Alberto Methol Ferré: El Uruguay como problema (1967)

El Uruguay como problema

Geopolítica de la Cuenca del Plata

Alberto Methol Ferré

Alberto Methol Ferré: El Uruguay como problema (1967)
Alberto Methol Ferré: El Uruguay como problema (1967)



Dedicatorias.

A don Arturo Jauretche, maestro y amigo, con quien hace más de diez años nos propusimos escribir un libro de geopolítica rioplatense. Los acontecimientos hicieron que no lo pudiéramos realizar en común. El hizo un adelanto en “Ejército y Política” (Buenos Aires, 1957). Aquí va uno mío.

A Paulo R. Schilling, compañero generoso, riograndense que mucho nos enseñó de la patria hermana, el Brasil, y que desde su exilio uruguayo ha ahondado en la común Patria Grande, América Latina.

Las circunstancias personales simbolizan una situación histórica de compartimentos estancos ya insostenible. Estos dos amigos, que no se conocen entre sí, han vivido el exilio -no el destierroen nuestra tierra, por las mismas razones políticas. Este ensayo, “cuestión fronteriza”, quisiera contribuir a su conocimiento, pues en ello reside la posibilidad de una auténtica política nacional, rioplatense y latinoamericana.


1. El Uruguay en cuestión

El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia. Seguramente, sus repercusiones son aún más lejanas. Por eso, una reflexión sobre su historia, raíces y prospectiva compromete y está empeñada directamente con sus vecinos. Tanto para ellos como para nosotros, una distracción acerca del otro equivale a un olvido de sí mismos. El Uruguay separado de su contexto renunciaría a comprenderse y caería en la irrealidad tentadora del solipsismo político.

Que el Uruguay esté en profunda crisis, y ésta amenace más y más desde larga data, es sorpresa para todos, incluso, y en primer término, para los uruguayos, aferrados a su incredulidad. La ejemplaridad acatada del Uruguay, para América Latina y para los uruguayos mismos, era cosa juzgada; se presumía bien adquirido para siempre. El país se sentía venturosa y sensata excepción a las “bárbaras” tragedias latinoamericanas. Sin embargo, año a año, desde hace visiblemente por lo menos una década, la crisis ha avanzado paulatinamente, con algún reposo aparente, pero retomando fuerza para nuevos enviones. Una crisis no abrupta, sino lenta y pertinaz como la decrepitud. Pareciera que el país asistiera apático a su propio desmenuzamiento, como una vieja familia en desgracia, y que se abandonara inerme al peligro más grande que le acecha desde los tiempos de la Triple Alianza.

Es como si el sostenido bienestar uruguayo del siglo XX hubiera abotagado sus reflejos defensivos inmediatos, de tal modo que lo hiciera incapaz de elaborar todavía respuestas vivaces ante las nuevas incitaciones, que sólo le son deprimentes. Que se refugiara en el comentario de su propio malestar, en el espectáculo de su propio desgaste, en las protestas habituales. Que deseara utópicas “restauraciones” del tiempo mejor, imaginando que “buenas administraciones” serían suficientes y reparadoras. Que hombres honestos y frugales, o técnicos competentes ajenos a las transas de la política de clientelas, alcanzaran para las enmiendas requeridas. O que mentadas “reformas estructurales”, que no cuestionan la estructura misma del Uruguay como país, también fueran la salida posible y eficaz. Toda esta imaginería reaccionaria, aún bajo la máscara de extremismos verbales, afecta aún, de un modo u otro, a todas las clases sociales uruguayas, cuyas pautas y tonos comunes son propios de la clase media, moderada y moderadora por excelencia como ya sabía Aristóteles.

Un país detenido es también la vida atrancada de su población. La ausencia de dinámica y esperanza colectivas se configura en el desgranamiento de vidas individuales obturadas, en la pudrición de energías inmóviles o mal aplicadas, sin posibilidades objetivas normales de autorrealización y servicio.

Sociedad sin horizontes abiertos es hombre sin perspectiva. La emigración o el catre. Son estos tiempos de epidemia psicoanalítica en la sólida clase media montevideana, angustiada por la angostura de sus proyectos reales de vida y la acechanza atmosférica, cierta y omnipresente del deterioro general de sus condiciones de existencia. Por la frustración de la desembocadura paralítica en féretros burocráticos, albergues de una capacidad ociosa humana tan devastadora como la de nuestras industrias. Una clase media cebada por la seguridad, que puede pagar aún sus cuitas en el diván, asistir a polémicas sobre las guerrillas por televisión, pero no puede asumir en la calle ninguna cura política. La multitud de los solos carece de tarea común y es un reino de mezquindades y ensueños. El marasmo político traduce su desasosiego en marasmo psicológico.

Aún las psicologías crispadas no se han hecho nueva política. Sólo son el acabamiento de la política tradicional.

Sin embargo, el empeoramiento progresivamente acelerado del país, los rumores de “intervenciones” en ciernes de “gorilas” argentinos y brasileños, va generando las preguntas más inquietantes. Si los pueblos satisfechos quedan al margen de la conciencia histórica, la ruptura de sus gratificaciones y beatitudes les hacen volver a la historia. Pues la apatía uruguaya no sólo es inercia de buenas costumbres, sino también inconfesable sospecha acerca del destino del país. El futuro del Uruguay, ¿es realmente posible? Hay apatía porque no ve salida histórica; se está a “puertas cerradas”. Delante hay un muro. Es el asomo y recelo de que no hay solución puramente uruguaya para el Uruguay. ¿Y entonces qué? Si el presente uruguayo compele a tales dudas colectivas es porque nos expone obstáculos sobre los que no se tiene conciencia clara, y esto nos obliga a todos a remontar a los orígenes para retomar la realidad. Hay momentos en que los países son urgidos a “re-contar” su vida, para hacerse cargo de ella plenamente o librarse a la deriva. Lo que es el Uruguay, nos lleva a lo que fue, para elaborar el será. Vamos así a lo esencial.

Los nacimientos, en todos los planos, deciden. Y bien, a tono con la moda, es forzoso comenzar por el trauma de nacimiento uruguayo. No hay uruguayo que no sepa, en el fondo del corazón, que el Uruguay nació a la historia como “Estado Tapón”. Es un fantasma persistente, no eliminable por las empecinadas acrobacias para censurarlo de nuestra vieja historiografía. Es el saber de todos más intensamente reprimido, abismado en el inconsciente por ser el más perturbador. Y esa vulgaridad es la que vulgarmente no se toma en cuenta, como punto de partida consciente para una verdadera reflexión sobre nosotros mismos. Y sabemos que intentarlo suscita nuestras más espontáneas e incluso saludables resistencias. Pretendemos actuar como si no fuera así y nos exponemos a un contrasentido básico. Y un error u omisión de base corrompe toda conclusión. Por ello, la crisis no exige comenzar por responder con la catarsis de la verdad.

¿Qué significa entonces el Uruguay como Estado Tapón? ¿Qué tapona y para qué? ¿Al variar los contextos históricos varía su significado? ¿Acaso ha dejado de ser Estado Tapón? ¿Acaso sus funciones son otras? ¿Qué es entonces para nosotros “política internacional”? ¿Hasta qué punto nuestra política nacional, interna, se hace también política internacional? O viceversa. Es en este sentido que entendemos la pregunta primordial sobre el Uruguay en Latinoamérica y en el mundo. Es, además, la pregunta que condiciona todas las preguntas.

Se trata así del Uruguay en su actualidad histórica y sus raíces, bajo su aspecto políticoeconómico más general. Nuestra intención será exhibir los supuestos esenciales, sin derivar en detalles secundarios. El esquema no será por cierto exhaustivo, pero puede ser un punto de partida para lo que se quiere: volver a discutir todo lo que nos atañe como uruguayos. Más que respuesta cabal, que sólo podrá darla la práctica colectiva, debe entenderse lo que sigue como un mayor encuadramiento del problema. No son solución, pero sí principio de toda solución posible. De tal modo, no se hará más que comprobar y confirmar el alcance de la pregunta fundamental, remitiéndonos a su contexto histórico.

Nos interesa pues el Uruguay Internacional, en su faz interna y externa, y en su dialéctica, en su compenetración mutua, de tal modo que lo interno se haga un “momento” de lo externo, y lo externo un momento de lo interno, y así las dos fases del país rueden, un momento de la otra.

Una última advertencia. Este trabajo fue presentado en abril de 1967 al Instituto de Economía como contestación a la pregunta “¿Cuáles son las posibilidades de independencia real, si es que existen, de un país como el Uruguay?” Sólo se le han introducido algunos agregados de detalle.

Y es muy significativo que este enfoque se integre en un nuevo empuje de la preocupación histórica por el Uruguay, que en este año '67 está en pleno reflorecimiento, desde muy interesantes publicaciones hasta sonados programas televisivos. Ya alrededor del año '61 se había producido un primer empuje de “revisión” histórica, que luego pareció languidecer. Y ahora rebrota con nuevos bríos, coincidente así con los dos momentos de rotación de los dos grandes partidos tradicionales en el poder, arrollados e impotentes ante la crisis. Incluso podemos señalar un estudio de Arturo Ardao, publicado en agosto; “La Independencia del Uruguay como problema”, cuyo título y contenido son convergentes con el nuestro. Síntoma también de la hondura de la crisis, cuando se viene a dar en semejante pregunta por tantos lados.


2. Génesis Internacional de Uruguay

Ante todo, una sinóptica excursión geopolítica. Los pequeños Estados dependientes carecen de conciencia geopolítica, salvo condiciones excepcionales. La idea de los grandes espacios geopolíticos y sus relaciones les es vitalmente ajena, puesto que están como sumergidos en sí: o integran de modo relativamente pasivo el espacio de una gran potencia, o se mantienen libres, oscilantes, neutralizados, garantidos, en los puntos de fricción en que se contrarrestan recíprocamente los espacios políticos de las grandes potencias. Estas son geopolíticas por antonomasia, por ser actores, y tienen extremadamente afinado su “tacto exterior”. La ciencia geopolítica ha florecido en las grandes potencias. Sus clásicos, el inglés Mackinder, el yanqui Mahan, el alemán Haussoffer, son expresión de “burguesías conquistadoras”. Así, no es anormal que los uruguayos, fruto de una praxis geopolítica extraña, tengamos esto oscurecido, víctimas de un tacto limitado a lo interno. Y aunque ese tacto interno se distorsione de continuo por las presiones reales y espejismos exteriores o se trasponga mecánicamente hacia el extranjero.

Sueños exóticos no son política exterior. Es que recibimos los espacios y su dinámica económicapolítica, más que los construimos. Tenemos ojos pero no manos. ¿Cómo saber lo que no hacemos ni podemos hacer? Lógica es la rareza de un sentido geopolítico uruguayo, y esto no delata más que nuestra casi ausencia de la política internacional.

Se ha dicho que los instrumentos propios de la política internacional, congruentes con las incidencias económicas, pueden simbolizarse en dos figuras: el Soldado y el Diplomático.

Tenemos los símbolos, pero no la realidad. Nuestro ejército es más bien un minúsculo rubro de burócratas y nuestra diplomacia, más bien sociabilidad y turismo dilatado. Objetivamente, casi no tienen tarea, como en ningún país pequeño. Es que las Grandes Potencias lo son por su capacidad de “intervenir”, las pequeñas por su grado de no intervenir. Entre los límites absolutos del puro intervenir y el puro no intervenir se despliega la realidad viviente, con toda una graduación de posibilidades y modos. Somos de los que no intervienen, pero en tanto existimos, algo intervenimos, algo somos intervenidos. Debemos saber entonces, tal es la pregunta, nuestro modo peculiar de intervenir y no intervenir. Las condiciones de esa peculiaridad es lo que importa. Y para eso, lo mejor es el repaso de elementalidades algo descuidadas o demasiado implícitas.

¿Cuál es nuestra posición internacional? ¿Cómo se ha definido nuestra situación geopolítica? Primero esbozaremos apretadamente las coordenadas generales, luego las específicas del Atlántico Sur y la cuenca del Plata siguiendo el curso histórico.

El sencillo esquema de Halford Mackinder divide a las tierras de nuestro planeta en dos grandes masas: la Isla Mundial (Eurasia y África) y la Isla Continental (América). La Isla Continental está separada por el foso protector de los océanos. Y la historia del hombre le vino pausadamente a través de milenios desde el Océano Pacífico y Asia, pero se incorpora realmente a la historia universal desde Europa y el Atlántico, hace apenas cinco siglos. Las potencias europeas en lucha terminan escindiéndola y unificándola en dos grandes áreas: la anglosajona y la latina. Nacemos entonces bajo la hegemonía del Imperio Hispánico, el primero en dar la vuelta al mundo. Pero a Magallanes le siguió el pirata Drake. Y España en su retroceso histórico hace lugar desde la Independencia al predominio del Imperio Británico, que a su vez lo va cediendo al Imperio Yanqui, llegado con el siglo XX y consolidado en la Segunda Guerra Mundial. Tres Imperios sucesivos signan nuestra historia.

El Imperio Hispánico es el creador de América Latina, ámbito mestizo en que los occidentales de la Isla Mundial se mezclan con sus orientales, llamados genéricamente “indios”. América Latina es hija de esa confluencia de Oriente y Occidente. Pero es el mundo hispánico el que fija su unidad lingüística, cultural y religiosa de base. En la Isla Continental se proyecta de modo gigantesco la gran fractura entre el sur y el norte europeos, contemporánea del descubrimiento y colonización, la Reforma y Contrarreforma, que aquí se instalan en espacios separados y se desarrollan sin convivencia mutua. El Imperio Hispánico tiene sus centros en el Caribe -el Mediterráneo americano- y en Lima en el Sur. Sólo en la etapa final se extiende realmente en los grandes espacios de la Cuenca del Río de la Plata. Por otra parte, la guerra incesante entre el poder inglés en ascenso y el español en declinación tiene hondísima repercusión en la configuración de América Latina. En efecto, engendra como consecuencia la frustración de la unidad nacional ibérica, secesionando al Portugal de España. Y esa unidad nacional frustrada se proyecta a su vez en América Latina, dividiéndola de Brasil. ¿Pues qué es el portugués sino un gallego separado? (2) De esa lucha con el poder inglés que instrumentalizaba a Portugal como cuña, surgirá nuestro país. Nacemos de la tensión entre la Colonia del Sacramento y Montevideo, es decir, España y Portugal (Inglaterra). Venimos ya al mundo como frontera de conflicto y base de penetración en el Atlántico Sur y el corazón sudamericano.

El poder hispánico no tenía su centro en el Atlántico Sur, sino en el Pacífico, proyectándose sobre Asia. Pero las necesidades defensivas contra el poder anglolusitano le llevan a la creación del Virreinato del Río de la Plata y a la fundación de Montevideo. “La fundación del virreinato bonaerense es, principalmente, un capítulo más de la historia del Pacífico americano… se hizo pensando en convertir al Río de la Plata en el antemural indispensable para la defensa de la parte Sur del continente, más rica y más poderosamente organizada: el Alto y bajo Perú y su prolongación meridional, el reino de Chile”.(3) Pero pronto el Virreinato adquirió consistencia e importancia propia, merced a la ganadería. Los asaltos del poder inglés se concentraban en los dos extremos estratégicos del Imperio Hispánico, y tuvieron por escenario Jamaica, Cuba, Panamá, en el mediterráneo caribeño; así como Buenos Aires, Montevideo y las Malvinas en el Sur, e incluso nexos con los bandeirantes en sus asaltos contra las Misiones Jesuíticas. Pero una nueva perspectiva abrió la crisis general del Imperio Hispánico por la ocupación napoleónica.

Desde dos siglos antes de la revolución americana, España iba siendo rebasada inexorablemente por la historia y pasaba paulatinamente a potencia de segundo orden, disputada y desangrada por el embate y la alianza alternativas con las dos primeras y firmes naciones europeas modernas, Inglaterra y Francia. Y cuando la guerra anglo-francesa llega a su paroxismo, determina la quiebra del decadente sistema español, empantanado en una monarquía semifeudal, a pesar de los esfuerzos esclarecidos de Carlos III. Primero Trafalgar remata a la flota española y deja al océano en exclusividad inglesa, reina de los mares: “Mar libre” y “libertad de comercio” fueron los nombres de la apropiación inglesa del mar. Luego la ocupación napoleónica en la península ibérica disgrega al Estado y corta a la economía española de sus reinos americanos. Así, el único suplente del poder español fue el poder inglés, que estaba dando el inaudito salto histórico de la Revolución Industrial y emergía, con una arrolladora dinámica capitalista, sobre el vasto mundo todavía agrario. América del Sur era un inmenso mercado vacante, y los ingleses eran los únicos poseedores de los instrumentos requeridos para dominarlo: la más poderosa flota y el sistema maquinista de más alta capacidad productiva. Y establecerá vínculos orgánicos con todos los patriciados latinoamericanos, agroexportadores, extractivos.

Apreciadas desde un ángulo interno, las guerras de la independencia son, en gran medida, el levantamiento de las oligarquías locales contra el poder estatal de la Corona que se sobreponía a ellas y ejercía el poder político sobre ellas. Las guerras de la independencia son la lucha, primero intestina, luego separatista, de los patriciados, de los poderes dominantes en cada región contra la burocracia estatal, descabezada en su legitimidad por la renuncia y prisión del Rey. Por eso los terratenientes se apropian de las consignas republicanas de los burgueses europeos, pero su objetivo era otro. Pues bajo el rostro republicano se consagra a los señores de la tierra, justamente todo lo contrario a la Revolución Francesa. Las clases dominantes de cada región asumieron todos los poderes. No desplazaron a otra clase, sino a una burocracia estatal. La independencia americana surge del abatimiento del Estado y consolida tal postración.

El Estado se descoyunta en múltiples centros regionales, tantos como comarcas de ciudades importantes, y en cierto modo se feudaliza, recae en una dispersión y atomización análogas -si vale la comparación- a las ciudades griegas o italianas del Renacimiento, pero ahora en un gigantesco, inhóspito y casi vacío continente. Todos y cada uno aparte, los patriciados se levantan al grito unánime de “¡Junta queremos!”. Reclaman la soberanía para sí. Es la “fronda aristocrática” (4). Y el vasto Imperio fundador se pulveriza dramáticamente en una veintena de repúblicas, a pesar de los esfuerzos nacionales de Bolívar, San Martín y Artigas.

Así anota Perroux: “Si la política de integración no es deseada por el País Foco, tiene todas las posibilidades de tropezar con los obstáculos que suscita, abiertamente o no. En el siglo XIX las repúblicas de América del Sur hicieron propaganda a proyectos de federación, y tuvieron esos sueños en voz alta, frecuente a la vez en la tentación del Imperio. Y en el Ideal de asociaciones cooperativas y libres. A Inglaterra no le gustaban tales designios, aún balbucientes, y lo menos que puede decirse es que no los estimuló de ninguna manera”. Y completa su pensamiento: “Significativa es la conducta del Reino Unido que, después de 1815, comprendiendo que los mercados restringidos de la Europa Continental serán defendidos por un proteccionismo de economía joven, se vuelve hacia América del Sur para suscitar corregidos el uno por el otro, el espíritu de independencia nominal, la división que excluye la acción común y, por otra parte, el deseo de importar a crédito”.>(5)Ya sabemos el destino deparado a los intentos proteccionistas de Artigas y Solano López, también como Morelos y Bolívar, habían enfrentado la cuestión agraria, lo que había dado a sus movimientos un contenido más profundamente social. Pero no se pudo romper la trenza entre los patriciados y el imperialismo inglés. Lo que siguió fue la trágica e inestable historia de las repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX y hasta muy entrado nuestro tiempo, que podría reducirse en su dinámica interna a la noria de la repetición del ciclo “oligarquía-anarquía-tiranía”, que es específica, según peculiaridades propias, de los mundos agrarios y dependientes.

La balcanización quedó perfecta cuando las semicolonias proveedoras de materia prima se revistieron del ropaje constitucional de “naciones”, lo que era caricatura. En efecto, las “naciones” europeas, triunfo y desarrollo de las burguesías sobre el particularismo feudal, eran exactamente lo contrario a las repúblicas de oligarquías terratenientes. No fuimos países deformados por el monocultivo, sino creados por el monocultivo, en función exterior y sin constituir el mercado interno propio para su desarrollo. Y así se configuró la alienación propia a las semicolonias latinoamericanas, la mistificación de creerse “naciones” cuando no son más que las esquirlas de una gran frustración nacional.

¿Y qué pasó con nosotros? El Virreinato del río de la Plata, luego Provincias Unidas, también saltó a pedazos, por obra conjunta de la oligarquía porteña y los ingleses. El gran caudillo de la cuenca del Plata y Protector de los Pueblos Libres, José Artigas, terminaba derrotado por las tenazas inglesas desde Río y Buenos Aires, y tras el breve período de la cisplatina y la reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas en 1825, se declara en 1828 la independencia del Estado Oriental del Uruguay. La historia fronteriza que teníamos se definía.

Habíamos sido Banda Oriental y Provincia cisplatina, dos posibilidades que nos eran esenciales desde el origen, que estaban ya en pugna constituyente de la Colonia del Sacramento y Montevideo. Pero, como apunta Alberdi, no había dos posibles, sino tres. Uno era Argentina, otro Brasil. ¿Y el tercero? Dejémosle a Alberdi la palabra: “Pero una tercera entidad más importante que los dos beligerantes se interpuso en la lucha y reclamó Montevideo como necesario también a la integridad de sus dominios. Esa entidad era la civilización. Ella también tuvo necesidad de que Montevideo fuera libre e independiente para campear en sus nobles dominios, que se extienden en todo el fondo de América. Habló naturalmente por sus órganos naturales, la Inglaterra y Francia” (6). No olvidemos que en el siglo pasado la “civilización” era el nombre del imperialismo. El Uruguay no es hijo de la frontera, sino del mar, y el mar era inglés.

Este necesitaba una ciudad “hanseática”: “Montevideo y su territorio”. La parte que nos correspondía jugar en el drama estaba cumplida e inscripta en el contexto general de los acontecimientos hispanoamericanos. Así, tras la promoción y el reconocimiento de la veintena de repúblicas americanas nacientes, Lord Canning, genial artífice, escribía: “Los hechos están ejecutados, la cuña está impelida. Hispanoamérica es libre y, si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios, ella será inglesa”. (7) Y tal enfoque debe complementarse con su reverso, la visión de los patriciados expuesta por Sarmiento que decía entusiasta: “La América está en vísperas de alzarse en medio del globo, como el rico almacén en que todas las naciones industriales, vendrán a proveerse de cuantas materias primas necesitan sus fábricas”. (8) Llegamos así al Uruguay Internacional. El ciclo correspondiente a la tercera etapa, la del Imperio Yanqui, irá en la última parte. Allí nos detendremos con mayor atención en el Hemisferio Sur y la Cuenca del Plata.


Notas:.

(2) “A Portugal la independencia le ha costado el patriotismo. No tiene otra salvación que soñar en conquistar a España. Por recelo a ésta han caído a los pies de un rey ladrón y esclavo de Inglaterra” (Carta de Miguel de Unamuno a Federico de Onís). Ver “Unamuno y el Uruguay”, de Daniel Castagnín, La Paz 1967, pág. 12.

(3) Vicente Rodríguez Casado, en el prólogo a la obra “El Río de la Plata en la Política Internacional” de Octavio Gil Minilla (Editorial Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla, 1949).

(4) Esta visión fue desarrollada hace cuarenta años por el chileno Alberto Edwards en su magnífica obra “La Fronda Aristocrática”. Recordemos que Bernardo Berro en su correspondencia de marzo de 1840 ya comentaba a su hermano Adolfo: “Que el pueblo no hizo la revolución, y que sólo se prestó a obedecer con gusto para pelear por la independencia y que un corto número de individuos fueron los que la idearon y dirigieron, es cosa que confesará cualquiera que despreocupadamente estudie desde sus principios la historia de nuestra emancipación y organización política”. Las más grandes excepciones, en este aspecto social, son, en el norte mejicano, Morelos e Hidalgo y, en el sur rioplatense, Artigas. Edwards ve brillantemente la “fronda aristocrática” de los patriciados, pero en “cada país” y no percibe su rol disgregador y coadyuvante con la empresa balcanizadora inglesa. Pero vislumbra los rasgos propios del Patriciado, tan diferente a la burguesía como a los feudales. El amasijo de “feudalismo” y “burguesía”, proverbial en la historiografía latinoamericana sobre la emancipación y el siglo XIX, se ha agravado con el macaneo de las contribuciones del marxismo sovietizante.

(5) Francois Perroux: “La coexistencia Pacífica” (F.C.E., México, 1960), págs. 186 y 42.

(6) Juan Bautista Alberdi: “Historia de la Guerra del Paraguay”. (Ed. Patria Grande, Buenos Aires, 1962), pág. 80.

(7) En su célebre carta a Granville, en 1825.

(8) Editorial de Sarmiento, en “El Progreso”, de Santiago de Chile, el 25 de noviembre de 1842 (Ver: Ricardo Font Escurra: “La Unidad Nacional”, Ed. Teoría, Buenos Aires, 1961.


