Auguste Comte: La existencia social (Capítulo VI de Sistema de política positiva, primera parte) [1851-1854]

Auguste Comte (1851-1854), Système de politique positive.

Extraits des tomes II et III du Système de politique positive publié entre 1851 et 1854.


PREMIÈRE PARTIE

STATIQUE SOCIALE: THÉORIE DES INSTITUTIONS

Auguste Comte: La existencia social (Capítulo VI de Sistema de política positiva, primera parte) [1851-1854]
Auguste Comte: Sistema de política positiva [1851-1854]

CAPÍTULO VI: EXISTENCIA SOCIAL

Existencia y vida

La estática social jamás debe separar las nociones interrelacionadas de organización y actividad. Se limita a estudiar, bajo el nombre de existencia, la actividad común a todos los lugares e incluso a todos los tiempos, reservando para la sociología dinámica esta doble fuente de cambios normales, de la cual surge la vida misma. (II, 340.)


FAMILIA, CIUDAD, IGLESIA

Cada persona pertenece simultáneamente, por sentimiento, a una familia específica; por actividad, a una ciudad particular; y por intelecto, a alguna Iglesia [...].

Es a la ciudad, órgano esencial de la cooperación activa, a la que la humanidad debe vincularse primordialmente, pero siempre concebida como preparada por la familia y completada por la Iglesia. Si bien la sociedad política se compone necesariamente de sociedades domésticas, solo la primera determina la totalidad de la existencia de las demás, según la distribución general del trabajo humano, que rige en todas partes sus respectivos destinos. Irrefutable desde los albores de nuestra civilización, esta preponderancia natural se acentúa cada vez más a medida que se desarrollan nuestra solidaridad y continuidad. Así, el instinto universal confirma esencialmente dicha subordinación, que en todas partes nos predispone a concebir habitualmente a la humanidad como ciudadanos [...].

La sociedad religiosa debería dedicar su universalidad característica únicamente a complementar la sociedad política, uniendo las diversas ciudades según su subordinación compartida y continua a la Humanidad. Pero el alcance superior de la Iglesia nunca la autoriza a considerarse representante del verdadero Gran Ser mejor que los estados, o incluso las familias. Pues esta extensión espacial, siempre tan insignificante comparada con la que ofrece el tiempo, no constituye directamente ninguna aptitud para tal simbolización, que depende sobre todo del digno cumplimiento de cada función social. La Humanidad a menudo se representa mejor mediante una simple familia que mediante una vasta asociación que correspondería solo a uno de sus aspectos esenciales. (II, 341-343.)


LAS CUATRO «PROVIDENCIAS»

Toda ciudad presenta necesariamente la interacción continua, ya perceptible en las familias más elementales, de los tres órdenes simultáneos de funciones sociales, que corresponden naturalmente a las tres partes esenciales de nuestra constitución cerebral. Solo que sus funciones, puramente individuales en la vida doméstica, se vuelven entonces más pronunciadas e incluso más fácilmente apreciables, al menos cuando las clases respectivas están suficientemente diferenciadas, lo cual pronto ocurre a los ojos de un verdadero filósofo. Aquí, pues, reaparece el concepto de estructura del capítulo anterior en relación con la existencia, distinguiendo las tres facultades naturales —órganos especiales, personales o colectivos, de inteligencia, sentimiento y actividad— propias de la asociación humana. Incluso en las ciudades más pequeñas capaces de existir de forma independiente, se encuentran estas tres clases normales: los sacerdotes que guían nuestras especulaciones, las mujeres que presiden nuestros afectos principales y los líderes prácticos que dirigen nuestra actividad militar o industrial [...].

