Marcelo Gullo: Quien controla el pasado controla el presente… y el futuro (Nada por lo que pedir perdón, 2022)
Nada por lo que pedir perdón
La importancia del legado español frente a las atrocidades cometidas por los enemigos de España
Marcelo Gullo
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| Marcelo Gullo: Nada por lo que pedir perdón, 2022 |
Introducción
Quien controla el pasado controla el presente… y el futuro
En el «Tribunal de la Historia», España ha sido juzgada por jueces parciales con testigos falsos. En un primer momento, esos jueces parciales fueron Italia, Holanda, Alemania, Francia y Gran Bretaña, aunque, años más tarde, al coro de difamadores se unirían Estados Unidos, México y la propia Unión Soviética. Todos ellos, con sus inicuas sentencias, crearon una leyenda negra en torno a la historia de España y la conquista de América tendente a presentar la cultura del pueblo español —que había heredado y sintetizado lo mejor de Jerusalén, Atenas y Roma— como una civilización sanguinaria, lasciva, intolerante, machista, contraria a la ciencia y al progreso y reñida siempre con el espíritu de la libertad. Como pruebas presentaban las corridas de toros, el supuesto «genocidio» perpetrado en América y, por supuesto, los famosos «crímenes» de la Inquisición. La nación que presidía ese «Tribunal de la Historia», Inglaterra, atacaba de este modo la cultura de España, porque sabía que de ella podía nacer un modelo económico alternativo, un modelo que no estuviese basado en el egoísmo que Inglaterra había «santificado» porque lo consideraba el saludable motor de la historia y del crecimiento económico.
Con la difusión de la leyenda negra, Gran Bretaña no solo buscaba desprestigiar a España en el concierto de las naciones y derrotarla políticamente a través de la propaganda —porque no había podido vencerla militarmente—, sino hacer que los propios españoles de ambos continentes asumieran esa falsa versión de la historia de España, puesto que, de tener éxito, se produciría el aniquilamiento del ser nacional español y, a la larga, la destrucción de la unidad política del Imperio hispánico. Y vaya si lo logró… Ayer, con la fragmentación de la Hispanidad en repúblicas impotentes en el concierto de las naciones, y hoy haciendo que una parte importante de la izquierda española crea que toda la historia de España es un equívoco, que España es un mito, que la reina Isabel la Católica es un personaje «deleznable», e incluso lleguen a renegar de la propia palabra «España».
Esta es una de las razones por las que España hoy se encuentra en peligro de muerte. Pero la derecha tampoco está exenta de culpa, ya que una parte importante de esta asumió la leyenda negra y, como si padeciese una especie de síndrome de Estocolmo, comenzó a admirar a los verdugos de España. Algunos se hicieron germanófilos, otros anglófilos, y estos últimos llegaron al ridículo al bautizar con el nombre de Margaret Thatcher una plaza de Madrid. Y digo ridículo porque es bien sabido que desde su juventud la famosa Dama de Hierro despreció España y todo lo que oliese a español. De hecho, cuando tuvo que festejar la victoria inglesa en la guerra de las Malvinas, Thatcher decidió que las tropas británicas desfilasen un 12 de octubre, ya que para ella el Reino Unido no solo había derrotado a Argentina, sino a la Hispanidad entera.
Advierto al lector de que en este libro asumo la defensa del «imputado», es decir, España, una defensa que es bastante sencilla porque tan solo consiste en decir la verdad. En este libro hablaremos sobre todo de los «jueces» y de sus fechorías, así como del primer y más importante «falso testigo» de los supuestos crímenes cometidos por España: el célebre Bartolomé de las Casas. El juicio y la condena a España me hacen recordar el famoso «caso Dreyfus», y por ello, emulando a Émile Zola, j’accuse a esos jueces de ser parciales y de haber sido los autores de algunos de los crímenes más abominables de la historia de la humanidad. Lo más indignante es que, durante cuatro siglos, esas mismas naciones que conformaron el «Tribunal de la Historia» —sin ninguna autoridad moral— le han exigido a España que pida perdón por los supuestos pecados cometidos, cuando, en realidad, son ellas las que deberían hacerlo porque sus manos están manchadas de sangre.
Sin embargo, estimado lector, debo decirle que algo curioso está aconteciendo en los últimos años: convertida la oligarquía financiera mundial1 en el gran actor de las relaciones internacionales, ha comenzado ella misma —utilizando como mano de obra a los intelectuales que conforman el llamado «marxismo cultural», desocupado tras la caída de la Unión Soviética— el trabajo de «demolición» cultural de las mismas potencias con las cuales había estado aliada para desprestigiar y destruir España. Paradojas de la historia, las naciones que se habían atribuido el papel de miembros permanentes de ese «Tribunal de la Historia» ahora comienzan a ser imputadas y llevadas a juicio. Estimado lector, debo confesarle que, si no fuese porque estamos todos en el mismo barco llamado Occidente —aunque deberíamos llamarlo «falso Occidente»—, me alegraría de que prueben un poco de su propia medicina.