3. El Uruguay Internacional

La firme estabilización del Uruguay desde el último tercio del siglo XIX, a partir de la dictadura de Latorre, se asentó en su radical y armoniosa incorporación a la economía mundial “uniconcéntrica”, cuyo núcleo era Inglaterra. Esa economía mundial específicamente inglesa estaba en su apogeo finisecular, a pesar del crecimiento industrial europeo continental, que le era sin embargo dependiente y sujeto en última instancia a sus reglas de juego. En la era victoriana y la “belle epoque” se condensa el Uruguay.

Argentina, Brasil, Uruguay, etc., no entrecruzan ya sus políticas extravertidas hacia Europa bajo la dirección de la City y la atracción de París. Consumada la balcanización hispanoamericana, la paz reina. En consecuencia, las tensiones rioplatenses y latinoamericanas ya no tienen sentido.

Todos son vecinos de espaldas, hermanos extraños, que se “desarrollan” hacia fuera. Divididos y enajenados, la Pax Britannica imperaba y era la libra esterlina o su apéndice el franco, la moneda corriente. Ya el Barón de Río Branco podía fijar, generoso y acaparador, fronteras definitivas. De esta manera, nuestra política internacional se hizo superflua, pasatiempo suntuoso de doméstico bien rentado, pues la órbita estaba fijada. Así será claramente hasta la Segunda Guerra Mundial.

El Uruguay pasó entonces de los “tiempos revueltos” que corren desde Artigas hasta la Triple Alianza, al Uruguay llamado “ile hereuse” por algún visitante socarrón. De una continua “internacionalización” a una “nación”. O mejor, a una semicolonia privilegiada que se sintió nación, pues formó una verdadera comunidad. El Uruguay dejó de ser problema y se sintió definitivo, con conciencia complacida. Es en la órbita inglesa que se levanta la Suiza de América, cosa que evoca no sólo sus instituciones democráticas, sino también su insularidad, su marginalidad a la historia de su contorno (Suiza es tan neutral que ni siquiera está en la UN).

Sobre el Estado básico construido bajo Latorre, Batlle será el gran reformista que adaptará su ordenación para hacerle lugar a la inmigración, a las clases medias urbanas en ascenso, siempre dentro de la estructura agroexportadora fundamental, aunque con un cierto impulso a la industria liviana, para sustitución de importaciones, favorecida por la crisis bélica del capitalismo en 1914.

Política internacional uruguaya la habrá cuando la potencia dominante entre en conflicto profundo con otras grandes potencias. Esos intersticios conflictuales darán pie a nuestra política internacional. Por ejemplo, Batlle y Brum serán “panamericanistas”, cuando los Estados Unidos empiezan a amenazar y aún desplazar la hegemonía inglesa en América Latina, aunque remotamente en el Río de la Plata. No olvidemos que todavía en 1943 Churchill en sus instrucciones a Halifax para sus negociaciones con Estados Unidos le ordenaba: “Ceda en todo sobre América del Sur, menos en los países productores de carnes vacunas y ovinas”. Por otra parte, Terra y Herrera usufructuarán la emergencia alemana luego de la Gran Depresión para levantar la represa del Río Negro y liberarnos del carbón inglés. El Rincón del Bonete fue como un pequeño Assuán uruguayo, que permitió la energía para sostener el primer salto industrial importante del país de mediados de la década del ’30 y su eclosión en la Segunda Guerra Mundial.

La Pax Britannica nos dispensó de política internacional, protegidos internacionalmente por la lógica de su orden. Sólo cuando se tambalea el poderío inglés irrumpen otros protagonistas, y lentamente la política internacional retoma sus fueros uruguayos. Desde principios de siglo el Poder Norteamericano desaloja al Poder Inglés en el área del mar mediterráneo del Caribe. Pero desde la primera guerra mundial las inversiones y empréstitos yanquis se extienden incontenibles por toda América Latina. Inglaterra sigue aferrada al Río de la Plata. Así es como Argentina y Uruguay se hacen portaestandartes de la Doctrina de la No Intervención, barrera de salvaguardia contra la penetración del “coloso del Norte” y sus intervenciones. De tal modo, en la No Intervención coinciden los intereses nacionales latinoamericanos y los ingleses, ambos a la defensiva. También en la década precedente a la Segunda Guerra Mundial, con la liberal y multilateral Inglaterra refugiada en su sistema de preferencias imperiales, se despliega un nuevo y fuerte antagonismo de las políticas económicas alemana y norteamericana. Entonces, señala Andreas Predhol: “Alemania concertó una serie de tratados comerciales con países sudamericanos en que aparecían todas las ventajas que ofrece el intercambio bilateral (ejemplo típico lo ofrece aquí la producción brasileña de algodón). Por otra parte, la subvaloración de los productos industriales alemanes llevó a una oferta considerablemente más favorable que la de los competidores inglés y norteamericano. Es característico para la problemática del bilateralismo que el auge coyuntural de 1936 trajo ya algunos retrocesos; el bilateralismo es, manifiestamente, un producto de la indigencia, igual al sistema preferencial inglés y justamente para los países más débiles pierde fuerza atractiva tan pronto como se ofrezcan posibilidades multilaterales”.(9) Luego la Segunda Guerra Mundial deja postrada a Europa y el escenario lo ocupa un solo protagonista: Estados Unidos. En Uruguay el tránsito definitivo acaece bajo el golpe de Baldomir en 1942 y el gobierno de Amézaga. Entretanto, la historia ha hecho también otros caminos, la conciencia de los pueblos agroexportadores y dependientes se ha agudizado y se propone la liberación nacional y la industrialización. Emerge como de tinieblas un Tercer Mundo, donde se suponía un inframundo. En este conjunto de nuevas condiciones, incluido en otros sistemas de poder ¿conserva el Uruguay su vieja funcionalidad inglesa? ¿En qué sentido se ha modificado? ¿Qué nos depara? Antes, y para mejor responder a esas preguntas, que nos son de vida o muerte, nos permitiremos ahondar la cuestión del Uruguay Internacional para ajustarnos de cerca de nuestra especificidad, y lo haremos a través del más avezado sabedor de la original situación geopolítica uruguaya de este último medio siglo, que es el Dr. Luis Alberto de Herrera. Así como Batlle ha forjado decisivamente la conciencia “interna” del país, podemos afirmar que Herrera ha sido su conciencia “externa”. Veamos cuáles son sus premisas y razones históricas, en contraste con las coordenadas habituales del Uruguay moderno, que pasamos a describir someramente.

Decíamos que la insularidad uruguaya en la órbita inglesa nos había exonerado de una real política internacional. A este cimiento, cabe agregar dos factores coadyuvantes en la formación de la mentalidad vigente: 1) El aluvión inmigratorio, que desborda al viejo país criollo desde la época de Latorre hasta la Gran Depresión, carecía como es obvio de conciencia histórica nacional. La masa de inmigrantes y sus hijos difícilmente podían tener memoria verdadera de los tiempos revueltos del Uruguay, de cuando su existencia misma estaba en juego. Venían justamente porque estaban ya revueltos y con sus evocaciones europeas. Sus abuelos estaban allá y no acá. 2) La dependencia del Uruguay afianzado no era por cierto gravosa para sus habitantes. Todo lo contrario: se desarrolló un status democrático y liberal, ejemplo y envidia del resto de América Latina, a la que miramos con petulancia. El sistema agroexportador generaba una amplia renta diferencial que satisfacía las reclamaciones populares casi sin luchas, y por ende, no hubo ninguna reacción antibritánica. Más aún, nadie más admirado que el distante, flemático, elegante administrador inglés. Para abundar, un recuerdo de mi infancia: durante la Segunda Guerra Mundial, el poeta gauchesco Fernán Silva Valdez declamó estrofas frente a una multitud pletórica en el Estadio Centenario, que creo decían: “Inglés, músculo de acero / Inglés, palabra cumplida / El que te mojó la oreja / no sabe donde puso el dedo”. Y hasta numerosa gente añoraba que las invasiones inglesas de 1806 no hubieran tenido éxito, pues suponían estaríamos mejor. Remanencias del largo embobamiento, secular en los latinoamericanos, respecto a la ejemplaridad anglosajona. Aquí nunca hubo antiimperialistas ingleses notorios. Batlle los hostigó en su lucha contra el “empresismo”, pero nadie podía llegar a mayores. Siempre tuvimos amplia noticia de las inversiones y tropelías norteamericanas en América Latina, casi nunca de las inglesas en el Río de la Plata. El país no necesitaba saberlas, y hasta le convenía no saberlas. Eran un mal menor en el mayor bien.

La órbita inglesa, la bonanza y la inmigración confluyeron en un apagamiento de la conciencia histórica del país. Montevideo, sobre el río ancho como mar, abierto a todas las incitaciones europeas, característicamente consumidor y espectador, tuvo una conciencia política eminentemente abstracta. La conciencia histórica osciló entre dos polos extremos e incomunicados: por un lado se produjo una historiografía nacional puramente “nativista”, recluida exclusivamente en el Uruguay. Parecía como si el Uruguay se hubiera “autodesarrollado”, y que las tramas de la historia mundial y americana sólo habían sido “ocasión” para todo lo que ya era autodesarrollo preestablecido hacia lo mejor, el presente. Nos enseñaron una historia de “puertas cerradas”, desgranada en anécdotas y biografías, o de bases filosóficas ingenuas, y nos mostraron la abstracción de un país casi totalmente creado por su pura “causalidad interna”. A esta tesis tan estrecha -tesis motora, más inconsciente que lúcidase le contrapuso su antítesis, seguramente tan perniciosa. Y esta es la pretensión de subsumir y disolver al Uruguay en pura “causalidad externa”, en una historia presuntamente mundial a secas. Una historia tan de puertas abiertas que no deja casa donde entrar. A la verdad, esta última actitud no escribe historia uruguaya, que le aburre; y prefiere vagabundear y solazarse en la contemplación a veces bulliciosa de la historia mundial. Nos escindíamos en pueblerinos o ciudadanos del mundo. Palco “avant scene” o mecedora en el patio del fondo, primor de archivos cotidianos. ¿Quién no recuerda a sus profesores de historia americana ignorantes de la universal, y a los de universal que se salteaban la americana? Iban por cuerda separada. Así de una “historia-isla”, pasábamos a la evaporación, a las sombras chinescas, de una “historiaocéano” (por lo general escritas desde el punto de vista francés), donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí y aquí lo de cualquier lado. Esta actividad lujosa, si hoy canaliza disponibles jóvenes iracundos, ayer permitía a nuestra diplomacia pagarse de las palabras, proyectándose para dictar cátedra mundial sobre los derechos humanos y arbitrajes, etc. El realismo de los mirones era hacerse intensos “voyeurs”. Bueno es que un pequeño país luche por el derecho contra la fuerza, puesto que es su fuerza, pero la confianza balsámica y pedante de las Declaraciones en el mundo tenso de los poderes internacionales -que por otro lado se escamoteaba- no dejaba de ser deprimente y trivial. A Dios gracias, y a los malos tiempos, nuestros picos de oro han declinado para siempre. Todo esto no era más que los modos de ahistoricidad de nuestra conciencia histórica. Quizá sólo los grandes males y sufrimientos promuevan la historia, pues la satisfacción la exila o la hace preocupación engolada.

Interioridad pura o exterioridad pura, dos falacias que confraternizan. El idealismo, con que la conciencia uruguaya juzgó y, desde su plataforma confortable, tomó partido en los grandes conflictos mundiales y americanos, no dejó de ser una mimesis compensatoria y meramente representativa. ¿Quiérese mayor lujo que extrapolarse en la historia de otros? Era una manera de renunciar a hacer historia, quizás porque no se necesitara, y bastara la que había. Por otra parte, ese idealismo externo en su versión de izquierda dimitirá frente a nuestra historia de “puertas cerradas”, conservadora. Incapaz de criticarla, porque no le interesaba vitalmente, terminaba en los hechos por aceptarla en bloque. Era la única que conocía, y como su reflexión no mordía directamente la realidad uruguaya, la abandonaba intacta dispersándose en inmediatismos o lejanías. ¡No puede darse inconformismo más conformista! De ahí, por ejemplo la esterilidad del marxismo uruguayo para decir nada sobre el país, salvo el caso reciente de Trías. Así, el idealismo jurídico o romántico, de derecha o de izquierda, son los modos uruguayos de suplir la ausencia de política internacional real, y por ello su signo es la gratuidad. Tal ha sido en grandes líneas la mentalidad del período que consideramos, y a cuyo cierre recién estamos asistiendo. El rasgo común de “nativistas” y “oceánicos” es que el Uruguay mismo no era problema. Sobre este fondo puede perfilarse la conciencia del uruguayo más plenamente conocedor de la “política internacional” que correspondía al país y sus razones. Un político uruguayo con la rareza de ser visceralmente geopolítico. Seguramente, porque aún era tan “oriental” como “uruguayo”.

El supuesto de la política y políticos uruguayos ha sido pues que el Uruguay mismo no era problema, que como tal era definitivamente incuestionable en su ser mismo. Hubo una excepción, la de Herrera; y de ahí la incomprensión mayoritaria hacia su conducta política, en especial en los momentos críticos de la Segunda Guerra Mundial, lo que daba lugar a las más peregrinas e ígnaras interpretaciones de su comportamiento. Pues la esencia política de Herrera fue partir siempre desde el Uruguay como problema. Había entonces un desnivel entre él y los demás políticos. Por un lado, para Herrera lo radical y lo inolvidable era que el Uruguay mismo era una gran interrogante, una fragilidad histórica, una opción a renovar día a día, a mantener y salvaguardar por encima de todo. Herrera vivió al Uruguay como un país “con una gran interrogante clavada en la frente”. (10) Por otro lado, en cambio, Batlle, Ramírez, Manini, Frugoni, Regules, etc., se movían con los problemas del Uruguay, pero el Uruguay mismo era absolutamente obvio; no era cuestión en sí, ni precariedad, sino permanencia supuesta para siempre, como el aire que respiramos. Para Herrera la preocupación era desde la existencia del Uruguay; los otros pugnaban por distintos atributos del Uruguay, sujeto intangible. Y por lógica propensión espontánea, se pensaba a Herrera en términos exclusivos de adjudicarle sólo intención de atributos, ocultándoseles lo esencial. ¿Por qué era así? Porque la singularidad de Herrera entre sus contemporáneos residía en ser ante todo hijo de la incertidumbre del siglo XIX uruguayo y sus tiempos revueltos, perdidos y esfumados en la lontananza. Soterrados en el inconcuso contento insular del país. Herrera fue, en genealogía y profundidad, “el último patricio” oriental.

Los hombres sólo se vuelven a la historia, en su auténtico valor, más allá de su presente, cuando una gran inquietud los acucia y necesitan entender y medir mejor su actualidad, escudriñar los signos del futuro. En ese sentido, es totalmente fuera de lo común el hecho que un caudillo popular y jefe de partido, de épocas más bien consistentes, se haya desvelado, trascendiendo sus imperiosos trajines cotidianos, por una permanente investigación histórica. Y que sus centros de atención fueran tan elocuentes: la Misión Ponsomby y la Paz de 1828, la Guerra Grande, y la Triple Alianza; es decir, las tres instancias en que el Uruguay es casi literalmente “tierra de nadie” y todo está signado por la inseguridad del destino. Cuando lo esencial es el Uruguay como problema. Claro que esta obra intelectual poco o ningún eco pudo tener, por su propia índole, en el ámbito universitario, fiel reflejo de la mentalidad antes descripta. Y sólo ahora los uruguayos empiezan a descubrirlo, a sorprenderse que “haya escrito libros” -tan silvestre le creían muchos- y que se les confirme que Herrera ha sido uno de los padres del revisionismo histórico rioplatense. Allá por 1912, en la plenitud creadora del remanso, Herrera escribía su primer libro exótico; “El Uruguay Internacional”, y su primer capítulo titulado “El Deber Previsor” nos expone la raíz de su intención y su contraste con la actitud dominante: “Cuando se estudia la historia del Uruguay y se adquiere noción exacta de sus incidencias azarosas, ocurre pensar que para sus hijos no debe ser extraño el escozor de las cavilaciones que siempre escoltan a los que mucho han padecido. Creyérase que el espectro de viejas amarguras y de sus humillaciones exteriores, su corolario, tan cercano todo esto está, debiera ser constante estímulo a la meditación severa… Pueblos de raíz firme y soberanías respetadas por el huracán no desdeñan la actitud defensiva, ni descuidan el verbo secular, ni permiten a sus ciudadanos apoltronarse en el desconcierto idealista. En vano buscaríamos entre nosotros confirmación de tan elemental equilibrio público.

Por abandono, o en la persuasión de que los extremos adversos no se repetirán, el ánimo no sacude modorras frente a las perplejidades que ahí están y que debieran agitarlo. Nos limitamos a señalar una penosa omisión cuya responsabilidad alcanza a todos. Se trata de un fenómeno visible, variado en sus aspectos.

No será uno de los menores el concepto ingenuo, tan generalizado, sobre nuestra independencia, supuesta unas veces a cubierto de todo riesgo y amparada, otras, por benevolencia, ya de sí mortificantes, obsequio pródigo de extrañas cancillerías. No; es un error, es calamitoso error entender que los pueblos, y mucho más los pueblos pequeños, deben confiar el cuidado de sus intereses supremos a voluntades oficiosas, o admitir que la ausencia de un apremiante peligro autoriza negligencias.

En vez de hacer clínica propia, de estudiar nuestro organismo, sus méritos y deficiencias; en vez de unificar convicciones, procurando darnos derrotero personalísimo, hemos preferido dedicar espacio a vaguedades históricas y sociales, apasionándonos más el conflicto de las ambiciones imperialistas en escenarios exóticos que ejemplos similares desarrollados en la vecindad.

A cada instante nuestro espíritu ofrece testimonio pronunciado de ese desequilibrio, acentuado por una cultura académica demasiado extendida y borrosa en sus contornos. Poco o nada sabemos, metódico, de lo que ocurre a un tiro de cañón de nuestras divisorias. Cada uno de nosotros sólo cuenta en la materia con la información escolar, un tanto averiada por el tiempo y nunca especializada. Atención diluida que se aplica por igual al estudio de nuestra geografía.

Con probabilidad nuestros niños ubican mejor a Hong Kong o Port Arthur que a Córdoba, San Pablo o Curupaity. Pero no se reduce al orden tangible nuestro escaso conocimiento fronterizo.

En concepto histórico y filosófico las lagunas son mayores.

En resumen, cabe asegurar que nos conocemos menos de lo que deberíamos conocernos.

Pasado el tiempo de transición, modelado el cuerpo del país, definida nuestra idiosincrasia, bien cuajada la independencia -antes anhelo- se impone comprender las obligaciones que a todos crea la nueva etapa”. (11).

Hemos hecho tan extensa citación para no dejar en el aire nuestra aseveración respecto a Herrera y justificar haberlo tomado como hilo conductor, pues no es aún posible presumir este conocimiento.

Vayamos al grano. ¿Cómo precisar la concepción internacional de Herrera? Es obvio que tal concepto no es un invento propio, sino que tiene continuidad con lo más medular de lo pensado respecto al país. Nada mejor entonces que acudir a las citas preciosas de Andrés Lamas, extraordinario personaje de nuestro siglo XIX, que Herrera efectúa en su última obra, escrita al filo de sus ochenta años (Antes y Después de la Triple Alianza, 1951). Allí se resume magistralmente el concepto rector. Se trata de notas de Andrés Lamas, agente confidencial ante Buenos Aires, intercambiadas con el canciller porteño Elizalde, a consecuencia de la invasión de Venancio Flores en abril de 1863. Tan importantes y significativas son que la cancillería uruguaya las aprobó como “doctrina política nacional”. Transcribimos lo más esencial: “Somos solidarios y, como ya he tenido ocasión de decirlo, debemos considerarnos perpetuamente aliados para la defensa de los grandes intereses americanos que nos son comunes en el Río de la Plata. En lo demás, en todo lo que se refiere a cada una de estas nacionalidades, cada uno en su casa. Este es el pensamiento oriental en su más genuina expresión”.

“A la consideración de esa base, ambas (Argentina y Brasil) ligaron no sólo su honor, sino también los más serios intereses de esta parte del continente americano, porque esa base es la paz continental. Inútil decir que esa base no existirá realmente sino por la independencia real y absoluta de la República Oriental del Uruguay. De ahí fluye, lógicamente, la necesidad en que se encuentra la República de reaccionar contra cualquier influencia de sus limítrofes que pueda alterar la base de su ser político.

Si la República no reaccionara contra cualquier tentativa de desmedro ella sería infiel a su rol internacional, comprometiendo su ser político, provocando la lucha de influencia entre sus limítrofes: ella se condenaría a la ruina, siendo eternamente el teatro de esa lucha, que siempre será funesta, bajo cualquiera forma que revistiese.

La conmixtión de los partidos locales es evidentemente contraria a nuestro rol internacional… Y esto es tan cierto que, sin temor a error, en el día que esa idea -la idea utopística de la República del Plata- descendiese al campo de la política práctica y oficial, podríamos abrir las nuevas páginas de nuestros comunes anales por esta frase de una gran publicista: ‘Ce n’est pas la solution qui approche, c’est le chaos qui commence’”. (12) Es la hora feliz de la misión Lamas, exclama Herrera.

Las ideas son diáfanas:.

1° Solidaridad de los países de la Cuenca del Plata ante el exterior;.

2° Cada uno, bien circunscripto, en su casa, sin ninguna clase de mixturaciones recíprocas;.

3° Ese equilibrio de hermanos separados tenía su eje, el Uruguay, cuyo destino predeterminado era entonces la perfecta neutralidad;.

4° De romperse el equilibrio, la víctima predilecta y fatal sería el Uruguay, que a su vez pone en riesgo a todo el conjunto, la “paz continental”.

Herrera abrevia así nuestra esencia política: “Ni con Brasil, ni con la Argentina, dice la divisa de nuestro localismo; pero completándolo procede a agregar: ni contra uno ni contra otro”. (13) Su corolario fundamental se compendia en el único principio básico de nuestra política internacional: la No Intervención.

Desde el punto de vista uruguayo, la No Intervención es mucho más que una doctrina entre otras, o más justa que otras, sobre los derechos de los pueblos a su autodeterminación. Es la razón de existencia del país mismo. En efecto, Inglaterra abrió un campo neutralizado en la boca del Río de la Plata, para desarticular la Cuenca y evitar su control por ningún centro de poder latinoamericano en el Hemisferio Sur, capaz de resistir y autodesarrollarse. El Uruguay aseguraba el desmembramiento de la zona óptima de América del Sur. Como reaseguro, las Malvinas custodiaban discretamente. No olvidemos que es la operación complementaria que sigue a poco la independencia del Uruguay. Por tanto, la condición de existencia del país era no intervenir, no comprometerse jamás con sus vecinos. Diríamos que el Uruguay es fruto de una intervención para la no intervención. Fuimos intervenidos, para no intervenir. Es el otro rostro del destierro de Artigas. Más que exilio de Artigas, hubo exilio americano del Uruguay. Tal el sentido de la Paz de 1828, origen del país. De ahí el mote de todos conocido: Estado tapón, “algodón entre dos cristales”.

No fue fácil erradicar al país de sus lazos naturales con la Cuenca del Plata. Hubo una gran tensión entre el “Territorio” y Montevideo, porque el territorio (económico social) debía arrancarse a sus conexiones con la Mesopotamia argentina y el río Grande brasileño. Costó el trágico período que va de la Guerra Grande a la Triple Alianza. Así, antes nació el Estado que la Nación. Todavía Berro clamaba por “nacionalizar el destino” e insistía en la neutralización garantida internacionalmente del Uruguay. Sólo cuando, a partir de Latorre, nuestra patria adquiere verdadera consistencia, se sale de lo “innominado” y se va asumiendo en la práctica el nombre propio de Uruguay a secas. (El nombre oficial del país, más que nombre propio, fuera la delimitación de la ubicación geográfica de un régimen). El Uruguay real estaba allí. Si Oribe hizo el intento imposible de construir el “Estado Oriental”, luego Latorre será el fundador del “Estado Uruguayo” y Batlle su perfección. El Uruguay se había vuelto un hecho incontrovertible. Pero todo hecho demanda justificación. Aceptar el hecho es aceptar de algún modo su justificación.

Y ésta lo lleva a Herrera hasta sus últimas y lógicas consecuencias: desde el elogio entusiasta a la misión Ponsomby, hasta entregar el retrato del Lord al Ministerio de Relaciones Exteriores, para que presida premonitorio el despacho de nuestros ministros. Cierto, era todavía el tiempo del esplendor inglés y uruguayo, en vísperas de la Gran Depresión.

Los conceptos de Lamas son reforzados por Herrera. A la luz de la experiencia histórica, del ciclo dramático de las guerras civiles y las intervenciones extranjeras, Herrera comprende que a la política de No Intervención debe corresponder necesariamente, en el aspecto puramente interno, la paz civil: “La Concordia, piedra angular”.(14) La pericia histórica le dice, y esto es visible y obsesivo en toda su obra, que un desgarramiento profundo de la sociedad uruguaya, una situación real de guerra civil, conduce inexorablemente a la intervención extranjera. Guerra civil e intervención extranjera nos irán parejas. La posición del Uruguay es de tal importancia estratégica, que los uruguayos sólo podrán tener el destino en sus propias manos, aun relativamente, en tanto no se precipiten en guerra civil, cualquiera sea su índole. Pues entonces sobre el Uruguay podrá resolver cualquiera, menos los uruguayos mismos. Por eso llama a la concordia nacional: piedra angular, prerrequisito indispensable para la ejecución internación de la No Intervención. En la concordia, libres; en la guerra interna, esclavos del extranjero.

