Marcelo Gullo: La falsa historia es el origen de la falsa política (Lo que América le debe a España, 2023)

La falsa historia es el origen de la falsa política

Marcelo Gullo

Prefacio a Lo que América le debe a España (2023)

Marcelo Gullo: Lo que América le debe a España, 2023)
Marcelo Gullo: Lo que América le debe a España (2023)

Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre.

PLATÓN


Estimado lector: seguro que está usted viendo cómo año tras año disminuye su salario real, cómo sube el precio de los alimentos, cómo aumentan los impuestos que paga por su casa —hasta que no pueda pagarlos más y se vea obligado a venderla—, al tiempo que se disparan las tarifas del gas y la electricidad. Como si eso fuese poco, la guerra ha regresado a Europa, y tan solo a dos mil quinientos kilómetros de Madrid, ucranianos y rusos se matan unos a otros. Y para aumentar el estado de preocupación que sufrimos todos, siempre aparece un periodista que nos recuerda que, quizá, llegue una nueva pandemia, como la viruela del mono o el sarampión del elefante.

Y resulta que ahora regresa este argentino —pensará usted— con un libro que insiste en la necesidad del estudio de la historia de España e Hispanoamérica. ¿Por qué esa manía por la historia?, se preguntará. Porque, como sostenía Juan Bautista Alberdi, «entre el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente». Y porque, además, como Alberdi también afirmaba, «la falsa historia es el origen de la falsa política», es decir, de la política perversa que hoy padecemos todos: la política de los Kirchner en Argentina, de los Boric en Chile, de los Petro en Colombia, de los Puigdemont en España… Y para nosotros, estimado lector, esa tergiversación de la historia comenzó con la falsificación de la conquista española de América. Una falsificación que fue la obra más genial del marketing político británico, tal y como venimos afirmando desde hace tiempo en nuestros libros y declaraciones. Sin duda alguna, la leyenda negra es el huevo de la serpiente.

Si, a día de hoy, el nacionalismo catalán amenaza con destruir la unidad de España y el falso indigenismo —de los Evo Morales, de los Maduro…— conduce a las repúblicas hispanoamericanas hacia una nueva balcanización territorial, es porque se ha falsificado la historia y porque se ha producido una tergiversación sistemática de nuestro pasado. Los políticos negrolegendarios —los López Obrador y compañía— mienten sistemáticamente. Saben que sabemos que mienten, que los hemos pillado en sus mentiras y, sin embargo, como si nada hubiese acontecido, con total desfachatez siguen insistiendo en esas mismas mentiras e inventando otras nuevas. Por eso hay que desenmascararlos continuamente, una y otra vez, y esa es la razón profunda y el porqué de este libro.

Las naciones que no saben de dónde vienen no saben a dónde deben ir. Mejor dicho: hay otros, los que les han falsificado la historia, que dicen dónde tienen que ir. Ese es el motivo por el que en el primer capítulo de este libro me pregunto: «¿De dónde venimos?». Dar una respuesta adecuada a esa pregunta es una cuestión de vital importancia. Porque el lobo —ayer el imperialismo anglocalvinista y hoy la oligarquía financiera internacional1— le dice a las ovejas cuál es el camino más seguro para que puedan arribar a un hermoso prado de hierbas siempre verdes. Y es precisamente porque nos hicieron olvidar de dónde venimos por lo que nos hemos olvidado de qué es España y qué es Hispanoamérica, asunto que abordo en el segundo y tercer capítulos de la obra que usted tiene en sus manos.

La leyenda negra, la falsa historia de España inventada por los enemigos de España, es hoy relatada como una verdad irrefutable en la propia España por militantes políticos disfrazados de profesores e investigadores, que predican que los españoles deberían sentir vergüenza de la conquista de América, que deberían pedir perdón de rodillas una y mil veces cuando, en realidad, lo que hizo España fue liberar a los pueblos precolombinos de los «dioses de la muerte» que los hacían vivir en la angustia del estar, es decir, en un infierno en la Tierra. Porque América le debe a España su ser y su liberación espiritual, tema este que desarrollo en el capítulo quinto del libro.

Las masas indias se convirtieron a la nueva fe porque quisieron, no porque fueron obligadas. Nadie da su vida por una fe que le ha sido impuesta. Y cuando, en México, una dirigencia política apátrida, disfrazada de socialista y al servicio del imperialismo yanqui, quiso arrancar de raíz la fe del Nazareno, las masas indias se levantaron en armas y, dispuestas a morir, marcharon a la guerra en defensa de su fe. Apasionante y trágica es la historia de la Revolución Cristera, asunto que relato en el capítulo sexto del libro.

