Domingo Faustino Sarmiento: Acerca de Fructuoso Rivera (El baqueano, Facundo, 1845)

Acerca de Fructuoso Rivera

Domingo Faustino Sarmiento

Extracto del Capítulo 2: Originalidad y caracteres argentinos de Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas (1845)

Domingo Faustino Sarmiento: Acerca de Fructuoso Rivera (El baqueano, Facundo, 1845)
Domingo Faustino Sarmiento (Facundo, 1845)

EL BAQUEANO[16]

Después del rastreador viene el baqueano, personaje eminente y que tiene en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. El baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmos veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más completo, es el único mapa que lleva un general para dirigir los movimientos de su campaña. El baqueano va siempre a su lado. Modesto y reservado como una tapia, está en todos los secretos de la campaña; la suerte del ejército, el éxito de una batalla, la conquista de una provincia, todo depende de él.

El baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el general tiene en él plena confianza. Imaginaos la posición de un jefe condenado a llevar un traidor a su lado y a pedirle los conocimientos indispensables para triunfar. Un baqueano encuentra una sendita que hace cruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada[17] remota conduce; si encuentra mil, y esto sucede en un espacio de mil leguas, él las conoce todas, sabe de dónde vienen y adónde van. Él sabe el vado oculto que tiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario, y esto en cien ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos extensos un sendero por donde pueden ser atravesados sin inconveniente, y esto en cien ciénagos[18] distintos.

En lo más oscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta en círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se desmonta, se inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la altura en que se halla, monta en seguida, y les dice, para asegurarlos: «Estamos en dereceras[19] de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el camino ha de ir al Sur»; y se dirige hacia el mundo que señala tranquilo, sin prisa de encontrarlo y sin responder a las objeciones que el temor o la fascinación sugiere a los otros.

Si aún esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la oscuridad es impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz y la tierra, las masca y, después de repetir este procedimiento varias veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo salado, o de agua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El general Rosas, dicen, conoce, por el gusto, el pasto de cada estancia del sur de Buenos Aires.

Si el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para atravesarla, y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un paraje distante cincuenta leguas, el baqueano se para un momento, reconoce el horizonte, examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a galopar con la rectitud de una flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo él sabe, y, galopando día y noche, llega al lugar designado.

El baqueano anuncia también la proximidad del enemigo, esto es, diez leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de los avestruces[20], de los gamos[21] y guanacos que huyen en cierta dirección. Cuando se aproxima, observa los polvos y por su espesor cuenta la fuerza: «Son dos mil hombres» —dice—, «quinientos», «doscientos», y el jefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible. Si los cóndores y cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá decir si hay gente escondida, o es un campamento recién abandonado, o un simple animal muerto. El baqueano conoce la distancia que hay de un lugar a otro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y a más, una senda extraviada e ignorada, por donde se puede llegar de sorpresa y en la mitad del tiempo; así es que las partidas de montoneras[22] emprenden sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas de distancia, que casi siempre las aciertan. ¿Creeráse exagerado? ¡No! El general Rivera[23], de la Banda Oriental, es un simple baqueano, que conoce cada árbol que hay en toda la extensión de la República del Uruguay. No la hubieran ocupado los brasileros sin su auxilio; no la hubieran libertado, sin él, los argentinos. Oribe[24], apoyado por Rosas, sucumbió después de tres años de lucha con el general baqueano, y todo el poder de Buenos Aires, hoy, con sus numerosos ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay, puede desaparecer, destruido a pedazos, por una sorpresa hoy, por una fuerza cortada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su provecho, por el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo, o por otro accidente inapercibido o insignificante.

El general Rivera principió sus estudios del terreno el año de 1804: y haciendo la guerra a las autoridades, entonces, como contrabandista; a los contrabandistas, después, como empleado; al rey, en seguida, como patriota; a los patriotas, más tarde, como montonero; a los argentinos, como jefe brasilero; a éstos, como general argentino; a Lavalleja[25], como Presidente; al Presidente Oribe, como jefe proscripto; a Rosas, en fin, aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo para aprender un poco de la ciencia del baqueano.