Desde esta visión del país, la conducta de Herrera se esclarece. Siempre fiel al “deber previsor”; probo al “cada uno en su casa”; leal al “rol internacional” que nos había tocado en suerte, porque era lealtad con su país mismo. Y la concordia no se consigue meramente en la repetición de la concordia, sino a través de las rupturas. Es un modo de tratar y conducir los conflictos, una tarea delicada y expuesta. Herrera fue un realista, con agudo sentido de las proporciones uruguayas y sus límites, un conservador y reformista pragmático, canalizando conflictos o suscitándolos, para conducirlos a desembocaduras tranquilas. Veamos algunos aspectos de su comportamiento concreto, pues arrojarán mayor carnadura a los conceptos. Decíamos que la política internacional como actividad vital para el país, recién aparece con el avance de Estados Unidos y el forzado repliegue inglés. Defender la No Intervención a favor de los otros países latinoamericanos era de suyo una actividad de defensa del país. El combate culminante, su hora más gloriosa, fue, como se sabe, en ocasión de la Segunda Guerra Mundial. Su lucha por la neutralidad y contra la instalación de bases militares norteamericanas en el país. Decía entonces gráficamente: “Es como dejar poner un perro de policía en la puerta de una casa de apartamentos”. La casa de apartamentos era la Cuenca del Plata. Además, las bases apuntaban directamente contra la Argentina, que también mantenía una posición neutralista. Neutrales sí; base de coerción contra un país hermano, jamás; ese fue el enfoque. Luego sigue bajo el gobierno de Amézaga el escandaloso y cipayo lanzamiento de la “Doctrina de la Intervención Multilateral” por nuestra cancillería, apoyada por todos los partidos, incluso la llamada izquierda, salvo Herrera (y Carlos Quijano con “Marcha”). Es el antecedente directo del actual proyecto de la Fuerza de Paz Interamericana. No sólo estaba también orientada contra la resistencia argentina, y el surgimiento del peronismo, sino que se convertía en fachada para liquidar lateralmente el principio de No Intervención. Vale la pena acotar, puesto que en aquella época se dijo que el Uruguay tendría la función de un “Gibraltar americano”, que no es así, a pesar del peso que en algunos momentos tuvieron sectores irresponsables. Toda la acción de Herrera fue evitar que lo fuera. Zona neutralizada sí; base de operaciones, nunca.

La No Intervención, única protección de un pequeño país, es actividad “negativa” como política internacional, pues la actividad positiva -no otra cosa que “intervenciones”- por lo común está reservada a las grandes potencias. Esa negatividad de la No Intervención, que radica en el principio positivo de la autodeterminación de los pueblos, es nuestra actividad positiva internacional, su basamento. ¿Podemos pretender otra eficacia? La ofensiva corresponde a los grandes, los chicos se defienden siempre. Y cuando aparentan atacar, o son los cuzcos ladradores del grande, o se defienden desesperadamente. De ahí que Uruguay tenga redoblado interés en el principio que le es consustancial de No Intervención.

Pero la política de equilibrio que es esencialmente la No Intervención, no sólo requiere actividad “externa”, sino también “interna”. La política interna juega un rol preparatorio, va predisponiendo la política externa. Es por tanto necesario que la opinión del país no se enajene en una sola dirección respecto a asuntos internacionales o internos ajenos, y esto mucho más premiosamente en relación a los vecinos pues el poder de las propagandas corresponde a las grandes potencias. Nada peor que dejar “embalar” a la opinión del país por esas alucinaciones, que no se ajustan estrictamente a los intereses propios. Que las sardinas no se ilusionen por apuntalar al tiburón. Y bien, esa indispensable matización, ese juego de contrapesos, de contracara interna, es función tan importante y delicada como la cancillería.

Herrera tuvo el más profundo sentido de esa “función compensatoria” interna, de esa “cancillería por dentro” cuyo objetivo externo era siempre mantener el equilibrio, no romper lazos totalmente, no cerrarle puertas al país, restablecer en caso de desnivel. Ajustarse siempre a la regla de oro de nuestras debidas proporciones. (15) Lograr una resultante resguardadora para el país, siempre equilibradora en la Cuenca del Plata y cautelosa en lo demás, conjurando los cielos encapotados antes de su explosión. Así, Herrera tuvo perpetuamente esa política preventiva de lo exterior en lo interior. ¿Cuándo un pequeño país no previene, qué puede sucederle? Las Grandes Potencias tienen grandes y pequeños errores, las pequeñas sólo grandes errores. Para un pequeño país cualquier concesión, cualquier ruptura, es siempre demasiado.

Ceder, romper, es siempre riesgo de muerte, pues hay poco que retroceder y energías limitadas.

¡Y los pequeños viven sólo de manejar su capacidad de concesión y de su distancia de lo irreparable! Cuanto más débil, más atenta a minuciosidades, desconfiada de grandilocuencias equívocas, más tenaz y de “flexibilidad intransigente” debe ser la política internacional. Toda política ajena o gratuita, que no surja imperiosamente desde nuestra situación, es sospechosa y peligrosa. Así, el país debe apegarse obstinadamente a sus solos intereses concretos. “No intervenir por cuenta de otros”, era expresión común de Herrera.

Daremos tres ejemplos, incluyendo algún aspecto anecdótico, para que se perciba de modo viviente la acción de Herrera como “función compensatoria”.

En la época de Perón la situación fue tensa, la opinión pública uruguaya fue presa de un antiperonismo instrumentado que deterioraba día a día las relaciones con Argentina. Herrera fue entonces el rostro “peronizante” del país, y ejerció un poder inhibitorio de las reacciones argentinas, dejando caminos expeditos a la normalización. Incluso a raíz del fallecimiento de Eva Duarte concurrió, espectacularmente, a su sepelio. No podía dejar afianzar la animadversión en la mayoría del pueblo argentino. Esa función compensatoria fue mucho más importante que las simpatías de Herrera hacia el movimiento nacional argentino.

Cuando Estados Unidos requería la “presencia simbólica” de países sudamericanos en la Guerra de Corea, Herrera fue terminante. Los uruguayos sólo morían en su tierra y los “norcoreanos eran los artiguistas de Asia”. No pueden suponerse inclinaciones comunistas en Herrera, que era, en todo el rigor del concepto, un nacionalista conservador. Es siempre la misma función compensatoria, que se gradúa según la intensidad del reto. En esa ocasión, el presidente Luis Batlle tiene una entrevista con Herrera para expresarle sus temores a que el país no pudiera soportar sin perjuicios insubsanables la presión norteamericana. Y finaliza por interpelarle: “¿Doctor Herrera, Ud. en mi lugar qué haría?” La respuesta fue inmediata: “Lo que Ud.… pero Ud. en mi lugar tendría que hacer lo que yo. Cumpla entonces con su papel, que yo cumplo con el mío”. Y sólo se despacharon algunos medicamentos para Corea. Entre las dos ruedas, se salió del paso.

Siendo canciller Fructuoso Pittaluga se preparaba una conferencia panamericana, y el Ministro tuvo la idea de llevar en la delegación un herrerista para darle mayor representatividad nacional.

Visitó a Herrera y le expuso su propósito. Herrera agradeció la atención, pero respondió: “No es conveniente para el país ir todos. Nos ataríamos las manos. Una fuerte oposición ayuda a negociar y preserva de concesiones gravosas. Podrá Ud. decir ¡no puedo, allí está Herrera con medio país en contra! Confío en su patriotismo, pero le advierto que ‘El Debate’ lo atacará duramente desde ya. Buena suerte”.

Todo está dicho para dejar en limpio la dinámica interior del equilibrio internacional, fijar el sentido geopolítico de nuestras posiciones, y los trabajos de balanceo que implican. Todo es saber verdaderamente qué se quiere, y cuáles son los medios adecuados para conseguirlo.

Quien quiere el fin, quiere los medios y no se entretiene con pompas de jabón. Herrera era, por encima de todo, un patriota de la “patria chica”; y su finalidad preservarla, de acuerdo al único medio posible: no ser infiel a su razón histórica de ser, ni perder el sentido primordial de las raíces hispanoamericanas. En estos últimos decenios, Herrera fue el gran conservador, el conciente guardador de la existencia del Uruguay. Esto lo puso en palpable contradicción con la mentalidad vigente, ideologizante e idealista del común ilustrado uruguayo, en especial si era universitario. No vivía distraído de la historia del país, sabía cuáles eran sus permanencias, sus intereses constantes, sus probabilidades. Así, se hizo deber mantener contra viento y marea su lazo de amistad perpetua con el Paraguay y sus gobiernos, cualquiera estos fuesen, pues ello respondía a la directriz del equilibrio platense. Su apoyo a Stroessner no fue ni por ser dictador, ni por ser “colorado” (del partido afiliado a Solano López) puesto que Herrera fue hecho general paraguayo bajo gobiernos “liberales”, y en la Guerra del Chaco estuvo con Estigarribia. En suma, para emplear una oposición cómoda y usada (aunque personalmente no la comparto) podría calificarse a Herrera de “maquiavelista”, “realpolitik”, pragmático, en contraste con los “idealistas” (no digo principistas, porque principios tienen ambos, aunque de índole diversa).

Pero un maquiavelista a los ojos uruguayos habituales corría el peligro de ser ininteligible y por ende calumniado. Poca mella le hacía al “deber previsor”. Al punto que podemos afirmar: la resultante objetiva de la política exterior de las últimas décadas, en lo que era posible al país, la acuñó siempre Herrera. Bastaba que hubiera un maquiavelista que supiera realizar la “función compensatoria” para que la resultante no fuera nunca idealista.

Herrera fue insobornable “príncipe” criollo y mañero, cuyo objetivo principal era el amparo de la existencia del Uruguay.

Y llegamos aquí al nudo crucial de nuestra cuestión. Sabida es la escrupulosidad de Herrera respecto a las fronteras. Hizo nombrar Ministro de Relaciones Exteriores en 1959 a Martínez Montero, por su versación en el Río Uruguay y el Río de la Plata. Intuía con desasosiego los nuevos problemas. Ese rebrote de su preocupación por las divisorias, donde aparentemente estaban en juego pocas cosas, daba la impresión de una actitud cerril y anacrónica. Más aún, y a esto está ligado, fue notoria la inquina de Herrera hacia el proyecto de la represa hidroeléctrica del Salto Grande. Era la rendija donde veía el augurio de nuevos tiempos revueltos. En la ya citada obra, “El Uruguay Internacional”, advertía del “peligro sordo, pero muy verdadero, de las afinidades excesivas con los vecinos”. Poco antes, comentaba: “Vinculados por cuenta propia al pensamiento europeo, a veces con exceso, para nada intervienen los fronterizos en la elaboración de nuestras ideas y gustos sociales. Jamás podría decirse que en el orden intelectual nos contagia la tendencia argentina y la tendencia brasileña. Quizá sea uno de los aspectos más halagüeños y sorprendentes de nuestra situación internacional” (16). Es la plena vigencia de los conceptos de Andrés Lamas: cada uno en su casa, condición de existencia uruguaya. ¿Acaso el tremendo período de las guerras civiles y “anarquías fronterizas” no obligan a “sacar moraleja”? Herrera insiste: “La influencia histórica del Uruguay rebasa las propias fronteras dilatándose, por centenares de leguas, tanto en concepto civil como en sentido militar” (17), por eso los tiempos revueltos tienen profunda raíz: “Causas en mucha parte orgánicas trajeron aquellas tinieblas, que piden tolerancia y cuya apreciación filosófica nos apartaría del asunto. Pero conviene indicar la razón madre de los pasados infortunios: la injerencia de los limítrofes en la vida nacional y la alianza de nuestros partidos con esos limítrofes”. (18) ¿El Salto Grande no pone solapadamente, otra vez, las viejas pendientes, reestablece conexiones estructurales? ¿Reabrimos la cuestión? El “deber previsor” mira lejos.

“La vida nacional no depende de los fronterizos. Cuando se toma, sobre el mapa, una impresión de conjunto, parece increíble, dado el volumen de los limítrofes, que hayamos podido sustraernos a su atracción; que no seamos un apéndice simple, sin escriturar de sus patrimonios.

La sospecha de que ocurriera así no sólo cupo en el criterio extraño. También nuestros estadistas, palpando dificultades agobiadoras de la empresa, sufrieron muchas veces, el asalto de grandes congojas íntimas. ¿Perduraría la obra?"(19) Para hacerla perdurar, Herrera jamás olvidó esa congoja y se hizo su servidor.

¿Cómo no intranquilizarse, por la puesta en marcha de dependencias orgánicas con los vecinos, en elementos vitales para la economía del país, con “soberanía compartida”? ¿Qué nos traerán esos polvos? Pero en eso estamos y necesariamente. Es la nueva e inevitable encrucijada del país. Pareciera que en su literalidad, el acontecer histórico va haciendo imposible la política de Herrera, que ha sido la del Uruguay en que nos hemos formado. Es ese Uruguay, tal como ha sido, el que no puede seguir, aunque muchos se ilusionen de lo contrario al precio de no sopesar verdaderamente el cambio de nuestra situación histórica y sus inéditas necesidades. En lo que me es personal, mucho he aprendido de Herrera, pero sé que ha llegado el momento de la despedida. Pero ¡cuidado! Es en la despedida que la historia debe ser más maestra que nunca.

Cuando resuena la vieja advertencia de Lamas y de Herrera: “Ce n’est pas la solution qui approche, c’est le chaos qui commence”. Los hechos obligan a dejar el orden del que Herrera fue celoso custodio, para pasar a la aventura. Pero toda aventura es en pos de un orden. Bueno es entonces saber la lógica del orden que termina, para no tentar la aventura a ciegas y saber la medida exacta de lo que está en juego, de nuestra responsabilidad y sus dificultades. ¿Qué es lo vivo y lo muerto de la herencia recibida? ¿Por qué razones?.


Notas:.

(9) Andrés Prëdohl: “Economía Internacional” (Ed. Ateneo, Buenos Aires, 1955), pág. 254.

(10) A principios de siglo, con la inmigración vinieron aquellos generosos e idealistas anarquistas catalanes e italianos, que trasponían mecánicamente sus experiencias europeas al medio americano, negando las “patrias” y postulando la cosmopolita fraternidad universal, ignorantes de las diferencias de desarrollo y situación histórica concreta de las naciones. Es una noche en que todos los gatos son pardos. Entonces comentaba Herrera la “grave alucinación en un país con grandes problemas por resolver y con una gran interrogante clavada en la frente” (“La Formación Histórica Rioplatense”, Ed. Coyoacán, Buenos Aires, 1961, pág. 38).

(11) "El Uruguay Internacional” (Ed. Bernard Grasset, Paris, 1912) Como esta vieja y única edición es hoy casi inhallable, nos remitimos para las citas de página a un compendio que hemos hecho de este libro junto con otros escritos- en la obra para la Editorial Coyoacán, publicada bajo el título “La Formación Histórica Rioplatense” (Buenos Aires, 1961), págs. 16 y 17.

Lamentablemente, por omisiones de imprenta, esta edición no facilita del todo su manejo, pues falta el ìndice y el título mismo de "Uruguay Internacional" al abrirse esa parte (pág. 16).

(12) “Antes y Después de la Triple Alianza” (Montevideo, 1951, Tomo I – págs. 30, 34, 35 y 36).

(13) “Formación Histórica Rioplatense”, pág. 35.

(14) Op. cit., pág. 35. Si el “El Uruguay Internacional” se abre con el capítulo “El Deber Previsor”, se cierra con el de “La Concordia, piedra angular”.

(15) Op. cit., pág. 39: “Son ciudadanos del Uruguay y no ciudadanos del mundo los que afianzarán los derechos de la República. Visible la dispersión de ideales que vivimos, más preocupados por las complicaciones ultramarinas que de las nuestras… Hijos de un país pequeño y nuevo no debemos olvidar los orientales las leyes de la proporción, referidas a los vecinos enormes como al imperio moral creado por las civilizaciones excelsas. Concentremos nuestra voluntad en el propio taller; pongamos nuestra inteligencia, sobre todo, en el tema doméstico.

Pasión y brazo al servicio de la causa nacional, parte minúscula, pero parte al fin, de la epopeya humana. No haríamos poca hazaña contribuyendo, con el testimonio de nuestra dicha labrada despacio, a acrecer, con un grano de arena, los grandes saldos morales”.

(16) Op. cit., pág. 24.

(17) Op. cit., pág. 28.

(18) Op. cit., pág. 27.

(19) Op. cit., pág. 21.


4. La necesidad de trascender al Uruguay

Así retomamos el hilo y nos preguntamos, ¿puede el Uruguay prescindir de obras como la del Salto Grande? Pero esto no es más que la formulación particular de la cuestión más general: ¿puede el Uruguay actual desarrollarse solo? ¿Puede el Uruguay industrializarse con sus solas fuerzas? ¿Somos un país viable, con futuro propio, tal como hemos sido? Nuestra viabilidad estuvo en vilo durante los tiempos revueltos. Luego la preocupación cesó, en la armonía de la economía “uniconcéntrica” de la protectora Albión. Comenzaron las resquebrajaduras. Heredero se hizo el vigilante de las condiciones de viabilidad que efectivamente se realizaban. Pero ahora, casi de sopetón, la preocupación vuelve. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué? Aparte del hecho, de por sí sintomático, que desde los ámbitos universitarios se pregunte: “¿Cuáles son las posibilidades de independencia real, si es que existen, de un país como el Uruguay?”, cosa que hubiera sido sentido como blasfemia ridícula pocos años atrás, es más, que ni siquiera se hubiera planteado, hay como dos símbolos extremos de esa congoja de lo que el tiempo y el viento no se ha llevado. Nos referimos a Ángel Floro Costa y Carlos Quijano, las dos puntas que se atan nuevamente.

En tiempos de Latorre, Ángel Floro Costa escribe su célebre “Nirvana”. El Nirvana mentaba ese ser imposible del Uruguay independiente. Ángel Floro Costa se afiliaba a la dirección unitaria y colorada cuyo adalid era Juan Carlos Gómez, que aspiraba a la reunificación del Uruguay con la Argentina. Y profetizaba angustiado que el Uruguay solitario se precipitaba en la insignificancia histórica, marginal para siempre, condenado a vegetar tristemente o a la absorción paulatina por el Brasil: el destino a solas nos deparaba la pobre inmovilidad del no-ser, el Nirvana. En realidad, Costa sentía el “Nirvana” de su propia línea histórica, el acabamiento de una de nuestras posibilidades fundamentales, que era ser Banda Oriental. Pues lo que resultó, a partir de ese momento, contemporáneo de Latorre, fue lo contrario: la próspera consolidación del Uruguay: el temido experimento venía a ser un éxito durable. El Uruguay imposible resultó posible. Y fue una posibilidad realizada, a satisfacción de los uruguayos. Le sucedió el ser uruguayo, repleto, y no nada.

Pero ahora pareciera que la historia se repite, al cabo. El Uruguay actual se siente obturado, cavila por la persistencia de su posibilidad. La historia latinoamericana, concorde a los tumbos, se interioriza, deja las vías paralelas de la extraversión. Un nuevo Imperio vigila los movimientos y nuevos acontecimientos cambian las condiciones generales. Así, recientemente Carlos Quijano volvía a preguntarse inquieto por la viabilidad del Uruguay. Era una respuesta que venía postergando desde 1952, desde un artículo titulado “El cuarto de los juguetes”, si la retentiva no me es infiel. Ahora nos lo dice tajante: “El Uruguay no tiene posibilidades de un desarrollo autónomo y cuanto hemos intentado -sobre todo en los últimos años- a veces con heroísmo, otras con sagacidad y cuanto intentemos, tiene el signo de la precariedad, y está condenado a la frustración. Es endeble e incompleto”. Allí están a la vista, signo de los nuevos caminos históricos, ALALC, el Mercado Común, CEPAL, CELAM, las guerrillas, la FIP, la revolución de liberación nacional latinoamericana tanteando en ciernes, la industria pesada, etc. ¿Qué hacer? ¿Qué políticas de recambio? Quijano termina como Floro Costa, agobiado por el Nirvana, aunque a veces le ponga el nombre consolador de Revolución. Tan visceralmente arraigado está en el Uruguay que acaba, que el uso de la Revolución como mito, le permite desde esa altura abstracta encubrir su crítica, hecha verdaderamente desde el mismo Uruguay solitario que afirma no puede continuar, de todo aquello que se mueva en el sentido de romper el status vigente. Quijano expresa hoy, como nadie, ese Nirvana que amenaza al Uruguay, tardía resurrección de Ángel Floro Costa al revés. El uno sufría por la Banda Oriental, y su espejo invertido el Uruguay. El otro padece la contradicción, por el Uruguay a secas.

¿Perduraría la obra? El añejo recelo vuelve a nosotros imperioso, con su cortejo de dudas, deseos, añoranzas, tensiones, problemas, acertijos. ¿Cuál es el estado actual de la obra? ¿Cuál su configuración y leyes básicas? ¿Qué necesita para seguir? ¿En qué sentido es modificable, o transmutable? ¿Bastan reajustes? ¿Qué lo provisorio? ¿Las traídas y llevadas “reformas de estructuras” tocan realmente la estructura? ¿Atienden y parten auténticamente desde nuestra “crisis sustancial”? ¿No quedan, en su formulación misma, en los mismos trillos con otros afeites? ¿Cómo acotar racionalmente el campo de los posibles, que se nos abre preñado de incertidumbre, pero que no es indefinido? ¿Hacia dónde y cómo reorientar la acción? ¿Cuáles las metas? ¿Es sólo producir más? ¿Tan fácil acaba el cuento? ¿Cómo apoyar nuestra acción en la realidad? ¿Qué augurios se extraen de ella? ¿Qué fuerzas contamos para formular una estrategia y sus tácticas? ¿Qué valores? ¿A que nos exponemos? Ha pasado ya la hora oportuna de los Casandras, y estamos en el baile. ¡No más literatura del “pozo”, que las catreras se rompen! La sutil, pegadiza y cansina atmósfera del nihilismo uruguayo (de raíces tan hondas) debe ser aventada, pues lo será de todos modos. El desván de los desvanecidos ya no sirve más, queda como “sillón vienés”, diríamos usando un raro cuento de un amigo.

Por supuesto, no nos explayaremos. Más bien, como advertíamos en nuestro propósito, estamos removiendo y haciendo más específica la pregunta primordial. Y la prosecución nos hace detener un poco en el Uruguay que ha sido y que hoy se nos vuelve epiléptico. No insistiremos demasiado, puesto que no se trata de llover sobre mojado por economistas, siendo uno mero aficionado. Pero quizá nuestros ojos afectos a totalidades y conexiones puedan servir.

Pido excusas por volver con el inglés: vaya en descargo lo poco que se le ha tomado en cuenta visiblemente. Mucho es lo escrito acerca de las relaciones del imperialismo inglés y la Argentina.

Es lógico, un caso notoriamente más grande que el diminuto Uruguay. Eso ha hecho que se nos omitiera, para nuestro alivio y santa ignorancia, en las referencias de innumerables textos al respecto, desde Lenin a Crouzet. Tampoco aquí fue viviente, como en la Argentina, un fuerte movimiento crítico al Poder Inglés. Entonces teníamos cumplida noticia de los Borges pero nunca de los Scalabrini Ortiz, salvo alguna necrológica vergonzante. De tal modo, impalpablemente, parecía que nosotros estábamos fuera de la Troya. Que lo del “Sexto Dominio Británico” sólo atañía a los argentinos pero nos excluía a nosotros, fruto exquisito. Allá, los turbios manejos de los frigoríficos extranjeros llevaron en tiempo de la investigación de Lisandro de la Torre hasta al asesinato de un senador en pleno recinto parlamentario. Aquí, salvo las fricciones de la creación saludable del Frigorífico Nacional, sólo se realiza una investigación parlamentaria… cuando los frigoríficos extranjeros habían decidido retirarse. Pues aquí, investigamos todo menos lo esencial. Esto nos permite anotar una observación lateral. A partir del hecho que los modos de operar del United Fruits en Guatemala nos son de lejos más familiares que los de Bunge y Born, para poner una ocurrencia de inmensa importancia, en nuestro país, pues controla nuestro mercado cerealero y oleaginoso, etc., se hace imprescindible que los “diagnósticos económicos” no se eleven a modelos demasiado abstractos, pues es sobradamente quedarse a ciegas para una operatividad política y económica. Si investigación económica y social hay que hacer, la Universidad debe esclarecer racionalmente el mapa y la incidencia concreta de los trusts, oligopolios, carteles, firmas que son decisivas en el país.

¿Cómo, cuál y quién es nuestra “elite del poder”? ¿Cuál sus mecanismos? Esas son las densas nubes que importa despejar, más que perderse en fraseologías, como es costumbre; en los extremos de “cientificidad” abstracta o heroicidades que son cobardías. Hasta los profesores e investigadores norteamericanos han escamoteado menos la estructura de su país que los nuestros. Lo decimos, porque una política nacional empieza por un saber verdadero.

