de que Montevideo fuera libre e independiente para campear en sus nobles dominios, que se extienden en todo el fondo de América. Habló naturalmente por sus órganos naturales, la Inglaterra y la Francia».

Alberto Methol Ferré (Geopolítica de la cuenta del Plata, A. Peña Lillo, editor, 1973, Bs. As ) comenta esta cita.

«No olvidemos que en el siglo pasado la civilización era el nombre del imperialismo. El Uruguay no es hijo de la frontera, sino del mar, y el mar era inglés. Éste necesitaba una ciudad hanseática: Montevideo y sus territorios».

Este mismo escritor uruguayo señala la correspondencia entre el enfoque británico y la intelligentzia local. Lord Canning dirá: «Los hechos están ejecutados, la cuña está impelida. Hispanoamérica es libre y, si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios, ella será inglesa». Lo corrobora Sarmiento: «La América está en vísperas de alzarse en medio del globo como el rico almacén en que todas las naciones industriales vendrán a proveerse de cuantas materias primas necesiten sus fábricas» (Editorial de Sarmiento en «El Progreso» de Santiago de Chile. 25 de noviembre de 1841. Ver Ricardo Font Ezcurra, La Unidad Nacional, Ed. Theoría, Buenos Aires, 1961).


[17] 2 El 15 de marzo de 1852, Sir Woodbine Parish —que ha actuado en todos los trámites de la política rioplatense— le escribe al primer Ministro Addington preocupado por recordar los fines británicos perseguidos al establecerse la independencia del Uruguay. Lo mueve a ello la noticia que tiene sobre la caída de Rosas y la «parte decidida que los brasileños han tomado en la ocurrencia de este evento». Porque la política inglesa consistió en crear la ciudad hanseática en su territorio, tanto en perjuicio de la Confederación del Plata como del Brasil, es decir para su propio beneficio. Le dice:

«No conozco qué seguridades puede haber recibido el gobierno de S. M. de parte de ellos (los brasileños) respecto de sus miras ulteriores; pero como estuve a cargo de negociar la paz de 1832 concluida por Lord Ponsomby en Río de Janeiro, creo de mi deber llamar la atención de Lord Malbesmury sobre los objetivos que el gobierno de S. M. tuvo en vista en aquel arreglo»… «Mediante la creación de un Estado independiente en el territorio tan largamente disputado, nos proponíamos la separación de las partes con un territorio neutral intermedio para prevenir la posibilidad de que entrasen en colisión; para asegurar esto mayormente, existía una estipulación de cualquier intención de renovar las hostilidades. En violación o desprecio de estas estipulaciones, como me parece, el Brasil ha puesto en marcha su ejército en la Banda Oriental, prevaliéndose de la visión de los partidos y la postración del país, y de resultas ha celebrado algunos tratados con ciertos partidos que parece le dan virtualmente un entero control sobre aquellos territorios, ciertamente contrario a todas las miras que tuvimos cuando hicimos la paz con Buenos Aires.» (Diego Luis Molinari, Prolegómenos de Caseros. Ed. Devenir, 1962).

Pero Lord Addington no necesitaba la advertencia. Todo se hacía con su conocimiento.




[Sitio Grande de Montevideo (1843-1851)]


Zoncera Número 7

«La Troya americana»

Después de la zoncera anterior ésta viene al pelo, porque también explica cómo se fue colocando "el algodón" y cómo los primeros uruguayos eran vascos, franceses, italianos y gente sin nacionalidad, como unitarios, etc., que peleaban contra los orientales que los sitiaban.

La defensa de Montevideo frente al ejército argentino-oriental comandado por Oribe, se convierte, con esta zoncera, en un hecho "homérico".

Pero hay una diferencia que salta a la vista: los defensores de Troya eran troyanos; los sitiadores eran, con los aqueos a la cabeza, los griegos, extranjeros y adversarios de aquélla. En esta Troya americana los sitiadores eran precisamente los troyanos, es decir los orientales.

Para evidenciar el disparate de esta zoncera me basta transcribir lo que al respecto dice Ernesto Palacio hablando del sitio que duró más de diez años, única analogía con lo que ocurrió en Troya según Homero. Y nos atendremos a lo que dice Mitre, el Hornero de la Troya americana, que Palacio en su Historia de la Argentina, A. Peña Lillo editor, Bs. As., cita:

"Sobre las características de la ciudad tenemos un testimonio insospechable en el general Mitre que actuaba entonces como artillero de Rivera. Según sus referencias, Montevideo contaba entonces con algo más que 31.000 habitantes de los cuales sólo 11.000 eran nativos, la mitad negros emancipados. El resto —contando a nuestra emigración— eran extranjeros, principalmente franceses".

He aquí cómo se organizaría la defensa, dice Palacio transcribiendo a Mitre: "Los proscriptos argentinos formaban una legión de más de 500 hombres... Los franceses se organizaron en batallones en número de más de 2.000 hombres... Los españoles... 700 hombres... Los italianos... 600 hombres. El núcleo del ejército de la defensa lo componían cinco batallones de infantería y un regimiento de artillería de negros libertos, mandados en su mayor parte por oficiales argentinos. El resto, hasta el completo de 7.000 hombres, lo formaban tres batallones y algunos escuadrones de la guardia nacional, que en gran parte se pasaron a Oribe por pertenecer al partido Blanco". Hasta aquí el historiador don Bartolomé Mitre, dice Palacio.

Continúa ahora Palacio, dejando a Mitre: "Más que una ciudad, como se ve, se trataba de una especie de factoría internacional, con población aventurera y adventicia", cuyos verdaderos ciudadanos —agrego yo—, ínfima minoría de la población, soportaban la situación con disgusto y lo demostraban desertando en masa a las filas nacionales que eran las de Oribe. "En esta compañía heterogénea de agentes internacionales y masónicos, agiotistas, mercachifles, piratas y aventureros de toda laya... los emigrados de la Comisión Argentina pretendían llevar contra su patria la guerra de la civilización", sigue Palacio.

Como se ve, la situación era opuesta a la de Troya; los Aquiles, Patroclos, Agamenones sitiadores, estaban dentro de la ciudad sitiada; Príamo y los suyos, afuera. Los sitiados aquí son los intrusos; los sitiadores, los dueños de casa. Como se ve, no hay ninguna similitud con Troya.

¿Y lo de americana? ¿Qué clase de americanos eran esos traidores a su patria, de la emigración? Pero sobre todo, ¿qué clase de americanos son los franceses, italianos y españoles que constituyen la parte más numerosa de la defensa? Tal vez lo fueran los negros, pero libertos precisamente al precio de convertirse en soldados.

Ahora resulta evidente que la Troya americana no era más que el puerto de desembarco de los nuevos conquistadores; la base de operaciones de una nueva colonización. Decid Zanzíbar, Goa, Guantánamo, Panamá, Hong Kong, Macao y lograréis un acertado parangón. Pero no con Troya.

Si lo de Troya americana es mala literatura, es peor historia. Pero mala literatura y peor historia están estrechamente unidas en esta zoncera.

Digamos de la Troya americana que lo que tenía de Troya era el caballo.

Meter el caballo, es lo mismo que "meter el perro" pero con los héroes adentro. Esta zoncera es pues un caballo troyano que nos meten a argentinos... y uruguayos.




— Jauretche, Arturo. Manual de zonceras argentinas. Buenos Aires: A. Peña Lillo, 1968




Arturo Jauretche: Montevideo, la Hong Kong americana (Manual de zonceras argentinas, 1968)

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