Pero esta visión general inicial de la existencia social requiere, en primer lugar, un complemento esencial. Estas tres formas de providencia —moral, intelectual y material—, propias de la naturaleza de la asociación humana, presentan, en virtud de su necesaria especialización, serios inconvenientes que tenderían a perturbar profundamente la armonía general sin un regulador común y espontáneo. Las mujeres, de hecho, tienden siempre a exagerar la influencia del sentimiento, descuidando la de la razón e incluso la de la actividad. Del mismo modo, la clase contemplativa, aunque destinada principalmente a promover el espíritu universal, tiende a preocuparse excesivamente por las condiciones teóricas, sin valorar suficientemente las necesidades prácticas y emocionales. Este peligro aumenta con la separación efectiva entre el sacerdocio y el gobierno, que, sin embargo, es indispensable para la plena eficacia del poder espiritual. Sería superfluo detenerse aquí en los abusos equivalentes, aún más característicos de la autoridad práctica, ya que su consideración nos ha proporcionado la razón principal de la necesidad social de un sacerdocio diferenciado. Así, cada una de las tres providencias terrenales, si bien desarrolla dignamente su propósito específico, tiende a descuidar los otros dos órdenes de necesidades humanas.

Su equilibrio mutuo constituye, en este sentido, un corrector espontáneo. Pero obviamente sería insuficiente para prevenir o disipar los conflictos íntimos si la existencia social no generara en sí misma una providencia complementaria, directamente vinculada a cada una de las tres principales y, por lo tanto, adecuada.

para mantener su armonía habitual. Ahora bien, tal es el destino natural del pueblo llano, que está igualmente conectado con el sexo emocional a través de los lazos familiares, con el sacerdocio mediante la educación y el consejo, y con líderes prácticos para la actividad o la protección. (II, 358-360.)


LOS TRES ASPECTOS DE LA EXISTENCIA SOCIAL

EXISTENCIA MORAL

La Familia

[La existencia moral] comienza necesariamente en la familia, bajo el impulso materno, fuente primaria de nuestra educación. Este comienzo espontáneo siempre mantendrá una admirable armonía con las prescripciones normales de la verdadera sistematización humana, que nunca dejará de basarse, e incluso cada vez más, en la justa preponderancia del corazón. Nos hace amar, y pronto conocer, el orden artificial antes que el natural. Nuestro desarrollo emocional aquí se ocupa primero de la continuidad, y luego de la solidaridad. Una larga práctica de los diversos afectos familiares fundamenta así la religión en el amor antes de completarla con la fe.

Esta admirable preparación, insustituible e indispensable para el resto de nuestra existencia, constituye la principal función social del sexo emocional. Requiere que la mujer se libere por completo del trabajo externo para desarrollar dignamente su providencia interior. Pero también la priva de toda dominación temporal, incluso doméstica, para que no pueda ejercer otra influencia que la que resulta de su superioridad moral. (II, 372).


La Patria

Tal existencia moral no presenta otro inconveniente esencial que el de confinar nuestros instintos afectivos a un ámbito demasiado limitado. Sin embargo, esta restricción inicial sigue siendo indispensable durante mucho tiempo para su desarrollo decisivo, que degeneraría en una disposición vaga y estéril si las relaciones fueran inicialmente muy extensas. Sobre esta base necesaria, la existencia moral se expande cuando la reacción de la ciudad, dirigida por el clero, fomenta los matrimonios entre familias, prohibiendo las diversas formas de incesto que durante tanto tiempo se habían considerado naturales. Solo entonces la vida doméstica se convierte verdaderamente en la base normal de la vida civil [...]. A partir de entonces, la vida doméstica manifiesta cada vez más su propósito primordial: liberarnos de nuestra personalidad primitiva y elevarnos gradualmente a la plena sociabilidad, sin confinarnos jamás al egoísmo colectivo [...].