Sigamos con el inglés y nosotros. Dentro del mercado mundial “uniconcéntrico” las zonas ganaderas constituyen un sector privilegiado. Su destino ha sido distinto al clásico de las explotaciones coloniales. Australia, Nueva Zelandia, Argentina, Uruguay se erigen como testigos de un aparente mentís a la idea de un imperialismo industrial expoliador. Son zonas agropecuarias en que el progreso ha sido indudable. Allí se ha generado sin cesar una inmensa acumulación de riquezas, cuyo ejemplo más chirriante era la opulenta oligarquía porteña. La nuestra, más pequeña y provinciana, fue más sobria y decorosa. La razón de éxito es sencilla: por su propia índole la explotación ganadera -provista de campos fecundos y baratos-, exigiendo la inversión mínima posible de trabajo social, y hasta de inteligencia social engendraba zafra a zafra más alta producción de excedentes, con una demanda europea creciente por el bienestar y el ascenso de nivel de vida, en que confluían la industrialización, el saqueo colonial y el poder de los sindicatos. No soy experto económico, pero desde hace años he insistido en el rol absolutamente decisivo de nuestra renta diferencial agraria. No se trató de arrancar una “plus valía” al trabajo, de acuerdo a la técnica de una sociedad dada, sino de apropiarse del “factor espontaneidad” (la naturaleza, la Physis: fisiocracia). Se ha sostenido que somos hijos de un gigantesco rendimiento del trabajo rural. Pero lo cierto es que el rendimiento estaba más del lado de la naturaleza que del hombre, al que le bastaban habilidades primitivas. Por eso también decía, con cierto humor, que para nosotros servía más el modelo de Quesnay, de los fisiócratas, que el de Keynes, ¡manes del desarrollo desigual y sus relaciones recíprocas! La ganadería fue en el Río de la Plata una especie extraordinaria de “automación biológica”, una maravillosa “cibernética natural”. Por eso con las necesidades en alza del mercado consumidor europeo y el transporte a vapor y frigorífico, Argentina y Uruguay se beneficiaron de una enorme “renta diferencial” a su favor. El Río de la Plata generó así, sin mayor esfuerzo ni sacrificio social, la más alta renta agraria. Esto le permitió disponer, sin necesidad de una revolución industrial propia, de un enorme sistema de servicios y un nivel de vida que sólo aparecía posible en los grandes centros industriales. Incluso una facilidad relativa en la acumulación de capital para industrias livianas, que permitieron una simultánea “justicia social”, hecho aparentemente insólito, pero que permitió la constitución de cierto mercado interno para esas mismas industrias. (20) Esta muy notoria singularidad rioplatense: una sociedad fundamentalmente agropecuaria, exportadora de materia prima, con consumos y hábitos de sociedad industrial. Su “subdesarrollo” no impedía adquirir un nivel “desarrollado”. Así, las excelentes oportunidades que brindaba a las actividades “terciarias”, a los agricultores, a la industria liviana, atrajo lo principal y más numeroso del crecimiento vegetativo y la marea inmigratoria.

En tal contexto nació el Uruguay Batllista. La propaganda electoral de 1910 es significativa. Un mural escrito por el poeta y bohemio, anarco-batllista, Laso de la Vega, es como el compendio de la situación. Empieza dirigiéndose contra los “1.000 vacunos” (los terratenientes) que “poseen las 2/3 partes de las tierras del país” y tienen a sus trabajadores, escasos, en condiciones “inferiores a los novillos que mandan a los Frigoríficos”. Subraya con énfasis que “en los últimos 10 años la tierra y la hacienda ha triplicado su valor”, sin beneficio para el pueblo, y termina exhortando “Proletarios, hombres libres de la ciudad… meditad.” (21) Y esto determina la peculiaridad de sus luchas políticas. Es en el Uruguay (Batlle) y en la Argentina (Yrigoyen) que las clases medias obtendrán la primera victoria histórica de América Latina, durante la segunda década del siglo XX.

Ya en esa época, víspera, curso y postrimerías de la Primera Guerra Mundial, emergen los dos primeros focos dinámicos e irradiantes de la historia latinoamericana contemporánea. Aparecen en los dos extremos del continente: Méjico y el “Cono Sur” (Argentina, Uruguay y Chile con Alesandri y en circunstancias distintas). En Méjico la emergencia de las clases medias se complica inmediatamente con una revolución agraria. En el Cono Sur, la política es, en “estado puro”, propia sólo de la pequeña burguesía. Es en esas zonas -sin protagonismo campesino algunodonde las clases medias irrumpen en escena y determinan profundos cambios ante la consternación de los viejos próceres patricios. Al antiguo reinado del liberalismo oligárquico le sucede un liberalismo popular, con gesticulación socialista, un radicalismo que guarda ciertas analogías fraternas con su tocayo francés. Con Batlle e Yrigoyen se trataba de la democratización de la renta diferencial. No se intentaba un cambio de estructura, sino de una mejor distribución de la renta agraria. Había que hacer al pueblo partícipe de ella.

Es en un marco de exuberante renta agraria que ascienden las clases medias rioplatenses. Son las primeras en obtener en América Latina el sufragio universal y en acceder a la participación del poder no por la violencia, sino por pacíficas vías electorales. Toda la cuestión se centraba - como aún entre nosotros- en la distribución democrática de la renta agraria. Había un excedente suficiente como para conformar o subsidiar a la mayoría, sin afectar las bases del sistema que determinaba el control de la producción por la oligarquía terrateniente y comercial, ligada a la exportación. Medidas de seguridad social, salarios, un cierto proteccionismo a la industria liviana incipiente, educación universal, laica y gratuita, estatismo. Así, el Uruguay inauguró el “Welfare State” en América Latina. Singular Welfare State sin industria, con pies de barro, pasto y pezuñas.

Queríamos subrayar esto, pues es el sostén insostenible de nuestra actualidad, y en este fenómeno no han hecho hincapié los estudios del CIDE ni de Faroppa, que lo dan nebulosamente supuesto. La paradoja rioplatense, de nivel de vida desarrollado y estructura económica subdesarrollada, sobrevivirá varias décadas. Más aún: las condiciones de subdesarrollo, de primacía de la “espontaneidad” por sobre el trabajo social invertido, son las que dan razón del “desarrollo”. De un desarrollo de consumos, que iba a liquidar una espontaneidad estancada. La cuestión de superar y trascender la renta agraria realmente, de pasar a objetivos de industrialización plena (incluso agropecuaria) es aquí reciente. En la Argentina se plantea con virulencia a partir del golpe militar nacionalista de 1943 y del coronel Perón. Pero allí emergen dos nuevos protagonistas en escena: la burguesía industrial y el proletariado, potente, organizado, moderno. Aquí el Uruguay, limitado por la estrechez asfixiante de su mercado interno, no puede emprender por sí mismo una industrialización de largo aliento y su enorme superestructura “terciaria” asiste, hoy, impotente, al desfonde del excedente agrario. “Estamos devorándonos las entrañas” clama el presidente Gestido, y se limita la dieta para poder exportar.

La conformidad uruguaya de ayer es su parálisis de hoy, aunque crece el miedo del país por sí mismo y la agitación cunde. Se verá, dentro de poco, a estas clases medias abocadas a una inédita aventura latinoamericana: no descender su nivel de vida. He aquí un problema sin igual en América Latina. El drama es el descenso, no el ascenso.

En la facilidad de la renta agraria reside el origen de todo un estilo de nuestra problemática social, económica, política y cultural. La índole específica de nuestra renta diferencial permitió una campaña despoblada y la más intensa urbanización de América Latina. Pero a su vez, esa urbanización subsidiada por la renta diferencial no revirtió acumulativamente sobre la estructura general del país con ímpetu modernizador, sino que se enquistó en sí misma, resultando en su conjunto una política económica de despilfarro de esa renta diferencial. El sector terciario de la economía uruguaya consumía su parte de renta diferencial, sin dinámica esencial de efectuar o echar las bases, no ya de una reproducción ampliada, sino ni siquiera de una reproducción simple. La lucha por su cuota-parte de renta diferencial se tradujo en la lucha exclusiva alrededor de la moneda, los cambios y las revaluaciones, las especulaciones, los salarios. Cada grupo de presión quiere su denario de la renta diferencial. Y nada más. Tal el sentido de nuestras luchas políticas y gremiales hasta hoy. Tal el esquema fundamental de nuestra situación. La renta diferencial fue el paraíso de la paz uruguaya y el desfonde de la renta diferencial será el infierno tan temido. La renta diferencial fue la concordia de más de medio siglo, su desaparición será la guerra social ya en ciernes para los años venideros. La incontenible espiral inflacionaria es su prolegómeno, fruto de la guerra fría entre los grupos sociales por una moneda de más en más envilecida. La inflación es lucha dentro del statu quo y a la vez su resquebrajamiento. La inflación aguanta al statu quo, pero acumula en su base la explosión del statu quo. Prolonga la paz y agudiza la violencia venidera.

La producción, la cultura humana, nos señala Freud, se ha erigido sobre la represión, la disciplina de las apetencias. El “principio de realidad” le ha exigido al “principio del placer”, para sobrevivir, la ascética. Sin ascética no ha sido viable ninguna empresa cultural de aliento. Ascetas hubo en la base de la cultura europea, con las órdenes religiosas; ascetas hubo en el origen del capitalismo con el puritanismo, y su máximo exponente el mundo yanqui; ascetas emprendieron la revolución socialista, con el partido bolchevique, y ahí está el proceso ruso o el más reciente monasterio laico de la China. ¿Ha conocido nuestro país un ascetismo creador? ¿Tenemos reservas de ejemplaridad? Pareciera que no. Se ha dicho respecto de nosotros que “en el principio fueron las vacas”: antes estuvo la abundancia, luego vino el hombre. Hernandarias fue ya el introductor de nuestra “cibernética natural”, la ganadería, en circunstancias absolutamente excepcionales en la historia universal. No tengo noticia de vaquería semejante.

Así, tuvimos la sobriedad rústica de los paisanos; modos austeros en sectores del viejo patriciado, aún ligados a una moral tradicional ella también generada por siglos de escasez sufrida por el hombre; y tuvimos asimismo el sacrifico tenaz y esperanzado de cada inmigrante, proveniente de medios en que la vida era normalmente más dura; pero, pronto, sus hijos en condiciones menos exigentes se ablandaron. De tal modo, la facilidad de la renta diferencial ha generado un aflojamiento general de la vida del país, ha consolidado una mentalidad de comensales, ha hecho privar, diríamos, el “principio del placer” sobre el “principio de realidad” sin penosos caminos indirectos (acumulación de capital, objetivación de trabajo humano no consumido y apto para la producción). Sin la dureza ni las hambrunas de las viejas culturas agropecuarias, sin la implacable acumulación primitiva del capital técnico-industrial, sea bajo el modo liberal o socialista, teníamos como una aptitud innata para asimilar rápidamente las pautas de alto consumo que iban alcanzando las grandes naciones industriales. Recibíamos las pautas, pero sin su contracara, sin la técnica, la racionalidad de la economía y empresas modernas. Recogíamos el fruto, sin tener el árbol y su savia. Era la paradoja de un desarrollo desigual que beneficiaba al más atrasado, pero esto no iba a ser permanente, y a la postre quedaríamos en lo que éramos: consumidores sin base productiva a la altura de los tiempos.

Las circunstancias excepcionales de nuestra renta diferencial han generado tanto las virtudes afables como los vicios dilapidadores e imprevisores del país. Ello ha generado la extraordinaria falta de economicidad de nuestra estructura económicosocial. La ausencia de una política pedagógica, con la educación vuelta en sí, irracional cultivadora de míticas “espontaneidades”, con las carreras tecnológicas no sólo descuidadas sino sin aplicación. Sin expertos agrarios, necesitándolos pero dejándolos de lado. Con una cultura baldía, sin funcionalidad, impregnada por una gratuidad que se confunde con libertad. La renta diferencial prohijó el desarraigo y el idealismo en casi todos los aspectos de la vida nacional. Desde nuestros estudiantes hasta el opio monetario. A la vez, dejaba erosionarse a los suelos, a las praderas naturales; y creaba gran atraso rural, en todos los órdenes. “Primario” rústico y “Terciario” parásito, cubriéndose de mutuo desdén. Y se nos hizo cómodo un “keynesianismo” a la criolla, de sustento fisiocrático.

¡Qué sorpresa para Keynes ir de la mano de Quesnay! Ese monstruo bifronte poca vida podía tener, pero cobijó ilusiones de eternidad.

A través del Estado se realizó la democratización de la renta diferencial, aunque sin objetivos congruentes de reinversión y eficacia. Las estatizaciones de servicios públicos e industrias se efectuaron bajo el criterio de “libre empresismo estatal” que atomizó al Estado en entes autónomos y a la vez los sujetó a un doble fin contradictorio: ser receptáculo de la política de clientelas y de servicios baratos al pueblo, sin contar con la capitalización. El resultado ha sido progresivamente acelerado: un Estado administradamente caro, descapitalizado, ineficaz. La Ley de Parkinson ha terminado por desmantelarlo, convirtiéndolo en sistemático empleador de desocupados y pasando de promotor del impulso del país a ser una rémora paralizante. Muere de consunción, con presupuestos de sueldos sin inversiones. Así, la crisis del Estado se identifica con la crisis de los dos partidos tradicionales, que han sido los vehículos de la democratización de la renta y a la vez de la conservación de la estructura fisiocrática del país, detenida. La renta diferencial les ha permitido, con leves vicisitudes y alguna “dictablanda” por medio, mantener al latifundio, y a la concentración urbana en buen nivel de vida. El fin de la renta diferencial pone en cuestión de raíz la función coparticipadora, amortiguadora de las luchas de clases, de los dos partidos. Pero dentro de su relativa homogeneidad común, la crisis destruye ante todo al batllismo, que es como el paradigma de tal situación. Él ha sido, más que ninguno, portavoz de las clases medias y populares urbanas, y su función ha estado esencialmente ligada a los ciclos de mayor prosperidad uruguaya. Ha sido el partido de la prosperidad, y por ello la crisis lo abate, como en 1934 y 1958. ¿Cómo seguir gordo con vacas flacas?.

Por eso, hay más relación actual entre la “situación” terrista y la de Gestido que con el batllismo propiamente dicho. Creo que esta crisis de los partidos tradicionales se objetiva de modo supremo en el agotamiento histórico del batllismo, al que asistimos, refugiándose la mentalidad puramente distributivista de una clase media angustiada en los sectores de la llamada izquierda, así como es previsible una irritación popular contra los grandes terratenientes, con un vigor desconocido antes en el país, pero con enormes dificultades prácticas. Es muy espinoso el salto desde el asfalto hasta la campaña. La ira popular corre el riesgo de quedar en el vacío, sin consecuencias reales, perdiéndose su eco en los campos distantes y despoblados. Sólo una tremenda necesidad puede producirlas. En ese sentido, puedo traer a colación un pensamiento habitual de Nardone, quien solía repetir: “Hasta que Montevideo no arda, no puede esperarse ni pretenderse ningún cambio profundo en el país”. Sólo semejante incendio social podría trascender la literatura. Esa visión apocalíptica no puede por cierto descartarse. Quizá sólo un gran sufrimiento, la desgracia sostenida e insostenible, altamente concentrada en Montevideo, termine con las inercias sobrevivientes a la muerte de la renta diferencial, y ponga en tensión real, decidida e inteligente al país. Lo seguro, es que nadie o muy pocos salen a la intemperie anticipadamente. Para que así sea casi es necesario haber perdido la casa. Ese ya no tener nada que perder nos hace futurizar de verdad. El pueblo hace muy pocas revoluciones, es sensato y conservador. Pero a diferencia de intelectuales o de jóvenes subsidiados en rebelión familiar, cuando se propone la revolución la hace, pues es también un acto de sensatez y conservación, no contradictorio con la audacia y el heroísmo; y ajeno a toda gratuidad. Hace la revolución cuando es lo único sensato.

Y ¡pocos pueblos con tantas razones para ser conservador, como el uruguayo! Para ser legítimamente conservador. Hasta ahora, aquí el conservatismo ha tenido mejores razones que la aventura. No vamos a repetir los elogios en que el uruguayo se ha autodeleitado. Es cosa que va deslizándose paulatinamente en las sombras del pasado. Sin embargo, los factores estáticos son aún muy poderosos. Tenemos las clases medias populares en que está más extendida la propiedad habitación. La vivienda propia es realidad para una proporción gigantesca del pueblo uruguayo. Y esa paradójica masa de “propietarios- asalariados” no propende por cierto a la movilidad, el bien inmueble no es afecto a lo mueble. Desde fines de siglo, con Piria, gran político-rematador que abrió a la inmigración nueva residencia en la tierra, hasta Vaz Ferreira que postulando como derecho humano fundamental “habitar sobre el planeta” dio categoría filosófica al sueño de la casa propia, la inversión inmobiliaria ha sido la principal en el país. (Por travesura, podríamos decir que “fue el búho de Piria”). Incluso el actual proceso inflacionario, unido a las leyes de alquiler, no ha mermado el número de propietarios sino que los ha acrecentado. A lo que se suma: la gran cantidad de pequeños empresarios que con costos fijos de escasa entidad, pueden soportar mejor la crisis que grandes firmas; la debilidad de nuestra burguesía industrial y por consiguiente de nuestro proletariado. Y dominándolo todo, el neomaltusianismo espontáneo de las clases uruguayas, que -envejecidas- son poco permeables a los cambios. ¿Pero qué puede esto contra los factores negativos que arruinan el país, y que tienden necesariamente a dinamizarlo, así sea por desesperación? No vamos a hacer enumeraciones resabidas, pero vale resumir: estancamiento de la producción, déficit del presupuesto del Estado y de las balanzas de comercio y de pagos, que se hacen crónicos, y que nos encuentran con una descapitalización acumulativa, atraso técnico, parálisis o mal uso de la mayor parte de la población activa del país. No hay país con semejante lujo que no haya estallado.

El Uruguay, a pesar de su lentísimo crecimiento demográfico, comenzó a fagocitarse su renta diferencial, a la vez que impulsaba sus industrias livianas en íntima relación con los momentos cruciales de la retirada inglesa: la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. A medida que el Uruguay salía de la órbita inglesa, por las grandes crisis capitalistas, aumentaba su capacidad de sustitución de importaciones, aunque generaba nuevas dependencias de las industrias pesada y combustibles extranjeros. Y a la vez, cuanto más se interiorizaba el mercado, más visible se hacía que ese mercado no tiene dimensión para un desarrollo industrial moderno, generando costos no competitivos. Su última expresión será la empírica política industrializadora de Luis Batlle, contemporánea a la de Perón y toda América Latina, aprovechando la postración europea, y que pronto rebota contra el tope diminuto de nuestras posibilidades internas, con la recuperación europea, con los términos adversos del intercambio y lo menospreciable de nuestro peso específico en los mercados internacionales. La ingenua y utópica visión del Uruguay industrial, deseable pero fantástica, moría para siempre en la especulación cambiaria y bancaria, y los terciarios quedaban sin futuro. Tenía que venir la revancha de los sectores primarios de la economía (agro preindustrial) sobre los terciarios (servicios). Lo que de seguido provoca el contraoleaje ruralista de 1958, que se estanca en la esterilidad de estimular a la producción agropecuaria a través de los solos precios, limitándose a transferir al agro más moneda y acelerando las condiciones de su envilecimiento, incapaz de poner coto a la política de clientelas y de introducir mayor racionalidad en los mecanismos económicos; latifundio y banca intactos. La fisiocracia de los primarios no podía sacudirse a los terciarios de encima, sin enfrentar su propia transfiguración. Se había llegado al fin de la jornada.

Si antes Keynes no había podido prescindir de Quesnay, luego Quesnay tampoco podía dejar a Keynes. Morían como abrazados a un rencor… porque Ricardo se iba.

Pero aparecían los augurios de un viraje histórico sin antecedentes: en el orden interno, la creación del CIDE, primer intento global de información, diagnóstico y formulación planificadora del país; y en el orden externo, la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio), signo de la inevitable vuelta hacia adentro de las economías latinoamericanas, que en un grado u otro debían confluir hacia la gran nación inconclusa de América Latina. La liquidación de la renta diferencial nos obligaba a replantear en términos de economicidad global y nos hacía asomar a América Latina, no con el sentimiento, sino por necesidad. La necesidad de trascender al Uruguay en que nacimos se hacía imperiosa, impostergable, fatal.

El viraje más radical de nuestra historia ahora ya está a la vista ¿Para ser uruguayos, debemos dejar de ser uruguayos al modo que fuimos y aún somos? O crece o muere. Y nos está vedado crecer como imperialismo. Nos está vedada una modernización industrial a la altura de las técnicas actuales, por ser un mercado aldeano. ¿Qué hacer? El Mercado Común Latinoamericano se nos viene encima cargado de consecuencias y nuevas cuestiones gravísimas.

La llamada Integración no sólo es un repertorio de soluciones sino de portentosos problemas, como un salto en que se generan nuevas contradicciones y concordias, y que por ello nos exige un replanteo no menos radical de nuestras políticas inveteradas. Y ese reto abarca por igual a derechas e izquierdas. Habrá derechas e izquierdas, que se aferren anacrónicas a los Estados Parroquiales latinoamericanos. Habrá derechas e izquierdas dispuestas a trascenderlos de raíz, y los modos de lucha tomarán nuevas dimensiones. Nada será de posible eficacia si no se reasume al nuevo nivel de la nación latinoamericana en marcha. Toda política de derecha o izquierda que se limite a atrincherarse en los vetustos esquemas de los países latinoamericanos como “naciones completas”, será una política estéril, reaccionaria, exenta de pensamiento creador, sin salida, de crítica mecánica y abstracta, ausente del sentido dialéctico de los acontecimientos, arrastrada por ellos, impotente. ¡Bueno sería que la izquierda se enclaustrara en los fragmentos de la balcanización! Todos hablan hoy en términos “latinoamericanos”, pero rehúsan extraer y adelantar verdaderos planteos, y por lo común están muy por debajo de nuestra circunstancia y prospectiva, como esa literatura amorfa de la “Revolución Continental” que escamotea enfrentar la cuestión de la Revolución Nacional Latinoamericana, que se resiste a asumir la cuestión de la unidad nacional latinoamericana, de tan gigantescas proyecciones. El campo de batalla empieza a ser otro, y exige reacuñar nuevas estrategias y tácticas que sepan medirse con las nuevas escalas.

Y aquí volvemos a nuestro punto de partida. Al Uruguay mismo como problema. Los supuestos de nuestra vieja política internacional se han evaporado: el Imperio Inglés ha sido sustituido por el Yanqui; el viejo Uruguay agropecuario, extravertido y agotado ya no permite el cada uno en su casa, y tiene que abrirse a sus vecindades latinoamericanas. Para el Uruguay interiorizarse es latinoamericanizarse. Nuestra política nacional será ir más allá del Uruguay para salvar al Uruguay en el sentido de su propia historia. Si Ponsomby ha muerto, nos queda Artigas. Pero examinemos más de cerca las nuevas hipótesis, algunas, que nos impone la nueva situación del país, para ver qué es lo vivo y lo muerto de lo recibido. El Nirvana es para los que salen, o se detienen, en la historia. No lo queremos para nosotros.

Notas: (20) Este planteo lo hemos formulado ya hace casi una década (“La Crisis del Uruguay y el Imperio Británico”. La Siringa, Buenos Aires, 1959; previamente, se había publicado en octubre de 1958 en Tribuna Universitaria). Quizá la polvareda política de aquel momento hizo pasar a segundo plano lo fundamental, y la gente se fue por las ramas, quedándose con retazos de aquí y allá, sin percibir claramente el conjunto de sus ideas básicas. Ahora no hacemos más que retomar una de sus dimensiones, pues el tiempo transcurrido no ha hecho más que confirmarnos en nuestro enfoque esencial. Si hubiéramos encontrado razones valederas para rectificarnos, lo hubiéramos hecho de inmediato. Pero ni las hemos encontrado, ni otros nos las han ofrecido.


(21) Jacinto Duarte: “Dos Siglos de Publicidad en la Historia del Uruguay”, Montevideo, 1952, pág. 90.