El último capítulo, también largo, trata de la historia política y económica de Estados Unidos. Y, seguramente, querido lector, se preguntará: ¿y eso que tiene ver con la leyenda negra y la historia de España e Hispanoamérica? Quizá esté pensando que, después de la agresión y golpiza que sufrí el 7 de febrero de 2023 en Rosario, mi ciudad natal, he enloquecido, o que escribí ese último capítulo inspirado por Dionisio. La explicación es bastante larga, pero estoy convencido de que, al final de la misma, usted comprenderá su razón de ser y seguro que llegará a pensar que es de los apartados más importantes del libro. Así pues, permítame que le exponga los motivos.

El 19 septiembre de 2022 viajé a España para presentar mi libro Nada por lo que pedir perdón. Era el cuarto viaje que hacía a la Madre Patria —desde el fin del tristemente famoso confinamiento— para promocionar mis libros y exponer mi pensamiento sobre la leyenda negra de la conquista española de América. Al poco de llegar, el 10 de octubre, presenté el libro en la Fundación Rafael del Pino. Fue una tarde gloriosa que no olvidaré jamás. La sala principal de la fundación, con capacidad para quinientas personas, estaba abarrotada. No cabía un alfiler. Tuvieron que habilitar una sala contigua, donde el público vio la presentación en una pantalla gigante. Y, aun así, muchísima gente se quedó en la calle. Aquella tarde sentí que estaba jugando la final de la Copa del Mundo.

Seguro que estará pensando: «Ya están estos argentinos con sus metáforas futbolísticas…». Pero ¿qué quiere que le diga? La verdad es que yo me sentía Messi, es decir, me sentía el capitán de un equipo. Porque aquello ni mucho menos era la final de Wimbledon o de Roland Garros. No. Era la final de la Copa del Mundo de fútbol, porque, aunque yo era el que estaba sobre el escenario, en realidad formaba parte de un equipo de amigos que se fue creando desde que, en mayo de 2021, publiqué mi libro Madre Patria, un equipo que me había llevado a mí hasta el escenario para que «pateara el penal».

Pilar de Arístegui, Mai Rivas, Beatriz Paredes, Almudena de Maeztu, Miguel de Bertodano, José Luis López-Linares, Borja Díez de Rivera, Agustín de Diego, Vicente Miró y Antonio Llop. Esos son los nombres de los titulares de la «selección» que jugaba contra la leyenda negra, aunque en muchos partidos también entraron a la cancha —así le decimos en Argentina coloquialmente al estadio de fútbol, «cancha», que es una palabra de origen quechua, como «pampa» o «pucho», todas ellas incorporadas al hablar cotidiano— María Maier, Yopi Balboa, Patricia Larrinaga, Pepe Lombardía, Javier Tafur o Antonio Armada.

Se sucedieron luego otras presentaciones, como la de Sevilla, en la Sala del Archivo de Indias, organizada por Joaquín Egea, o las de Madrid, en La Gran Peña, promovida por Miguel Ayuso, y la reunión en un domicilio particular a la que fui invitado el 4 de noviembre de 2022, justo antes de regresar a la Argentina, y a la que asistieron jóvenes universitarios y profesionales recién graduados en la universidad. Como en tantas otras ocasiones, me acompañaba mi entrañable amigo José Luis López-Linares, director del extraordinario documental titulado España: la primera globalización.

Desde la mesa expliqué que España nunca había considerado al Nuevo Mundo como un botín, que había sembrado América de hospitales y universidades, que había fundado la Universidad de Lima ochenta y tres años antes de que los ingleses fundaran Harvard, que España nos había dado su lengua, su cultura y sus valores… Grande fue mi sorpresa cuando, al finalizar mi exposición, uno de los jóvenes asistentes me dijo que la cultura española no debía de ser muy buena porque México, Argentina y el resto de naciones hispanoamericanas eran países subdesarrollados, mientras que Estados Unidos, de cultura anglosajona, era una potencia mundial.

Aquel joven presentaba el desarrollo económico de Estados Unidos como prueba de que la cultura hispánica —que habíamos recibido como herencia de la Madre Patria— no solo era inferior a la anglosajona que había heredado Estados Unidos, sino que, además, la cultura española había sido precisamente la causa primera de nuestro subdesarrollo.

Le pregunté si sabía que México, en el momento de su independencia, era mucho más rico, próspero y poderoso que Estados Unidos, y me miró con cara de asombro. También le pregunté si había estudiado la historia del desarrollo económico de Estados Unidos y si conocía en profundidad la historia económica del periodo colonial norteamericano para afirmar tan temeraria e infundada idea. Como preveía, me contestó que no.

Lo cierto es que muchos otros asistentes —jóvenes y no tan jóvenes— compartían el prejuicio de que la cultura católica que las repúblicas hispanoamericanas heredaron de España es la causa principal de su subdesarrollo, de modo que expliqué que tiempo atrás había escrito dos libros sobre ese asunto, La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones (2010) e Insubordinación y desarrollo. Las claves del éxito y el fracaso de las naciones (2012), en los que exponía cómo Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Japón, Francia, Canadá y Corea del Sur se convirtieron en potencias industriales sin que el factor cultural fuera decisivo o determinante. También expliqué que yo mismo había creado una teoría sobre las causas principales del desarrollo de las naciones —la «teoría de la Insubordinación Fundante»—, pero no me pareció que les interesara demasiado.