A los que exigen que España pida perdón no les interesa el pasado, sino el futuro. Y a mí también. Como sostenía George Orwell en su famosa 1984, quien controla el pasado controla el presente, y quien controla el presente controla el futuro. A todos esos no les interesa la verdad histórica, sino la creación de un «nuevo orden mundial» basado en el egoísmo como motor de la historia, condimentado con utilitarismo, relativismo, hedonismo y multiculturalismo. Saben que para la construcción de ese nuevo orden mundial que tanto desean —y que están creando con la excusa de que no existe alternativa—, la Hispanidad es un mal precedente y un pésimo ejemplo: son conscientes de que España protagonizó la primera globalización a partir de unos valores que detestan y de que aquella primera globalización fue exitosa. Para ellos es bueno solo lo que es útil, y es útil solo lo que hace ganar dinero, por lo que ni la belleza ni la bondad ni la solidaridad ni la amistad tienen valor. Son predicadores «seriales» de la leyenda negra porque saben que si —desmontando la leyenda negra— los pueblos hispanos redescubriesen la Hispanidad, encontrarían en ella un modelo histórico alternativo a la globalización deshumanizante y desnacionalizante que los amos del mundo proponen hoy como única opción posible. En realidad, son propagadores de la leyenda negra porque deben «borrar» de la conciencia de los pueblos que se jalonan desde California hasta la Tierra del Fuego y desde los Pirineos hasta las playas del Pacífico la idea y el sentimiento de que conforman una nación inconclusa. Para ellos no existe —ni debe existir— la nación hispanoamericana, como tampoco existe —ni debe existir— España y aún menos la Hispanidad.
Mientras en España los nacionalismos periféricos amenazan con destruir la unidad del Estado, en Hispanoamérica2 los señores del Foro de São Paulo —creado en 1990 por iniciativa de Fidel Castro y Lula da Silva—, herederos de la vieja política del Partido Comunista, predican —basándose en el mismo concepto racial de nación que tenía el nacionalsocialismo alemán— la existencia de una pluralidad de naciones indígenas que tarde o temprano3 deberán constituirse en Estados independientes, produciéndose un proceso de balcanización territorial que nos hará aún más insignificantes en el concierto de las naciones. Así, los señores Evo Morales, Pedro Castillo, Andrés Manuel López Obrador, Gabriel Boric y Gustavo Petro, creyéndose antiimperialistas, resultan ser la mano de obra más barata de la que han dispuesto el imperialismo anglosajón y el imperialismo internacional del dinero a lo largo de su historia.
Por ello, no hay nada por lo que pedir perdón. No porque no se hayan cometido errores, sino porque eso implicaría convalidar una mentira histórica que anularía a la Hispanidad como modelo humanista para el futuro y nos conduciría inexorablemente a una nueva balcanización a ambos lados del océano Atlántico. Repito: España no tiene nada por lo que pedir perdón —y no porque no haya pecado, porque pecar se pecó, y mucho—, porque lo que está en la cabeza de quienes demandan esa asunción de culpa no es la reconciliación de los pueblos, sino la destrucción misma de España, de Hispanoamérica y de Occidente. Mejor dicho, de lo que queda de Occidente.
Estimado lector: de todas estas cosas voy a hablar en este libro, porque está en juego su futuro y el de sus hijos. Quizá ya conozca mi obra anterior y sabe que ir del presente al pasado y del pasado al presente para avizorar el futuro es una de las coordenadas de mi método de escritura. Si no es este su caso, no se preocupe, porque lo descubrirá ahora. Pero quiero avisarle de que desenmascarar a esos viejos miembros del «Tribunal de la Historia» que con tanto descaro se atrevieron —y lo siguen haciendo— a juzgar a España y a condenarla a la pena capital requiere de un largo repaso de la historia.
Para que los árboles no nos impidan ver el bosque debemos comprender la esencia del juego de la política internacional, donde el que tiene poder siempre desea incrementarlo y donde el que manda hará lo posible para que sus rivales, adversarios e incluso aliados tengan el menor poder posible. La política internacional es como una partida de ajedrez en la que lo que cuenta es la planificación estratégica. Los distintos actores de la política internacional se proponen alcanzar determinados objetivos —algunos públicos y otros secretos— a corto, medio y largo plazo (10, 20 o 40 años). En una partida de ajedrez, el movimiento de una pieza solo se comprende si se descubre cuál es el fin que el jugador se propone alcanzar con dicho movimiento. Los países subordinados —y no solo me refiero a Argentina, Perú o México; en esa categoría también está España y, por momentos, incluso Estados Unidos— no tienen planificación estratégica porque sus élites o bien actúan como simples «gerentes» de los países subordinantes y de la oligarquía financiera internacional, o bien ignoran el juego de la política mundial y los objetivos de los grandes actores. Si algún político o pensador de un país subordinado intentase explicar cuáles son los objetivos estratégicos de los grandes actores de la política internacional, estos, sencillamente, harán lo posible por descalificarlo.
Le pido, estimado lector, que tenga paciencia. Aunque por momentos se sienta abrumado por la información, tenga en cuenta que recurrir a los datos históricos es necesario. Le insto a que llegue hasta el final, porque lo que está en juego es la supervivencia de los valores sobre los que se cimenta nuestra civilización: la existencia de la pequeña propiedad privada, la posibilidad de una mínima justicia social y el mantenimiento de los derechos individuales. Estos asuntos no los trataré en este libro. Si Dios y la editorial quieren, los abordaré en una obra próxima, cuyos ejes temáticos serán la geopolítica mundial y el destino de la Hispanidad.
Gullo, Marcelo. Nada por lo que pedir perdón. Planeta, 2022
La importancia del legado español frente a las atrocidades cometidas por los enemigos de España
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