5. El Nuevo Uruguay Internacional

La historia se nos cuela por el vacío de la renta diferencial. Un fresco y afilado viento de realidad comienza a disipar la atmósfera enrarecida y perpleja de un Uruguay aferrado, a pesar de la advertencia de 1958, al “aquí no pasaba nada”. Porque, sí, ¿qué pasa? ¡Y sin embargo se mueve! Y es en los tránsitos inciertos que la inteligencia debe estar más en vigilia. Inteligencia que poco tiene que ver con las presumibles crisis histéricas de nuestro idealismo agonizante. Nos encontramos ahora enfrentados a la situación que describe Hans Freyer: “Las épocas felices de un orden estatal positivo no precisan de una ciencia especial de las condiciones y leyes de la vida social, y si llegan a poseerla, es sólo una teoría de lo existente. Sólo cuando los hechos sociales se escapan a la forma estatal en que se hallan presos, la hacen saltar a pedazos o pasan por encima de ella, es cuando se plantea el tema de estudiar científicamente ese material con leyes propias, la ‘sociedad’, descubriendo en lo posible las leyes naturales de su desenvolvimiento”.(22) Sociedad estable es sociedad de juristas y leguleyos. Los conflictos se resuelven por distintas abogacías en múltiples tribunales, oficiales o no. Es más el reino de las “mediaciones” que de las contradicciones. ¿Cómo no hacer del Derecho y la Constitución mitos intangibles, si el país tenía medio siglo largo de paz? Y los conflictos se resolvieron por “reformas constitucionales”, que dan la medida de su tibieza. Pero los cánones se ven rebasados, y la precaución uruguaya termina disolviendo definitivamente la mitología inocente del Colegiado, naufragio de inoperancia, y trata de domar de antemano al cesarismo posible, abriéndole cauces institucionales, que disminuyan su impacto. Ya el Uruguay presente sabe que no es puro presente, que está lanzado al futuro. Por eso, pensar al Uruguay de hoy no es pintarlo como es, copiarlo, sino proyectarlo. La fotografía, aún verídica, ya es un acto de conservatismo. Hoy más que nunca, nuestra política se hace prospectiva, conocimiento y apuesta, evaluación de las posibilidades que en gran medida, sabemos, no dependen de nosotros. Pero eso no nos exime de querer poder realmente, de las opciones al servicio de los valores en que creamos. Y la opción por un valor es también la opción por su eficacia. Elegir la justicia, es elegir también el poder, por más contrariedades que esto implique. Quien no quiera el poder, no quiere nada. Incluso para poner límites al poder. Y como sólo se puede en situación, hay que remover nuevamente: ¿cuál es la situación actual del Uruguay Internacional? ¿Qué perspectivas se abren? Aquí, perseguir el dominio del objeto, conocer, se confunde con las posibilidades de reconformar políticamente la sociedad. Empleando el viejo lenguaje de Saint Simon y Comte, pasamos de una “época positiva” a una “época crítica”. ¿Cuáles los supuestos geopolíticos de esta nueva época uruguaya crítica? Una época en que “sin visión los pueblos mueren”. Retomamos así el hilo de la primera parte, con la sucesión de los tres Imperios.

Estamos en el tercer ciclo de la historia de América Latina, el del Imperio Yanqui. La parte norte y anglosajona de la Isla continental ha levantado la más imponente potencia industrial capitalista de nuestro tiempo. Su destino ha sido simétricamente inverso al de América Latina. Logra su independencia antes de la consolidación de la Revolución Industrial Inglesa, y se expande en progresiva integración usufructuando sagazmente los conflictos de las potencias europeas.

Emprende una persistente marcha hacia el Océano Pacífico, cuya víctima principal será Méjico y luego, en la guerra de Secesión, el norte industrial destroza al sur agrario, aristocrático y esclavista. De tal modo, una fuerte política de proteccionismo industrial se hace general, al revés de América Latina que en el mismo período era presa de la orgía librecambista y spenceriana.

Mientras los EE.UU. inspiran a Von Lizt para el nacimiento de la economía nacional-industrial alemana, los patriciados latinoamericanos eran el reverso agropecuario de Adam Smith, Ricardo y el vulgarizador Bastiat. Lo que EE.UU. resuelve por la violencia en la Guerra de Secesión, hace un siglo, recién comenzará a plantearse en América Latina en nuestros días con el choque del naciente desarrollo industrial y el sistema agroexportador, que cuenta ahora con la complicidad yanqui, así como entonces los sureños contaban con la complicidad inglesa. ¡Paradojas de la historia! Mientras que Norteamérica forma un triángulo cuya mayor extensión se encuentra con amplias llanuras y las mejores condiciones geoclimáticas, lo que ha facilitado su gigantesca expansión unificadora, América del Sur es también un triángulo cuya mayor anchura la cubre el “infierno verde” de la olla amazónica. Así, un desierto ecuatorial descoyunta a América Latina en dos zonas principales pero casi incomunicadas: la zona del Mediterráneo Caribeño, que comprende Méjico, Centroamérica, las Antillas, Colombia y Venezuela y la zona del “Cono Sur”, cuyo centro vital es la Cuenca del Plata. Y un como gozne mediador entre esas dos zonas, que son los países andinos. En tanto que lo mejor de Estados Unidos está en su zona más ancha, lo mejor de América del Sur está en su zona más estrecha. Pero en la desembocadura de esa zona óptima de América del Sur está el Uruguay.

Como es lógico, el primer avance yanqui se realiza en el Mediterráneo americano. Su culminación será la guerra de Cuba y Puerto Rico contra España y la apertura del Canal de Panamá, luego de inventar una nueva república a costa de Colombia. En Panamá se sella la retirada inglesa del Mediterráneo caribeño al abrirse el siglo XX.

En aquel momento, en que concluye el resto americano de la madre patria España y en que Inglaterra efectúa su primer gran retroceso ante el “tercer hombre”, el Caribe se hace un mar virtualmente yanqui y el nuevo Imperio proyecta su sombra sobre América Latina: también resuena en la postración latinoamericana la nueva alborada de su voz, del eco bolivariano, en el Ariel de Rodó, un uruguayo. Rodó es nuestro Fichte, y su Ariel el Discurso a la Nación Latinoamericana, en un plano ético e ideal. Fue un reguero de pólvora; desde su balcanización, América Latina soñaba otra vez su unidad. Y Rubén convocaba a los leoncitos para enfrentar al Gran Cazador de Teodoro Roosevelt. En aquél momento renace la unidad latinoamericana en el plano de la generación literaria, del “modernismo”, donde se congregan, en el auge finisecular del imperialismo, el ápice de las enajenaciones y exotismos con el regreso a las raíces nacionales.

Un Manuel Ugarte, argentino, recorre nuestras patrias chicas levantando la visión de la Patria Grande; un García Calderón, peruano, intenta pensar por primera vez, de modo concreto, globalmente el proceso histórico latinoamericano. Nueva tesis, nueva antítesis. Con el siglo XX se inaugura a la vez el tercer Imperio y la formación de la conciencia latinoamericana. Se emprende la larga marcha por la formación nacional de América Latina. “Será la paradoja del avance del nuevo Imperio Yanqui: a cada paso suyo adelante, habrá un paso delante de su contrario, la unidad latinoamericana”. Así, su camino será inverso del inglés. Promueve como su instrumento al Panamericanismo, que se inicia a fines del siglo XIX con su primera proposición concreta: la unión aduanera. Pero como ella no podía tener otra consecuencia que la subordinación absoluta al poder industrial yanqui, fue declinada por los latinoamericanos. La fruta todavía estaba verde, y el inglés era aún fuerte.

Así, el siglo XX presencia el despliegue de Estados Unidos en América Latina, que se consolida en la Segunda Guerra Mundial. El viejo poder europeo está destrozado y se levanta el Tercer Mundo de los descolonizados, con su nuevo vigor. Hambre y natalidad son su tragedia y su fuerza. Las sangrientas crisis del capitalismo europeo y sus guerras intestinas le habían liquidado su supremacía mundial. La Primera Guerra Mundial fue el nacimiento del primer Estado Socialista en la inmensa Rusia, y Estados Unidos pasó a acreedor universal. La Segunda Guerra Mundial es la rebelión del Tercer Mundo, la expansión del socialismo en el este europeo y China, y el paso de Estados Unidos a líder absoluto del mundo capitalista. Su productividad alcanza niveles asombrosos y hasta se convierte en exportador de productos agrarios a los países agrarios atrasados. Señala Spykman: “Estados Unidos ocupa una situación única en el mundo.

Su territorio pertenece a aquella mitad del globo de las grandes masas terrestres y sus dimensiones son las de un verdadero continente, con todo lo que esto representa en términos de poder económico. Asomado a dos océanos, Estados Unidos tiene acceso directo a las arterias comerciales más importantes del mundo. Su dominio está enclavado entre las dos aglomeraciones de población densa de la Europa occidental y del Asia Oriental y, por lo tanto, entre las zonas de mayor importancia económica, política y militar”.(23) De tal modo la posición de Estados Unidos en la Isla Continental, similar simultáneamente a la de Gran Bretaña frente a Europa y a la de Japón frente a Asia, le hace convertir a éstas últimas en su trampolín para detener la expansión del mundo comunista en la Isla Mundial. Y a la vez convierte desde la década del '40 a la Isla Continental en su coto cerrado y afirma a través del sistema panamericano, perfeccionado en Chapultepec, Río de Janeiro y Bogotá, su hegemonía exclusiva.

La OEA será el ministerio de sus semicolonias. Pero las crisis destructivas del capitalismo son la oportunidad de desarrollo de los pueblos sumergidos. Crisis metropolitana es impulso a la periferia; impulso metropolitano es crisis periférica. Para América Latina, la Segunda Guerra Mundial tuvo también otras consecuencias: es la ola más fuertemente industrializadora que la recorre, por la vacancia europea y la forzosa distracción norteamericana. Perón, Vargas y Cárdenas serán sus expresiones máximas (acusados los tres, por coincidencia, de “fascistas”, para encerrarlos en un leprosario). Entre nosotros será Luis Battle, que hará contradictoriamente el juego al imperialismo y a la oligarquía bonaerense contra su hermano gemelo y mayor, Perón. No extraía verdaderas consecuencias de que la industrialización argentina era la condición sine qua non de nuestra propia industrialización. Que nuestra industrialización era a la vez una consecuencia del amparo del poder industrializador argentino. Nuestra pequeñez productiva, menospreciable en el mercado mundial, sólo podía exportar manufactura, en tanto Argentina lo exigiera para su mayor volumen, como lo hizo, a través del IAPI. La caída de Perón fue el augurio de la caída de Luis Batlle y el receso industrial.

Claro es que habría que matizar además la diferencia de nuestras propias situaciones, por cuanto Uruguay depende más radicalmente que la Argentina de su estructura agropecuaria. Esto explica, permítaseme una acotación personal, que yo haya sostenido a la vez posiciones “ruralistas” en el Uruguay, orientadas a su transformación agropecuaria en el sentido de una verdadera industria, trascendiendo el nivel fisiocrático, y defendido la industrialización argentina y brasileña y sus movimiento políticos nacionales, porque era la auténticamente nuestra, en contradicción con la contradictoria posición del batllismo de entonces, que era justamente inversa y sostenía a las reaccionarias fuerzas agrarias en Argentina y Brasil disfrazadas con el manto de las “uniones democráticas”. ¡Inercias vetustas, de un liberalismo formal trasnochado! Y una extraordinaria falta de sentido del significado profundo de los procesos latinoamericanos, obnubilados por el juridicismo. (Pero ¿cómo evitar la hipertrofia de un “civilismo” de tanto éxito? ¿Cómo no extrapolar nuestra maciza experiencia canónica y no sentir que lo que se desviara de ella era irracional? ¿Acaso podría ser difícil ser como uno, hijos de la facilidad? Y esta es la base de un cierto desdén o aire de su superioridad de uruguayo hacia los otros pueblos latinoamericanos, que juzgan, por pobres y violentos, más “ineptos”: sólo ven las consecuencias, sin percibir sus causas).

Así, el proceso industrializador de América Latina y la emergencia de las masas -acrecentadas por el vertiginoso aumento demográfico y su urbanización- inicia un cambio en las relaciones de fuerzas. Ya no dominan sólo el mundo agropecuario y exportador con sus abogados: ya aparecen los contadores de la economía industrial, y toda una nueva elite de “tecnócratas”. Y si Bogotá significa el cerrojo final del Panamericanismo asentado en nuestra inferioridad agraria y es el canto de cisne de los grandes juristas floripondistas, que eran su correlato mistificado, también se pro-duce el “bogotazo”, explosión de un convidado de piedra que eran las masas del pueblo, levantadas en furia destructiva por el asesinato de su líder Gaitán por mano de la oligarquía terrateniente. Le seguirá en nuestros días otro asesinato, el del cura guerrillero Camilo Torres, que recogía la tradición de los grandes curas liberadores como Morelos, Hidalgo, Aldao y tantos otros. El “bogotazo” es la primicia del nuevo jaque de índole social, que el poder yanqui tenía que enfrentar en América Latina luego de la Segunda Guerra Mundial. Pero en el mismo año también surgía un nuevo hecho: la CEPAL, que se irá convirtiendo en el portavoz latinoamericano de su burguesía industrial, a pesar que su impulsor Prebisch tiene en 1955 un nefasto rol en la Argentina. Hará luego, en La Plata, pública retractación o rectificación de su pasado keynesiano y agropecuarista. Las posiciones polémicas de un Jauretche contra Prebisch son las que él mismo propaga desde la CEPAL: serán los “estructuralistas” contra los “monetaristas”, del viejo mundo agroexportador y el Fondo Monetario, instrumento norteamericano. El “cepalismo”, versión cauta, abstracta, un tanto burocrática y de asesores de Príncipe, será la ideología industrializadora y la primera visión global sistemáticamente estudiada de América Latina, que dará la pauta dominante en la década del '60. La burguesía industrial latinoamericana había encontrado su órgano expresivo, su proyección integradora, la visión del mercado interno latinoamericano, más allá de sus patrias chicas. Un órgano todavía aséptico y temeroso de las vibraciones de la historicidad concreta. Economía y contaduría no son nunca política viviente, aunque sí ingredientes esenciales. Pero un nuevo paso había sido dado. A la generación del '900 de literatos, a la gesta estudiantil de la Reforma Universitaria del '18, dos generaciones propiamente latinoamericanas, ha sucedido luego esta singular generación cepalina de los contadores y tecnócratas asesores internacionales bien pagos. En ella también, por encima de fronteras, confraternizan argentinos, brasileños, uruguayos, mejicanos, etc., en tareas comunes. Son diríamos, una versión todavía abstracta (se hace desde la UN como antes se hacía el modernismo desde París y Madrid; hay que salir de América Latina para ver el bosque y no perderse en las hojas de los árboles. Desde las metrópolis se la ve una. Desde sí misma se ven las disputas de campanario) de la unidad latinoamericana en marcha. Insuficiente, necesario.

La guerra fría de EE.UU. con Rusia le hace arrastrar en pos suyo, como séquito, al sistema panamericano. Todos los intentos de liberación nacional, de industrialización efectiva, serán acusados de “comunistas” -como antes de “fascistas”- para desprestigiarlos, aislarlos y reprimirlos. Estados Unidos apoyará a todas las dictaduras retrógradas, y será implacable con las dictaduras progresistas, que son en su concepto las únicas “totalitarias”. Pero no es fácil amañar a su antojo todo un vasto proceso histórico. Aquí y allá, los Estados Unidos se ven obligados a transacciones. ¡No sólo transan los débiles! Por otra parte, es difícil que “cipayos en estado puro” estén al frente de un Estado: de algún modo y en algún grado son presionados siempre por los intereses nacionales; y en algún momento y en algún grado también resisten.

Compleja es la tarea de ser Imperio, asistiendo, día a día, por doquier, a una conspiración o insurrección permanente, callada o abierta. En rigor, en América Latina en distinto grado y oportunidad casi todos conspiran contra los estrictos intereses norteamericanos. Estos sólo podrán coincidir consigo mismo en la ocupación lisa y llana. Es el destino de los Imperios, no ser amados sino temidos y acatados, pero en verdad no les importa otra cosa. Quizá los yanquis sean una excepción, y también quieran ser amados, no perder su imagen interior: es pedir demasiado. Sólo se ama a los iguales; es ley divina, al punto que Dios se hizo hombre por amor y para ser amado. Y para redimirnos de nuestra justicia murió como ladrón y esclavo.

Los procesos de la postguerra han impulsado a los movimientos de liberación nacional. Entre nosotros, primero Bolivia, donde termina asfixiado en su pobreza y aislamiento; luego Guatemala, intervenida indirectamente por EE.UU.; finalmente la gran revolución cubana. Sólo el apoyo ruso a la determinación de “Patria o Muerte” salvó a Cuba de ser arrasada. Pero ya nos introducimos en el magno acontecimiento dominador de nuestra época: la Coexistencia Pacífica, que ha tomado el lugar de la Guerra Fría. Las dos grandes potencias industriales del mundo pasan al terreno de la competencia y colaboración económica, retrocediendo ante la amenaza del mutuo cataclismo atómico. Ya es claro que el acuerdo es vasto y de alcance universal. Rusia no arriesgará otra aventura como el apoyo a Cuba, y los EE.UU. reservan a América Latina como su intangible retaguardia, manteniendo alrededor de Cuba un cordón sanitario.

¿Cuál es entonces el contexto mundial actual? Más que la lucha entre el mundo capitalista y el de las burocracias socialistas, es la división entre las naciones industriales -que los unifica, salvo China- y las naciones proletarias, subdesarrolladas, agroexportadoras del Tercer Mundo, entre las que se encuentra la balcanizada nación latinoamericana. No en vano ahora se ha sustituido el calificativo y se llama latinoamericanizar a la reciente atomización del África en un pulular de estados sin posibilidades de desarrollo propio, condenados de suyo a la dependencia. Así, hoy es común aceptar la evidencia que el conflicto fundamental ya no toma la forma visible de “Oeste y Este”, sino de “Norte y Sur” del planeta. Ya en 1942, Spykman escribía: “El hecho que las mayores masas terrestres se encuentran en el hemisferio norte y que la mayor parte del hemisferio sur pertenezcan a zonas tropicales, da lugar a ciertas determinaciones clarísimas. La mitad norte del mundo será más importante, desde los puntos de vista económico, político y militar, y las relaciones existentes entre los diversos continentes de la mitad norte ejercerán mayor influencia en la historia universal que las que se entablan dentro de un mismo continente a través del Ecuador. La importancia política de un Estado, la naturaleza de sus relaciones internacionales y los problemas de su política exterior vienen en gran parte determinados por la situación que ocupe al norte o al sur del Ecuador”. (24) Aunque es claro que en el propio Norte está ya en su “propio Sur”, de tal modo que el Sur político, más poblado e inmenso que el propio sur geográfico, abarca a la mayoría de la humanidad. Hasta nuestro canciller, en la Conferencia de Punta del Este, pedía a las naciones industriales “Nord-Atlánticas” que no olvidaran al “proletariado exterior”. Lo importante es que ese “proletariado exterior” no se olvide de sí mismo y sólo confíe en sí mismo.

Y bien, ¿qué pasa con nosotros? Si América Latina está dividida en dos grandes zonas por el infierno verde que anula su arteria principal, la Cuenca Amazónica, si sus comunicaciones son aún extrovertidas, marítimas y no terrestres, en la gigantesca Cuenca del Plata, base fundamental del Cono Sur, está el ámbito de despegue más portentoso de América Latina.

Tapón y salida, allí está el Uruguay. Lo sabemos, pero es difusa cosa a nuestras espaldas, aunque sea desde ya nuestro ineludible futuro. La vuelta a la cuenca es retorno, en un nivel superior, a la visión geopolítica de Artigas, al que hemos achicado a nuestra mera estatura, convirtiéndolo en exclusivo héroe local. Pues Artigas es mucho más que nosotros, y nosotros su fracaso histórico. El Uruguay es la negación de Artigas, y su futuro será su reafirmación. El camino está señalado desde lo hondo, y cumple con la altura de nuestro tiempo.

¿Qué es la Cuenca del Plata? El Hemisferio Sur está dominado por los océanos, y sólo hay tres dispersos centros terrestres, insulares respecto a las áreas humanas más densas del planeta: uno Australia y Nueva Zelandia, otro África del Sur (separada del resto por el Sahara), y, finalmente, nosotros, el Cono Sur Latinoamericano. No somos así zona de tránsito, estamos como a contramano del comercio mundial y de las áreas de tensión bélica entre los grandes poderes. Esta posición relativamente marginal es sin embargo la zona óptima de América Latina.

Abarca a Bolivia, Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay y puede proyectarse también sobre el Pacífico por Chile; comprende en su ámbito, literalmente considerado, una superficie mayor de cuatro millones de kilómetros cuadrados, alcanza ya una población de sesenta millones de personas; en crecimiento vertiginoso, singularmente brasileño, tiene las posibilidades hidroeléctricas más grandes del mundo, ofrece maravillosas facilidades de comunicación prolongables para la conexión interna con la Cuenca Amazónica. Este portentoso abanico hidrográfico, hoy totalmente desaprovechado, es la base energética más formidable para el desarrollo industrial y agrario, y comprende una inaudita variedad de recursos minerales, hierro, tungsteno, manganeso, etc., condición de los “polos” de desarrollo, con sus industrias pesadas.

Paraguay sabe ya que está en el corazón de la cuenca y que será su máximo beneficiario, Bolivia rompe su aislamiento mortífero, Argentina y Brasil están dando e impulsando los pasos para su cooperación, semiconscientes que en su coordinación está el destino industrial más importante de América Latina. ¿Y nosotros?.

En la reciente constitución de un Comité Intergubernamental Coordinador entre los cinco países de la Cuenca del Plata, el Uruguay acompañó un poco sin saber qué hacer. A pesar que la idea no es nueva. Ya en Montevideo, en 1941 se había realizado una Conferencia de los Países del Plata y a insistencia uruguaya hubo una declaración a favor de la zona. No pasó de allí. Había sido facilitada ocasionalmente por la ausencia europea de la Segunda Guerra Mundial y luego se siguió en los mismos trillos. Una revista argentina comentaba así la pasividad uruguaya: “Uruguay, un pequeño país con muy escasa ‘vocación exterior’, se ve asediado por varias cancillerías y vacila ante las ofensivas de seducción. Acaso no por coquetería, menos aún por soberbia, nadie comprende en Montevideo las ventajas o desventajas de participar o no en la Cuenca del Plata”. Y agregaba que en círculos gubernamentales “reflexionaban calmosamente: ‘parece que somos una pieza importante en este ajedrez latinoamericano’”. Para terminar así: “¿Puede el Uruguay, país de estratégica ubicación en la Cuenca del Plata, dar la espalda a Paraguay, Bolivia, Brasil y Argentina? Los amantes de la democracia representativa piensan que sí, los de la geopolítica no” (Revista Confirmado, 16 de febrero de 1967). Podríamos acotar, para justificar nuestra situación, una invocación de fe: “Nada más difícil que soportar una sucesión de días felices”. Pues cuando acaban ¡qué perplejidad! Y el Nirvana una tentación, cuando todavía hay un resto de confort.

Si desde los tiempos de Imperio Hispánico, comenta un español “La red fluvial del Plata era el camino por excelencia para adentrarse en el corazón del continente” (25), ello sigue siendo cierto, y no es contradicho por las nuevas comunicaciones férreas, de carreteras o aéreas, que le serán complementarias. La colonización española descenderá desde el Alto Perú y Asunción, y el Río de la Plata nacerá políticamente para “abrirle puertas a la tierra”. El Uruguay vino para taponarla: como Estado “cuña” lo definen manuales de geopolítica. (26) Volvamos a abrirle pues sus puertas a la tierra americana, ya que el ciclo del mar inglés se ha cerrado y con él nuestra propia clausura americana. Hace un siglo Alberdi escribía luminosamente: “Montevideo tiene en su situación geográfica un doble pecado, y es el de ser necesario a la integridad de Brasil y a la integridad de la república Argentina. Los dos Estados lo necesitan para complementarse. ¿Por qué motivo? Porque las orillas de los afluentes del Plata, de que es llave principal el Estado Oriental, están situadas las más bellas provincias del Brasil y las más bellas provincias argentinas.

El resultado de esto es que el Brasil no puede gobernar sus provincias fluviales sin poseer la Banda Oriental, ni Buenos Aires puede dominar las provincias litorales argentinas sin la posesión de esa Banda Oriental.” (27) Las razones de hoy son aún mayores: está en juego el más vasto complejo industrial en ciernes de América Latina. Convirtamos entonces nuestro “doble pecado” en “doble virtud”.