Sin embargo, el patriotismo propiamente dicho, incluso reducido al simple deber cívico, nunca dejará de constituir la expresión más común del verdadero sentimiento social. Pues, si bien por un lado tendemos a multiplicar nuestras relaciones de afinidad tanto como sea posible, nuestros afectos, por otro lado, solo se mantienen suficientemente fuertes si sus objetos pueden concebirse claramente mediante la interacción habitual. Sin una cooperación activa y cotidiana, que solo puede sentirse verdaderamente en la ciudad, incluso una comunidad íntima de creencias sería insuficiente para dar un impulso decisivo al amor universal. La unión cívica seguirá siendo siempre el más extenso de los afectos que integran suficientemente todas las partes de nuestra existencia: material, mental y moral. (II, 372-374.)


EXISTENCIA INTELECTUAL

La existencia intelectual [...] debe estar siempre subordinada a la anterior. Ya sea considerada en sus órganos específicos o en su desarrollo universal, aquí puede condensarse enteramente en torno a la educación sistemática. Este complemento indispensable a la preparación doméstica debe iniciarnos directamente en el conocimiento general del orden humano y del orden universal que lo rige, para regular nuestra activa sumisión a este doble destino modificable. (II, 379.)


El Orden Externo

Dado que toda teoría debe, en última instancia, representar fielmente el mundo externo, nuestros éxitos especulativos dependen siempre de una digna sumisión de las inspiraciones subjetivas a las impresiones objetivas [...]. El objetivo más difícil e importante de nuestra existencia intelectual es transformar el cerebro humano en un espejo exacto del orden externo. Solo así podrá convertirse en la fuente directa de nuestra unidad total, al vincular la vida afectiva y activa con su propósito común [...].

Es la preponderancia común del espectáculo externo la única que puede regular esta contemplación interior, subordinada así naturalmente a una fuente inalterable. Cuando, por el contrario, nuestra agitación cerebral intensifica los recuerdos más que las sensaciones correspondientes, nuestra comprensión cae en un estado patológico [...].

Así, la constante subordinación de lo interno a lo externo proporciona la base necesaria para la armonía mental y, por consiguiente, para toda la economía cerebral. (II, 382-383.)


El orden social

Tanto para la contemplación como para la meditación, cada mente siempre depende de otras, quienes preparan sus materiales y verifican sus resultados.

La desafortunada influencia de los enfermos mentales sobre sus médicos permite apreciar hasta qué punto nos conmueve cualquier convicción firme, incluso cuando la reconocemos errónea. El innovador más audaz rara vez adquiere plena confianza en sus propios descubrimientos hasta que obtiene cierta aceptación. Jamás podrá prescindir de dicha validación a menos que se sienta suficientemente respaldado por el progreso general de la humanidad. En resumen, el orden individual está tan subordinado al orden social en sus detalles como en su dirección general. Pero la preponderancia de la continuidad sobre la solidaridad es más pronunciada aquí que en cualquier otro caso. Por ello, la historia filosófica de la ciencia nos permite, con mucha mayor claridad y precisión de la que creen nuestros estudiosos, delimitar en todas partes el campo general de los descubrimientos específicos de cada fase. (II, 386).

Apreciar el orden artificial, según el orden natural del que depende, para modificarlo mejor y someterse al otro: tal es, pues, el papel activo o pasivo del clero y del público en la educación universal, en torno a la cual gira naturalmente toda la existencia intelectual. (II, 389.)


EXISTENCIA MATERIAL


Su Desorden Actual

Con respecto a las otras dos partes de la existencia social, la imagen normal que he tenido que trazar, según la verdadera teoría de la naturaleza humana, difiere enormemente, sin duda, del espectáculo habitual que prevalece hoy en día [...]. Sin embargo, el principal desorden actual afecta a la existencia material, donde los dos elementos necesarios de la fuerza gobernante, es decir, la cantidad y la riqueza, viven en un estado creciente de hostilidad mutua, de la cual deben ser igualmente responsables.