No había duda de que se sentían cómodos con sus prejuicios culturales. Como la mayoría de los jóvenes españoles e hispanoamericanos, también ellos eran víctimas de la leyenda negra, que dice que España era la barbarie y el atraso, e Inglaterra la civilización y el progreso. Y, como consecuencia, creían que los hijos de la «bárbara» España —salvo que abandonaran la cultura recibida— estaban condenados a ser ignorantes y pobres, mientras que los hijos de la «civilizada» Inglaterra estaban destinados a ser cultos y ricos.

Estos prejuicios culturales están muy arraigados en la juventud hispanoamericana, pues uno de los objetivos de la leyenda negra —predicada en nuestro continente por los agentes de Inglaterra, primero, y después por los de Estados Unidos— es el de hacernos creer que somos subdesarrollados porque España nos conquistó y, para colmo de males, porque los españoles nos hicieron católicos.

Se trata de un prejuicio muy frecuente en el sector social que el sociólogo argentino Arturo Jauretche definió como «el medio pelo»2, que es el que repite en las calles de Buenos Aires o de Rosario la vergonzante frase «¡ojalá hubiéramos sido colonia de Inglaterra!». Son muchos los argentinos que la exclaman, sin advertir que por medio de la colonización ideológica —esa que Hans Morgenthau llamó «imperialismo cultural»3— fuimos, después de nuestra independencia, efectivamente, una «colonia de Inglaterra», por más que mantuviéramos los atributos formales de la soberanía —Gobierno, bandera, himno y Ejército— necesarios para realizar los desfiles del Día de la Independencia.

Al finalizar la presentación de Nada por lo que pedir perdón, José Luis y yo nos fuimos a un bar del Paseo de la Castellana a tomar un gin-tonic para ahogar nuestras penas con un trago bien anglosajón.

De regreso en Rosario volví a abrir La obra de España en América, del mexicano Carlos Pereyra, y me encontré —lo había olvidado— que el libro se cierra con un capítulo titulado «El engrandecimiento territorial, económico y político de los Estados Unidos como hecho acusatorio contra España». El gran historiador y diplomático publicó su libro en Madrid en 1930, lo que demuestra que el prejuicio de aquel joven estaba muy extendido desde vieja data. Como decía anteriormente, hablamos de un prejuicio que es el resultado de la leyenda negra de la conquista española del Nuevo Mundo y de la leyenda rosa de la conquista inglesa de América del Norte.

Es probable que usted también comparta ese prejuicio —o quizá conozca a muchos que lo hacen—, por lo que seguramente estará de acuerdo conmigo en que este libro debía finalizar analizando la historia política y económica de Estados Unidos. Es un capítulo extenso, pues, como afirmaba Carlos Pereyra, el desarrollo económico de Estados Unidos es una de las principales pruebas —en realidad, como veremos, falsa prueba— presentada por los negrolegendarios delante del Tribunal de la Historia para demostrar que la conquista española de América es la causa primera del atraso económico de Hispanoamérica y que, en definitiva, la cultura católica llevada por España al Nuevo Mundo es la culpable del subdesarrollo hispanoamericano.

Ahora, estimado lector, puede usted comenzar a leer este libro.




Sinopsis

El encuentro de España con América fue un acontecimiento trascendental y el legado que allí quedó, una huella imperecedera. El prestigioso historiador Marcelo Gullo aborda en esta obra la necesidad de comprender adecuadamente la Historia de España e Hispanoamérica, los lazos y los innumerables puntos en común que nos unen, huyendo así de la historia falseada y manipulada que se ha transmitido desde hace décadas.

Con la creación de la Hispanidad, América recibió los valores de la cultura grecorromana católica, y no solo sus clases ilustradas, sino también los sectores populares se hicieron legatarios del pensamiento de Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, San Agustín y Santo Tomás. A su vez, los habitantes de América disfrutaron de plenos derechos y fueron súbditos libres de la Corona española.

Hispanoamérica le debe su unidad sustancial a España, de manera que de Madrid a Kiev o de Granada a Berlín hay más distancia psicológica, sociológica y cultural que de Lima a Sevilla o de Buenos Aires a Salamanca.

Los pueblos que se extienden desde los Pirineos a Acapulco y desde California a Tierra del Fuego conforman en sustancia un solo pueblo, un único pueblo, aunque, como resultas de la leyenda negra, hayan perdido la conciencia de su unidad de destino.


— Gullo Omodeo, Marcelo. Lo que América le debe a España: El legado español en el Nuevo Mundo. Barcelona: Espasa, 2023.

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