Nuestras posibilidades históricas fueron tres: Banda Oriental, solución argentina; Provincia Cisplatina, solución brasileña; Uruguay, solución inglesa. Paradójicamente, fue en esta última que formamos nuestra propia autonomía comunitaria, pero hoy, por la retirada de sus condiciones, estamos en el aire, como hoja al viento. Imantados por la aspiradora norteamericana por razones geopolíticas pero no económicas, faltos de funcionalidad estructural. Hagamos que el nuevo Uruguay no sea la negación excluyente de las otras dos posibilidades, realicemos a la vez la síntesis de la Banda Oriental y la Provincia Cisplatina. Que seamos frontera que une y no que separa. Que el Uruguay sea no la anulación de la Banda Oriental y la Provincia Cisplatina, sino su conjugación. Nexo y no neutralización. Fue con esa idea central que allá por el '55 con Reyes Abadíe y Ares Pons fundamos una efímera revista que por ello denominamos “Nexo”. Hasta no quisimos traducir un artículo de Helio Jaguaribe y lo publicamos en portugués, porque sólo se traducen las lenguas extranjeras. Es, en nuestro concepto, el único camino nacional latinoamericano. La Patria Grande empieza para nosotros por la Cuenca del Plata ¡Y eso sí que es “nacionalizar” el destino! Pero si emociona pensar el destino grandioso que se nos abre, esa plenitud de un Uruguay más allá del Uruguay con vastos horizontes para las nuevas generaciones que vegetan hoy sin rumbo entre nosotros, vale volver a la gran congoja de la reflexión de Lamas y Herrera: ¿será cierto que “Ce n’est pas la solution qui approche, c’est le chaos qui commence”? Veámoslo de cerca. La rica y paradójica personalidad de Herrera es como una síntesis de las contradicciones específicas del país uruguayo (“aunque no lo parezca hay en este gauchito oriental un inglés”). (28) Sabía como nadie entre nosotros, nativistas u oceánicos, su configuración histórica y su descoyuntamiento. Pueden registrarse en su obra signos expresos de nostalgia por lo que no fue (“Grandes momentos aquellos que precedieron a la batalla de Pavón, donde fuimos vencidos todos los federales de estas regiones. Si entonces hubiera habido cordura ¿qué no sería hoy la patria oriental?…).(29) Sabía que la historia del país estaba ligada a una gran tragedia, y su memoria registró para siempre los tiempos revueltos de entonces. Todo era ya irrevocable e irreversible, y sólo cabía el elogio a Ponsomby -pues ¿qué podía significar negarlo, sino negarnos?- y estábamos allí, gozando de buena salud. Por eso, para Herrera, querer retornar a la Cuenca era precipitarse nuevamente en los temidos tiempos revueltos. Quiso así la pacificación y el aislamiento, que iban juntos; la no intervención absoluta, presupuesto de nuestra supervivencia. Pero hoy la historia ha invertido su curso; y la condición de supervivencia es la contraria y el Uruguay solo no puede seguir, retirado el inglés, agotada la renta diferencial y debiendo ingresar a las dimensiones adecuadas de la técnica e industria modernas. Quien diga hoy que quiere industrializar al país sin integrarlo, o miente o es un tonto, pues propone la cuadratura del círculo.

No hay independencia ni desarrollo sin industrialización, a la altura de la técnica de nuestro tiempo. Nuestra industrialización está esencialmente ligada a la de la Cuenca, a la argentina y a la brasileña. Todo otro planteo es ilusión y mistificación. Es pedir “Liberación” aferrándose a las condiciones de la dependencia. Seamos pues claros, y pongamos en limpio que es lo que realmente queremos. Toda política de liberación montada sobre la mentira y el escamoteo de los problemas esenciales sólo conduce a callejones sin salida. La cobardía política e intelectual no será jamás base de liberaciones, sino de derrotas. Suponer al Uruguay una “nación” completa, es quererlo semicolonia para siempre. Encerrar nuestra política en los marcos uruguayos es abandonarnos al astillero.

Los supuestos del “cada uno en su casa” han concluido. La base de nuestra vieja política de no intervención absoluta y de absoluta neutralización ha desaparecido. Pues el Uruguay, nacido para no intervenir, debe comenzar a intervenir. En realidad, el proceso conjunto de interiorización latinoamericana, con sus exigencias de industrialización, es el camino fatal del “interveníos los unos a los otros”. Pues no nos interveníamos porque todos íbamos hacia “afuera”, pero ahora ¿qué puede ser la vuelta hacia “adentro” sino encontrarse realmente, depender mutuamente, “intervención recíproca”? El Mercado Común, necesidad perentoria de las burguesías industriales y la mal llamada “Revolución Continental”, necesidad perentoria de los pueblos, son los dos polos contradictorios y complementarios de una nueva dinámica en un nuevo nivel cualitativo, el nivel de la Revolución Nacional Latinoamericana, y eso trae consigo la intervención cada vez mayor de todos con todos. Hermanos separados era más fácil, más infecundo, sólo éramos intervenidos por fuera.

Es un retorno, en otro plano, a las condiciones de la primera emancipación en el siglo XIX, cuando ningún hispanoamericano era extranjero en ninguna de nuestras patrias, y veíamos actuar naturalmente chilenos en el Río de la Plata, argentinos en Perú y Chile, brasileños con Bolívar, etc. Volvemos a lo mismo, retomamos la escala que supera los encierros balcánicos. La Iglesia Católica, en pleno deshielo, más allá de las parroquias se reasume en el CELAM. ¿El argentino Che Guevara, “ciudadano latinoamericano”, es héroe sólo de Cuba? Etcétera… ¿No se habla de “fronteras ideológicas” que son el saltar de las viejas fronteras? Nadie debe ocultarse este rostro inevitable del nuevo curso histórico: el desarrollo de las fuerzas de producción requiere el cambio de las relaciones de producción. No hay dudas, vuelven otros tiempos revueltos, pero así son las cosas; lo que vale la pena, hará penar. Entrar otra vez en la historia no será para ninguno de nosotros mero idilio. De tal modo, Estados Unidos monta guardia a este tumultuoso proceso unificador latinoamericano, que está solo en su primer hervor, quiere el reaseguro de la Fuerza de Paz Interamericana y adiestra a sus “rangers” -la nueva guardia suiza de su Majestad, policía yanqui del “nuevo curso”- para que no se le escape de las manos. ¿Le bastarán tales precauciones? En gran parte, depende de nosotros el que se les escape. La puerta es estrecha, erizada, pero hay que pasar, del otro lado están los horizontes más libres. Prudencia, audacia, sagacidad, firmeza, comprensión, nos pide la historia. Espíritu crítico y no fórmulas hechas, recetarios apolillados. Respondemos por la construcción y el destino de una nación.

Grande el riesgo, fuerte la esperanza, bella la recompensa.

Somos un país pequeño y la historia nos arroja al desmesurado papel de ser también actores reales. Pues el “exterior” latinoamericano comienza a convertirse en nuestro “interior”. En adelante, toda la política uruguaya será necesariamente “geopolítica”. Lo que todos prescindían desde el claustro de ideologías sin espacio, lo que era una excepción como Herrera, debe trasmutarse en virtud colectiva necesaria. Los partidos, de derecha e izquierda, al variar las viejas bases geopolíticas que permitían ignorarlas, se “geopolitizarán”, so pena de anacronismo ridículo. El tacto exterior se hace también tacto interior. ¡Qué cambio de las coordenadas habituales! No es el fin de las ideologías, sino un cambio de su dimensión. El Uruguay como problema problematiza todas las políticas uruguayas, que encubren su anquilosamiento con el verbalismo. La diplomacia se nos hará un menester vital ¿podemos prescindir de Paraguay y Bolivia? ¿De Chile? ¿Hacer condenaciones estáticas y globales que cierren el apoyo recíproco? Si el destino uruguayo se nos aparece como el asumir simultáneo de la Banda Oriental y la Provincia Cisplatina, ello nos exige en todos los planos, económico, universitario, etc., un firme entendimiento con Paraguay, Bolivia, Chile, como contrapeso, para aumentar las posibilidades de negociación en beneficio del país. Deberemos pues discriminar atentamente nuestros intereses permanentes y la contingencia de los gobiernos, matizar firmemente los juicios, ver qué es lo reaccionario y lo progresista de un gobierno. Un criterio esencial será en qué grado se encamina o no hacia la realización de la Cuenca. Por supuesto, que esto no es lo único, pero nunca debe ser dejado de lado. Y eso sí, cuanto más intervengamos, más aferrados al Principio de No Intervención para preservarnos; sólo que su ejercicio tendrá que ser más dinámico, más difícil que en las fenecidas y sencillas circunstancias anteriores. Si el CIDE ha dictaminado que “un modelo de progreso económico y social se ha agotado”, vemos cómo su alcance afecta todos los planos de la vida del país y hasta qué hondura radical. Nuestras raíces están a la intemperie.

Los hábitos no sirven, y a la racionalización interna corresponde la racionalización externa. Cuando caen las costumbres apelamos a la razón. Ella es la única compañera fiel de la aventura, siempre que sea movida por la fe. No evacuemos a la razón de la realidad, que es su amiga.

“El que sólo conoce a su propio país, tampoco conoce a éste”, reza un antiguo aforismo. Es lo que nos ha ocurrido. El Plan del CIDE o el Modelo de Faroppa están construidos dentro de las coordenadas del viejo Uruguay, suponen sin expresarlo nuestra inserción europea y así la Cuenca del Plata y América Latina son un borroso telón. No rompen con los presupuestos últimos del Uruguay battlista, que hoy agoniza, y en términos marineros está dando una “vuelta de campana”. El CIDE dice que un “modelo” ha terminado, pero no propone otro sustitutivo, sino simplemente un recauchutaje racional del que ya está: un mejor uso y avaluación. En rigor, no formulan otro modelo.

El CIDE y Faroppa ignoran los procesos argentinos y brasileños, sin los cuales planificar el Uruguay revierte en lo antiguo. Si la economía mundial no puede colocarse al lado, yuxtapuesta a la economía del país, la economía latinoamericana en ciernes y menos aún la Cuenca del Plata tampoco podrán colocarse al lado, yuxtapuestas a los Estados latinoamericanos. Justamente, pensar y prever la Cuenca significa en algún grado emanciparse de los espacios estatales, desde la intimidad misma del Estado. ¿El comercio internacional o latinoamericano es y será sólo un intercambio entre espacios estatales? Eso es un mito, considerar a los países como “puntos” en que su situación regional no es apreciada. No es así, y será menos así en el futuro. La ALALC, que no es un fracaso como algunos se apresuran a proclamar (¡qué dificultad establecer contactos entre firmas de Perú y Uruguay, por ejemplo, en comparación con los contactos con Rótterdam o Londres o Hamburgo, etc.! ¡Fácil porque es una madeja de intercambios con la eficiencia de siglos de elaboración!) pues ha más que duplicado el comercio interzonal, supone esos estados puntuales; y por eso, su rol es forzosamente limitado. Pero ahora se nos exige mucho más con la Cuenca del Plata y el próximo Mercado Común. Nos es indispensable conocer, e intervenir en su elección, los posibles polos de desarrollo latinoamericanos y principalmente platenses, teniendo en cuenta desde nuestro punto de vista no sólo los puntos donde la producción logre la combinación menos costosa de factores, sino también la propagación de sus efectos en beneficio de los países participantes, y especialmente el nuestro. Ese orden espacial cualitativo será el fondo sobre el cual se proyectarán nuestras políticas estatales, y ello abrirá, por supuesto y lo repetimos, una dura era de tensiones entre los espacios estatales y los espacios económicos.

Pero esa es tarea ya primordial, urgente, para que nuestra diplomacia deje de ser con prontitud sociabilidad y turismo rentado. No es ésta sin embargo una crítica absoluta, por cuanto, aparte de inercias, la historia corre rápido y entre tanto hay que enfrentar las cosas más o menos en los mismos trillos, potenciando y reajustando lo que somos, para cubrir el período de transición, para que no nos tomen los acontecimientos totalmente desamparados, y retorcer el pescuezo al monstruo bifronte de Keynes y Quesnay. El Uruguay puede aún potenciar su productividad con una adecuada racionalización de su gigantesco y amorfo aparato estatal y enfrentar la cuestión de la reforma agraria. Sólo con un “Estado en forma” podemos negociar medianamente. Y eso nos será costoso, en un país que no tuvo necesidad nunca de enterarse de “costos” verdaderos. La pobreza en que estamos cayendo nos lo hará saber, a la vez que se nos imponga reacuñar desde la nueva perspectiva al Estado entero, en toda su gama de actividades (desde los transportes hasta la enseñanza). Es decir, el nuevo modelo sustitutivo implica un nuevo modelo más amplio: el de la Cuenca del Plata. Lo de ahora es lo provisorio de una transición.

Pero, detengámonos un poco, una vez más. El Uruguay Banda Oriental y Provincia Cisplatina, salida paraguaya y boliviana, es decir, funcionando en la Cuenca es en nuestro concepto la mejor hipótesis de la dirección de nuestra historia. Será industrialización, amplio mercado interno, tecnificación, modernización. Es la hipótesis del arraigo. Sin embargo hay otras, en las que no podremos ahora explayarnos, que es imperioso considerar y tomar en cuenta. Para ello conviene formularlas ordenadamente, y de modo exhaustivo. No hay, en nuestro concepto, otras hipótesis posibles, además de las cuatro que planteamos.

A) El Uruguay tiene capacidad de recuperación.

1) Con dirección fundamental a la Cuenca del Plata.

2) Con dirección fundamental a Europa (incluyendo Rusia), es decir, la ruta tradicional.

B) El Uruguay no tiene capacidad de recuperación.

3) Se convierte en un protectorado argentino-brasileño o -en su extremo- es dividido entre ellos.

4) Se convierte en protectorado norteamericano, pues aunque Estados Unidos no está interesado en nuestras producciones no sólo es el acreedor financiero sino que le conviene instrumentalizarnos como cuña en esta zona vital de América Latina.

Ninguna de las cuatro hipótesis es descartable radicalmente, ni tienen tampoco un plazo demasiado largo para verificarse. Apenas entre diez y quince años.

De la primera hipótesis, ya nos hemos pronunciado. De la segunda hipótesis, la persistencia de la ruta tradicional europea, es menos probable. Es cierto que, aún hoy, el Río de la Plata sigue económicamente infinitamente más ligado a Europa que a Estados Unidos. El Uruguay no ha roto su cordón umbilical ni con Inglaterra ni con Europa. Nuestros barcos siguen la ruta de El Havre, Rótterdam, Amberes, Londres, Hamburgo. Sólo por algún jornal ocasional van a Estados Unidos, pero carece de toda complementariedad económica con éste. El Tío Sam tiene con nosotros una función usurera, de prestamista. Nos permite salvar déficits de hoy, atando más nuestro futuro, en un círculo vicioso: no presta para inversiones que nos permitan devolver y pagar con productos, pues no nos asegura mercado. Finanzas y economía en Uruguay van por cuerda separada y ocasionan epilepsias en nuestro desarrollo económico. Por otra parte, el Mercado Común europeo nos pone trabas y aumenta sus producciones agropecuarias, y tiene la África a su disposición. Sin embargo, es evidente que la recuperación de Europa la pone en condiciones de ser nuevamente banquero y expandirse. Igual se puede decir del Comecon. En ese sentido, no hay duda, el talón de Aquiles del Imperio Yanqui en América Latina es el Río de la Plata. Es el lugar forzoso de la reaparición de competencia no sólo europea sino del área socialista en América Latina. ¿Pero, en proporción, qué mercado de inversiones o comercial ofrece del suyo el Uruguay? Insignificante. El Uruguay sólo puede ser sostenido por Europa, no en función del Uruguay sino de la Cuenca del Plata. De tal modo, la segunda hipótesis renace más bien complementaria con la primera que contradictoria. Uruguay puede ser trampolín del retorno europeo a América Latina.

En el supuesto caso que el Uruguay no tuviere capacidad de recuperación, ello significaría un estado virtual o abierto de guerra civil. Ni Argentina ni Brasil permitirán entonces una mera resolución interna uruguaya, en tanto pudiera afectar sus intereses. Puesto que en realidad los afecta vitalmente. Esto permite prever con certeza que una revolución socialista a corto plazo en el país significaría como consecuencia la destrucción o intervención del país. No hay proceso revolucionario solitario en nuestro país. Podrá haberlo, en la medida que acaezca en Argentina o Brasil, que son lo absolutamente decisivo del Hemisferio Sur latinoamericano. Por otra parte, en caso de intervención protectorado argentino-brasileño, o en su forma aguda, de partición, pues no puede concebirse la ocupación por uno solo de esos países, significaría nuestra incorporación pasiva, a rastras, al proceso de la Cuenca del Plata, de decisiva importancia para ambos vecinos. Las palabras del contador Iglesias refiriéndose a la Cuenca del Plata, de: “La integración se hará, con nosotros o sin nosotros; sería mejor que se hiciera con nosotros”, adquieren aquí la plenitud de su sentido, que quizá el autor no tuviera expreso, y es que “sin nosotros” es con nosotros a rastras, en lo peor. O nos metemos o nos meten. Así, la tercera hipótesis es la versión negativa de la primera hipótesis, su reverso.

Sin embargo ese peor no es lo peor. La cuarta hipótesis nos propone como el límite absoluto de lo peor, que sería un singular y agravado destino puertorriqueño. Y más grave aún: sería un Puerto Rico peor que Puerto Rico, porque significaría el bloqueo de la Cuenca del Plata por el Imperio Yanqui y el jaque mate al desarrollo del Hemisferio Sur Latinoamericano. Sería una catástrofe no sólo uruguaya, sino argentina, brasileña, paraguaya, boliviana, chilena.

Comprometería de raíz la marcha del “Cono Sur”. Sería amenaza de frustración para el nacionalismo argentino y brasileño, y por ende, para toda América Latina. En nuestras manos está que no sea así. Afortunadamente, en la desgracia, es menos probable que la hipótesis anterior. Pues implica la mayor capitulación argentina y brasileña imaginable. Pero ya en nuestra historia, Montevideo, el de la “Defensa” y la “Nueva Troya”, jugó como un “Saigón Sudamericano”. No se puede desechar el que se nos convierta en el Hong-Kong rioplatense: plaza fuerte de custodia y emplazamiento para banqueros, timba y turistas.

Tales son, a nuestro criterio, las perspectivas fundamentales que nos plantea como posibles el nuevo Uruguay Internacional, y a corto plazo. Se entiende que lo expuesto aquí es como una primera aproximación al asunto. Pero el eje de nuestro pensamiento real es: la Patria Grande empieza para nosotros por la Cuenca del Plata, y la Patria Chica sólo puede sobrevivirse en la Cuenca del Plata. Nuestra primera realización de América Latina es la realización de la Cuenca del Plata. Sin esta estructurada, América Latina no se podrá vertebrar jamás. Porque sus núcleos decisivos, Argentina y Brasil, tampoco se podrían vertebrar jamás, y en su separación histórica está la derrota de América Latina. Lo demás se dará por añadidura.

Debemos hacer un intenso aprendizaje geopolítico los latinoamericanos, es decir, conocernos verdadera y operativamente. Ello será el signo de nuestra interiorización y de que la geopolítica no la forman otros. Así, la CEPAL está aún ausente de una visión geopolítica de América Latina, y formula demasiado en abstracto el Mercado Común o estudia las economías de país por país -sin haber considerado adecuadamente la disparidad y ensamble de las regiones que forman América Latina- para concebir con realismo sus polos de desarrollo en conexión con sus centros primordiales de decisión política. Quizá fuera aproximarse demasiado a la política, del mismo modo que se aleja de la política la mera gritería antiimperialista abstracta, oscilante entre la indignación y el masoquismo. Para nosotros, hoy, la política nacional es tarea que se liga esencialmente a la Cuenca del Plata.

Claro está que no hemos pretendido ahora abarcar la cuestión en todos sus aspectos. Ni siquiera mentamos la incidencia de ella en la configuración y dinámica de nuestros vetustos partidos políticos, la proyección de la inevitable “conmixtión” de los partidos locales latinoamericanos entre sí, la latinoamericanización y ensamble de los sectores industriales así como de las fuerzas proletarias y populares, etc. Tampoco hemos entrado al análisis de las relaciones del Imperio Yanqui con el próximo Mercado Común Latinoamericano y su probable y vano intento de convertir a América Latina en un gigantesco Puerto Rico, perfección utópica del destino manifiesto y del aislacionismo monroísta unilateral en que nos quiere encerrar. Pues no sólo hay que contar con la dinámica interlatinoamericana, en plena formación de su conciencia “nacional”, inexorablemente industrializadora; y con la progresiva agudización de la presión revolucionaria -del ingreso masivo de sus pueblos a la vida pública- que no es eliminable por las armas y con “boinas verdes”, ya que nadie se puede “sentar” indefinidamente sobre bayonetas.

Sino también considerar que está reabierta la gran competencia económica con Europa y el mundo socialista. La economía mundial es ahora “triconcéntrica” y no estamos condenados al “uniconcentrismo” yanqui de una década atrás.

La violencia está agazapada en nuestro horizonte; rojos son ocaso y amanecer, que se confunden. Desaparecidas las viejas condiciones de viabilidad, somos como un pequeño saurio al desecarse los pantanos que le daban vida, y requerimos adaptarnos a la sequía o construir otro hábitat. Todos vivimos ya un anacronismo histórico: el Uruguay. Pero ese es también nuestro privilegio, porque el adelanto de la conciencia de ese anacronismo uruguayo nos lleva a percibir, desde nosotros mismos, por necesidad, sin literatura, el anacronismo de todo el ciclo balcanizado de América Latina. Somos una veintena de repúblicas anacrónicas y esa conciencia será el punto de partida básico para elaborar políticas verdaderas de futuro. Uruguay, Chile, Bolivia, etc., solos no son vía de nada, ni de rutas socialistas ni de rutas neocapitalistas. Por sí mismos, se condenan al congelamiento de su estatuto colonial, bajo las más variadas formas.

Pero tampoco son menos anacrónicos los llamados “grandes” latinoamericanos, tuertos entre ciegos, como Brasil, Argentina y México, que corren el peligro pretencioso de no darse cuenta de ello, y perseverar en ilusiones que son reliquia del pasado. No ya semicolonias, sino viejas y poderosas naciones europeas carecen ya de dimensiones mínimas -a pesar de su alto nivel- para el adecuado desarrollo tecnológico de sus empresas, de sus fuerzas productivas; y deben romper fronteras, sus exiguos mercados internos, y complementarse y ensamblarse, so pena de ser también colonizados hasta los tuétanos. Si en Europa es así ¿qué queda para nosotros? ¿Pueden acaso Argentina y Brasil creer que tienen en sí la fuerza para realizar por sí la tarea? ¿Pueden creer sostenerse sin apoyo recíproco? Si lo creyeran, les espera sólo el triste destino de capataz, de “satélite privilegiado”, si no es que eso mismo no configura una quimera. Los nacionalismos argentino y brasileño no se podrán afianzar ni resistir el uno sin el otro. Ya Perón lo intuía buscando la alianza con Vargas, pero no tuvieron tiempo y cayeron simultáneamente ante sus comunes “gorilas”, que ellos sí tienen el respaldo unificado del imperialismo. ¿Cuántas veces se querrá repetir la tragedia? Es una tragedia de vieja data, que se consuma en 1640 con la independencia portuguesa, cuña perpetua contra España y su formación nacional. La segregación del Portugal de España la dejó, a la emprendedora burguesía comercial lusitana, raquítica, sin base productiva nacional y, por otra parte, repercutió en la consolidación de los señores en Castilla, quienes vieron facilitada su tarea de ahogar a sus burguesías, en especial catalana. Esa segregación portuguesa fue el golpe definitivo contra las posibilidades históricas de la revolución burguesa en la península ibérica, y condujo al mutuo estancamiento, del que hoy todavía pugnan por salir. Por eso, Miguel de Unamuno escribía luminosamente en 1906 al uruguayo Nin Frías: “Portugal sufre de su independencia. La independencia ha matado al patriotismo. Unidos a España y esforzándose por aportuguesarla, por llevar la capital a Lisboa, por descastellanizarla habrían acrecentado y corroborado su personalidad. El empeño de una independencia hueca, puramente defensiva, como si la independencia fuese un fin y no un medio, les ha postrado, por recelo a España, ante una dinastía nefasta y un vergonzante y vergonzoso protectorado inglés. ¿No pasará ahí algo así?” (30). Unamuno, vasco hasta los tuétanos, era contrario a los separatismos vascos y catalán, que renegaban de su misión nacional española: “que mis paisanos vascos traten de vasconizar a España y que traten de catalanizarla los catalanes”. Aquí está el nudo de la gran frustración nacional hispánica y la raíz de la disgregación hispanoamericana. La balcanización comenzó ya en España, y por eso Unamuno podía percibir con claridad que “las patrias americanas son, en gran medida, convencionales”.

La fisura original Portugal-España no puede conquistarse entre nosotros, como sobrevivencia malsana y rivalidades nefastas empujadas por extraños: sus exclusivos beneficiarios. Ya en los preliminares de la primera emancipación, entre 1807 y 1810, hubo una genial visión e intento reparador, el de la Princesa Carlota de Borbón. Hermana mayor de Fernando VII y esposa de Don Juan Príncipe Regente de Portugal, concibió desde su instalación en Río de Janeiro, la grandiosa tarea de salvar la unidad total de los mundos hispanocriollos, cuando todo aparecía amenazado de ruina. El “carlotismo” se difundió por toda Hispanoamérica. Pero fue usado por los ingleses, en una doble política, para un mayor debilitamiento español; y luego Lord Strangford se encargó de liquidar la política de Carlota. Si la “gran intriga” carlotista de ayer fue al nivel de los cortesanos y burócratas, hoy nos espera, diríamos, como un “neocarlotismo” esta vez nacido desde las raíces populares y las necesidades de liberación, y del desarrollo técnico industrial, en condiciones históricas más maduras. Pues así como no hay Europa sin la alianza de Francia y Alemania, tampoco habrá América Latina sin la alianza profunda de Argentina y Brasil.

Nosotros, con los otros países de la Cuenca, seremos su mediación, su “Benelux” a la criolla.