Si bien la primera, según la competencia que presupone, aprecia mejor los impulsos simpáticos y el pensamiento sintético, sus tendencias habituales son profundamente subversivas, no solo en la mente, sino también en el corazón. Abraza con entusiasmo las utopías más absurdas, sin reconocer ninguna disciplina mental verdadera, salvo la de los ilusionistas o soñadores. Todas sus aspiraciones sociales la llevan a establecer una brutal opresión contra los líderes necesarios de las operaciones prácticas.

Pero la fuerza concentrada sigue siendo aún más ingobernable que la fuerza dispersa; o, al menos, sus perturbaciones se sienten con mayor intensidad, al ser más crónicas. Si bien todo el régimen preliminar debería haber tendido más a desarrollar nuestras capacidades que a disciplinarlas, su reacción espontánea siempre instituyó algún tipo de restricción, especialmente contra los abusos más graves, siempre que la influencia intelectual respaldara suficientemente el impulso moral. Durante el largo esplendor de la teocracia inicial, la riqueza estaba sujeta activamente a estrictas obligaciones sociales. La gran transición militar mantuvo y desarrolló estas prescripciones sacerdotales, bajo la a menudo perversa invocación de la seguridad pública. Estas fueron profundamente perfeccionadas por la civilización feudal, que, con su frecuente práctica de confiscación, incluso esbozó el carácter sociocrático de la propiedad, sobre la cual la institución teocrática había prevalecido hasta entonces.

Solo desde que la anarquía moderna destruyó todas las estructuras provisionales emanadas de un régimen admirable pero inadecuado, el uso de la riqueza occidental se encuentra, en general, desprovisto de toda regla. El cobarde egoísmo que Dante, en nombre de la Edad Media, excluyó incluso de los honores infernales, se ha establecido finalmente como la norma entre los ricos, sobre quienes, además, las costumbres han dejado de imponerles cualquier deber social. Nuestro clero oficial, lejos de combatir esta doble degradación, ha participado cada vez más en ella, hasta el punto de volver su misión reguladora contra los pobres. Cuando los abusos han provocado demandas contundentes, estas no han hecho sino amplificar las tendencias negativas que acabo de señalar. Incluso su habitual auge sugiere menos un deseo sincero de regeneración que una necesidad nacida de la envidia o de un cálculo de ambición. Así, ya sea que se enfrente a los pobres con los ricos, o que se castigue la indiferencia de estos últimos hacia los pobres, la armonía material se ve más profundamente alterada que la unidad moral, o incluso intelectual. (II, 391-393.)


Su necesaria reorganización

La sistematización decisiva de tal regeneración pronto constituirá la principal función social del nuevo poder espiritual, una vez que haya preparado dignamente las opiniones y costumbres occidentales [...]. La disciplina temporal no presenta, en sí misma, un carácter verdaderamente opresivo cuando superiores e inferiores se ven habitualmente animados, según la educación universal, por un justo sentido de su posición y sus deberes [...]. Cuando haya prevalecido la verdadera teoría de la naturaleza humana, se reconocerá en todas partes que el principal privilegio del poder práctico resulta de la posibilidad

La capacidad de ejercer mejor nuestras inclinaciones superiores; pero tal ventaja solo suscitará arrepentimientos sin amargura. Es más, todos sentirán que la concentración adecuada de tal preponderancia es siempre indispensable para su verdadero destino cívico. Ahora bien, esta sincera y familiar convicción de la necesidad social de líderes políticos, y del destino que prescribe una existencia proletaria a las masas activas, constituye sin duda la principal dificultad de la disciplina social. Requiere, de hecho, una evaluación delicada y compleja, que solo puede resultar suficientemente de una sabia educación religiosa. Solo así podrá la determinación precisa de los deberes propios de cada persona prevalecer en todas partes sobre la vana discusión de los derechos individuales, siempre retrógrada en algunos y anárquica en otros [...].

