Arturo Jauretche: Montevideo, la Hong Kong americana (Manual de zonceras argentinas, 1968)
Manual de zonceras argentinas (1968)
Arturo Jauretche
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| Arturo Jauretche (Manual de zonceras argentinas, 1968) |
[Sitio Grande de Montevideo (1843-1851)]
[Montevideo, la Hong Kong americana]
Zoncera N° 7
«La Troya americana»
Después de la zoncera anterior ésta viene al pelo, porque también explica cómo se fue colocando "el algodón" y cómo los primeros uruguayos eran vascos, franceses, italianos y gente sin nacionalidad, como unitarios, etc., que peleaban contra los orientales que los sitiaban.
La defensa de Montevideo frente al ejército argentino-oriental comandado por Oribe, se convierte, con esta zoncera, en un hecho "homérico".
Pero hay una diferencia que salta a la vista: los defensores de Troya eran troyanos; los sitiadores eran, con los aqueos a la cabeza, los griegos, extranjeros y adversarios de aquélla. En esta Troya americana los sitiadores eran precisamente los troyanos, es decir los orientales.
Para evidenciar el disparate de esta zoncera me basta transcribir lo que al respecto dice Ernesto Palacio hablando del sitio que duró más de diez años, única analogía con lo que ocurrió en Troya según Homero. Y nos atendremos a lo que dice Mitre, el Hornero de la Troya americana, que Palacio en su Historia de la Argentina, A. Peña Lillo editor, Bs. As., cita:
"Sobre las características de la ciudad tenemos un testimonio insospechable en el general Mitre que actuaba entonces como artillero de Rivera. Según sus referencias, Montevideo contaba entonces con algo más que 31.000 habitantes de los cuales sólo 11.000 eran nativos, la mitad negros emancipados. El resto —contando a nuestra emigración— eran extranjeros, principalmente franceses".
He aquí cómo se organizaría la defensa, dice Palacio transcribiendo a Mitre: "Los proscriptos argentinos formaban una legión de más de 500 hombres... Los franceses se organizaron en batallones en número de más de 2.000 hombres... Los españoles... 700 hombres... Los italianos... 600 hombres. El núcleo del ejército de la defensa lo componían cinco batallones de infantería y un regimiento de artillería de negros libertos, mandados en su mayor parte por oficiales argentinos. El resto, hasta el completo de 7.000 hombres, lo formaban tres batallones y algunos escuadrones de la guardia nacional, que en gran parte se pasaron a Oribe por pertenecer al partido Blanco". Hasta aquí el historiador don Bartolomé Mitre, dice Palacio.
Continúa ahora Palacio, dejando a Mitre: "Más que una ciudad, como se ve, se trataba de una especie de factoría internacional, con población aventurera y adventicia", cuyos verdaderos ciudadanos —agrego yo—, ínfima minoría de la población, soportaban la situación con disgusto y lo demostraban desertando en masa a las filas nacionales que eran las de Oribe. "En esta compañía heterogénea de agentes internacionales y masónicos, agiotistas, mercachifles, piratas y aventureros de toda laya... los emigrados de la Comisión Argentina pretendían llevar contra su patria la guerra de la civilización", sigue Palacio.
Como se ve, la situación era opuesta a la de Troya; los Aquiles, Patroclos, Agamenones sitiadores, estaban dentro de la ciudad sitiada; Príamo y los suyos, afuera. Los sitiados aquí son los intrusos; los sitiadores, los dueños de casa. Como se ve, no hay ninguna similitud con Troya.
¿Y lo de americana? ¿Qué clase de americanos eran esos traidores a su patria, de la emigración? Pero sobre todo, ¿qué clase de americanos son los franceses, italianos y españoles que constituyen la parte más numerosa de la defensa? Tal vez lo fueran los negros, pero libertos precisamente al precio de convertirse en soldados.
Ahora resulta evidente que la Troya americana no era más que el puerto de desembarco de los nuevos conquistadores; la base de operaciones de una nueva colonización. Decid Zanzíbar, Goa, Guantánamo, Panamá, Hong Kong, Macao y lograréis un acertado parangón. Pero no con Troya.
Si lo de Troya americana es mala literatura, es peor historia. Pero mala literatura y peor historia están estrechamente unidas en esta zoncera.
Digamos de la Troya americana que lo que tenía de Troya era el caballo.
Meter el caballo, es lo mismo que "meter el perro" pero con los héroes adentro. Esta zoncera es pues un caballo troyano que nos meten a argentinos... y uruguayos.
— Jauretche, Arturo. Manual de zonceras argentinas. Buenos Aires: A. Peña Lillo, 1968

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