Cuando Unamuno se refería a Portugal, también pensaba en el Uruguay, pues agregaba: “¿No será salvación del Uruguay unirse a la Argentina, entrar en confederación con ésta, y esforzarse por orientalizarla?” (31). Eso fue cierto y posible en el primer tercio del siglo XIX, y todavía pervive en la gran polémica que inaugura la revista del Ateneo en el '80. Si de preferencias hablamos, hubiera sido la mía: no romper nunca con las Provincias Unidas. Pero la historia no ha corrido en vano. Por eso Herrera se desesperaba con la “conmixtión de los partidos”, donde equivocadamente veía la causa de los conflictos, cuando eran su efecto: la causa original residía en Inglaterra: “Pongamos sin miedo el dedo en la llaga ¿alguien ignora la preferencia de un partido oriental por la amistad argentina y la preferencia del otro por la amistad brasileña? El buen juicio declara a semejantes extravíos, que urge extinguir, contradictorios con el bien fundamental de la República” (32). ¿Quién puede olvidar los vínculos íntimos de Rivera y Saravia con Río Grande del Sur? ¿De Flores con los unitarios porteños y del oribismo con los federales? Hay muchos entrecruzamientos de preferencias, en las dos corrientes históricas que configuran el Uruguay; y nada más lógico en un país que es esencialmente frontera y mira a dos lados. Pero hoy la opción es muy otra que antaño; no se trata o de aportuguesados o de aporteñados, de esto o aquello. El asunto es esto y aquello, pues a nuestra altitud histórica -y sus exigencias- la disyuntiva carece de sentido y es reaccionaria, servidora inconsciente de los intereses imperiales extranjeros. El nacionalismo argentino y brasileño son los dos rostros de un mismo nacionalismo, y no pueden volverse la espalda por estrecheces de campanario. Y nuestro destino y tarea es que no se den la espalda, ni se predispongan así para la derrota de su misión histórica, y sellen el fracaso de América Latina con el suyo propio. Es nuestra tarea de conjugación el bien fundamental de la República.

El Uruguay como problema problematiza a toda la Cuenca del Plata. Es que la crisis del Uruguay pone en crisis a toda una época histórica. En efecto, el Estado Tapón era como el arco de bóveda que sostenía los compartimentos estancos rioplatenses, era la clave de la balcanización, su punto de equilibrio. Pero si el Estado Tapón se destapa, todo el equilibrio se rompe y todas las aguas se confunden. Pues el Uruguay es también el talón de Aquiles de la balcanización en el Hemisferio Sur latinoamericano. La inserción del Uruguay en la Cuenca, por las buenas o por las malas, por decisión propia o desorden interno, será el punto de fusión de las historias argentina, paraguaya, brasileña, etc. Será el fin de los compartimentos estancos, de los grandes lagos interiores en un torrente común. Es por el Uruguay donde se destapará la Cuenca, y se convertirán las historias de sus vecinos complicados en una sola historia. Por aquí comenzará el deshielo de la balcanización latinoamericana. De más en más nos acercamos a esa encrucijada.

La última victoria diplomática uruguaya fue que se le aceptara el descenso junto a los “subdesarrollados” de la ALALC (Ecuador, Bolivia, Paraguay) y el coro de lamentos que le siguió se condensó en estas menospreciables palabras de un senador de la República: “¡Adónde hemos ido a parar… con los indios, los jíbaros y las serpientes!” La petulancia rastaculta “europea” de las viejas generaciones tenía el final de norma; y así sentía el reencuentro con sus hermanos y la verdad de su situación de semicolonia privilegiada en deterioro. Por eso, a despecho de las apariencias y de la distracción común, el Uruguay es virtualmente el punto más potencialmente explosivo de América Latina. Su situación geopolítica así lo indica. Lamas lo sabía, y decía que la “paz continental” dependía de la paz uruguaya. Exacto, era la paz de las enajenaciones. Y nosotros queremos muy otra paz. No sería extraño pues que el diminuto Uruguay abra las puertas de una gran turbulenta historia, preñada de grandes cosas. Y que plantee prácticamente, aún a pesar suyo, la cuestión siempre añorada y postergada: la cuestión nacional de América Latina.

Estamos pues en otra vuelta de tuerca, y revive bajo otra faz y signo la gran polémica ateneísta del '80. Decía entonces don Pedro Bustamante “O platinos o brasileños, mucho me temo señores, que en estos precisos términos se plantee al fin el problema que habrán de resolver… nuestros nietos, si no son los padres de nuestros nietos”. Le siguió un Uruguay tan exitoso que la cuestión se nos replantea a la generación de los bisnietos. Pero sus términos no son tan sencillos y hay grandes diferencias. Antes, se iba a “entrar” en el Uruguay, y ahora es “salir”. De lo que ahora se trata es convertir al Uruguay en el más fuerte nexo argentino-brasileño, que es la condición sine qua non de la liberación nacional de América Latina. ¿Empezará ella por la Cuenca del Plata? Lo cierto es que no haremos ninguna política, sin argentinos y brasileños juntos.

Así en nuestra época, en que el avance industrial y tecnológico sumerge en el atraso y la dependencia o la desaparición a los pequeños países aislados, cuando a todos los uruguayos se nos convierte el Uruguay mismo en problema, cuando ya no es posible la amnesia de la interrogación que el país tiene clavada en la frente, nos decimos aquello de: “Todo pueblo, aún el más pequeño, saca fuerza vital de la necesidad y el dolor”. Y en presencia de la terrible y frustrada historia de la nación latinoamericana inconclusa, afirmar ante los nuevos tiempos revueltos que se avecinan: “Ce n’est pas le chaos qui commence, c’est la solution qui approche”.

Notas:.

(22) Hans Freyerm, “Introducción a la Sociología”.

(23) Nicholas J. Spykman. “Estados Unidos frente al Mundo” (Ed. FCE, Méjico, 1944), pág. 49.

(24) Op. cit., pág. 48.

(25) Gil Munilla, op. cit., pág. XIX.

(26) R. Henning y L. Köshola. “Introducción a la Geopolítica” (Ed. Escuela de Guerra Naval, Buenos Aires, 1941).

(27) Juan Bautista Alberdi, op. cit., pág. 79.

(28) Herrera, op. cit., pág. 63 (En “La Raíz”, que es una autobiografìa).

(29) Herrera, op. cit., pág. 34.

(30) Daniel Castagnin, op. cit., pág. 11.

(31) Daniel Castagnin, op. cit., pág. 12.

(32) Herrera, op. cit., pág. 28.


6. Epílogo (A la edición de 1971).

Interesan dos aspectos. Primero, el proceso interno del Uruguay, y el modo en que el mismo repercute en la posición internacional del país. Segundo, la nueva situación del Uruguay en su contexto rioplatense y latinoamericano, el modo en que lo internacional al modificarse, incide en nuestras previsiones internas y externas. En una palabra, la interpenetración recíproca del "adentro" y del "afuera" uruguayo, que para el propósito de la exposición dividimos en los dos momentos, aunque por supuesto, el uno esté en el otro.

Retomar el hilo de esta meditación, parecería implicar se señalen las variaciones principales que se produjeron desde abril de 1967 hasta hoy. Pero, en rigor, sería esto una literalidad demasiado cronológica y poco significativa. En efecto, la variación atmosférica fundamental, social y nacional, en el dentro y el fuera uruguayo, se inicia realmente en la segunda mitad del año 1968.

En 1968 se desencadena la "reacción" en el Uruguay, con las medidas "prontas de seguridad. En 1968 reinicia su marcha el movimiento nacionalista latinoamericano, desde el Sur, en la zona andina, con el golpe militar de Velasco Alvarado en el Perú, luego Ovando y Torres en Bolivia, finalmente la victoria electoral de Allende en Chile, tomando connotaciones de más en más socialistas. El centro de atención se desplaza de Cuba al área andina. Y a la vez que expiraba en todo el contorno latinoamericano el "foquismo campesino", éste rebrotaba transfigurado de modo insólito y urbano en el Uruguay, donde absolutamente nadie le había augurado chance alguna. Así, es el conjunto de estos elementos, sin entrar en abundancia, el que se muestra de suyo suficiente para indicar al año 1968 como el arranque de las diferencias a anotar aquí.

¿Cuáles pues los signos de los tiempos uruguayos? ¿Qué nuevas características ha ido tomando su proceso interno, con relevancia internacional? Un abordaje interesante y poco complicado, sería la gráfica de la "opinión internacional", manifiesta en artículos periodísticos o notas que hicieron cierta sensación en el país, de publicaciones inglesas, norteamericanas e incluso de algún francés. En los últimos veinte años, podrían recopilarse diez o quince, reproducidos en nuestra prensa, o aparecidos en libros de reporteros viajantes por América Latina. Un material así, alcanza y sobra y debe lindar en lo exhaustivo. El itinerario de esa opinión internacional es elocuente. Empieza por la admiración democrática al democrático y pequeño Uruguay, con algún reproche jovial por su conducción administrativo-económica, pero recordando siempre su excepcionalidad constitucional latino-americana. Las preocupaciones "colegialistas" de gobierno, tenían un simpático aire de colegial muy aplicado en derecho constitucional y precavido de montar mecanismos que impidieran el nacimiento y expansión de un "hombre fuerte". Para los uruguayos, por décadas, los males de América Latina provenían de la proliferación de "hombres fuertes", dictadores. Luego, los títulos cambian, y transitan de "isla feliz" a "paraíso de locos". La prensa internacional escribe ahora sobre la irracionalidad económica, el bienestar social y la incapacidad de previsión del futuro. Lugar pintoresco, agradable, amable y algo aburrido para reportajes sensacionales. Finalmente, hoy, llegamos a las antípodas, la violencia, la notoriedad "tupamara" en el concierto internacional, y el gobierno censurando la entrada de publicaciones extranjeras. El Uruguay se hace "noticia" internacional, los capitales fugan y la crisis financiera toca fondo. La parábola se aproxima a un desenlace, pues la concordia nacional, base interna de la neutralización internacional del Uruguay está en quiebra.

Desde el 68 hasta hoy, rompe los ojos esa quiebra de la concordia nacional, de tan vastas consecuencias internacionales. Las autoridades públicas proclaman: "estamos en estado de guerra". Una exageración de algo real que para el viejo Uruguay ya es exageración en demasía.

Por eso, aunque intentamos sintetizar el proceso en sus dos fases, nos extendemos mucho más en la dinámica interna, por cuanto en estos años se está condensando el más profundo cambio cualitativo de la sociedad uruguaya, sin parangón con ninguna otra situación que no sea la de su propio nacimiento. Sin muerte, no hay resurrección: es la ley del sacrificio que rige la historia, a todos sus niveles.

Nos será difícil aquí mantener el espíritu sintético de nuestra exposición, sin perder un mínimo del sentido de la matización concreta, sin la cual un esquema se vuelve abstracción mentirosa.


I.

¿Cómo presentábamos la antesala de la nueva etapa que se abre en el año 68? En un esquema sencillo: "la renta diferencial fue el paraíso de la paz uruguaya y el desfonde de la renta diferencial será el infierno tan temido. La renta diferencial fue la concordia de más de medio siglo, su desaparición será la guerra social ya en ciernes para los años venideros. La incontenible espiral inflacionaria es su prolegómeno, fruto de la guerra fría entre los grupos sociales por una moneda de más en más envilecida. La inflación es lucha dentro del statu quo y a la vez su resquebrajamiento. La inflación aguanta al statu quo, pero acumula en su base la explosión del statu quo. Prolonga la paz, y agudiza la violencia venidera". Así, el 68 es el paroxismo de la inflación, es el intento de ponerle coto, abruptamente, por parte del gobierno. Y comienzan las medidas de seguridad, que de provisorias se convierten en permanentes. El frenazo de la locomotora inflacionaria es tal, que descarrila vagones.

La estructura geosocial del Uruguay hace difícil todo régimen represivo. La mitad del país está concentrado en la capital, Montevideo y sus aledaños, en tanto que el resto de la población está dispersa en el interior, de muy escasa densidad demográfica. En el Uruguay, reprimir es apretar a la gran masa de las clases medias urbanas y al proletariado industrial, altamente concentrados en Montevideo, y los elementos represivos pertenecen también a esas clases medias en camino de pauperización. La oligarquía latifundista-bancaria-exportadora mantuvo intacta su base productiva agropecuaria, con el precio de formar un gran Montevideo. La riqueza ganadera del país permitió al latifundio su permanencia, con una miseria impotente a sus orillas, al dejar una parte de su renta en Montevideo, que estaba lejos y no molestaba. La redistribución del producto en Montevideo, permitía una satisfacción social suficiente, como para que no se afectara la base productiva de la oligarquía, en la campaña. El problema surge cuando la magnitud del producto ya no sostiene la magnitud de Montevideo.

En última instancia, la alternativa es: o la oligarquía, para mantener el control de las bases productivas y su usufructo principal del producto, expulsa gente de Montevideo, empobrece a Montevideo, o el pueblo de Montevideo se trasmuta en fuerza política capaz de transformar las bases productivas del país, rompiendo su control por la oligarquía. Cuando el producto no alcanza, o se afecta la base productiva o se constriñe el consumo. Esta simplicidad conceptual implica, sin embargo, una inmensa dificultad y complejidad en el procesamiento concreto de la realidad histórica.

Veamos las líneas esenciales de nuestro procesamiento desde el 68. Tras el tránsito vacilante y contradictorio de Gestido, la estrategia ya está formulada para su sucesor presidencial. Pacheco.

El gabinete que toma las medidas de seguridad es todo un símbolo. Está integrado directamente por hombres representativos de la oligarquía, que toma las riendas del gobierno luego de coqueteos estériles con "tecnócratas" y "políticos". La década del 60 uruguaya había presenciado el ascenso de prestigio de los "tecnócratas", se había hecho todo un esfuerzo de autoconocimiento del país, representado por la CIDE, por la onda del "planeamiento", que señalaba la necesidad de replantear la estructura del país en términos más racionales, más eficientes. Pero era todavía una necesidad que sólo alcanzaba expresiones ideológicas, sin calar objetivamente en ninguna fuerza social que la hiciera política concreta. Nadie estaba especialmente interesado en llevar adelante "planes" que modificaran hondamente el statu quo. La situación sólo podía engendrar protestas, incomodidades, deseos no demasiado consecuentes de trasponerse a la acción, a una acción política con vocación de poder. Del dicho al hecho, había mucho trecho. En realidad, ante la inflación y la paralización del producto, la primera iniciativa real tenía que venir de la oligarquía. Se trataba de "estabilizar" para su protección, y la carga de la estabilización corría, como es obvio, por cuenta de los de abajo. Y el peso mayor de la estabilización caía en la concentración social mayor, en Montevideo.

La estrategia gubernamental del 68, desde el punto de vista de "arriba" era coherente y racional.

Dejar a los partidos políticos encerrados en el parlamento, preservados, de modo que a la vez fueron víctimas, inocentes y cómplices de los sucesos que sobrevinieron. Los dos grandes partidos tradicionales, policlasistas, -convivencia concorde- oficiaron de redistribuidores del producto en los buenos tiempos. Ahora no había qué redistribuir, no podían abastecer como antaño su política de clientela. Por tanto, sus aparatos partidarios se volvían inútiles, lastre, inmovilismo. Los políticos no podían atacar directamente a sus clientes, estaban inhibidos, vacilantes, querían la transacción a toda costa, pues la transacción ha sido su razón de ser.

Ahora, la crisis del Uruguay es tan honda, que la posibilidad de transacción se achica, y con ello se pone en crisis a los dos partidos tradicionales, que ven su esencia vulnerada. Así, los políticos se retraen para dejar la mala faena en manos de Pacheco, con la esperanza de volver con los tiempos mejores. El invierno para Pacheco, la zafra electoral cuando aclare, la cosecha de primavera para ellos. En tanto que los representantes directos de la oligarquía no tienen compromisos directos con las clientelas electorales, y si bien pierden por salir a primer plano, por hacerse ostensibles como nunca, también creen que será provisorio. Jamás en el siglo XX uruguayo, la oligarquía, siempre discreta, se había visto obligada a ponerse tan masivamente en la conducción gubernamental, por sí misma, como en el 68. Ante la gravedad de la emergencia, ¿quién mejor que ellos para hacer bien la faena que los garantizara, pues se trataba ante todo de su supervivencia? ¿Y hacia dónde apuntar? Desde su ángulo, en lo más inmediato, a la congelación de precios y salarios, que da oportunidad de desmantelar el motor inflacionario más a tiro, o sea la organización gremial. Si para salvar su parte principal en el producto hay que constreñir al consumo, medidas de seguridad y desmantelamiento del sindicalismo, van aquí de la mano.

El gobierno contaba con una represión rápida y a corto plazo. El poder sindical no estaba en condiciones de librar una batalla frontal. Pues si bien el aparato represivo del Estado era muy débil, dada la larga convivencia pacífica uruguaya, las masas populares carecían de un real proyecto alternativo, arraigado, que las pusiera en condiciones de tomar el poder. Sólo querían resistir. Y una batalla frontal puramente defensiva, un riesgo total, sin una conciencia política nueva, sería absurda, perdida de antemano. La protesta, la sensación de injusticia, no bastan para generar una política, es decir, una alternativa de poder. En el fondo, el deseo uruguayo más fuerte era proseguir en las condiciones del viejo Uruguay, la alternativa que se vivía seguía siendo esencialmente "restauradora", aun en quienes adoptaban una fraseología revolucionaria. Es decir, no había alternativa. Las futurizaciones eran disfraces del antes.

¿Cambiar hacia dónde, si antes estábamos mejor? Por debajo de las declaraciones y urgencias de cambio, nadie quería cambiar. Se deseaban cambios sin un gran esfuerzo y sacrificio colectivo orientado. Era el no-cambio de los cambios mágicos. Cuando comenzaron las medidas de seguridad en el 68, la lucha fue entre conservadores y restauradores, mucho más que de revolución y contrarrevolución. Pero las condiciones reales del Uruguay hacían del cambio mágico como no-cambio una mitología imposible, un momento de transición. Pues lo nuevo nace siempre bajo el rostro de lo viejo, así como lo viejo intenta simularse en lo nuevo.

La represión desencadenada sobre los gremios pareció incontenible. Hubo una escalada enorme de detenciones. La resistencia fue tenaz, pero siempre localizada, nunca general. En la izquierda, los partidarios de un enfrentamiento total, o tenían sus organizaciones partidarias desmanteladas o simplemente carecían de organizaciones de partido. Y los que tenían partido en la legalidad, preferían salvar los cuadros del partido a arriesgarlos en una hecatombe: preferían, ante los hechos, que se desmantelara el aparato sindical, salvando al partido, a perder el partido en la lucha de resistencia sindical. De ahí que prefieran una lucha sectorial, no general.

Por su parte, así, el gobierno veía facilitada su tarea de aplastamiento sindical, y aseguraba simultáneamente el mantenimiento de la pluralidad de partidos, el mantenimiento de su ideología fundamental, que es aún la democracia liberal, que forma la tradición más potente y común del país entero. No hemos sido durante décadas y décadas el éxito más rutilante de la democracia liberal-burguesa de América Latina, para que ella se evapore al primer contratiempo. Aquí, hasta los más escépticos; desde la ultra-izquierda a la ultra-derecha, se conmueven ante un liberalismo lesionado. Uruguay, quizá más aún que Chile, tiene el sustrato de creencias colectivas más firmemente liberal Esta es la habitualidad más profunda de los uruguayos, y abarca a todas las clases sociales.

Algún índice puede ser ilustrativo. Que en medio de convulsiones sin antecedentes en el Uruguay moderno, con una creciente actividad policial, que tiende de suyo a la falta de miramientos y a la tortura como eficiencia, se reúna el parlamento para suspender ciertas garantías individuales por unos días, o que un jefe de policía pregunte al Poder Ejecutivo si puede usar con algunos detenidos la "droga de la verdad", es cosa para causar estupor en toda América Latina. El deterioro no ha arrasado todavía nuestros viejos hábitos civiles, lo que es índice de la vigencia de las creencias uruguayas. Aún en la crisis más sustancial del país, ellas imprimen cierta parsimonia, un "ralentiseur" a los años más veloces, más atosigados de acontecimientos dramáticos que hemos tenido en este siglo, si no todavía guerra civil como con Aparicio Saravia, más densos, porque la guerra de Aparicio Saravia fue en el Uruguay camino a la prosperidad. No estaba en cuestión el destino del país entero.

Las previsiones gubernamentales no se cumplieron. Esperaban que a la estabilización, prontamente alcanzada, siguiera la posibilidad de una distensión suficiente como para llegar al año electoral aflojando las cuerdas, dejando nuevamente campo libre a los viejos partidos, ya en condiciones de volverse a presentar en sociedad con la solvencia de antes. Nada de esto acaeció. Todo resultó mucho más complejo, pues la crisis del país no era de coyuntura, circunstancial. No bastaron tres años de excelentes condiciones climáticas y una buena colocación de la exportación de carnes. El asunto era mucho más radical. Y si la cotización del dólar se convirtió en un fetiche simbólico del éxito de la política estabilizadora, su devaluación en los hechos, aceptada en el 71, en víspera de las elecciones, se convierte en signo supremo de su fracaso.

Si la crisis uruguaya es sustancial, es conveniente señalar algunas modificaciones estructurales, ya ostensibles en la década del 60 y que muestran hasta qué punto, el viejo Uruguay ha perdido sus asientos tradicionales. Y como somos un país agroexportador, nada mejor que enunciar los cambios relativos a nuestros dos rubros principales; carne y lana. Es aquí donde se pueden localizar con más claridad los cambios. El Uruguay moderno, que nace con el siglo XX, se puede resumir en este orden, en tres designaciones: Batlle, la Federación Rural y los Frigoríficos. El otro rostro de Batlle fue la Federación Rural y los Frigoríficos, pues con el mejoramiento zootécnico realizado por los estancieros y la industria de la carne, se generó un "surplus" que permitió a Batlle una política de redistribución y justicia social urbana, que no tocaba el control por la oligarquía de la base productiva del país. Todo esto, dentro de la política de equilibrio rioplatense asegurada por el Imperio Británico. Pero al abrirse la década del 50, la retirada del Imperio Británico del Uruguay estaba consumada. Era la crisis de la carne, de la vieja industria frigorífica, pero esto fue como un secundario, lento languidecer, pues simultáneamente el paso a primer plano de la lana operó para salvar y disimular la hondura de la crisis. A la vez, con la prosperidad lanar, tomó mayor impulso la industria textil, que era una industria fundamentalmente nacional. Sin embargo, esa misma prosperidad atrajo la instalación o ampliación de grandes industrias textiles extranjeras. Así, en la década del 60 se asiste a la caída de la lana en el mercado internacional, a la crisis de la industria textil nacional, y a la expansión en ese sector de la industria extranjera con el uso creciente de los sintéticos que están desalojando mundialmente a la lana, o pidiendo un tipo de lana fina que exigiría al stock ovejero del país una enorme renovación, con la inversión consiguiente de capitales. Pero simultáneamente, a la caída de la lana, le sigue ahora un alza de la carne, aunque en tipos de industrialización distintos. Se ha pasado a pequeños frigoríficos, a una descentralización industrial que desmenuza la vieja concentración proletaria del Cerro, la villa obrera por antonomasia de Montevideo. Al extranjero ya no le interesa una instalación directa en la industria frigorífica, le basta con el control financiero. De tal modo, y por razones distintas, se puede constatar el creciente desastre de la industria textil nacional, con la consiguiente desocupación, así como una modificación en la estructura frigorífica, que debilita al proletariado. Sin contar con el hecho, también decisivo, que las clases medias rurales, defendidas por la lana, entran también en crisis pues la carne exige mayores inversiones, que están más a la mano de los grandes ganaderos. No es un azar que a la movilización de las clases medias rurales, el factor más dinámico de la década del 50, le siguiera en la década del 60 un mutismo y una inoperatividad progresiva.

La modificación en la estructura frigorífica y la depreciación de la lana, tiene las más graves incidencias sociales en el país. Empobrece a Montevideo, arruina a las clases medias rurales.

Una estabilización en tales condiciones, afecta naturalmente el poder de compra del mercado interno, que está en Montevideo. Y si por un lapso la industria liviana y el comercio montevideanos, grandes sectores de la clase media urbana y rural, creyeron en la estabilización, al prolongarse la situación sin miras de una salida, comenzaron a sentir directamente la retracción del poder de compra del mercado interno. Si por un momento necesitaron un alto a la locura inflacionaria, luego la falta de circulante comenzó a asfixiarlos. El coto a la inflación con la apretura del consumo tampoco es negocio ni salida, y Montevideo estalla por otro lado.

La política de la oligarquía a esta altura de los acontecimientos ya no es viable. Durante décadas, el Estado ha oficiado como gran empleador de las gentes que la estructura agropecuaria arcaica no asimilaba, y expulsaba de continuo hacia Montevideo. Así, el Estado pictórico de una desocupación disfrazada, se consumía en sueldos, en la ineficiencia que genera una proliferación burocrática de la división del trabajo, sin capacidad de inversión para mantener una dinámica mínima. Ese Estado, sumergido en la hipertrofia burocrática, era también el otro rostro del latifundio. Era la creación del latifundio. De tal modo, la oligarquía tenía siempre a la vista la inepcia de un Estado para desprestigiar y para ensalzar la "libre empresa", cuando era su libre empresa la base del desmantelamiento del Estado, abrumado en su función de principal mercado de trabajo. Pero cuando la renta agraria del Uruguay ya no soporta el crecimiento canceroso de oficinas y expedientes, entonces el Estado mismo se convierte en peso intolerable para la oligarquía. Se plantea así la necesidad de "racionalizar" al Estado, de volverlo más ágil, más congruente, más económico. La primera y más sencilla medida es la de cerrarlo como mercado de trabajo. ¿Qué camino les queda entonces a las nuevas generaciones? La oligarquía uruguaya se ve así envuelta en un cúmulo de contradicciones que no puede resolver. Propició o permitió en la década del 50 una expansión bancaria especulativa totalmente desproporcionada con las posibilidades reales del país. En el 66 cayó estrepitosamente una primera fila de bancos. En el 71 siguen cayendo. El gremio bancario, el más privilegiado, fue la víctima predilecta de la represión, ligada por supuesto a la onda de retracción. Fue el momento más duro de las medidas de seguridad, el que hirió más profundamente a las clases medias urbanas. Sus sectores más privilegiados se trasmutaron en los más radicalizados.