Según una falsa teoría de la naturaleza humana, nuestra larga rebelión contra toda autoridad, presente o pasada, ha oscurecido profundamente las respectivas tendencias de obediencia e insubordinación. A pesar de las disculpas interesadas prodigadas a estos últimos y los insultos sistemáticos a los que fueron sometidos los primeros, el instinto práctico ha corregido, entre el proletariado y las mujeres, las aberraciones sofísticas de sus dirigentes temporales. Las leyes generales de la naturaleza humana, siempre soportadas antes de ser comprendidas, han dejado empíricamente claro en todas partes cuán moralmente superior es la sumisión a la rebelión [...]. Además de la admirable máxima del gran Corneille: «Se camina con paso más firme siguiendo que liderando», las poblaciones modernas no se considerarán degradadas por el destino social que prescribe la sumisión habitual. Al contrario, todos sentirán la tendencia natural de tal situación a desarrollar en nosotros los instintos de veneración y apego más adecuados para consolidar la verdadera felicidad humana, tanto pública como privada. Al reconocer la necesidad del mando, se considerará que sus órganos excepcionales están siempre expuestos a una grave degeneración moral por parte de una personalidad activa, de la cual toda alma sabia se alegrará de estar protegida. (II, 393-401.)


Salarios

Para consolidar mejor la armonía final, conviene precisar este análisis abstracto de la existencia práctica, considerando brevemente la función preponderante [del patriciado industrial], que consiste en la distribución general de la riqueza humana entre las distintas clases [...].

El principio fundamental de la teoría religiosa de los salarios [...] consiste en considerar siempre el servicio a la humanidad como esencialmente gratuito. Cualquier salario solo puede costear verdaderamente el aspecto material de cada cargo, reponiendo los recursos que el órgano y, a menudo, la función requieren constantemente. En cuanto a la esencia misma del servicio, este nunca conlleva una recompensa real más allá de la satisfacción de realizarlo y la gratitud activa que genera espontáneamente.

No se puede negar esta necesaria gratuidad del servicio humano al considerar la existencia de cada generación en su conjunto, que siempre hereda, antes que cualquier trabajo, el resultado acumulado de todas las labores anteriores. En proporción a este capital subjetivo, su propia contribución objetiva permanece consistentemente mínima y, además, es cada vez menor [...].

De esta apreciación colectiva, se pasa fácilmente a la apreciación individual del principio de gratuidad. Pues este principio ya no se cuestiona en lo que respecta a los cargos cuyos salarios suelen ser los más altos, porque ya cuentan con suficiente apoyo social. Ahora bien, sería contradictorio no extender una noción equivalente a las profesiones menos remuneradas, aun cuando sus servicios materiales sean los más indispensables. Tal incoherencia solo es apropiada para transiciones anárquicas, durante las cuales prevalece excepcionalmente la fútil distinción entre cargos cívicos privados y públicos. Cuando todos los ciudadanos estén moralmente establecidos como servidores sociales, como exige toda armonía humana, la dignidad del reconocimiento material ya concedida a los más eminentes debe extenderse a toda función útil.

Sin embargo, [es necesario reconocer] la necesaria diversidad en la distribución de los recursos cívicos entre funciones espirituales y temporales [...].

Es colectivamente como la masa activa debe nutrir a la clase contemplativa, incluso cuando prevalecen las contribuciones privadas gratuitas, características de todos los comienzos y perfectamente adecuadas para la renovación actual de esta clase degenerada. Siempre me honrará haber dado, con gran riesgo personal, el ejemplo más decisivo de este método inicial, sin el cual el sacerdocio positivo no podría alcanzar su justa independencia social [...].

En cuanto al sexo afectivo, que es especialmente nuestra mejor providencia, la religión positiva se limita a consagrar el principio natural, esbozado en los albores de nuestra civilización y desarrollado continuamente desde entonces: el hombre debe alimentar a la mujer. Aquí, este deber, a pesar de su conmovedora respuesta general, se dirige tan específicamente al grupo social mejor dispuesto a apreciarlo que su mantenimiento material puede confiarse con seguridad al cuidado doméstico del sexo trabajador. Primero el padre y los hermanos, luego el esposo y los hijos, cumplen este deber espontáneo suficientemente en cualquier república bien ordenada como para que la ciudad solo intervenga en casos excepcionales de insuficiencia familiar. Así, esta parte esencial de la distribución del sustento constituye una transición normal de la compensación pública propia del sacerdocio a la compensación privada que siempre corresponderá al proletariado.