Notas

[16] Ultracorrección por bauiano. Tulio Halperín Donghi anota en su edición de Campaña del Ejército Grande (ob. cit., pág. 167) que «a mediados del siglo XIX la ortografía era vacilante, y en su Campaña Sarmiento prefirió casi sistemáticamente la forma vaqueano.

[17] Sitio donde hay agua potable por acumulación de lluvias o por vertiente. Fueron de gran importancia para la actividad ganadera y como bebida para la población hasta la instalación de aguacates y molinos, y luego de los motobombeadores y la existencia de trépanos para las perforaciones a profundidad.

[18] Ciénago, formas regionales de ciénaga (también ciénaga) registradas en la Argentina.

[19] Directamente frente a. Este modo adverbial proviene de derecera: derechura (Real Academia Española).

[20] Se refiere al ñandú, como se lo denomina en el área pampeana, o al suri, según el nombre dado en el área de influencia quichua. Es de menor tamaño que el avestruz africano, de color ceniciento, y tiene tres dedos en cada pie. La carne de los ejemplares jóvenes servía de alimento, así como los huevos. Las plumas eran vendidas en las pulperías por gauchos e indios.

[21] Llamado comúnmente venado. Mamífero rumiante del grupo de los ciervos. En la actualidad es una especie en extinción, a causa de la caza desmedida.

[22] Se designa con este nombre a la tropa comandada por los caudillos rurales, tanto de Buenos Aires como del interior del país, que combatieron en las guerras de la Independencia («las montoneras» de Güemes) y sobre todo en las guerras civiles. Las montoneras se caracterizaban por la adhesión a su jefe, así como por la vestimenta, el armamento y los modos de lucha. Se insistía en oponer estos últimos al de los ejércitos disciplinados al estilo europeo aunque, en realidad, la carencia de armas y otros pertrechos llevó a los ejércitos nacionales durante la gesta revolucionaria a apelar al cuchillo, la boleadora u otros instrumentos de uso cotidiano entre los pobladores rurales. En todo el proceso revolucionario se asiste a una rápida militarización del país. Las necesidades de la guerra llevan a los sucesivos gobiernos a delegar parte de su poder entre los hacendados de las áreas rurales, quienes deben proveer de hombres y provisiones —ganado, etc.— a los ejércitos. Estos sectores rurales van adquiriendo así poder político y prestigio entre sus tropas. Tal es el origen de los caudillos.

[17] Sitio donde hay agua potable por acumulación de lluvias o por vertiente. Fueron de gran importancia para la actividad ganadera y como bebida para la población hasta la instalación de aguacates y molinos, y luego de los motobombeadores y la existencia de trépanos para las perforaciones a profundidad.

[18] Ciénago, formas regionales de ciénaga (también ciénaga) registradas en la Argentina.

[19] Directamente frente a. Este modo adverbial proviene de derecera: derechura (Real Academia Española).

[20] Se refiere al ñandú, como se lo denomina en el área pampeana, o al suri, según el nombre dado en el área de influencia quichua. Es de menor tamaño que el avestruz africano, de color ceniciento, y tiene tres dedos en cada pie. La carne de los ejemplares jóvenes servía de alimento, así como los huevos. Las plumas eran vendidas en las pulperías por gauchos e indios.

[21] Llamado comúnmente venado. Mamífero rumiante del grupo de los ciervos. En la actualidad es una especie en extinción, a causa de la caza desmedida.

[22] Se designa con este nombre a la tropa comandada por los caudillos rurales, tanto de Buenos Aires como del interior del país, que combatieron en las guerras de la Independencia («las montoneras» de Güemes) y sobre todo en las guerras civiles. Las montoneras se caracterizaban por la adhesión a su jefe, así como por la vestimenta, el armamento y los modos de lucha. Se insistía en oponer estos últimos al de los ejércitos disciplinados al estilo europeo aunque, en realidad, la carencia de armas y otros pertrechos llevó a los ejércitos nacionales durante la gesta revolucionaria a apelar al cuchillo, la boleadora u otros instrumentos de uso cotidiano entre los pobladores rurales. En todo el proceso revolucionario se asiste a una rápida militarización del país. Las necesidades de la guerra llevan a los sucesivos gobiernos a delegar parte de su poder entre los hacendados de las áreas rurales, quienes deben proveer de hombres y provisiones —ganado, etc.— a los ejércitos. Estos sectores rurales van adquiriendo así poder político y prestigio entre sus tropas. Tal es el origen de los caudillos.