Pero no es sólo la clase media la que ve sus viejos modos de vida cuestionados. La crisis bancaria denota también la mayor crisis de la oligarquía, que ahora, herida en su corazón financiero, está visiblemente desbordada y desconcertada, por una cadena de acontecimientos nunca previstos.

En la mitad del río, en su camino represivo por mantener su orden, pierde pie, se aboca a colapsos in-ernos y no atina a reformular su política. Es que está tan desquiciada como el país entero.

Cuando en 1958 se produjo la primera rotación en el poder entre los dos partidos tradicionales, esto no significaba la inauguración real de un auténtico "régimen rotativo" de partidos, según el modelo inglés o norteamericano. Todo lo contrario: en el Uruguay, la rotación era ya la primera ruptura de la estabilidad, de la lógica íntima del statu quo. No era un nuevo tipo de relación entre los dos viejos partidos tradicionales, sin otras consecuencias. un mero cambio de las reglas habituales de juego. Era sencillamente la descomposición de ambos, la quiebra de un juego y no una nueva regla del mismo juego institucional. Esto lo intuyó con perfecta claridad Herrera, que el día de la trasmisión de mando en su último discurso público auguraba; "Adviene otro tipo de lucha distinto que este que venimos de resolver con éxito. No será más entre blancos y colorados sino entre nacionales, quienes quieren y merezcan serlo, y los que no quieren serlo, o porque no lo sienten o porque no les conviene". El Uruguay, en su antigua funcionalidad inglesa, era a la vez, y apaciblemente, nacional y anti-nacional. Era una contradicción pacífica, que se vivía como plena identidad. El Uruguay que advenía, bajo la égida de un nuevo Imperio, el norteamericano, carecía de aquella funcionalidad. Sobrevivía como una inercia al cambio de condiciones, pero ya no tenía un juicio verdadero. No tenía automáticamente asegurado su status en la nueva lógica norteamericana, y además nada permitía suponer que el nuevo status, si se le adjudicaba, fuera el mismo de antes. De ahí, que en este "interregno", en esta nueva tierra de nadie en que el país penetraba, la contradicción iba a aflorar poderosa: sólo en ese Uruguay como problema podía replantearse a fondo una lucha de "nacionales" y "antinacionales", pero en la que lo nacional y lo antinacional iban a tomar inflexiones inéditas, pues en ninguno de los dos casos podía tratarse del Uruguay a solas, que esa sólo fue la ilusión real de la Pax Britannica.

Incluso esa rotación de partidos había sido posibilitada por la irrupción, en la década del 50, del "ruralismo" -la Liga Federal- que es el primer movimiento masivo, popular, que se generaba en el Uruguay al margen de los dos partidos tradicionales. El ruralismo del 50 era el primer signo de la ruptura del bipartidismo. El segundo signo fue la constitución en el 62 de la Unión Popular y el Frente Izquierda de Liberación, cuando la izquierda tradicional se abre hacia el pueblo blanco y colorado, sin atacar a las divisas, como antes lo hacía, frontalmente, mecánicamente, sino intentando reasumir y reinterpretar sus tradiciones, de un modo distinto pero con cierta analogía al método abierto por el ruralismo. Ahora ya la brecha es más honda y estamos en la tercera oleada que es el surgimiento del Frente Amplio. Si el primer signo fue rural y el segundo montevideano, el tercero parece tomar dimensión nacional. El desastre de los dos partidos tradicionales se presenta irremediable. Es que ambos están identificados con la lógica política del viejo Uruguay, que hoy agoniza. Y esto se manifiesta en el plano ideológico, donde los dos partidos tradicionales han perdido definitivamente la batalla por la autoconciencia histórica del país. Mientras ellos tuvieron el monopolio histórico, eran invulnerables. Cuando el "revisionismo histórico" comenzó a disociar la antigua síntesis y a generar paulatinamente otra, es que había sonado la hora de su derrota. Y la izquierda que hasta la década del 60 carecía de conciencia histórica nacional, índice de que las condiciones históricas del país no le permitían calar sino en lo marginal, es trasmutada y nacionalizada en proporción al avance de la crisis. Nada más congruente que el proceso de la nacionalización de la izquierda y la conversión en "foráneos" de los dos partidos tradicionales, cada vez más raquíticos del consenso y alienados al control directo de la oligarquía, de un modo antes jamás ejercido. En efecto, si un rasgo presenta el Uruguay de hoy, es la desaparición de los sectores "populistas" de los dos partidos tradicionales, que son objetivamente incapaces de regenerar una equivalencia de Herrera o Batlle en sus filas. Eso es el pasado, lo irrepetible, y el propio Herrera lo percibió. Ya no pueden oficiar de democratizadores de la renta agraria, y de tal modo se les desfonda el presupuesto mismo de su sistema electoral. Ya no operan, ni pueden operar, como mecanismos efectivos de sobrevivencia y encauce popular. De ahí que esa vacancia simultánea del populismo en los dos lemas tradicionales, hace que el populismo cambie su índole y busque cauce fuera de ellos y confluya y haga nacer en pocos meses, al abrirse el año 71, al Frente Amplio. No hay duda: será a partir de las fuerzas que se anudan y mezclan en el Frente Amplio, en una nueva dinámica, con fermentos ideológicos heterogéneos, en trance de transmutación y aleación, que el pueblo uruguayo encontrará sus respuestas efectivas a este momento crucial de su destino.

Estamos ya en el punto en que se nos hace necesario el pasaje del proceso interno uruguayo, al Uruguay internacional. Y el gozne en que se manifiesta más rotundamente es en el detonante "tupamaro", que no sólo por fama pone a la luz la internacionalidad del Uruguay.


II.

La celebridad "tupamara" del Uruguay, puede ser la antesala de la crisis de identidad uruguaya más radical. La mayor crisis de identidad de una sociedad es la guerra civil. La guerra civil en cualquier sociedad, precipita sobre ella, la intervención extranjera, abierta o solapada. O mejor, la acentúa necesariamente hasta un grado que puede, ser totalmente decisivo. Intervención extranjera y guerra civil se anudan en grado supremo. Por supuesto, esta regla general tomará diferentes especificaciones según la posición concreta y su ubicación en el concierto internacional, de la sociedad en crisis de identidad. Para cualquier Estado, guerra civil es peligro de muerte del Estado mismo, no sólo cuestión de cambio de forma estatal interna. Y el máximo agravamiento acaece con los pequeños o débiles Estados, de los que el Uruguay es un caso.

Si el Estado, en un país, tiene el principal monopolio de la coacción y tiene sus propias reglas de cambio, guerra civil es la quiebra de ese monopolio, por lo menos su bifurcación en dos poderes enemigos, y la puesta al margen de las "reglas de cambio" instituidas para dirimir los conflictos internos. Guerra civil es un tránsito relativamente prolongado, pues cuando el cambio es fulminante o muy rápido no se puede hablar de guerra civil. Esta implica un "inter-reino", un hiatus donde la totalidad social no tiene "rex", no está "regida" de modo unitario. Todo indica que el Uruguay se encuentra abocado a un "inter-reino" próximo, pues cuando la ley sólo sobrevive mostrando su dimensión coactiva, es porque pierde proporcionalmente su dimensión de consenso, es decir, se quiebra en cuanto ley vigente. Desde el 68 el país vive de más en más a la ley como coerción. La ley, vuelta medida de seguridad represiva hace ostensible su inseguridad y comienza a desvanecer su carácter de derecho vigente. Hay dos polos, dos límites opuestos entre los que existe toda sociedad: uno, la fuerza al servicio del consenso, implica derecho vigente; otro, la fuerza sustituyendo al consenso, destruye el derecho, aunque lo invoque. El primer polo es lo habitual de una sociedad, el segundo polo es situación de excepción, que amenaza a la sociedad en cuanto tal. Entre estos dos polos transcurre la convivencia social, con diversos modos y gradaciones, dinámicamente. El primer polo, signado por el derecho vigente, es el principal, es la estabilidad de una sociedad, pero puede generarse un momento cualitativo en que predomine el segundo polo, y eso implica anarquía o revolución, guerra civil. El predominio del segundo polo es siempre transitorio, y está ordenado hacia el primer polo.

La conmoción interna implica la contradicción no sólo entre, sino en la intimidad misma de las clases sociales: sus pautas de acción están radicalmente cuestionadas, sus creencias y modo de asumirlas también. Por eso las palabras se tornan equívocas, se vacían de contenido o significan a la vez cosas contrarias, que se recubren de ambigüedad en su vacilación, cuando todavía el combate frontal no se ha generalizado. En la crisis de identidad lo habitual se llena de "proyecto", cede su solidez a lo incierto del proyecto. Así, lo vigente comienza a perder concreción y a trasmutarse en "proyecto", con la cualidad de reaccionario, restaurador, en contraposición al crecimiento conjunto y eficaz del "proyecto revolucionario". Trigo y cizaña a la vez dentro de las mismas gentes, o gran parte. Contraposición que alcanza su paroxismo en las clases medias urbanas, ayer holgadas beneficiarías y hoy víctimas mayores, que viven más agudamente que las otras la dualidad de proyectos, y tienen su intimidad a los bandazos. La tentación de violencias antitéticas hace fácil presa de ellas, un cierto moralismo abstracto les da virulencia. Moralismo abstracto y voluntarismo, acorde con su experiencia social, y la disminuida conciencia histórica del proceso interno y externo del país.

La crisis de identidad del Uruguay y de sus clases sociales toma su más límpida objetivación en el movimiento "tupamaro". Este se inicia en el período más álgido del prestigio "foquista" cubano, incluso con una "repetición" en su arranque rural, en los ingenios azucareros del norte uruguayo. Pero era una vía imposible, y condenado a languidecer, busca refugio en la verdadera "selva" uruguaya, la ciudad de Montevideo, y allí empalmó desde el 68 con la resistencia de las clases medias y el proletariado y se transformó en su símbolo. Con la represión se estaba "donde mueren las palabras". La vieja tinta izquierdista del viejo Uruguay que hizo poco más que hojarasca, era enmudecida y borrada por la terrible dignidad de la sangre. Viejas ideas se tornaban inservibles, y sólo podían recrearse a través del testimonio y la acción. La tinta dejó su elocuencia a la sangre, que busca empero nuevas palabras, sin las cuales la acción, desfallece.

En última instancia, sólo la comprensión que mana del sacrificio puede penetrar y transformar la realidad, pues tiene un pacto indestructible con la tierra (33). Logra una residencia en la tierra, difícil en este Montevideo portuario. Y así fue que cuando el gobierno aplastaba toda oposición, le quedó un "tercer hombre", invisible, inaprensible, que seguía jaqueándolo. Y la "fisura" tupamara en las medidas de seguridad evitó el derrotismo de vastos sectores populares, impidió su desmoralización, e indirectamente contribuyó a generar la "brecha" política del Frente Amplio. Los tupamaros han montado su "cárcel del pueblo" y "tribunales del pueblo", pero clandestinos. No son dualidad de poderes en el Estado, pero visualizan la crisis de identidad del Estado. No hay guerra civil, en cuanto la clandestinidad no ha devorado todavía las "reglas de juego" del cambio social. Pero nadie duda que los caminos están minados.

A tres años del 68 el gobierno no ha alcanzado ninguno de los objetivos propuestos, pierde pie en todas las clases sociales, y la oligarquía uruguaya está más perpleja que nunca. Nadie parece tener fuerzas como para romper con las "reglas del juego". Es que la crisis uruguaya tiene una característica singularísima: en el orden interno podemos afirmar que no hay variaciones esenciales en cuanto a la composición social y a la incidencia, el peso de las clases sociales. Es la misma estructura productiva, las mismas relaciones de producción, la misma posición estratégica relativa de los grupos sociales. En los últimos veinticinco años ningún grupo social ha experimentado una dinámica ascendente: no hay nuevas fuerzas sociales ponderables en el país.

Por ejemplo, ni la industria ni el proletariado se han expandido para surgir como nueva potencia, cualitativamente distintas, con un peso real mayor. El cuadro social del Uruguay próspero del 50 es esencialmente el mismo del Uruguay empobrecido del 71. ¿Cómo en un país socialmente "idéntico" acaece este pasaje dramático del éxito a la bancarrota? ¿Cómo en un país económicamente "idéntico" se pasa de "lo mismo" a "lo otro"? ¿Cómo las mismas fuerzas sociales serán capaces de actuar de modo radicalmente diverso? ¿Cómo ocupando las mismas posiciones, eso sí, deterioradas, tendrán energías para generar una sociedad nueva? Estas últimas preguntas son las más graves, y no es costumbre formularlas a plena conciencia. El nudo de la cuestión interna puede enunciarse: ¿Cómo las viejas clases medias urbanas podrán relacionarse con las viejas clases medias rurales para una alianza conjunta con el viejo proletariado, de modo de generar un populismo de nuevo cuño, hijo del desfonde global del país, apto para una respuesta adecuada? ¿O puede pensarse en una neutralización mutua de las fuerzas, una parálisis mutua, que sólo puede romperse "desde afuera"? Que conduce a la ruptura "desde afuera", pues la parálisis interna mutua, sólo acrecentaría el empantanamiento, el abismo del empobrecimiento, que no puede ser indefinido: alguna vez se toca fondo. En suma: llegado el Uruguay al tope de sus posibilidades, incapaz de suyo de realizar una "revolución industrial", ¿tiene el país fuerzas sociales efectivas como para recrearse? Esta incógnita se despejará a corto plazo. En tanto, el "desde fuera" se cierne sobre el país. La crisis de identidad de un Estado -¡atrancado en la identidad!-, atrae el interés mayúsculo de los otros Estados.

Cuando insistimos que la estructura social del Uruguay no se ha modificado en los últimos veinticinco años, es para subrayar el inmovilismo uruguayo. En un contexto internacional cambiante el inmovilismo uruguayo es su cambio negativo. Inmovilismo de la sociedad global e inmovilismo de sus clases, precipita la crisis del 68. El inmovilismo es la quiebra del Uruguay. El "fuera" uruguayo actúa para conservarlo y destruirlo a la vez. Lo destruye esencialmente, por cuanto la funcionalidad yanqui, que no ha estimulado ninguna producción nueva, pero que ha contribuido al sostenimiento de la vieja estructura del país, ya caduca, con su asistencia financiera. Pero su asistencia financiera, decisiva en la década del 60 para la mantención de la inercia anterior, ha generado un endeudamiento externo de tal magnitud al Estado uruguayo, que el país ya no puede solventar, con sus exportaciones, ni el pago de los intereses de esa deuda externa. La descapitalización del país llega a los límites más intolerables, donde a la vez la recuperación es más difícil por su incapacidad de inversión. El círculo vicioso de la pobreza, que no acaece en una sociedad habituada a la miseria, sino al relativo confort, suscita una tensión insoportable en todos los sectores. ¿Hasta qué punto esa tensión empujará a la remodelación interna? por lo pronto, el "afuera" presenta también una salida negadora del Uruguay, que contribuye a sostener al viejo Uruguay: la emigración. En efecto, el alto nivel de capacitación de sus clases medias y de las capas especializadas del proletariado, posibilitan una emigración masiva hacia lugares en que es posible mantener e incluso elevar el nivel de vida que hoy se pierde. Si el Uruguay fue hasta hace veinticinco años paraíso de inmigrantes, hoy se ha invertido el movimiento: es una carta que tiene la oligarquía en sus manos para mantener el inmovilismo. Pero la penuria ya es muy grande: no sólo fugan capitales; también se desmoronan internamente. Para mantener el inmovilismo, la emigración ya tendría que ser mucho mayor y deflaccionar radicalmente la concentración urbana de Montevideo, que a su vez arrastraría en cadena capitales industriales, comerciales y rurales. Sería como proponerse desmontar el conjunto del Uruguay existente. La pirámide de edades se asemeja de más en más a un reloj de arena: viejos y jóvenes, disminuyendo las edades intermedias. Y con ello no sólo se acentúa el inmovilismo, sino también la ruptura generacional, la virulencia de una juventud sin horizontes de vida, que pone en cuestión, como es obvio, a todo el sistema de enseñanza moldeado para una sociedad que se revela como no viable. La crisis uruguaya destruye los modos habituales de incorporación a la sociedad, y estos son principalmente los mecanismos de enseñanza, órganos de transmisión. ¿Y de transmisión para qué sociedad? ¿Para la que hoy no funciona? Entonces las clases medias, las más extendidas, se debaten -en cada familia- entre el conservatismo y la subversión. Curiosa dinámica la del inmovilismo uruguayo, que genera movimientos que lo sostienen y lo acaban. Sería largo mostrar los entrelazamientos recíprocos. Lo que importa es ver cómo el contexto internacional del Uruguay, a la vez que está interesado en congelarlo, en mantenerlo, no ha generado mecanismos que lo impulsen, sino por el contrario, lo agotan. El Uruguay que ha nacido ante todo por estímulos externos, parece caer por la variación de los estímulos externos, no acordes con la estructura interna que generaron aquellos primeros estímulos externos. ¿Hasta qué punto un país configurado desde "fuera" puede regenerarse desde "dentro"? Un país de las dimensiones del Uruguay.

Y esto hace que el país que se "latinoamericaniza" más conscientemente sea el Uruguay. Quizás Rodó no sospechaba cuando en 1905 escribió "Magna Patria" refiriéndose a América Latina, que ese nombre reasumido por Manuel Ugarte como "Patria Grande", iba a tomar inusitada resonancia en el país, y de modo tan profundo y perentorio, en nuestros días. Cómo una añeja retórica de aniversario iba a transfigurarse en destino ineluctable. Patria Grande que se hace vocación necesaria de vastos sectores del Uruguay, desde la pastoral de Adviento de la Iglesia Católica hasta las más diversas corrientes nacionalistas y de izquierda. Y esta es otra singularidad del país: la asfixia uruguaya, lo lleva a reencontrarse uruguayo en América Latina, con más intensidad que ningún otro, luego de haberse extrañado como ningún otro. Incluso la alta acumulación intelectual del Uruguay, por tanto tiempo lujosa, le pone en condiciones de trascenderse en América Latina, anticipadamente, con mayor clarividencia. Pues la mayor parte de América Latina, todos excepto Brasil, no está formada por países viables, pero es posible que no tengan los recursos culturales que les permitan esa vívida autoconciencia, o más sencillamente sus dimensiones mayores les encubran aun esa realidad. El canto de cisne del viejo Uruguay será latinoamericano.

En relación al 68, los cambios políticos latinoamericanos son marcados. Hasta el 68 el panorama estuvo dominado por la efectiva ola de reacción de los regímenes latinoamericanos contra la agitación de la revolución cubana. El foquismo planeó de modo abstracto sobre América Latina, y esta tenía un aspecto homogéneo, no diferenciado en zonas de tensión geopolítica. Hoy, a la vez que ha desaparecido el "foquismo" cubano, la zona andina emerge como una zona de "alta tensión" geopolítica, con Chile, Perú, Bolivia. Los caracteres, diversidades y consonancias de América Latina y su proceso de liberación se hacen más concretos y específicos, más diferenciados. Y esa zona de alta tensión se prolonga en dos zonas peligrosas: Ecuador y Colombia por un lado y Uruguay por otro. ¿Qué características tiene ahora la zona peligrosa del Uruguay?.

Conviene no dejar al que fue el hilo conductor de nuestro libro, a Herrera. En cierta oportunidad, Eduardo Víctor Haedo me relató una frase de Herrera que comprendía muy certeramente toda su política rioplatense, referida a Brasil y Argentina: "Debemos mantener siempre el punto medio entre Itamaratí y el Palacio San Martín, pero para ello, siempre más cerca del Palacio San Martín". La equidistancia entre Brasil y Argentina, exigía una mayor cercanía a la Argentina. La razón es clara: el Uruguay es estratégicamente mucho más importante para Argentina que para Brasil. Este domina, con sus inmensas costas y situación," todo el Atlántico Sur. El Uruguay no le es vital. En tanto que para la Argentina el Uruguay es asunto de vida o muerte, pues le controla su arteria de comunicaciones esencial con el resto del mundo: el Río de La Plata, El Uruguay está junto al sistema nervioso central de Argentina, el triángulo que forman Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Desde el Uruguay, la vulnerabilidad argentina es total. Mientras que, por el contrario, el Uruguay no afecta ningún elemento absolutamente decisivo de Brasil. Ponernos como punto de equilibrio a una misma distancia geométrica de Brasil y Argentina sería de hecho actuar contra Argentina. De tal modo, no sólo por sus raíces históricas, sino por "lugar" geopolítico, Uruguay está y debe estar más cerca de Argentina, justamente para no romper la equidistancia.

Nadie lo sabe mejor que la propia Argentina.

¿Y qué ocurre hoy en Argentina y Brasil? En estos últimos años Argentina ha tomado plena conciencia que su posibilidad de desarrollo es incomparablemente menor que la de Brasil. Es un hecho que el Brasil actual, bajo la dirección de su ejército, a través de la más violenta represión interna, juega sus cartas al papel de "satélite privilegiado" de Estados Unidos, y que dentro de esa lógica, en la dinámica contradictoria y complementaria de una gigantesca expansión estatal eficiente, y una industrialización tan acelerada como extranjerizada, ha logrado una altísima, tasa de crecimiento, que desborda largamente a la Argentina. Si alguna vez Argentina abrigó ilusiones competitivas en un mano a mano con Brasil, hoy es asunto descartable. Esta situación lleva hacia una radical modificación de la política tradicional argentina. Si queda algún destino especial para Argentina en América Latina, ese destino se juega en el espinazo andino, hacia él océano Pacífico. Los caminos de San Martín son los caminos del futuro argentino, en el sentido de ensamblar con el proceso de liberación nacional de los otros países latinoamericanos, poniendo su potencial industrial a su servicio, como único medio de consolidación y expansión industrial real. El futuro latinoamericano de Argentina se juega en la "zona andina", pero su conservación más elemental en el Uruguay. El desequilibrio actual entre Argentina y Brasil es tan grande, que Argentina no puede permitir ninguna intervención brasileña en el Uruguay. Ni de Brasil, ni de nadie. Hacerlo sería consentir su suicidio histórico. Por otra parte, ese fracaso de Argentina como satélite privilegiado, lleva a su régimen militar a concesiones cada vez mayores, incontenibles, a las masas populares. La oleada nacionalista es cada vez más fuerte, y por otras vías que el Uruguay, Argentina también se latinoamericaniza como cuestión ya, de supervivencia. Claro, no le va a ser sencillo reorientarse desde el Atlántico al Pacifico y los Andes, desde Buenos Aires hacia el norte, pero no tiene más remedio. Si Argentina nació desde el Perú, o vuelve hacia, el Perú, o no tendrá posibilidad alguna de vertebrarse y alcanzar la viabilidad.

Por todo esto, se hace difícil concebir una "nueva Triple Alianza" para intervenir al Uruguay, como desearían sectores militares brasileños. Si para Brasil la "guerra civil" uruguaya, o un cambio de gobierno con signo de izquierda nacionalista, es amenaza a su seguridad interna, pues puede tener consecuencias incalculables en las masas populares brasileñas, el proceso de estos últimos años hace lo más improbable su asociación con Argentina para una intervención común en Uruguay. Hoy, una asociación entre Argentina y Brasil para intervenirnos, se nos hace inimaginable, salvo que fuera en beneficio exclusivo de Argentina, lo que es aún más inimaginable.

De tal modo, la crisis de identidad del Uruguay lleva a que su contexto internacional se alarme: para todos, es todavía conveniente que el Uruguay mantenga su identidad, aunque esto le cueste vegetar o estabilizarse en una larga pesadilla. Pero todo hace suponer que la lógica del Uruguay no es fácilmente controlable, que se les escape de las manos, y la zona peligrosa se transmute en el más portentoso conflicto rioplatense. El próximo acto de la historia uruguaya ¿será el cortocircuito argentino-brasileño? Ese cortocircuito uruguayo ¿desencadenará la fusión de los nacionalismos argentinos y brasileño, la más vasta conmoción social de América Latina, la más decisiva? Reitero mi convicción: para la década del 70, el Uruguay es el lugar potencialmente más explosivo por repercusión, de América Latina.


Notas:.

(33) Este epilogo estaba ya en prensa cuando se publicó el comunicado tupamaro Nº 5, primera expresión pública relativamente completa de sus concepciones ideológicas. No pudieron tomarse en cuenta aquí.

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