En este tercer caso general, el patriciado material, cuyo papel consiste aún más en reponer provisiones que en proporcionar herramientas, debe, sin embargo, asegurar primero esa parte de la existencia temporal que, en todo ciudadano digno, permanece independiente de su servicio específico. No es aquí donde debo determinar su alcance normal. Pero puedo caracterizar suficientemente su principio general indicando el grado de propiedad, personal o doméstica, que el patriciado debe garantizar normalmente al proletariado. Consiste en que cada individuo posee siempre plenamente todo aquello que es para su uso continuo y exclusivo. Fundamentalmente, este principio, evidentemente practicable, equivale a hacer coincidir socialmente los dos significados generales de la palabra «propiedad». Ahora bien, por innegable que sea tal regla, nuestra anarquía dista mucho de ajustarse a ella suficientemente, incluso en lo que respecta al mobiliario, y especialmente en lo relativo al hogar. Pero esta peligrosa situación, en la que el proletariado se encuentra acampado en medio de la sociedad occidental sin haberse integrado aún en ella, no puede ser erigida por nadie como modelo de Estado normal [...].

Por lo tanto, solo resta considerar aquí el cuarto caso general, el del patriciado industrial, que, como proveedor material de todos los cargos, debe también proveer para los suyos. Este tipo de excepción normal es, de hecho, mucho menos especial de lo que parece. En efecto, no son solo quienes gestionan el capital humano quienes determinan su propia remuneración material. El sistema de competencia sensata extiende por doquier una disposición equivalente, donde cada persona se convierte en el único juez natural de sus verdaderas necesidades financieras. Si abusan de tal discreción, la opinión pública y la competencia personal pronto los llevan ante la justicia, sean sacerdotes, mujeres o proletarios. Ahora bien, los ricos se encuentran en una posición aún mejor en este sentido, ya que aspiran naturalmente a la estima universal más que aquellos entre ellos que destinarían una porción excesiva del capital que la humanidad les ha confiado exclusivamente a su propio beneficio. Pero la moral positiva debe evitar, en este aspecto, toda exageración, ya sea natural o fingida, reconociendo que la sobreestimulación de los instintos personales, inicialmente indispensables para esta función, inevitablemente produce una mayor tendencia hacia los placeres extravagantes. Sabrá cómo impedir dignamente que la vana sabiduría comprometa jamás la función para mejorar el órgano, por falta de suficiente consideración de la imperfección ordinaria de nuestra naturaleza y las seducciones habituales de la situación patricia. (II, 405-413.)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Berger y Luckmann: Resumen de La sociedad como realidad subjetiva (Cap. 3 de La construcción social de la realidad, 1966)

La sociología en el Leteo: el largo adiós de Georges Gurvitch

Adriana Alpini: Reflexiones antropológicas sobre la otredad. ¿Quién es el otro?

Zygmunt Bauman: Sociología y sentido común (Pensando sociológicamente, 1990)

Berger y Luckmann: La construcción social de la realidad (Índice del libro)

Berger y Luckmann: La sociedad como realidad subjetiva (Cap. 3 de La construcción social de la realidad, 1966)

Ely Chinoy: Cultura y sociedad (La sociedad, 1966)

Maurice Halbwachs: La memoria colectiva (fragmentos) (1925)

Pierre Bourdieu: La ruptura. El hecho se conquista contra la ilusion del saber inmediato (El oficio del sociólogo, 1968)

Teoría de la privación relativa de Robert Merton (Teoría y Estructura Social, 1949)