[23] Fructuoso Rivera (1788-1854), montevideano, importante terrateniente del sur oriental. Se inicia combatiendo junto a Artigas a favor de la independencia (1811). Participa de los dos sitios de Montevideo. Lucha contra los portugueses (1815-20). En 1822 se pronuncia por la incorporación al Brasil e interviene en la lucha a favor del Imperio, obteniendo un título nobiliario imperial. Como segundo jefe del ejército patriota triunfa en Sarandí. Perseguido por sus ideas federales, busca refugio en Santa Fe junto a López, a quien convence de la conveniencia de una acción enérgica sobre las Misiones Brasileñas. Obtiene la adhesión de las poblaciones guaraníes, incautándose a su favor de ganados entrerrianos; establece una base en São Borja. En 1830 es elegido presidente constitucional de la República Oriental del Uruguay. Derrota a Lavalleja y establece una alianza con los franceses y los emigrados argentinos contra Rosas. Se bate contra Echagüe y Urquiza. Vence en Cagancha a las tropas argentinas. A la renuncia de Oribe se hace cargo de la presidencia por segunda vez. En 1842 es derrotado en Arroyo Grande; deja de ser presidente al año siguiente. Resiste hasta 1845; al año siguiente intenta un retorno al poder. Derrotado, se refugia en Brasil.

[24] Manuel Oribe (1772-1857), montevideano, lucha en los dos sitios de Montevideo. Actúa bajo las órdenes de Artigas y luego de Rivera. Lucha en Cepeda (1820); participa en la expedición de los 33 Orientales (1825) y en el asedio de Montevideo. Incorporado en 1826 al ejército de Alvear, lucha en Ituzaingó y Camacuá. Lucha contra Rivera, y recién entonces Rosas establece una alianza con él, enviándole dinero y armas. Presidente en 1835, renuncia y marcha a Buenos Aires, donde Rosas lo recibe como presidente legal del Estado Oriental. Enviado por Rosas, Oribe conquista el interior como comandante de las fuerzas porteñas, sometiendo a los vecinos a una dura represión. Derrota a Lavalle en Quebracho Herrado y Famaillá, y vence a Juan Pablo López de Santa Fe (1842). Vuelve al Uruguay y establece su cuartel general en el Cerrito. Capitula en 1851.

[25] Juan Antonio Lavalleja (1876-1853), oriental, combate desde 1811 junto a Artigas contra los españoles, el directorio porteño y los portugueses. Cae prisionero de las tropas invasoras portuguesas en 1818. Con un reducido grupo de compatriotas, los famosos Treinta y Tres Orientales, invade desde Buenos Aires la Banda Oriental, dispuesto a desalojar de su tierra al invasor brasileño. Rivera se une a la rebelión. Rápidamente las tropas patriotas ganan la campaña e inician el cerco de Montevideo. Lavalleja convoca a una Asamblea General, que lo designa gobernador y capitán general de la provincia, y declara la independencia de la Banda Oriental, incorporada al Brasil, y se une, en cambio, a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Argentina entra entonces en la guerra. Lavalleja lucha en Bacacay, Ombú e Ituzaingó, aunque distanciado de los jefes argentinos. Concluida la guerra con la independencia del Uruguay, Lavalleja se enfrenta sin éxito a Rivera, elegido presidente constitucional en 1830. Se une luego a Oribe, ya en la presidencia, quien vence a Rivera. En 1838, derrotado Oribe, invade junto con Echagüe la Banda Oriental desde Entre Ríos, con el fin de derrocar a Rivera, pero son vencidos en Cagancha. Desde 1843 hasta 1851 participa en el sitio de Montevideo. Muere en 1853, siendo miembro del triunvirato integrado por Venancio Flores y Rivera, luego de la derrota del presidente Giró.

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